Fantomas, el primer gran asesino múltiple de la literatura

Ernesto Mejía / @netomejia08

Mindhunter, la popular serie de Netflix, dirigida entre otros por David Fincher, presenta el momento en que el ahora archiconocido término “asesino en serie” ve la luz, como un chispazo surgido en medio de una lluvia de ideas.

En ese instante, recreado en el capítulo 9 de la primera temporada, los cuatro integrantes de la recién fundada Unidad de Ciencias del Comportamiento del FBI, reunidos en el sótano que les ha sido asignado en el edificio de la agencia federal, en Quantico, Virginia, buscan una etiqueta para hacer una separación entre asesinos que, a su juicio, muestran un patrón criminal diferente.

“Necesitamos una terminología para distinguir a (Ed) Kemper de (Richard) Speck”, exclama la doctora Wendy Carr,  un personaje basado en la investigadora de la vida real Ann Burgess.

Comienza entonces un breve intercambio de impresiones hasta que Bill Tench, que está basado a su vez en el agente Robert Ressler, asegura:  “… pienso que asesino en secuencia está mal para alguien como Kemper. Se siente demasiado cadencioso.

“Debe sentirse como una historia larga, continuamente actualizada”, interviene Holden Ford (John Douglas, en la realidad).

“Una serie de asesinatos”, agrega Tench/Ressler. Y finaliza preguntando: “¿Un asesino en serie?”

“Eso está mejor”, concluye Carr/Burgess.

Sin embargo, de acuerdo con sus memorias, retomadas en parte por el libro “Sons of Cain”, del historiador Peter Vronsky, Ressler recuerda el momento en que el término le vino a la mente como una revelación todavía mucho más íntima.

El agente se encontraba dando unas conferencias en una academia de Policía, en Inglaterra, en 1974, cuando escuchó la descripción de  unos crímenes que parecían ocurrir en series.

Según Vronsky, a Ressler aquello le recordó el término que se usaba en el cine en las décadas de los 30 y los 40 para designar a las películas cortas y en episodios que se proyectaban los sábados por la tarde: “aventuras en serie”.

Atraído por aquellos finales inconclusos, el público se volcaba en masa, semana tras semana, a los cines ya que en lugar de encontrar en ellos una conclusión satisfactoria, estos incrementaban la tensión en la audiencia.

“Del mismo modo, Ressler pensó, después de cada homicidio, los asesinos en serie experimentan la tensión de un final en suspenso y el deseo de cometer un asesinato mucho más perfecto que el anterior, uno que esté más cerca de su fantasía. En lugar de sentirse satisfechos cuando matan, los asesinos en serie se sienten obligados a repetir sus asesinatos en un ciclo, un patrón de asesinatos parecido a los finales en suspenso de las películas en serie.  ‘Asesinatos en serie’, Ressler argumenta, era un término muy apropiado para los compulsivos homicidios múltiples con los que creía estar tratando”, escribe Vronsky.

Más allá de cómo haya sucedido, y aunque el término ya había sido empleado antes por otras personas en épocas anteriores, hoy parece haber un consenso en indicar que fue Ressler el primero en utilizarlo en su acepción moderna y en popularizarlo entre las fuerzas policiales en Estados Unidos, desde donde dio, por supuesto, el salto hacia la cultura de masas.

Su definición aún así ha sido esquiva y ha variado en múltiples ocasiones en función de los autores y de los expertos que han abordado el tema. Al punto que el FBI debió celebrar, en 2005, en San Antonio, Texas, el denominado Simposio sobre Asesinos en Serie, un esfuerzo multidisciplinario que buscaba llegar a un consenso, tanto sobre la definición, como sobre los conocimientos que se habían adquirido en la materia.

Desde entonces, por encima de las motivaciones de los perpetradores, que pueden ser variadísimas, la agencia federal define a dichos homicidios únicamente como “El asesinato de dos o más víctimas por el mismo o los mismos criminales en eventos separados”.

Algo que los distingue, por ejemplo, de los asesinos relámpago (spree killers), que si bien cometen también múltiples homicidios, estos son realizados en períodos muy cortos de tiempo (a veces horas), y de los asesinos en masa, que los cometen en una sola acción aislada y en un solo lugar.

Ya sea por su actuar retorcido o por los intrincados patrones que utilizan para cometer sus homicidios, ningún otro tipo de criminal ha despertado tanta curiosidad entre el gran público, en las últimas cuatro décadas,  como los asesinos seriales. Una extraña fascinación que se ha traducido en infinidad de películas, series y libros que han abundado en la vida y obra de criminales reales o ficticios.

Obviamente que la existencia de ese tipo de homicidas se remonta a mucho antes de que hubiera un término específico para designarlos y a que el mismo se masificara.

Así, si bien el primer asesino en serie de la historia del que se tiene registro parece haber sido Gilles de Rais, un noble y militar francés del siglo XV que mató a al menos un centenar de jóvenes, el primero en volverse realmente un fenómeno mediático fue, sin duda, Jack El Destripador, un asesino nunca identificado que asoló las calles de Londres, en 1888.

Mientras que en la ficción, por su parte, esa dudosa distinción recaería sobre Fantomas, que aunque no del todo puro, pues muchos de sus crímenes lo acercan al asesinato en masa, sería el primer homicida en serie de la literatura. O por lo menos su primer gran antecedente.

Creado en 1911, por los franceses Marcel Allain y Pierre Souvestre, Fantomas representa un paso de transición entre los antagonistas de la novela gótica y los villanos modernos. Es decir, el giro de un momento en el que la maldad deja de representarse en seres sobrenaturales para materializarse en personajes de carne y hueso.

Cierto es que con anterioridad ya habían existido célebres criminales literarios que habían anunciado dicha transformación (Rocambole, de Ponson du Terrail; Arsenio Lupin, de Maurice Leblanc; Zigomar, de Léon Sazie) pero hasta entonces ninguno había sido tan despiadado ni sanguinario como él.

Solo en el primer libro, de los muchos que componen su extendidísima saga, Fantomas asesina a cinco  personas; y de las más variadas maneras: degollando a una víctima, asestándole un golpe con un martillo a otra y luego estrangulándola, hundiéndole un cuchillo en la nuca a un tercero, etc. Y aunque no muy claro, se deja entrever que es también el causante del naufragio del Lancaster, un barco con 150 pasajeros a bordo que estalla en altamar. Algo que, por lo demás, va en sintonía con otros de sus posteriores asesinatos en masa, como el que comete en el libro octavo (La hija de Fantomas) donde inocula los gérmenes de la peste a unas ratas a bordo del buque British Queen y luego admira cómo los 500 viajeros sucumben ante la plaga.

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Cuál es la verdadera identidad de este homicida es todo un misterio, toda vez que para cometer sus crímenes asume las más variadas personalidades: vagabundo, noble, hombre de negocios, camarero. De hecho,  ante la imposibilidad de reconocer los verdaderos rasgos de esa amenaza siempre latente, los demás personajes se limitan a llamarlo solo por motes que dan cuenta del terror que inspira: “El inatrapable”, “El maestro del horror”, “El rey del espanto”, “El verdugo” o “El emperador del crimen”.

Aunque en algunas de las novelas, se refiere que Fantomas es un archiduque alemán de nombre Juan North, en la primera obra se le identifica simplemente como Gurn, un antiguo sargento de artillería que participó en la Guerra de los Boers en Sudáfrica, y quien luego de recorrer mundo termina involucrándose en una relación adúltera con la aristócrata inglesa lady Maud Beltham, esposa de Lord Beltham, su superior durante la guerra y, a la postre, una de sus tantas víctimas.

Si su identidad es un misterio, sus motivaciones son igualmente nebulosas. En la mayoría de ocasiones, Fantomas parece movido por la codicia, en otras por la venganza. Y en otras más por la gratuidad o el temor de ser descubierto.

De este criminal, del cual no se da nunca una descripción física precisa, sobresalen más bien sus rasgos sicológicos o de personalidad: su astucia; su refinamiento; su carisma; su frialdad; su falta de arrepentimiento; su desdén por la ley y la moral; su sadismo, propio de un sociópata; su regocijo ante sus asesinatos.

En el capítulo vigésimo sexto de la primera novela, por ejemplo, luego de abordar un tren en movimiento y lanzar por la ventana, a las vías del ferrocarril que viajan en sentido contrario, a un hombre que poseía una prueba que podía inculparlo, se congratula:

“¡Pardiez! ¡Bien había dicho yo que el buen hombre no perdería su tren! Dentro de cinco minutos lo alcanzará; dentro de cinco minutos, maletas, cadáver y toda la barahúnda serán aplastados, ¡lo que viene a pedir de boca!”

A pesar de esa violencia y esa crueldad hasta entonces inéditas o quizás a causa de estas, Fantomas cultivaría un éxito inmediato en todos los estratos de la sociedad francesa. Tan es así que Fayard, el editor de Souvestre y Allain, les impondría un contrato brutal. Entre 1911 y 1913, los escritores coproducirían un total de 32 novelas, a razón de más de una por mes.

Aún más, la irrefrenable popularidad del personaje, alimentada también por la película en serie rodada por esos años por Louis Feuillade, haría incluso que Allain escribiera en solitario otros 12 volúmenes adicionales tras la muerte de Souvestre, en 1914.

Para cuando Allain falleció, en 1969, Fantomas no solo había recibido el aplauso generalizado de poetas y artistas, sino que había ejercido una innegable influencia en infinidad de villanos desde los antagonistas de las revistas pulp estadounidenses y los cómics, hasta los enemigos de James Bond, y había allanado el camino para el surgimiento de los más sofisticados asesinos en serie de la ficción como Hannibal Lecter, John Doe, de la película Seven, o Dexter.

Quizás, al final, la sorprendente fascinación popular que en su tiempo provocó el personaje creado por Allain y Souvestre, más allá de su dudosa calidad literaria, haya radicado en el reconocimiento explícito de que el mal es ubicuo y podía residir en un personaje humano, tan humano como cualquiera de los cientos de miles de lectores que periódicamente compraban las novelas.  Y, por supuesto, en el miedo que esa idea generaba.

No en vano las primeras líneas de la monumental obra de los dos escritores galos rezan así:

– ¡Fantomas!

– ¿Qué dice usted?

– Digo … Fantomas.

– ¿Qué significa eso?

– ¡Nada … y todo!

– Pero ¿quién es?

– ¡Nadie … y, sin embargo, alguien!

– En fin, ¿qué hace ese alguien?

– ¡Miedo!