Uzanne, el escritor que previó el surgimiento de los audiolibros

 

OctaveUzanne

Ernesto Mejía / @netomejia08

Dentro del inmenso mundo de las letras francesas, Octave Uzanne (1851-1931), es un autor secundario, prácticamente desconocido para el gran público. Sin embargo, a pesar del olvido en el que cayó su nombre después de su muerte, el escritor y también periodista fue el autor de numerosas novelas y cuentos y el fundador, en París, de la Sociedad de Bibliófilos Contemporáneos que llegó a aglutinar a 160 miembros.

De sus escritos hay al menos un cuento que vale la pena rescatar, dada la pertinencia que parecieron adquirir algunos de sus vaticinios en la discusión sobre el futuro y la eventual desaparición de los libros impresos, un debate que cobró auge a principios de este siglo.

Pero también porque en su fantasioso desarrollo, no deja de sorprender que con una antelación de más de 100 años Uzanne  advirtiera con cierta claridad el advenimiento de  plataformas tecnológicas que gozan de una alta popularidad hoy en día.

El cuento en cuestión, “El fin de los libros”, apareció en 1894, como parte de una obra mayor llamada “Cuentos para bibliófilos”, escrita en colaboración con Albert Robida. Su acción se desarrolla en Londres, donde un grupo de ocho amigos, al salir de una conferencia del físico y profesor de la Universidad de Glasgow, William Thompson, se reúne en el Junior Atheneum Club y alrededor de una botella de champán se lanza a imaginar el mundo de un siglo después.

En ese ejercicio, uno de los tertulianos discurre sobre la supremacía intelectual y el liderazgo de los continentes en el mundo del mañana. Otro, un vegetariano y naturalista, imagina un planeta en el que se respetaría las plantas y la vida de los animales, y en el cual el hambre sería erradicada gracias a los avances de la química y de las ciencias. Un tercero, un pintor, sueña con un futuro sin museos ni galerías, en el que la humanidad se habrá librado del llamado arte moderno, al que describe como carente de alma y poco original.

Cuando llega el turno del protagonista, que es presumiblemente el propio Uzanne, este se adelanta a los discursos catastrofistas que causaron furor a principios del siglo XXI y pronostica sin ambages el fin de los libros impresos. En una curiosa posición para un bibliófilo, el escritor basa su argumento en la pereza humana y en la incursión de nuevas tecnologías que descargarán a los hombres del trabajo de la lectura.

“Estoy convencido del éxito que tendrá todo aquello que fomente y cultive la pereza y el egoísmo del hombre. El ascensor acabó con el uso de las escaleras en los edificios; del mismo modo, es probable que el fonógrafo destruya la imprenta (…) Creo que si los libros tienen un destino propio, ese destino está hoy más que nunca, a punto de cumplirse: el libro impreso va a desaparecer. ¿No sentís ya que sus excesos lo condenan? ¡Morirán con nosotros los libros!”, exclama.

Si su pronóstico general, lanzado hace más de 100 años, resulta ya provocador, algunos de los detalles de cómo prefiguraba ese proceso resultan todavía más interesantes. Mientras que los heraldos de la ruina del presente siglo pronosticaron el paulatino desuso de los libros impresos en favor de la creciente popularidad de los formatos digitales, Uzanne irá más allá y concebirá un formato inexistente aún en ese entonces: los audiolibros.

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Cierto es que para el momento en que el francés escribía su opúsculo, el fonógrafo de Edison tenía ya casi 20 años de existencia, pero lo que conocemos hoy como audiolibros no se comenzarían a explorar sino hasta en los años 30 (casi cuatro décadas después de la publicación de su cuento), y solo lograrían un cierto posicionamiento comercial a gran escala (tal y como Uzanne los concebía en su obra) en el presente siglo con el surgimiento de plataformas tecnológicas que ofrecen una mayor comodidad y una mayor capacidad de almacenamiento.

Con ello, el escritor adelanta, por un lado, un nuevo formato –diferente en esencia eso sí a los audiolibros actuales puesto que Uzanne no los imagina como la simple transposición de una plataforma impresa a una de audio, sino como una obra autónoma que sustituye justamente a la escritura– y, por otro, anuncia el advenimiento de las grabadoras y de los reproductores portátiles.

“Existirán cilindros inscriptores tan ligeros como un portaplumas de celuloide, que contendrán entre cinco y seiscientas palabras y funcionarán con la ayuda de ejes muy finos, que cabrán en el bolsillo y serán capaces de reproducir todas las vibraciones de la voz; conseguiremos perfeccionar estos aparatos, del mismo modo en que logramos la milimétrica precisión de los relojes (…) Ya sea en casa o de paseo, recorriendo a pie los lugares más destacados y pintorescos, los felices oyentes sentirán el inefable placer de conciliar la higiene y el conocimiento, de poder ejercer los músculos y a la vez alimentar el intelecto, ya que se fabricarán fono-operágrafos de bolsillo, muy útiles para las excursiones en los Alpes o el Cañón del Colorado”, se aventura a imaginar, al ser consultado sobre los obstáculos de almacenamiento y de reproducción.

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Cuando a su vez, sus interlocutores lo interpelan sobre el futuro de los periódicos, el francés afirma que estos seguirán el destino de los libros y prefigura incluso, de alguna forma, la llegada de los radio y telenoticieros.

Así, junto a las noticias que serán grabadas y distribuidas a diario por los servicios de correo, o que podrán ser escuchadas directamente en los hogares por medio de acuerdos con las compañías telefónicas, el autor imagina una versión mejorada del kinetógrafo de Edison; una máquina capaz de proyectar en las casas imágenes en movimiento que vendrían a suplantar a las ilustraciones no solo de los periódicos sino también de los libros.

“Las escenas de obras ficticias y de novelas de aventuras podrán ser reproducidas por figurantes caracterizados; también tendremos, como complemento al diario fonográfico, las ilustraciones de cada día, retazos de vida activa, como se suele decir hoy en día, recién sacados de la actualidad. Contemplaremos los estrenos y a los actores tan fácilmente como los escuchamos ya en casa; tendremos su retrato y, más todavía, la fisionomía móvil de hombres célebres, criminales, mujeres hermosas. No será arte, es cierto, pero será al menos la propia vida, al natural, sin maquillaje, nítida, precisa y a menudo cruel”.

A pesar de sus certeras previsiones tecnológicas, Uzanne no fue atinado con el punto medular de su cuento: ni la televisión ni la radio sustituyeron a los periódicos, ni los audiolibros suplantaron a los libros impresos. De hecho, con todo y su creciente desarrollo, los primeros representan todavía una porción marginal de la industria editorial mundial.

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De acuerdo con la Audio Publishers Association de Estados Unidos, el mercado donde dicho formato está más desarrollado, en 2015, la venta de audiolibros sumó un total de$ 1,770 millones, un 20.7 % más que lo alcanzado un año antes. Adicionalmente, en 2015, se registró la publicación de 9,630 títulos, con lo que el número total de títulos disponibles se elevó a tan solo 35,574.

Los libros digitales, por su parte, han mostrado una pujanza mayor, pero aún así están lejos de desplazar por completo a sus pares impresos. Según un estudio de 2015 de la empresa de información de mercado, Nielsen, los “ebooks” lograron su mayor crecimiento de ventas en Estados Unidos, entre 2010 y 2013, cuando pasaron de los 69 millones de unidades anuales a los 242 millones, lo que hizo que su participación de mercado se elevara de 9 % a un 28 %. Sin embargo, desde entonces, el formato ha mostrado una desaceleración, reduciéndose sus ventas, el año pasado, a 204 millones de unidades, un 24 % del total de la industria editorial de ese país.

Sí, Uzanne previó un mundo de innovaciones tecnológicas que afectaría sin duda al mundo de los libros. Pero afortunadamente, para nosotros los bibliófilos, su visión no se completó del todo.

 

Camus y la libertad de prensa

 

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Ernesto Mejía / @netomejia08

En agosto de 1955, luego de numerosas presiones, enfrentamientos y reglamentaciones tendientes a normar la difusión de información, el gobierno colombiano del general Gustavo Rojas Pinilla decidiría clausurar al periódico El Tiempo, uno de los más grandes del país sudamericano.

El gobernante, que había llegado al poder por medio de un golpe de estado en 1953, había mantenido en términos generales una relación tensa con el periódico y con la prensa. Pero la chispa que encendería su ira en ese caso y lo empujaría a una medida tan extrema se daría durante una visita presidencial que haría a Ecuador.

Aprovechando ese viaje, el director de El Tiempo, Roberto García Peña, enviaría un cable al periódico El Comercio de Quito, acusando al gobierno colombiano de incapacidad para frenar y castigar la violencia política, ilustrada en los asesinatos del director de El Diario de Pereira, Emilio Correa y su hijo, Carlos.

El cable, que tendría amplia resonancia en Ecuador, haría que el dictador a su vez acusara a García Peña de aprovecharse políticamente de esas muertes que, según él, se habían dado en un accidente de tránsito.

A su regreso a Colombia, Rojas Pinilla buscaría obligar a la dirección del periódico a publicar como propio un texto escrito por el gobierno en el que El Tiempo se excusaba con la presidencia y daba por cierta la versión oficial del accidente vial en el caso de las muertes de Emilio y Carlos Correa.

Sin embargo, tanto el director como el propietario del diario, Eduardo Santos, se negarían a acatar la medida, lo que acarrearía la clausura del periódico.

Habiendo trascendido la noticia, del otro lado del Atlántico, en Francia, un grupo de intelectuales se solidarizaría con Santos (quien terminaría por exiliarse en París) y saludaría su valentía al no doblegarse ante el gobierno militar.

Entre ese grupo se encontraba Albert Camus quien dirigiría un potente alegato en favor no solo del valor individual, sino también de la libertad de prensa. El escritor francés ofrecería luego el texto de su alocución al periódico La Révolution Prolétarienne, que lo reproduciría en noviembre de 1957 bajo el título “Homenaje a un periodista exiliado”.

Siendo él mismo un periodista, Camus no peca de inocente con respecto al oficio; conoce sus vicios y limitaciones. Pero a diferencia de los numerosos partidarios de izquierda y de derecha que aún hoy defienden la censura y el control periodístico en beneficio de una pretendida mayor veracidad o de una prensa “revolucionaria” que sirva fielmente a “los verdaderos intereses populares”, el francés aboga por una libertad total e irrestricta de la prensa.

Para él, solo en esa libertad, el periodismo es capaz de explotar lo mejor de sus posibilidades.

“La prensa libre puede, sin duda, ser buena o mala, pero evidentemente, sin la libertad, nunca será otra cosa que mala (…) Con la libertad de prensa, los pueblos no están seguros de ir hacia la justicia y la paz. Pero sin ella, están seguros de no ir. Porque solo se hace justicia a los pueblos cuando se reconocen sus derechos y no hay derecho sin expresión de ese derecho”.

Camus, que ya para entonces se había distanciado de los intelectuales marxistas, no deja, en su intervención, de hacerles un guiño, consciente de que los peligros autoritarios que acechaban a la prensa estaban presentes no solo en los regímenes militares de América Latina, sino también en la entonces órbita soviética.

Por eso, no duda en afirmar:

“En este punto, podemos citar a Rosa Luxemburg, que ya decía que ‘sin libertad ilimitada de la prensa, sin una libertad absoluta de reunión y de asociación, el dominio de las grandes masas populares es inconcebible’.

Por lo tanto, hay que ser intransigente sobre el principio de esta libertad. No es solamente la base de los privilegios de cultura, como intentan hipócritamente hacernos creer. También es la base de los derechos de trabajo. Aquellos que, para justificar mejor sus tiranías, oponen el trabajo y la cultura, no nos harán olvidar que todo lo que esclaviza la inteligencia encadena el trabajo, y al revés. Cuando la inteligencia es amordazada, el trabajador no tarda en ser esclavizado, de la misma manera que, cuando el proletario está encadenado, el intelectual pronto queda reducido a callarse o a mentir. En definitiva, aquel que atenta contra la verdad, o contra su expresión, mutila finalmente la justicia aunque crea servirla. Desde este punto de vista, negaremos hasta el final que una prensa sea verdadera porque sea revolucionaria; solo será revolucionaria si es verdadera, y nunca de otra manera”.