Un papa joven para devolver la Iglesia al concilio de Trento

 

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Ernesto Mejía / @netomejia08

Dice Mark Lilla en la introducción de “The shipwrecked mind: On political reaction” (2016), cuya edición en español aparecerá en junio próximo, que una primera distinción importante que hay que hacer con respecto a los reaccionarios consiste en el hecho de que no son conservadores.

Son, afirma, el politólogo y profesor de Columbia, tan radicales como los revolucionarios y tan embebidos de un sentido de misión como ellos.  De hecho, según Lilla, los reaccionarios se sienten en una posición de mayor fortaleza que sus adversarios porque creen ser los guardianes de lo que realmente pasó, no los profetas de lo que puede ser.

Para estos, “el que la sociedad revierta la dirección o se apresure hacia su ruina depende enteramente de su resistencia”. Es la suya una “militancia de la nostalgia” que reivindica un pasado glorioso que fue corrompido en algún momento por ideas nocivas.

“La mente reaccionaria es una mente naufragada. Donde otros ven el río del tiempo fluyendo como siempre lo ha hecho, los reaccionarios ven los escombros del paraíso yendo a la deriva frente a sus ojos”, sentencia.

Es ese ardor por recobrar un pasado que se desvanece perpetuamente ante los cambios sociales y tecnológicos de nuestro tiempo lo que vuelve al reaccionario no solo una figura virulentamente moderna sino que también atractiva para un sinfín de personas alrededor del mundo que pueden no tener nada en común más que ese sentimiento de “traición histórica”.

“Cada transformación social importante deja detrás un fresco edén que puede servir como el objeto de la nostalgia de alguna persona. Y los reaccionarios de nuestro tiempo han descubierto que la nostalgia puede ser un poderoso motivador político, tal vez mucho más poderoso que la esperanza. La esperanza puede ser decepcionada. La nostalgia es irrefutable”, precisa.

Desde la violencia del terrorismo islámico, pasando por las pretensiones expansionistas rusas, las victorias de Donald Trump y del Brexit, el ascenso de la extrema derecha en Europa,  hasta los movimientos antiglobalización, la reacción política parece ser el signo de nuestra era.

Encuadrada perfectamente en ese panorama se encuentra la primera temporada de la serie The Young Pope, la más reciente creación del cineasta italiano Paolo Sorrentino, que retrata un ficticio y desconcertante, aunque acaso no del todo improbable, papado. El más ultramontano que uno pueda imaginar.

Pío XIII, tal es el nombre de ese inventado papa, encarnado de manera magistral por Jude Law, es un estadounidense de mediana edad  –señal inequívoca de que la reacción no es ni mucho menos un patrimonio de la vejez– arropado de una altiva elegancia, no exenta de cierta estética pop, cruzado a ratos por la duda, lejano, frío e intransigente que llega al máximo cargo de la Iglesia católica de rebote, resultado inesperado de las fallidas negociaciones entre las diferentes facciones eclesiales reunidas en el cónclave.

Los cardenales que han maquinado y hecho posible su elección confían en que su papado sea una especie de puente entre el ala conservadora y las corrientes más progresistas de la Iglesia.

Pero Pío XIII (y la elección de ese nombre no parece anodina, puesto que recuerda a los controvertidos Pío XI y Pío XII, quienes mantuvieron una polémica relación con el fascismo y el nazismo)  resulta un agente ingobernable que lejos de buscar entendimientos quiere llevar a la Iglesia en un sentido diametralmente opuesto al abierto por el concilio Vaticano II.

Si habría de buscársele un referente doctrinario y disciplinario al espíritu que pretende impregnarle a su pontificado, este sería a lo mejor el concilio de Trento (1545-1563), donde, según el historiador Jean Delumeau, la fórmula “Sea anatema”, la excomunión lanzada contra todo aquel que rechazara alguna de las afirmaciones elaboradas por los padres de la asamblea se repetiría un total de 126 veces.

Más allá de que hacia el final de la temporada, se advierta un tímido giro hacia la moderación, la Iglesia de Pío XIII será pues en esencia una Iglesia muy poco dada a la piedad, replegada sobre sí misma, inaccesible casi, si no es por el total sometimiento a sus designios, fundada sobre el miedo y el misterio.

Una Iglesia que, a imagen y semejanza de aquella del siglo XVI, estudiada por Delumeau, se amuralla y se protege ante un entorno amenazador, pero que se reclama a la vez como una madre llena de infinita bondad y misericordia para todos aquellos que muestren una obediencia ciega. No es un detalle menor a este respecto que Lenny Belardo, que ese es el nombre real de Pío XIII, sea un huérfano que fue abandonado a los ocho años por sus padres hippies, y que buena parte de los acentos de la primera temporada de la serie estén puestos sobre ese dolor nunca superado.

“¿Realmente qué hizo grande a nuestra Iglesia? ¿El miedo o la tolerancia?”, lanza el nuevo papa a un grupo de obispos que han llegado hasta él para exponerle los temores de sus fieles ante el giro tan marcado de su pontificado. Pío XIII no deja espacio para la respuesta. Antes bien se embarca en una serie de preguntas retóricas que dan una idea del camino que piensa transitar: “¿Qué podemos aprender de la historia de nuestra Iglesia? ¿Qué tan grande era el estado papal cuando el miedo entre las naciones era parte de nuestro ADN? ¿Qué tan pequeños nos volvimos? ¿Cuánto decayó nuestra influencia cuando decidimos ceder, sucumbir, retirarnos, volvernos complacientes y reconfortantes?”

Amurallarse, por supuesto, no significa ceder. Mucho menos renunciar a las pretensiones teocráticas, como queda reflejado en el brillante duelo dialéctico que sostienen en el capítulo seis, el primer ministro italiano y el sucesor de Pedro, y donde el segundo termina imponiéndole, por medio del chantaje, una serie de exigencias delirantes para cualquier estado democrático: mayor asistencia a las familias católicas y financiamiento a los colegios de dicha religión; prohibición de los matrimonios homosexuales; mayores beneficios bancarios y fiscales para la Santa Sede; prohibición absoluta del aborto y el divorcio en todos los casos; ninguna posibilidad para la eutanasia; restricciones a la libertad religiosa de musulmanes e hindúes; reapertura de los diálogos sobre el pacto de Letrán; y revisión de las fronteras del estado vaticano, entre otras.

Pero quizás ninguna otra escena sintetice tan bien esa reconversión total de la Iglesia como aquella del capítulo cinco donde el joven papa se dirige por primera vez al colegio cardenalicio. Un encuentro en el que queda plasmada una transformación que no es, claro, solo de fondo sino de formas, lo que le permite a Sorrentino desplegar todo el lujo visual al que nos tiene acostumbrados.

En la referida escena, Pío XIII aparece ante los purpurados reunidos en la capilla Sixtina, llevado en hombros sobre una silla gestatoria, una especie de trono que fue utilizado por última vez en 1978, escoltado por dos flabelos, y usando una tiara papal,  la triple corona cuyo uso obligatorio en las ceremonias solemnes fue también abandonado. En este caso desde el pontificado de Pablo VI (1963).

Entonces se embarca en un discurso atronador, con claros guiños al papado de Francisco, que resume lo expuesto hasta aquí:

“De este día en adelante, todo aquello que estaba abierto, estará cerrado. ¿Evangelizacion? Ya lo hicimos. ¿Ecumenismo? También ya lo hicimos. ¿Tolerancia? Eso ya no vive por aquí. Ha sido desalojada. Desocupó la casa para el nuevo inquilino quien tiene gustos diametralmente opuestos en decoración. Hemos estado estirando la mano a otros durante años. Es momento de parar. No vamos a ir a ningún lado. Estamos aquí, porque ¿qué somos nosotros? Somos cemento. Y el cemento no se mueve. Nosotros somos cemento sin ventanas, así que no vemos el mundo exterior. Solo la iglesia posee el carisma de la verdad.

Dijo San Ignacio de Antioquía, y tenía razón, ‘No hay razón para mirar hacia afuera’. En su lugar, vean allá. ¿Qué ven? Es la puerta. La única forma de entrar. Pequeña y extremadamente incómoda. Todo aquel que quiera conocernos tiene que averiguar cómo atravesar esa puerta. Hermanos cardenales, necesitamos volver a ser prohibidos, inaccesibles y misteriosos. Es la única forma en que una vez más nos volveremos deseables. Es la única forma en que nacen las grandes historias de amor. Y yo ya no quiero más creyentes de medio tiempo. Quiero grandes historias de amor. ¡Quiero fanáticos de Dios! Porque el fanatismo es amor. Todo lo demás es estrictamente un sustituto y se queda afuera de la Iglesia. Con las actitudes del último papado, la Iglesia ganó para sí misma grandes expresiones de cariño de las masas. Se volvió popular. ‘¿Oh, no es fantástico?’, podrían pensar. Recibimos mucha estima y muchas amistades. Yo no tengo idea de qué hacer con las amistades del mundo entero. Lo que quiero es amor absoluto y total devoción hacia Dios. ¿Significará eso una Iglesia solo para unos pocos? Es una hipótesis. Y una hipótesis no es lo mismo que una realidad. Pero aún esta hipótesis no es tan escandalosa. Yo digo, mejor tener algunos que sean confiables, que tener demasiados que sean distraídos e indiferentes. Las plazas públicas han estado hasta el tope, pero los corazones han estado vacíos de Dios. No se puede medir el amor con números, solo se puede medir en términos de intensidad. En términos de lealtad ciega al imperativo. Fijen esa palabra firmemente en sus almas: imperativo”.

Frente a esa reacción tan marcada, una de las grandes víctimas es, obviamente, la libertad, a la que se le asigna un valor negativo. Algo que queda en evidencia desde el primer instante del primer capítulo, cuando en la inauguración de su papado, Pío XIII dirige a la multitud congregada en la plaza de San Pedro, un fogoso como poco probable elogio de la libertad, que resulta ser nada más una pesadilla.

 

En una entrevista con Vulture, en enero pasado, Sorrentino, que comenzó a escribir The Young Pope en 2014, dio algunas ideas sobre los orígenes de un personaje tan violentamente reaccionario.

“El papa Francisco construyó una narrativa propia, que es mucho más potente de lo que yo podría haber escrito. A la hora de hacer una serie sobre el Vaticano solo podía hacer lo opuesto. No todo el clero piensa de la misma manera, pero muchos de los analistas que yo más respeto creen que un papa como Lenny podría arribar después de Francisco. No joven y americano, pero sí que encarne esas ideas”.

Esos, hermanos míos, son los vientos que soplan.