Una pequeña ventana al pensamiento político de Salarrué

Ernesto Mejía / @netomejia08

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Entre 1929 y 1938, Salarrué sellaría una prolífica aunque irregular producción periodística en el seno de Patria, el periódico propiedad de José Bernal y dirigido en sus dos primeros años por Alberto Masferrer.

En él, entre idas y venidas, entre períodos de frenética actividad  y otros de mayor repliegue, Salarrué se desempeñaría como colaborador y hasta como jefe de redacción en dos ocasiones, llegando a tener secciones fijas como Divagaciones filosóficas, Juvenecer, Menú de hoy, El pescador silencioso y El sueño de anoche, calzadas muchas con su seudónimo “oficial”  y otras bajo nombres como el Chef, José Fort Newton o Sacapuntas.

Sería en sus páginas donde incluso antes de ser concebidos como una obra literaria, sus primeros “Cuentos de cipotes” verían la luz.

Es a esa trayectoria a la que busca acercarnos el investigador Guillermo Cuéllar-Barandiarán con su libro “Salarrué en Patria”, presentado en marzo pasado.

Su obra, que requirió la consulta de 1080 ejemplares que el autor encontró disponibles y dispersos en el Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional, el Museo de la Palabra y la Imagen y el Museo Nacional de Antropología, pretende como ya se ha dicho no solo reconstruir la inserción y trayectoria del pensador salvadoreño en el periódico sino también analizar su aporte intelectual a sus páginas.

Tomando los 449 textos surgidos de la pluma de Salarrué que el autor encontró en el cuerpo analizado, y haciendo uso de herramientas de semiótica discursiva, Cuéllar-Barandiarán concluye que en su paso por Patria, el escritor haría de “Cuentos de cipotes” su publicación asidua más emblemática, buscando con ellos sublimar un rasgo doloroso de la salvadoreñidad, a saber: nuestra pequeñez territorial y nuestra insignificancia en el orden mundial.

De acuerdo con el investigador, el intelectual interpretaría con ellos el dolor colectivo derivado del trauma de nuestra estrechez geográfica y lo transmutaría en canto, en un proceso de sanación que conciliaría esa herida con una posibilidad de recuperación.

La obra de Cuéllar-Barandiarán, sin embargo, tiene también otros méritos. En primer lugar, dimensiona el papel trascendental que jugaron tanto Salarrué como el segundo director-propietario de Patria, Alberto Guerra Trigueros, en la persistencia del periódico aún mucho después de la salida de su ideólogo y primer director.

Dicha medida, motivada, según el investigador, por la radicalización de las posturas políticas de Masferrer, su actividad proselitista en apoyo a la fórmula presidencial de Arturo Araujo y la discordia en la forma de mantener económicamente al medio, se consumaría a finales de agosto de 1930.

Su salida se ha asociado tradicionalmente a la idea de un periódico que comenzaría un acelerado proceso de deterioro hasta sucumbir poco tiempo después.

El autor demuestra en cambio que el dueto Salarrué-Guerra Trigueros sabría mantener a flote la aventura periodística y su espíritu “masferreriano” durante siete años más, innovando incluso y mostrando templanza en una época marcada por el autoritarismo y la censura gubernamental.

 

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El segundo mérito de la obra consiste en que su compilación, sin ser exhaustiva, y contener varios escritos que se conocían ya anteriormente, permite vislumbrar destellos del pensamiento político del mayor narrador salvadoreño.

De la lectura de sus escritos, puede afirmarse en términos generales que Salarrué adoptaría la doctrina vitalista de su maestro. Ese pensamiento político al que tanto manosearían los sectores conservadores del país posteriores al 32, y al que tanto denostaría la izquierda anterior a la guerra civil (basta recordar el famoso “Viejuemierda” de Roque Dalton) se articulaba alrededor de tres pilares: la filosofía  oriental; un socialismo reformista de corte fabiano, es decir el movimiento político británico que sería la base del ulterior Partido Laborista; y la realidad salvadoreña de finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

Masferrer apuntaba con ella a la satisfacción plena de un mínimo de nueve necesidades: trabajo, alimentación, habitación, agua, vestido, asistencia médica, justicia, educación y descanso. A este respecto y para una mejor y mayor valoración de la doctrina política del intelectual resulta pertinente la tesis de Víctor Manuel Guerra, “El vitalismo masferreriano: un modo de hacer filosofía en El Salvador de principios del siglo XX” 

Sin embargo, aunque admiraba los postulados, Salarrué rehuiría de participar en la política partidaria. Conminado por amigos o por Masferrer mismo para integrarse al Partido Vitalista, el escritor le enviaría una carta publicada en el periódico el 14 de septiembre de 1929 —apenas tres meses después de haber iniciado su colaboración en el mismo — en la que dejaría clara su postura.

“Soy un hombre antigregario; mi naturaleza de artista me hace apartarme de todo lo que es grupo, casta, secta, partido, conciudadanía e ismos en general. Por ello y no por otra razón, me resisto a formar parte del Partido Vitalista. Comprendo la trascendencia de tal organización, pero entiendo la doctrina como tal, porque doctrina es amplitud y partido es restricción”.

Casi cuatro años más tarde (1933), cuando Masferrer ya había fallecido, el intelectual reafirmaría el punto en otra columna llamada “Hombres de buena voluntad”, en la que aprovecharía para desmarcarse también del movimiento comunista salvadoreño.

“Nosotros no fuimos ni seremos “minimum vitalistas” porque, como lo expresamos a su tiempo y en este mismo diario, aunque el postulado era bueno nos venía estrecho… No comulgamos con la idea del ‘Minimum vital’ y sin embargo la tenemos por buena y practicable y lo que es más, por anticomunista. No sabemos de dónde han sacado algunos malquerientes que somos comunistas. Nosotros declinamos el honor, no por miedo, sino por una sencillísima razón, por incompatibilidad de los ideales comunistas con los nuestros que son de pacifismo y absoluta no violencia”.

Una toma de distancia que no impediría que Salarrué profesara una abierta admiración por el líder de dicho movimiento, Agustín Farabundo Martí, que dejaría patente en un texto publicado tan solo un año después de la matanza del 32 y en ocasión del primer aniversario de su fusilamiento (El sembrador desconocido, 2 de febrero de 1933).

Adverso como le era el vitalismo al sistema capitalista, Salarrué aprovecharía algunas de sus columnas para atacar la agresiva mecanización del proceso industrial (Divagaciones filosóficas, 28 de enero de 1930) y la lógica de una búsqueda de ganancias sin fin, basada muchas veces en procesos viciados. Prueba de esto último es la dura crítica que lanzaría a los banqueros en el texto titulado “Concesiones, compensaciones, indemnizaciones”, del 10 de mayo de 1934 y firmado bajo el seudónimo de Chef.

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Columna dedicada a Agustín Farabundo Martí

Escrito en vísperas de la fundación del Banco Central de Reserva, una medida que revocaría a varios bancos comerciales la facultad que habían tenido hasta entonces de emitir billetes, el escritor atacaría en dicho texto, el estilo ganguero de hacer negocios en el país, poniendo de ejemplo la millonaria indemnización que los bancos Salvadoreño y Occidental pretendían del Estado por renunciar al referido derecho.

Con todo, y a diferencia de su maestro que sí aspiraba a una transformación de la realidad por la vía de la modificación de las instituciones políticas, Salarrué se decantaría más bien por llamar a una transformación de los individuos.

Su incitación apuntaba, entre otras cosas, a un desprendimiento de los bienes materiales que desembocara en una mayor generosidad hacia los demás (“Dar”, 10 de octubre de 1936) y a una vida que estuviera en equilibrio con la naturaleza (“Naturalidad”, sin fecha). Un llamamiento que apelaba también a indignarse claro ante las injusticias del mundo pero a las que proponía solo un “pacifismo militante”, próximo a la desobediencia civil, promulgada por Thoreau y Gandhi.

Salarrué haría ese llamado desde una convicción humanista y libertaria que chocaría  en algunos casos con las políticas gubernamentales y que resultaría a lo mejor incómoda para la época. (“He demostrado toda mi vida una aversión atroz para con las asociaciones que pretenden enrolar en un solo pensamiento a muchos individuos”).

En 1934, por ejemplo, el literato alzaría su voz en contra de las pretensiones del oficialismo de endurecer una ley de imprenta pasada un año antes por la cual se imponía límites a la libertad de expresión y se censuraba a los medios.

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En 1938, Salarrué sienta su postura en contra de la pena de muerte

En una clara dedicatoria a Guerra Trigueros que era de origen nicaragüense, el gobierno buscaba con dicha reforma radicalizar las medidas vigentes con la “nacionalización” del periodismo, una disposición que limitaba la propiedad de las imprentas y las empresas de publicidad, así como los puestos de directores o jefes de redacción, únicamente a salvadoreños por nacimiento.

“No veo cuáles sean las ventajas que acarreará la nacionalización del periodismo salvadoreño, aquí en donde hasta las más pequeñas e insignificantes actividades se encuentran en manos de extranjeros. El comercio salvadoreño está en manos de judíos, alemanes, franceses, norteamericanos, ingleses, polacos, españoles, etc. Y nadie protesta”, El menú de hoy, La nacionalización del periodismo, jueves 17 de mayo de 1934.

El escritor volvería a la carga de nuevo contra otra política gubernamental, en 1938, con el texto “No matarás. La justicia no aniquila”, en el que sentaba una postura crítica ante la pena de muerte, uno de los hasta hoy afamados métodos de impartir justicia del régimen del general Maximiliano Hernández Martínez.

“El establecimiento o restablecimiento de la pena de muerte en las leyes penales de un Estado cualquiera es un paso atrás (…) Personalmente encuentro igual estado de reflexión en los acusados de todo el mundo que con motivo de un asesinato probado se sientan al banquillo, que en el Estado pretendiendo al matar al matador, haber dado con la más inteligente solución al asunto. Con una insospechada ironía suena en mis oídos la frase aquella de que ‘hay que suprimirlos para dar el ejemplo’, y como efectivamente se ha dado el ejemplo, el ejemplo es indefinidamente aprovechado…”

En esa misma línea, el intelectual no tendría problemas tampoco con vérselas con esa religión de carácter civil que es el patriotismo, llegando incluso a ironizar sobre algunos de sus símbolos.

En “Un sueño extraño”, aparecido el 15 de mayo de 1929, Salarrué juega con la idea de un diálogo entre él y un protagonista denominado Don Atanacio. Este último le relata un sueño que ha tenido la noche anterior en el que se ve convertido en diputado. Junto a él, en la Asamblea, aparece de pronto el expresidente Manuel Enrique Araujo, asesinado en 1913, solicitando que se le cambie el nombre al país.

“Es necesario -dijo- que le cambiemos el nombre al país. Nuestro país es el que lleva el nombre más ridículo en el concierto de las naciones (…) No se puede hacer nada serio con semejante nombre (…) Ya podríamos llamarnos de peor manera dado el exquisito mal gusto de nuestros ancestros. Demos gracias de que este país no se llame El Corazón de María, El Divino Rostro o cosa peor”.

La charla se extiende hasta que don Atanacio empieza a desvanecerse de la ensoñación y entonces exclama: “Todos aquellos señores (…) siguieron discutiendo imperturbables, mientras yo me desvanecía en mi asiento, dejando a mi pesar aquella grata charla de sobremesa con aquellos distinguidos coterráneos y excelentísimos difuntos a quienes no volveré a ver ni a oír como seguiré oyendo el bendito nombre de El Salvador”.

Aunque Cuéllar-Barandiarán, como repito, no se propone como objetivo inicial rescatar la dimensión política de los textos de Salarrué en Patria, esa lectura, creo, arroja interesantes elementos que ayudan a reconstruir la aparentemente compleja relación que el escritor mantuvo con el poder político de la época.

A ese respecto basta recordar que tres años atrás, el escritor, lingüista y antropólogo, Rafael Lara Martínez, publicó su libro “Del silencio y del olvido, o los espectros del patriarca”, donde por medio de fuentes primarias sostiene que Salarrué, y todos los intelectuales de aquel momento, no solo callaron ante los eventos sangrientos del 32, sino que colaboraron en estrecha complicidad con el régimen del general Martínez en la creación de un proyecto cultural centrado en un  indigenismo con un fuerte componente nacionalista y popular.

Las temáticas y el tono de muchas de las columnas escritas por el literato en el tiempo en que figuró en las páginas del periódico dejan entrever, sin embargo, a un artista  indócil en una de las épocas más turbulentas de las que el país tenga memoria. La obra de Cuéllar-Barandiarán, cuyo mayor defecto sea quizás su estilo extremadamente académico, puede sin duda abonar a un mayor conocimiento de esa figura paradójica cruzada por luces y sombras.

Derecha e izquierda, esos escurridizos términos

Ernesto Mejía / @netomejia08

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Foto de http://www.casadellibro.com

Cuando Norberto Bobbio publicó su ya clásico “Derecha e izquierda”, el muro de Berlín no tenía ni siquiera cinco años de haber caído, pero de entre sus escombros  había ido extendiéndose una creencia que pregonaba la crisis de las ideologías y que sostenía que ambos términos, utilizados desde la Revolución francesa para designar a los polos del espectro político, carecían ya de significado.

Y sin embargo, como recordaba el filósofo y politólogo en la introducción a la primera edición de su libro, al momento justo de escribirlo, dos alineaciones de su natal Italia (el Polo de las Libertades y la Alianza de los Progresistas) se aprestaban a disputar el gobierno del país, paradoja de paradojas, arropados cada uno bajo la bandera de la derecha y la izquierda respectivamente.

Su intención a lo largo de su obra sería pues demostrar que, a pesar de la aparente desafección política de la época, que tendía a desdibujar los contornos de ambos términos, a fundirlos en una mezcla indistinta o incluso a darlos por superados, estos no solo no eran cajas vacías sino que conservaban aún su relación antitética. A tal punto que las personas continuaban usándolos y comprendiéndolos perfectamente.

Para él, el criterio que mejor definía a derecha e izquierda era la menor o mayor disposición  que estas mostraban hacia la igualdad de los seres humanos. En ese sentido, sostenía Bobbio, mientras la izquierda  anhela una reducción de las desigualdades, a las que considera productos sociales, la derecha está más dispuesta a tolerarlas, viendo en ellas un proceso natural  o el peso de las costumbres, de la tradición.

El filósofo advertía que la moderación o el radicalismo de cada uno de esos polos dependía, en cambio, de la actitud que estos adoptaran con respecto a otro criterio clave: la libertad.

Usando esa doble dualidad (igualdad/desigualdad – libertad/autoritarismo) Bobbio esquematizaría el espectro político en cuatro partes: la extrema izquierda, caracterizada por ser a la vez igualitaria y autoritaria; el centro izquierda, igualitario y libertario; el centro derecha, libertario y no igualitario; y la extrema derecha, totalmente antiigualitaria y antilibertaria.

Ahora bien, los más de 20 años transcurridos desde la primera edición de su libro, y los incesantes cambios en los que ha estado inmerso el mundo desde entonces, un período en el que se ha escuchado frecuentemente y de nuevo la acusación de la “derechización de las izquierdas”, ha hecho que muchos autores hayan vuelto sobre el debate, haciendo que las grandes preguntas que lo encendieron no hayan dejado de estar sobre la mesa:  ¿Existe todavía una diferencia entre derecha e izquierda? ¿Siguen teniendo algún sentido dichos conceptos en el mundo de hoy? ¿Cuáles son sus significados?

Convencida acaso de la vigencia de los postulados de Bobbio, la editorial Taurus reeditaría, en 2014, su libro en ocasión del vigésimo aniversario de su primera publicación y otras  obras  vendrían en esos dos decenios a abonar en el intercambio.

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Una de las más recientes sea quizás “El monstruo amable. ¿El mundo se vuelve de derechas?”, del lingüista italiano y especialista en filosofía del lenguaje, Raffaele Simone, aparecida en 2008 (traducción al español en 2012).

Si el primero de estos dos libros vio la luz, apenas unos cuantos años después del derrumbe del bloque soviético y de los socialismos reales, lo que supuso para gran parte de la izquierda el resquebrajamiento de la ilusión de oponer una alternativa al sistema capitalista, el segundo lo haría en un momento no menos simbólico: en medio de la primera gran crisis financiera y económica del siglo XXI, un quiebre que pondría en entredicho las afamadas virtudes del capitalismo anunciadas con bombo y platillo por la derecha desde la caída del comunismo.

Pero si como ya se ha dicho, Bobbio adjudicaba todavía significados concretos a ambos términos, Simone apuntaría más bien a una desintegración de esa díada. Su juicio es particularmente severo con la izquierda a la que, según él, la serie de sus errores históricos, su alejamiento de los obreros, la transformación de sus votantes, pero sobre todo la carencia de ideas y proyectos viables, así como  su clamorosa incapacidad de advertir los gigantescos cambios del capitalismo en el último cuarto de siglo, la han dejado desorientada, sin rumbo, gestionando ideas tradicionalmente asociadas a la derecha, y en última instancia prácticamente vaciada de contenido.

Frente a ella, Simone advierte, en cambio, a una derecha transfigurada que aunque mantiene algunos rasgos históricos, constituye una mezcla de ingredientes totalmente nueva. A falta de un término que pueda denominarla con cierta precisión, la llama Neoderecha.  Esta es obviamente capitalista, pero de un capitalismo más financiero que industrial, es ultraglobalizada, altamente centrada en el consumo y tecnológica.

Como el poder financiero transnacional del que es expresión está fuera del alcance de cualquier control político o sindical, no es extraño que dicte leyes a los gobiernos, los cuales o están constituidos por agentes políticos suyos o se ven sobrepasados por la capacidad de ese oponente intangible.

Aunque sus efectos planetarios son perjudiciales en múltiples niveles, Simone afirma que la clave de su éxito  ha consistido en haberse construido, por la vía de la publicidad, el mercadeo y los medios, una apariencia joven, festiva, moderna y vital que nos asalta en cada esquina con la promesa de la felicidad y el bienestar ilimitado.

Ese es el monstruo amable de su título; una bestia cuyo magnetismo es tal que ha logrado equiparar en la conciencia de nuestra época la opulencia del consumo con el progreso y el bienestar.

Si a ese panorama de apariencia vital y festivo se le contrapone la trabajosa disciplina que implica para cualquier persona situarse a la izquierda del espectro político, algo que exige una coherencia entre discurso y hechos, una cierta renuncia y negación, una moderación en el consumo y la creencia en la solidaridad como factor de cohesión, elementos que la hacen ver hoy vieja, cansada y polvorienta, la bancarrota de esta parece total.

Por eso, Simone, echando mano de términos económicos tan en boga en estos días, prefigura un escenario no muy lejano de “merging and aquisition”, es decir una operación donde un grupo más fuerte (la derecha, en este caso, o la neoderecha) adquiere y disuelve a uno más débil (la izquierda).

“En las estructuras ‘incluyentes de las que se empiezan a ver las vanguardias, será la derecha la que englobe a la izquierda y no viceversa. ‘Más allá de la izquierda y la derecha’ encontraremos un contenedor de Neoderecha con un vago olor a izquierdas dentro, emanado por los pocos restos que hayan sobrevivido mientras tanto… Una parte de las izquierdas (empezando por sus dirigentes) está impregnada de ese aroma (de fusión) desde hace tiempo y de forma decidida, como se ve por sus posicionamientos y conductas, por sus usos y costumbres, e incluso por sus gustos y consumos personales”.

Por sugerente que sea su análisis (o sombrío, en función de quién lo mire), su resultado final parece improbable. De acuerdo con Bobbio, la existencia de un binomio de términos antitéticos como el que nos ocupa presupone la indisociabilidad de los mismos. Dicho de otra forma: existe una derecha en cuanto existe una izquierda, y existe una izquierda en cuanto existe una derecha.

Y eso independientemente de la fuerza que cualquiera de las dos llegue a adquirir en un determinado punto histórico.

“Predominio no significa exclusión del otro. Tanto el caso del predominio de la derecha sobre la izquierda como en el caso contrario, las dos partes siguen existiendo simultáneamente y extrayendo cada una su propia razón de ser de la existencia de la otra, incluso cuando una asciende más alto en la escena política y la otra baja”, refiere el autor.

Puede que Simone acierte al señalar que la batalla cultural de nuestro tiempo sea un duelo en el que la izquierda ha sido ampliamente superada y que sus desafíos sean por tanto inmensos.  Y puede que el análisis de Bobbio resulte hoy demasiado esquemático. Pero un sistema que conserva y acentúa muchos de los problemas por los que la izquierda nació y a los que pretendía darles respuesta (desigualdad, dominación, explotación, falta de bienestar de una mayoría) verá por fuerza a sus ideales mantenérsele en oposición.

Como señalaba Bobbio, en febrero de 1998, en un artículo aparecido en la revista Reset, en el que confrontaba las tesis de Francis Fukuyama (otro pregonero de catástrofes o portador de buenas nuevas, dependiendo de nuevo de por dónde se vea):

“¿Es cierto que la izquierda hace lo mismo que la derecha porque, tras haber alcanzado el ‘final de la historia’, la meta que han propuesto siempre los movimientos de izquierda no solo ha demostrado ser inalcanzable sino también ruinosa para el progreso humano? Estoy cada vez más convencido, y creo que lo he dado a entender, que no solo esto no es cierto, sino que en la carrera desenfrenada e incontrolada hacia una sociedad globalizada de mercado, destinada a crear siempre más desigualdades, estos ideales están más vivos que nunca”.

Cuatro temas que unen a Trump con el romanticismo alemán (o no)  

 

 

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Francois Gérard, La batalla de Austerlitz. Tomada de http://www.reprodart.com

Ernesto Mejía / @netomejia08

En los últimos meses, la figura de Donald Trump pasó  de ser la de un excéntrico multimillonario asociado a proyectos inmobiliarios a la de un contendiente con las más serias posibilidades de convertirse en el candidato presidencial del  partido Republicano de Estados Unidos.

Su perturbadora retórica, cargada de una alta dosis de chovinismo y de velado o  abierto racismo, ha hecho que las comparaciones entre él y Hitler se multiplicaran por todo el mundo. Los paralelos claro no han sido gratuitos, por la sencilla razón de que Trump, al igual que en su momento lo hiciera el nacido en Braunau am Inn (en la actual Austria),  explota en buena parte de sus intervenciones las peligrosas ideas del nacionalismo, una ideología que hizo su primera aparición, al menos en Occidente, en el siglo XIX, en los territorios de la hoy Alemania, y cuyas raíces se hunden en el romanticismo de ese país.

Este último, un movimiento filosófico- literario, surgido a finales del siglo XVIII, que terminaría extendiéndose a todas las artes, sería en su esencia una reacción a la Ilustración francesa , a las posteriores invasiones napoleónicas que propagarían sus ideas por toda Europa y una consecuencia de la histórica rivalidad franco-germana.

Valga este ejercicio para señalar cómo algunas de las banderas que el precandidato estadounidense agita hoy con rabia se encontraban ya de una u otra forma en algunos de los primeros postulados de una vanguardia artística que dejaría una profunda huella en el mundo occidental.

 

 

1) El odio xenófobo

El primer eje temático en el que parecen alinearse las ideas de Trump y las de los pensadores alemanes del siglo XIX es en su odio a todo lo que huela a foráneo.

Desde que anunció su intención de correr por la candidatura del partido Republicano, en junio de 2015, Donald Trump dio algunas muestras de ello. Su foco desde entonces ha estado principalmente sobre los inmigrantes provenientes del vecino del sur (“México está enviando a gente con un montón de problemas (…) están trayendo drogas, el crimen, a los violadores”).

Sin embargo, el empresario ha reservado apreciaciones parecidas para los refugiados sirios, a quienes ha vinculado con el Estado Islámico y con los ataques terroristas de París, y para los “trabajadores extranjeros” en general,  a los que ha acusado de contribuir con el desempleo y de embolsarse salarios que podrían ser para estadounidenses. En la retórica de Trump, su país se ha convertido en “el basurero de los problemas de todos los demás”.  En concordancia con esa visión, su idea es deportar a todo aquel inmigrante indocumentado.

Bajo una eventual presidencia suya, el país solo aceptaría, aparentemente, a extranjeros que estudien en el territorio estadounidense, pero a condición de que cumplan estrictas medidas migratorias.

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Ernst Moritz Arndt. Tomado de http://www.ksta.de/

 

Los románticos alemanes tenían de igual manera una visión negativa de los extranjeros y particularmente del invasor francés. A ese respecto, baste recordar las palabras del poeta Ernst Moritz Arndt, que citado por Rudolf Rocker en “Nacionalismo y cultura”, decía: “Odio a los extranjeros, odio a los franceses, a su arrogancia, a su vanidad, a su ridiculez, a su idioma, a sus costumbres; sí, odio ardiente a todo lo que venga de ellos; eso es lo que debe unir fraternal y firmemente todo lo alemán y la valentía alemana, la libertad alemana, la cultura alemana, el honor y la justicia alemanes, deben flotar sobre todo y adquirir de nuevo la vieja dignidad y gloria con que nuestros padres irradiaron ante la mayoría de los pueblos de la tierra”.

 

2) La importancia de la frontera

Trump ha insistido una y otra vez en la necesidad de cerrar la frontera sur de Estados Unidos con un muro. Una división que, según él, México está obligado a financiar ya que durante años su país ha destinado miles de millones de dólares a servicios de salud, vivienda, educación y seguridad social para migrantes que ni siquiera están legalmente en suelo estadounidense. De negarse a pagar por la obra, Trump ha propuesto, entre otras cosas, que se decomisen las remesas enviadas por la población mexicana a sus familiares; que se eleven los costos de las visas temporales y las visas para trabajadores mexicanos; que se aumenten las tarifas para el otorgamiento de tarjetas de cruce en los pasos fronterizos; y que se recorte la ayuda al país que se extiende al sur del río Bravo (o Grande, como deseen llamarle). En una de sus más recientes intervenciones sobre el tema, el precandidato sugirió incluso que podría desatar una guerra si México no accede a pagar el muro.  “No somos un país, si no tenemos fronteras”, ha sido otro de sus lemas.

 

Aunque los románticos alemanes no pensaron, obviamente, nunca en construir un muro en su frontera occidental con Francia, muchos de ellos sí concibieron al Rin y a los territorios situados en su ribera izquierda, como una demarcación que debía de defenderse con la vida si fuera preciso para evitar con ello el paso del enemigo. La referida ribera había estado en disputa desde  al menos el siglo XVII, puesto que Luis XIV la consideraba parte de su reino. Cuando en 1840, Adolphe Tiers, el primer ministro francés volvió a abordar por enésima vez el tema, reivindicando para su país el margen occidental, del lado germánico, temiendo una nueva anexión como la sucedida bajo Napoleón en 1806, se elevaron los más virulentos discursos llamando a defenderlo.

Quizás ilustre mejor esa atmósfera el poema “Rheinlied” (La canción del Rin), de Nikolaus Becker que además de los versos en los que destaca la belleza del río, llama una y otra vez a no cederlo al enemigo: “No lo tendrán/ al libre Rin alemán/aunque lo exijan a gritos/ como ávidos cuervos…No lo tendrán/ al libre Rin alemán/hasta que sus aguas no haya cubierto/ los huesos del último hombre”.

Luego de la “Rheinlied”, numerosas canciones o himnos dedicados a la corriente fluvial se sucederían uno tras otro, siendo quizás “La guardia del Rin”, la más famosa. Esta composición amplifica aún más el estilo guerrerista de su predecesor (“Mientras una gota de sangre aún brille/mientras un puño pueda empuñar una espada/y un hombro pueda sostener un rifle/ ningún enemigo entrará en tu orilla”).

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La guardia del Rin, Lorenz Clasen. Foto de http://www.de.wikipedia.org/

 

3) El lazo del idioma

El uso del idioma “propio” ha sido otro de los elementos a los que el precandidato ha echado mano para reafirmar el sentimiento nacional.

Luego de que, en septiembre pasado, el entonces también precandidato, Jeb Bush, respondiera en español a unos periodistas que lo habían abordado en Florida, Trump aprovechó el momento y le pidió que “diera el ejemplo” y hablara en inglés mientras estuviera en Estados Unidos. Un par de días después, volvería a hacerle la misma petición en pleno debate republicano: “Tenemos un país donde hay que hablar inglés para integrarse. Necesitamos integración en este país, no soy el primero que dice esto en la historia”

 

Más de 200 años atrás, en 1808, el filósofo Johann Gottlieb Fichte había puesto esa misma importancia trascendental en el idioma, llegándolo a incluir en sus “Discursos a la nación alemana”, como una de las “fronteras interiores”, es decir aquellas que más allá de las estatales, separan orgánicamente lo propio de lo ajeno.

“Las primeras, originarias, y realmente naturales fronteras de los estados son indudablemente las fronteras internas. Aquellos que hablan el mismo idioma son unidos entre sí por una multitud de lazos invisibles por la misma naturaleza, mucho antes de la aparición de cualquier arte humano; se entienden entre ellos y tienen el poder de continuar hacerse entendidos cada vez con más claridad; pertenecen juntos y son por su misma naturaleza un todo único e inseparable”.

Y qué decir de nuevo de Arndt, que en su poema  “Cuál es la patria alemana” se despacha de la siguiente manera: “¿Cuál es la patria del alemán? ¿Es el país de Prusia, de Suabia o del Rin, donde maduran las uvas, o el de Belt, donde revolotean las pintadas aves? ¡Oh, no, no. Su patria debe ser más grande! ¿Será el país de Pomerania, el de Westfalia, aquel en cuyas costas se alzan torbellinos de arena, o por donde pasa mugiendo el poderoso Danubio? ¿Será la Baviera, el país de Estiria, aquel en donde pacen los numerosos rebaños de los Marsos, o en donde el habitante de la Marche, halla inmensos veneros de ricos metales? ¡Oh, no, no; su patria es más extensa! (…) ¡Nombrad, pues, esa gran patria! Escuchad: es todo el país en donde retumba la lengua alemana, en cuyo lenguaje, los cantos celebran al Dios que está en los cielos. ¡Esforzado alemán, esta es tu patria, esta es la que merece tan dulce nombre! ”

 

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Germania, Philipp Veitt. Tomada de http://www.elmati.cat

4) La grandeza de la nación

En este punto no hay mucho que decir sobre la visión de Trump. Basta con recordar que su eslogan de campaña, basado en la pretendida “excepcionalidad” estadounidense, es “Volver a hacer grande a América”, entendida América en el sentido gringo, claro. Un pensamiento que denota no solo la supuesta superioridad moral, social, económica, etc. de la nación, sino su llamado a cumplir una misión especial en el mundo.

La misma idea, solo que aplicada a Alemania y más que todo a una dimensión cultural, vibraba ya en el siglo XVII en la pluma del escritor Friedrich Schiller, uno de los precursores del romanticismo germano.  En un poema titulado “Grandeza alemana”, escrito en 1801 y descubierto después de su muerte, Schiller afirmaba: “El alemán tiene intimidad con el espíritu del universo. Para él está destinado lo más elevado… Él es el escogido por el espíritu del mundo, durante la lucha del tiempo para trabajar en la eterna construcción de la formación humana”.

 

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Germania, Friedrich August von Kaulbach. Tomada de http://www.jmberlin.de/

Ahora bien, aunque parezca haber una coincidencia discursiva en estos temas entre el movimiento romántico y el precandidato presidencial, sería ingenuo equiparar unos a otros automáticamente.

Como se apuntó al principio, las visiones del romanticismo germánico surgen bajo condiciones bien concretas y se ven exaltadas por la invasión de un ejército imperial. El movimiento es, en pocas palabras, una reacción a la Ilustración francesa a la que sus exponentes consideraban un absolutismo que privilegiaba la razón, al tiempo que obviaba  todo lo que esta no podía abarcar. De esa forma, afirmaban, relegaba a un segundo plano el arte, la literatura, los sentimientos, las pasiones o la imaginación como medios para aprehender el conocimiento.

Ante eso y ante la voluntad universalista, cosmopolita y uniformadora del racionalismo ilustrado, expandida por las tropas napoleónicas, es que se rebelan los pensadores románticos. Como oposición a lo primero plantean la idea de aspirar a lo Absoluto, a lo Eterno, al Universo, en una búsqueda sin fin en la que se pretende conciliar las múltiples facetas humanas que han sido desterradas por la Ilustración. Frente a lo segundo postulan  una vuelta a las raíces, a la lengua, a la cultura y a las tradiciones de la nación; es decir una penetración y un descubrimiento  del “Volkgeist” (el famoso “espíritu del pueblo” de Johann Gottfried Herder); ese conjunto de costumbres, esa forma de vida y de percibir que le son propias  a cada nación.

En su etapa temprana, el nacionalismo romántico no es ni siquiera agresivo. De cara a la avasalladora presencia de los invasores franceses, la exaltación nacional sirve esencialmente para exigir la libertad, la unificación de los pueblos germanos, la autodeterminación cultural e iguales derechos para todas las naciones. Adelantado a su época, Herder sueña, incluso, con una pluralidad de culturas nacionales que puedan cohabitar pacíficamente.

En su fase más tardía, con la unificación ya concretada,  este derrapa sí hacia un estadio más virulento donde se procede a proclamar jerarquías de naciones, en las que Alemania tiene, por supuesto, una supremacía.

Aunque trazar una línea directa del romanticismo al nazismo sería simplista, es cierto que algunos de sus rasgos: su metafísica,  su arraigo a los orígenes,  su emotividad  e irracionalidad, en conjunción con otros factores (darwinismo social, teorías de raza, ocultismo, mitología, exaltación de la técnica) pervivirían en él y permitirían la locura criminal del Tercer Reich.

Así, a la vuelta de apenas un poco más de un siglo, el sueño de alcanzar el ideal romántico de conciliar todas las facetas humanas a la vez que se reafirmaban las particularidades nacionales se convertiría en una pesadilla cuando caería preso del radicalismo político.

Es en esa última posición donde se ubica Trump y tantos otros líderes nacionalistas. El precandidato acude a remover las fibras nacionales, no para estructurar una emancipación esencialmente cultural como la deseada por los primeros románticos, sino para montar un proyecto político que permita erigirlo en el dirigente capaz de acometer  una soñada restauración de la patria.

Ante el descontento de amplios sectores por la situación económica o el declive del papel de Estados Unidos en el escenario internacional, Trump recurre a la imagen de un pasado glorioso y de una nación homogénea (da igual si esto tiene unas bases históricas o sea una ficción) para prometer exactamente lo mismo en el futuro.

Como todo buen nacionalista radical recurre a la victimización y construye a un enemigo externo o interno, causante de los agravios, al que lo más puro de la nación debe de combatir.

Es ese radicalismo atávico, que creíamos a lo mejor ingenuamente desterrado después de las dos guerras mundiales, en el que se monta Trump y que está en ascenso de nueva cuenta en muchas partes de Europa.

Y sus consecuencias, como bien lo atestigua la historia, son catastróficas. Aunque Estados Unidos no sea la endeble y decadente República de Weimar, de Trump, lo único que se puede esperar es que no gane ni la candidatura ni por supuesto la presidencia del país.

Porque como lo recordaba Mario Vargas Llosa, en su ensayo “La amenaza de los nacionalismos”:

“A pesar de la vocación pacífica de la mayoría de los nacionalistas, en esta ideología, en su concepción del hombre, de la sociedad y de la historia, anida una semilla de violencia, que germina sin remedio cuando se vuelve acción de gobierno”.

Fascinantes paraísos infernales

Ernesto Mejía / @netomejia08

Atlas
Foto de http://www.casadellibro.com

Las islas han ejercido desde los tiempos más remotos un innegable magnetismo. En la antigüedad, mucho antes de que las artes de la navegación y la cartografía permitieran surcar los mares y volvieran al mundo un lugar completamente reconocible, los hombres llenaron la inmensidad de los espacios situados más allá de los límites navegables con masas de tierra imaginarias —que creían sin embargo concretas y reales— que se perdían en la infinidad de los océanos.

Esas figuraciones de tamaños variables y ubicaciones obviamente imprecisas fueron, en algunas ocasiones, continentes enteros, como la famosa Terra Australis Incognita, una tierra situada en el extremo sur del mundo, que hundía sus raíces en la Antigua Grecia y cuya creencia acompañaría a los marineros hasta el siglo XVIII.

Pero fueron también, y no en pocos casos, porciones más pequeñas, rodeadas por tenebrosos mares repletos de monstruos y amenazantes seres fantásticos.

Más allá de que el camino hasta esos lugares estuviera plagado de indecibles peligros, el imaginario asoció esos ignotos pedazos de tierra con un aura paradisíaca o con una misteriosa atmósfera llena de maravillas donde la vida discurría en un suave equilibrio.

En los confines noroccidentales del continente africano, en el Océano Atlántico, por ejemplo, los griegos situaron las Islas Afortunadas o de Los Bienaventurados, un lugar donde las almas virtuosas alcanzaban el descanso eterno después de la muerte.

Y bajo la forma de una isla representaban también, por lo general, a Tule, una región que se creía habitada por una raza primordial y que según algunas tradiciones se encontraba en el extremo septentrional del mundo conocido, a seis días de navegación del archipiélago británico.

Más tarde, cuando los países de Europa se lanzaron a la conquista de los mares, las visiones de islas colmadas de tesoros serían también una de las fuerzas que impulsaría a exploradores y piratas a cruzar todas las fronteras marítimas imaginables. Motivados por leyendas que habían escuchado entre los incas, navegantes españoles llegaron a la actual Oceanía, a un archipiélago al nororiente de Australia que bautizarían como Islas Salomón, puesto que las creían relacionadas con la región de Ofir, donde se suponía estaban las míticas minas del rey bíblico.

Con todo eso, apenas es extraño que el simbolismo de esos territorios aislados de la civilización sirviera para alimentar también las más variadas ficciones políticas o literarias. Aunque, con el correr del tiempo, varias de ellas comenzaran a poner en entredicho su aura paradisíaca.

Tomás Moro y Johann Gottfried Schnabel imaginaron sí, en esos escenarios, el surgimiento de una sociedad nueva y feliz en sus obras “Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía” y “La isla de Felsenburg”.

Sin embargo, Daniel Defoe y Julio Verne, entre muchos otros (tantos que terminarían por dar vida a un subgénero literario propio), explorarían un abanico de temas que irían más allá de la simple vida apacible. Los personajes de sus novelas “Robinson Crusoe” o “La isla misteriosa” servirían para poner en perspectiva temáticas como el instinto de supervivencia o la deshumanización, así como la adaptación a la soledad y a los ambientes hostiles.

Robert Louis Stevenson, por su parte, en “La isla del tesoro”, trataría de abordar los peligros de la ambición y la dureza del abandono. Mientras que William Golding profundizaría en la pérdida de la inocencia, la barbarie, el autoritarismo y la maldad humana en “El señor de las moscas”.

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La isla de Utopía. Imagen tomada de Wikipedia.

En una era donde prácticamente todos los rincones del mundo han sido explorados y las comunicaciones y los avances tecnológicos nos han granjeado una sensación de seguridad e inmediatez, la tentación de que dichos relatos nos parezcan hoy, en el mejor de los casos, entretenidas historias de aventuras, fábulas de un pasado distante, imposibles de suceder en un mundo como el nuestro, es grande.

Por eso “Atlas de islas remotas. Cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré”, de Judith Schalansky, resulta una agradable sorpresa. Su obra, una metódica mezcla de historia, crónica y cartografía, es un retrato somero de una selección de territorios insulares —deshabitados la mayoría de ellos, apenas identificables en un mapa mundi casi todos— cuyos pasados lejanos o recientes poco o nada tienen que envidiar a las más ingeniosas y retorcidas ficciones de los siglos anteriores.

Pero es también una prueba manifiesta de que, por sus características, las islas, a pesar de la fascinante belleza de muchas de ellas, continúan siendo escenarios donde cohabitan lo insólito, las privaciones y los peligros.

Schalansky dice incluso que la existencia tranquila en esas tierras que parecen ir a la deriva en medio del mar, lejos de los grandes asentamientos humanos y de las rutas  de transporte masivo, es más bien una rara avis.

“El paraíso puede que sea una isla. Pero el infierno también. La vida pacífica es más la excepción que la regla en un pequeño trozo de tierra; es mucho más común encontrar a un dictador ejerciendo un régimen de terror que una utopía igualitaria (…) Alejados del ojo público, las islas se prestan para el abuso de los derechos humanos, para que se detonen bombas atómicas o para que se pongan en marcha desastres ecológicos. No hay ningún jardín del Edén intacto en los bordes de este interminable globo. En lugar de eso, los seres humanos que han viajado cada vez más a lo ancho y largo del planeta han terminado por convertirse en los mismos monstruos que echaron de los mapas”.

En su lista saltan ejemplos de territorios que por su lejanía y aislamiento sirvieron para el confinamiento o para infligir duros castigos. Tal es el caso de Santa Elena, en el océano Atlántico, lugar de exilio y muerte de Napoleón Bonaparte; y Norfolk, en el Pacífico, una de las más temidas colonias penales británicas del siglo XIX.

También destacan islas donde se realizaron prácticas condenables para el mundo occidental, pero que hasta cierto punto pueden parecer comprensibles en su contexto, como el infanticidio, en Tikopia (Océano Pacífico), o el canibalismo, en San Pablo (en el Índico); sin contar otras, claro, donde las más rocambolescas historias desembocaron en desgraciados hechos de sangre.

Cabe en ese último apartado, la historia del atolón Clipperton, ubicado a 1,080 kilómetros de la costa Pacífico de México, donde a inicios del siglo XX existía una guarnición militar de ese país. Un asentamiento al que el estallido de la revolución mexicana (1910) le cortaría el suministro de provisiones y que quedaría finalmente  abandonado a su suerte. Diezmada por el hambre y el escorbuto, así como por los intentos fallidos de sus hombres por alcanzar las costas de Acapulco, su población de un centenar de personas terminaría reducida, en 1916, a un solo hombre y a una quincena de mujeres y niños. Ese último hombre, el antiguo guardián del faro, llamado Victoriano Álvarez, se proclamaría rey  e iniciaría un régimen de terror que se extendería hasta julio de 1917, cuando un grupo de sus víctimas lo asesinaría.

En un afán por demostrar, acaso, que el horror en ese tipo de territorios no es el patrimonio exclusivo de un pasado remoto y que este continúa encontrando en ellos elementos que ayudan a su reproducción, Schalansky incluye en su lista los casos de Pitcairn y Diego García.

El primero, una isla de solo 4.5 km², a mitad de camino entre Nueva Zelanda y Perú, habitada por una cuarentena de personas, todas descendientes de los amotinados de la embarcación HMS Bounty (S.XVIII), vio en 2004 a la mitad de su población masculina enjuiciada por supuestamente haber abusado durante décadas de niños y mujeres del lugar.

El segundo ejemplo, el mayor de los territorios del archipiélago de Chagos, un grupo de islas y atolones situado frente a la costa oriental de África, sufrió, entre 1968 y 1973, la expulsión de más de 500 familias nativas. La medida fue parte de un acuerdo por medio del cual, el Reino Unido cedió a Estados Unidos por un período de 50 años, el referido archipiélago para que instalara en él una base militar que paradójicamente bautizaría como Camp Justice.

Si bien desde entonces, al menos dos tribunales británicos han determinado que la expulsión de esos habitantes fue un acto ilegal, otras cámaras han anulado las resoluciones, impidiendo hasta la fecha, el regreso de los chagosianos a su tierra.

A lo mejor, una de las raras excepciones que escapa a la terrible lista esbozada por la autora sea la isla Pedro I, en el océano Antártico. Un desierto de hielo de 156 km² coronado por un volcán extinto, donde las temperaturas oscilan todo el año entre los 1° C y los -24° C. Con un detalle extra: nunca en su historia, la isla ha estado habitada. De hecho, refiere Schalansky, hasta la década de los 90, la Pedro I había recibido menos visitantes que la luna.

Peligrosa y frágil cohabitación o la más absoluta de las soledades, tal parecen ser las opciones en esos territorios perdidos. Como decir: los paraísos solo existen en las religiones. O en los mitos.