Crítica y autocrítica desde un balcón con vista a la plaza

 

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Portal La Dalia. Foto tomada de skyscrapercity

Ernesto Mejía/ @netomejia08

 

— Te lo digo en serio, un montón de veces creo que hay muy poco de heroico en lo que hicimos.

Las palabras se deslizaron de los labios de Joaquín despacio, como ligeramente pegadas una tras otra, enredadas en el regusto pastoso que le habían dejado las cinco o seis cervezas que se había tomado. Por las altas ventanas de doble hoja abiertas de par en par, junto a las que estaba sentado, se colaba el sol de las cuatro y treinta de la tarde dibujando un rectángulo de luz que bañaba sus piernas, una parte del piso y la mesita de madera donde él y, al otro lado, Roberto posaban de vez en cuando sus envases.

Ambos se habían conocido en 1978, en el primer año de sicología, en la Universidad de El Salvador; se habían enrolado en una sociedad de estudiantes y, luego, cuando la represión del gobierno se había recrudecido y el camino al desfiladero de la guerra civil parecía ya inevitable, habían compartido un largo viaje a la clandestinidad que los había llevado a combatir en la zona norte de Cinquera —la legendaria Radiola— yendo y viniendo, durante una década, entre Cabañas y Cuscatlán.

Al finalizar la guerra, sus caminos se habían separado. Joaquín había rodado de trabajo en trabajo, ayudando en escuelas la mayor parte del tiempo, hasta conseguir un puesto en el departamento de Conservación de la Biblioteca Nacional, mientras que Roberto, hombre recio que había quedado acostumbrado a las penalidades de la guerra, se había empleado como vigilante en una agencia privada de seguridad, y al cabo de cinco años había emigrado a Canadá, donde vivía una de sus hermanas y donde había conseguido un trabajo en la industria cárnica.

Aunque un vínculo intermitente se había mantenido entre ambos, a lo largo de todos esos años, los dos hombres no habían vuelto a verse más desde los inicios de 1993, cuando habían desembarcado de regreso en San Salvador y sus respectivas obligaciones diarias, primero, y las fronteras geográficas, después, habían terminado por imponer distancia entre ellos.

Hacía unos días, sin embargo, luego de una ausencia de 17 años, Roberto había regresado al país para enterrar a su madre y le había propuesto a su antiguo amigo de armas juntarse aunque fuera para tomarse un café. Joaquín había dicho mejor cerveza y lo había citado en ese lugar que no era un bar sino un billar, situado en el segundo piso de uno de los edificios más viejos de la ciudad.

A Joaquín le gustaba aquella estructura centenaria que estaba a solo un par de cuadras de su trabajo. El elegante estilo art nouveau de su fachada, la gracilidad de sus columnas que soportaban toda la complejidad de su segunda planta y daban paso una serie de arcos entre rebajados y trebolados, sus balcones antepechados y voladizos, los detalles circulares de sus balaustradas, las hojas de acanto que sobresalían por debajo de su cornisa, el viejo esplendor de su nombre: La Dalia; una flor resistiendo el paso del tiempo en medio de la proverbial decadencia del centro, todo anegado por el humo y la inmundicia, la delincuencia, los puestos callejeros con su característico olor a frutas y verduras pudriéndose al sol.

— Nos enfrentamos a una de las dictaduras más largas y sanguinarias de América Latina, replicó Roberto, apresurado, como picado en su orgullo. Una dictadura apoyada por los gringos. Y no nos derrotaron. Es más, con una fuerza de solo unos 10,000 hombres pusimos a parir enanos a este país en noviembre del 89. Hicimos que se refundara de nuevo la República. No es poca mierda esa. ¿O sí?

— No, pues, no. ¿Pero vos te acordás por qué luchábamos? ¿Por qué decidimos irnos a la clandestinidad después de los funerales de Romero? Cuando justo aquí, en esa misma plaza que tenés ahí enfrente por poquito nos quiebran el culo cuando veníamos corriendo de allá arriba, huyendo del talegaceo de la Barrios.

— Para eso nos fuimos a pelear, ¿no? Para que no nos quebraran el culo, ni a vos, ni a mí, ni a nadie solo por pensar diferente.

— ¿Solo para eso?

— Para conseguir justicia, democracia, libertad, sí. ¿Para qué si no?

— No sé. Ya se te olvidó que peleábamos por “el pueblo”.

— Claro. También.

— Pero no fue cierto. Ese fue el velo poético que le pusimos todos los que nos fuimos al monte a luchar. La verdad es que nos matamos solo porque había un grupo que no dejaba llegar al poder a otro. Eso fue todo: una lucha por el acceso al poder.  Una guerra para ver quién mandaba. Oligarcas y pequeño burgueses dándose pijazos con el pueblo en medio. Si no mirá quiénes fueron los primeros de nosotros en radicalizarse, los que dirigieron: estudiantes, cristianos de la burguesía, sacerdotes, profesionales liberales, intelectuales, clasemedieros. Los pobres y los campesinos eran el tema, pero no los que hablaban. A las estructuras económicas de este país apenas y les hicimos cosquillas. Releete el capítulo V del Acuerdo de Paz, donde tocan el tema económico y social. Hablan de una “plataforma mínima” para el desarrollo de la población. Mínima. Ni eso cumplieron del todo. Un chiste.

— Si se hubieran puesto a negociar en la mesa todo el sistema económico, no hubieran terminado nunca y hubiéramos seguido matándonos.

— Sí, ya sé. Y también sé que gran parte de la culpa de que no se cumpliera ese capítulo es de la derecha. Al Foro de Concertación lo desmantelaron vilmente. Pero yo no espero nada de la derecha; y amor no quita conocimiento, hermano. Tanto fue la guerra una lucha por llegar al poder que los comandantones legalizaron el partido y con el tiempo se acomodaron. Ya van con el segundo período presidencial y mirá. Ya nada los incomoda. Ahora venden solo una marca.

— Mejor voy por otras dos, antes de que te pegue un vergazo, dijo Roberto, poniéndose de pie y haciendo ademán de golpearlo con los envases vacíos, mientras sonreía y descargaba un par de palmadas afectuosas sobre el pecho de su amigo.

— Apurate, Dimas, replicó Joaquín, también sonriente, soltándole su nombre de guerra.

Siguió con la mirada a ese hombre robusto casi calvo, de espesa barba entrecana y piel renegrida, sortear un par de mesas de billar, cruzar el espacio trapezoidal situado en medio de la sala, donde usualmente se daban cita unos viejitos para jugar dominó, hasta alcanzar la barra, donde ordenó las cervezas.

En el aire del lugar estallaba, a intervalos más o menos regulares, el tronido seco de las bolas entrechocando sobre las mesas. Flotaba el parloteo monocorde de los parroquianos, el rumor de un pregón que subía de la calle y se ahogaba entre el  ruido de los carros y los buses.

Joaquín se puso de pie y se arrimó al balcón. Se dejó atrapar por la sucesión armoniosa y equilibrada de los arcos de medio punto del Portal de Occidente que se erguía a su derecha. Inspeccionó con deleite la estructura tricolor, sus columnas corintias pintadas de rojo, la hilera de ventanas de su segunda planta toda pintada de amarillo, sus parapetos intercalados donde se posaban unas palomas, el friso blanco que atravesaba todo el conjunto en su parte alta justo antes de la cornisa y se desvanecía allá en la esquina sur donde hasta antes del terremoto del 86 podía verse la mole vecina del Edificio Comercial y donde ahora no había más que un hueco rellenado por un local vacío.

Acariciándose la recortada barba blanca, paseó sus ojos sobre la plaza. Entre los arriates, vio a los mismos lustrabotas de siempre, algunas personas pasando la tarde sentadas en unas bancas, grupos de oficinistas y obreros que regresaban a sus casas. Y luego, hacia el oriente, adentrando en el cielo el perfecto arco de su techo desprovisto de columnas, la iglesia El Rosario, un inmenso caparazón de tortuga todo hecho de concreto y vidrio enquistado ahí en el medio de la ciudad.

El sol comenzaba a caer. Desde el horizonte, detrás de la columna del Monumento a Los Próceres y del ruinoso edificio del excine Libertad, las ondulaciones azuladas del cerro San Jacinto le trajeron a la mente los días difíciles del conflicto: la humedad de un bosque, un pueblo arrasado por el Ejército, mujeres, ancianos y niños que huían y se refugiaban en cuevas, el hambre y la sed, el zumbido de los A-37, el estruendo de los morteros de 120 mm. Y en medio de toda esa locura y ese dolor, el recuerdo vigorizante de los baños en unas pozas frías, la camaradería entre las pausas del combate, la repentina magia de unos cerros desde donde se veían, a lo lejos, los destellos metálicos del embalse del Cerrón Grande y las montañas sombreadas de Chalatenango.

— Vaya, lo interrumpió Roberto, extendiéndole un envase.

— ¿Te acordás de Ramón? Preguntó Joaquín, dándole un sorbo a la cerveza.

— Claro. El más bicho de nuestra escuadra cuando llegamos al campamento. 16 años. Caído en un bombardeo en el cerro Azacualpa. Fue el primero que vimos caer.

— ¿Y de Jesús, su tío materno, uno de los que ajusticiamos cuando entramos a Cinquera, en el 83, después de un juicio sumario, por ser defensa civil?

Los dos hombres guardaron un breve silencio, al cabo del cual Joaquín agregó:

— Eso fue la guerra en este país tan chiquito, hermano. Una matanza entre familiares.

— Puta, Joaquín, a vos ya se te olvidó todo. Cómo nos mataban solo por salir a protestar; cómo te jodían los guardias por andar con el pelo largo, o con tenis, o por ser estudiante y tener equis o ye libro. Ya se te olvidó cómo podían entrar a tu casa en medio de la noche, catear y después desaparecerte. Aquí no había derechos, ni garantías, ni nada. Y, pues sí, a la guerra uno no va a tirarse besos. Pero vos hablás como si el esfuerzo y la vida de tanta gente no hubiera servido de nada.

— No me malinterpretés. Guardo un profundo respeto por eso y no creo haya sido inútil. Por algo di parte de mi vida a la lucha. Pero creo que para lo que logramos, el costo fue demasiado alto. Ya ni siquiera estoy seguro de si en verdad fue inevitable todo ese baño de sangre. Tal vez los reformistas tuvieran razón allá a principios de los 80. Pero entonces a los moderados de uno y otro lado los mataban. Un reformador de izquierda era casi un derechista, un blandengue. Uno sabía que el gran dios Lenin renegaba de ellos, por tibios. Y lo mismo en el otro bando: un reformador de derecha era un comunista. Los que repartieron la baraja fueron los manoduristas, hasta que todo se fue a la mierda. Ese es el gran fracaso de nuestra generación, no haber podido resolver esos problemas de otra forma. Hasta la libertad la conseguimos a medias, hombre. Y eso que éramos una fuerza de liberación. Pues sí, forzamos el fin de la dictadura, pero…

— Ahora podés votar sin que te hagan fraude, lo interrumpió Roberto. No hay un solo partido que gana todo, podés organizarte, salir a la calle, protestar. Putear al presidente si querés.

— Sí, pero la libertad es más que eso, Beto, y vos lo sabés.

— Eso lo ganamos guerreando. Imaginate si no hubiéramos luchado. No tendríamos ni eso.

— A lo mejor. Pero es que yo, como decía Sábato, no se me hace la libertad sin justicia social. No se puede ser verdaderamente libre cuando hambreás. Y aquí hay mucha gente hambreando. A lo sumo podés elegir entre morirte de hambre aquí o morirte en el desierto yendo hacia el Norte. Libertad, esa bonita palabra.

Joaquín hizo otra pausa paladeando el sabor amargo que le había dejado la cerveza y continuó.

—  Ahí está esa plaza, la más antigua de la ciudad, donde empezó San Salvador. La Plaza Libertad. Bautizada así por una dictadura ¿Hay algo más paradójico que eso? Nuestra Libertad es como el excine ese que está allá en la otra esquina, con ese letrero antiguo encima. Ahora que medio se atreven a venir al centro, los libertarios se toman fotos con eso de fondo. Y es “cool”. Pero el edificio es una ruina. Un cascarón vacío. A pues así.

— ¿Y entonces, con cincuenta y tantos años encima, qué proponés? De nada sirve tu crítica sin, cómo era, la acción transformadora de la praxis, soltó Roberto con un dejo irónico en la voz.

Joaquín sonrió

—Nada, dijo. Nuestra generación ya la cagó. Para bien o mal dejamos esto. Les toca a los que vienen atrás. Lo triste es que un montón de los que hoy se dicen de izquierda, por gusto. Ahí andan como quinceañeros encantados con el alcalde, buscando un caudillo. Como si no hubiéramos pasado ya por eso. Si de ahí venimos, viejo.

La calle hormigueaba ahora con un ritmo cada vez más frenético. Unos destartalados buses rojos   pasaron dejando tras de sí una negra estela de humo.

— Pero ya puestos, retomó, te propongo refundar el país.

— ¿Cómo así?

— Así, en nuestra mente, solo por joder. Empecemos con  esta plaza que es el símbolo perfecto de las pajas que nos gusta darnos, con ese nombre tan bonito. Algo así como en la escena de Luz Negra; rebauticémosla. Pero no como en la obra, tan influenciada por el absurdo de Beckett, donde los personajes se la pasan todo el rato proponiendo el mismo nombre como si fueran diferentes y al final terminan llamándola igual: Plaza Libertad. No. Tiene que ser un nombre como más representativo de este despije. Comenzá.

— A ver, respondió Roberto. Un nombre, un nombre… No se me ocurre nada.

— Dale, pensá.

— Vaya, en el San Salvador de antes hubo una calle de La Amargura, que es hoy la 6a. calle Oriente, le podemos poner Plaza de La Amargura. Le quedaría cabalito.

Joaquín soltó una carcajada.

— Me gusta. Pero suena así como muy religioso.

— ¿Y qué? Este es un país bien religioso, contestó Roberto.

— Cierto. Pero qué tal ¿Plaza de Las Oscuranas? Como la calle del barrio La Vega. Casi 200 años de vida republicana sin ver la luz.

— Buena esa. O Plaza de la Sin Ventura, como la calle esa de Antigua, pegada a los portales. Sin felicidad, ni suerte.

— Me gusta. Te acordás que en la obra hay una parte donde una de las cabezas de los decapitados, Goter, creo, el revolucionario, declara así todo solemne, algo como: “Por eso cuando el Partido llegue al poder le vamos a cambiar el nombre”. ¿Cómo creés que le hubiéramos puesto si hubiéramos alcanzado el poder en la guerra?

— Ni idea

— Yo creo que ahí sí no se equivocaba Menéndez Leal. Le hubiéramos dejado Plaza Libertad. No hay nada más conservador que un revolucionario cuando ha llegado al poder.

— O quizás le hubiéramos puesto Plaza de La Libertad Popular para diferenciarla de esta libertad burguesa.

Los dos hombres rieron con la ocurrencia.

— Vaya, pero busquemos un nombre así como menos lúgubre, para no ahuevarnos más, y que pueda convenirnos a todos, izquierda y derecha. Como, por ejemplo, Plaza del Pueblo, esa palabra comodín que ocupan todos para justificar sus decisiones. Además suena elegante, como la Piazza del Popolo, en Roma.

— No está mal. Pero como la palabra no habla de algo parejo, pongámosle mejor Plaza del Pueblo Vencedor. Y como estamos polarizados queda bien. Así ya se sabe de qué pueblo hablamos. Del que se sienta representado por el partido en el poder. Así, cinco, diez, veinte años. Y los demás que se jodan.

Los dos hombres volvieron a reír, con la risa boba de los que han bebido demasiado.

— Imprímase, sentenció Joaquín. Salud.

— Salud, correspondió Roberto.

Los envases chocaron y soltaron un tintineo claro, como el sello definitivo de ese improvisado pacto. Abajo, en la plaza, algunas luces habían comenzado a encenderse. A Joaquín se le antojó acaso más bella.

 

 

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Una vieja caja de instantáneas

 

Ernesto Mejía / @netomejia08

En su oído resonó una detonación, áspera, seca, y tuvo la repentina sensación de que algo se había quebrado dentro de él, como si su conciencia se desplomara en una lenta implosión, en una caída hacia un vacío interno e insondable. Recordó, aunque ya no sabía si ese era el verbo correcto, la luz de una vieja mañana mecida por la brisa de diciembre, la verja de una casa desde donde se veía una calle y a cada lado de la entrada de esa casa de muros bajos, un sauce y un nudoso almendro. Visualizó un tiempo, otro tiempo,  de largos días agitados y convulsos. Una muchedumbre en desbandada, una plaza  vacía, un tiroteo, algunas explosiones, las campanas de una iglesia tocando a rebato, su propio cuerpo tirado sobre una acera de esa ciudad, de ese país que empezaba a transitar su penoso camino de sangre y fuego.

Se hizo de noche. Y a esa noche le sobrevino un alba. En medio de ese brutal despertar, despojado ya de su más temprana inocencia, le llegó el rumor de un día triste de lluvia, vio a un grupo de estudiantes pintando acuarelas grises y lechosas; un barquito de papel flotando en la corriente de un canal, y, luego, justo antes de que el barquito entre remolinos desapareciera por un resumidero, el lento correr del agua le trajo un cúmulo de imágenes que lo arrobaron: un riachuelo cerca de la costa, la centenaria majestuosidad de un bosque nebuloso, una parvada de pericos volando hacia el ocaso, cientos de golondrinas posadas sobre los cables del tendido eléctrico, los vetustos almacenes de la ciudad, una cafetería olvidada que servía los mejores relámpagos del mundo o eso creía, una carnicería de inmigrantes vizcaínos, el cansado vendedor de barquillos con su carga al hombro,  las alegres bolsas de botellitas —esos coloreados trozos de azúcar cristalizada— el dulce de chilacayote y las manzanas caramelizadas, la elefanta, los monos y el león del zoológico, una cesta de chibolas y un capirucho, un aro hula hula que giraba, giraba y giraba.

Ah, la vasta colección de discos, aquella aguja dando vueltas sin parar, yendo de un surco a otro, liberando en cada arada una portentosa sucesión de sonidos. Sentado sobre el piso pudo verse ahora deslizando con la punta del índice las fundas de aquellos elepés esmeradamente depositados en unos anaqueles de madera: el All n’All de Earth, Wind and Fire; el High Energy, de The Supremes; el Midnight Love, de Marvin Gaye; el Off The Wall, de Michael Jackson; el Abraxas de Santana; el Siembra y el Canciones del solar de los aburridos de Colón y Blades;  El Works (I y II) de Emerson Lake & Palmer; el Rumours, de Fleetwood Mac; el Book of Dreams, de Steve Miller Band; El Fragile y el Close to the Edge, de Yes; el Long John Silver, de Jefferson Airplane;  el A New World Record, de ELO;  el Breakfast in America, de Supertramp; el News of the World de Queen; el It’s only Rock and Roll y el Love you Live de los Stones; el álbum blanco de los Beatles.

Al pasar la aguja rasgando la tercera pista del Houses of The Holy, y alzarse la voz de Robert Plant, clara y despreocupada, cantando esa alegre invitación para hacerse al camino, se sorprendió pasando las hojas de un añoso libro de las Ediciones Minotauro. La novela narraba una historia de un tiempo remoto, el inicio de un viaje, en una hermosa mañana poco antes de la llegada del mes de mayo. La expedición recorría caminos que cruzaban valles y colinas. Y a lo largo de esa ruta que iba haciéndose cada vez más tenebrosa, lo atrapaba la creciente figura de aquel hechicero de sombrero azul y capa gris que fumaba una pipa y lanzaba anillos de humo al aire.

Cuando levantaba la vista de las páginas, veía a través de unas ventanas las cortezas verdes y granates de unos eucaliptos, y, alrededor suyo, ordenados en anchas estanterías, los lomos de unos libros que lo pondrían sobre la pista de la amplitud del mundo: Astérix, Tintin, Iznogud, Lucky Luke, Corto Maltese y Spirou y Fantasio, pero también El castillo de los Cárpatos, Cuentos de cipotes, La aguja hueca, Colmillo blanco y la Isla del tesoro.  Y en estantes más apartados, reservados para un público mayor, aquellos otros tomos que hojeaba a hurtadillas desperezando las primeras cosquillas del deseo:  La bicicleta azul, de Régine Desforges; El click, de Milo Manara; Barbarella, de Jean-Claude Forest.

Ese regusto de lo prohibido, tardes entre revistas y precipitadas bocanadas azules. Y luego, pasado el tiempo, las escapadas para acercarse de un paso trémulo y vacilante hasta la firmeza y la humedad de aquel cuerpo recién descubierto que se entregaba en la oscuridad, no sin ciertos reparos, al suyo.

¿Fue para entonces —cuando sonó la amarga hora de los desengaños— cuando empezó a sentir aquella confusa mezcla de amor y menosprecio por aquella ciudad desfigurada por las penurias de los años de la guerra? Esa ciudad pequeña, sucia, enmarañada, violenta, desigual y agobiante; alambrada y amurallada; desprovista de aceras; arañado su cielo por feos postes y cables; huérfana de referentes;  gran bazar a cielo abierto; casa de comerciantes y terratenientes que habían sellado su destino; rota, mil veces rota, y aburrida.

Y a pesar de todo había algo en aquellos días de aparente reconciliación, cuando volvían los exiliados,  y en los años que les seguirían, que la hacía vibrar, moverse a un ritmo diferente del que le había visto hasta entonces. Recobró la imagen entrañable de unas plazas llenas donde flotaba un sentimiento de confianza,  unos bares de artistas, alguna librería, revistas, festivales de teatro y música, unos museos, los lienzos de Carlos Cañas y Camilo Minero, las caricaturas de Toño Salazar, calles al filo del alba, dos o tres parques, unos amores furtivos, varias desilusiones, una serie de nombres entre filas de cervezas:  El basurero, El coctelito, El venado, Macondo, Los capulines, La tienda de la Pana y los amaneceres de Tecla; El Villafiesta, El Malibú, El bar de Fito, The Tomato Jungle, Los celtas, El arpa, Los tres diablos, El Video Bar, El Jarro café, La Cantineta, el Café Bagdad, Nancy’s  y La ruta Bacalao.

Maraña de días y canciones donde pronto se colarían el desencanto y el hastío, todo esa estúpida y descarnada violencia, la sensación de que todo iba camino de joderse aún más, el urgente deseo de partir, la grande fuite en avant que terminaría siendo solo un interminable ir y venir, un viaje de varias estaciones donde la terminal acabaría siendo siempre esa capital rabiosa y quemante. Eterno punto de partida y llegada. Fuente de amor y odio a partes iguales de la que nunca podría desprenderse.

Y ahora cuando volvía el eco de los pasos andados por aquel camino, le asaltaba un manojo de visiones fugaces y de bordes imprecisos: los paseantes de los Grandes Bulevares, La victoria de Samotracia; Amor y Sique; El Beverley —el último cine porno de París—; los terciopelos de Pigalle; un jazzbar en la rue Saint Jacques; la librería latina de la rue Monsieur Le Prince; Proust, Eco, Joyce y Pasolini; Fellini y Carpentier; las borracheras en Bastille; el apartamento de Armijo; El Belvedere, El Lacoonte y El rapto de Proserpina; la Piazza Navona; la cúpula de Santa María del Fiore; el Ponte di Rialto y la Ca’ d’Oro; los luminosos interiores de Vermeer; el puntillismo, el fovismo, el futurismo; las niñas de Balthus; las putas de Schiele, las antropometrías de Klein, el urinario de Duchamp; la madre cantando tangos en un patio de La Habana vieja; el Circus, en Pana; el Baviera, en Xela; el Barfly, en San Cristóbal; una estancia en la pampa; Florida y Corrientes; el Estadio de Obras; La Chascona; un viñedo en las afueras de Santiago; unos viejitos bailando en la plaza Fabini, esquina 18 de julio y Río Negro; los rectángulos de Rothko, las manchas de Pollock, las ridículas latas de Warhol; The Campbell Apartment, en Vanderbilt Avenue; un café en Barrio Amón; una playa en Puerto Viejo; las isletas de Granada; Unter den Linden; la antigua Opernplatz; un viaje en el río Elba; el mercado de mariscos en St. Pauli; el palacio de Cecilienhof; un bar hooligan en la Moselstrasse; la calle Neruda y la taberna de Dalton en Praga; el Danubio bajo el Puente de Las Cadenas; un strudel cerca de la Pasqualatihaus; el barrio de las Letras, el murmullo de las fuentes en La Alhambra; la Tacita de Plata; un pescadito frito en Sevilla; Lisboa desde São Pedro de Alcântara, el fantasma de Pessoa y un tranvía amarillo; una caminata por el malecón de Montreux.

Y junto a todo eso también, cada uno de los regresos a su ciudad, cada reencuentro en el que le pareció verla deteriorarse un poco más, carcomida por el crimen y el miedo; por la miseria que habían querido  disimular con tiendas y lujos.  Vieja ciudad histérica cuyo desasosiego y tristeza mal contenida no habían podido arrebatarle aún a él, esa desconcertante capacidad de encontrarle, aquí y allá, algunos girones de belleza.

Por eso, en el último de sus regresos, no fue raro que volviera a complacerse en la altiva e imponente silueta de ese volcán que se adentraba en el vibrante azul del cielo, en la explosión de colores de sus árboles florales, en el jolgorio de las aves que se fundía con las llamaradas de la tarde justo cuando el aire del día empezaba a refrescar. Ni tampoco que se perdiera de nuevo entre sus bares. Porque, aunque con los años, los viejos lugares de su juventud habían desaparecido, la noche, a pesar de todos los peligros, le seguía pareciendo el momento en que San Salvador era menos insoportable. El momento en que la bestia feroz y desbocada por fin dormitaba, aunque, de más está decir —bien se sabía— lo hacía siempre con un ojo abierto.

De algún rincón de la mente, le vino la imagen de una de esas noches remojadas en licores. Se vio conduciendo sin rumbo fijo por las calles de la parte alta de la ciudad hasta parar, después de muchas vueltas, en un parque donde hacía muchos años  había tenido una conversación sobre libros y escritura con una joven de sonrisa franca, y durante la cual, recordaba, se había sentido alocadamente feliz.

Guiado por aquella aparición, se sorprendió descendiendo del carro, buscando, luego, en ese espacio iluminado apenas por un par de faroles, la banca donde había ocurrido aquel encuentro.  Una vez ahí, pareció paladear con agrado la soledad y la repentina nostalgia que lo embargaba. Soñaba con el rostro y la sonrisa de aquella muchacha ahora esfumados, que no eran, al fin y al cabo, más que la añoranza de su propia juventud soterrada por los años.

Envuelto en esa sensación, mezcla indescifrable a un tiempo dulce y amarga, como un digestivo o un veneno, se sintió, de pronto, aguijoneado por la sutil tristeza de no haber envejecido como había imaginado, de no haber alcanzado todo lo que había soñado, de haber perdido a sus contados amigos, porque el país los había expulsado o porque habían caído devorados por la espiral homicida de esa absurda posguerra de más de 20 años.

Notaba que por sobre la quietud de ese mundo, giraban allá arriba las constelaciones con un brillo indolente. Amortiguado por los árboles, llegaba hasta él, el ronroneo de  algunos carros que pasaban por las calles vecinas.

Estuvo así en silencio, enrollando y desenrollando sus pensamientos, quién sabe cuánto tiempo hasta que la sed vino a cerrarle la garganta. Se encaminó de regreso al carro y se dispuso a marcharse. Cuando la llave dio paso al zumbido del motor, sintió en la sien el frío acerado de un arma y escuchó una voz que le ordenaba bajarse.

Obedeció, tratando de calmar al atacante y de mantener la entereza. Sin darle chance a voltearse, la voz —carrasposa, como pasada por alcohol— le ordenó arrodillarse.  Pensó en su madre. Y aunque fuera absurdo, lo siguiente que se le vino a la mente fue la imagen del Muerte y Vida, de Klimt, perfecta alegoría de la existencia humana pero que él siempre había creído se ajustaba todavía más, si eso cabía, a la vulnerabilidad de la vida en aquella tierra, donde morir de viejo era un lujo,  donde la gente le arrancaba como podía retazos de normalidad a una cotidianidad oscura y brutal —refugiándose en sus pequeños círculos, desgranando cada instante, aferrándose a los suyos—  y donde la muerte, como en el cuadro del austríaco, acechaba constante con ese impúdico gesto de deleite, esperando el momento de abatir sus víctimas con su terrible maza.

En su oído resonó una detonación, áspera, seca. Lo primero que recordó fue la luz de una vieja mañana mecida por la brisa de diciembre. Aunque, para entonces, ya no sabía si recordar era el verbo correcto.

 

Las deudas de Stranger Things con Lovecraft

Ilustración para “La llamada de Ctulhu”. 

Ernesto Mejía / @netomejia08

En su largo ensayo “El horror sobrenatural en la literatura”, publicado en 1927, en la revista The Recluse, Howard Phillips Lovecraft  argumentaba que a diferencia de aquellas narraciones macabras, donde los horrores pueden explicarse por medios naturales, los relatos de terror cósmico se caracterizaban esencialmente por su capacidad de crear en el lector una profunda inquietud ante lo desconocido.

No son pues, indicaba el oriundo de Providence, Rhode Island, el argumento o las acciones de los protagonistas el rasgo principal de ese tipo de literatura, sino su atmósfera, su posibilidad de crear un estado de ánimo determinado.

“Debe respirarse en ellos una definida atmósfera de ansiedad e inexplicable temor ante lo ignoto y el más allá; ha de insinuarse la presencia de fuerzas desconocidas, y sugerir, con pinceladas concretas, ese concepto abrumador para la mente humana: la maligna violación o derrota de las leyes inmutables de la naturaleza, las cuales representan nuestra única salvaguardia contra la invasión del caos y los demonios de los abismos exteriores”, afirmaba.

El refinamiento que Lovecraft alcanzaría en el género haría que un sinfín de cultores trataran de imitarlo en el campo de las letras y que más adelante la técnica fuera adaptada a otras ramas artísticas como el cine, donde el terror cósmico viviría una de sus épocas doradas durante la  década de los 80 con cintas como Alien, The Thing o Hellraiser.

Fiel heredero de esa tradición, el cautivante pastiche que es Stranger Things retoma la estafeta en el siglo XXI para continuar el camino señalado por el escritor estadounidense. Una conclusión  evidente no solo por la clara semejanza que el monstruo de la temporada 2 (el Mind flayer o Shadow Monster) guarda con el antiquísimo Ctulhu ideado por Lovecraft, sino porque varios de sus elementos narrativos denotan que, más allá de todos los guiños y homenajes que los hermanos Duffer hacen a otras obras, es con el corpus legado por el escritor de Nueva Inglaterra con el que tienen sus mayores deudas.

Algo que quizás pueda advertirse mejor si se considera esta lista de puntos en común entre la serie y muchos de los cuentos del literato.

 

La proximidad de lo desconocido

Lovecraft era en esencia un pesimista que creía que los humanos éramos seres desamparados, rodeados de universos terribles que nos acechaban constantemente. Solo nuestro desconocimiento,  nuestra total ignorancia de los secretos del infinito y unas débiles leyes naturales susceptibles de ser alteradas en cualquier momento, eran los elementos que, a su juicio, nos permitían arroparnos con una falsa seguridad ante una verdad que de otro modo nos haría caer irremediablemente en la locura o en la muerte.

“Las ciencias, que siguen sus caminos propios, no han causado mucho daño hasta ahora; pero algún día la unión de esos disociados conocimientos nos abrirá a la realidad, y a la endeble posición que en ella ocupamos, perspectivas tan terribles que enloqueceremos ante la revelación, o huiremos de esa funesta luz, refugiándonos en la seguridad y la paz de una nueva edad de las tinieblas”, asegura al inicio del que quizás sea su cuento más conocido “La llamada de Ctulhu”.

De ese modo, los relatos del estadounidense abundan en atisbos de esas dimensiones y profundidades que, aunque negadas a los sentidos humanos, permanecen horrorosamente cercanas, apenas contenidas en las fronteras de nuestra frágil cotidianidad.

“Desde el más allá”, un breve cuento escrito en 1920, donde parece latir ya la esencia del hoy más que famoso “Upside down”, de ST, ilustra muy bien esa característica. En dicho relato, el protagonista acude a la casa de su amigo Crawford Tillinghast, un científico que dice haber encontrado la forma de traspasar “la barrera” y asomarse al fondo de esos mundos. Para ello Tillinghast se vale de una extraña máquina que tiene la capacidad de estimular la glándula pineal de cualquier persona que se exponga a sus ondas de resonancia, lo que permite el acceso a planos de existencia diferentes donde la realidad y un sinfín de horrores se entrelazan y superponen en una espantosa mezcla.

Cuando esas ondas alcanzan al protagonista, este relata:

“De pronto, me di cuenta de que yo también poseía una especie de visión aumentada. Por encima del caos de luces y sombras se alzó una escena que, aunque vaga, estaba dotada de solidez y estabilidad. Era en cierto modo familiar, ya que lo inusitado se superponía al escenario terrestre habitual a la manera como la escena cinematográfica se proyecta sobre el telón pintado de un teatro. Vi el laboratorio del ático, la máquina eléctrica, y la poco agraciada figura de Tillinghast enfrente de mí; pero no había vacía la más mínima fracción del espacio que separaba todos estos objetos familiares. Un sinfín de formas indescriptibles, vivas o no, se mezclaban entremedias en repugnante confusión; y junto a cada objeto conocido, se movían mundos enteros y entidades extrañas y desconocidas. Asimismo, parecía que las cosas cotidianas entraban en la composición de otras desconocidas, y viceversa. Sobre todo, entre las entidades vivas había negrísimas y gelatinosas monstruosidades que temblaban fláccidas en armonía con las vibraciones procedentes de la máquina. Estaban presentes en repugnante profusión, y para horror mío, descubrí que se superponían, que eran semifluidas y capaces de interpenetrarse mutuamente y de atravesar lo que conocemos como cuerpos sólidos”.

Aunque en ST, un ingenuo optimismo parece ganar en muchos tramos la partida, la serie comparte también ese toque pesimista derivado de un horror que aunque desconocido permanece siempre vecino. Más próximo y terrible incluso que los peligros susceptibles de encontrarse en el día a día.

Es ilustrativo a ese respecto, por ejemplo, que en medio de la guerra fría, y siendo los poderes de la misma Eleven el resultado de un experimento destinado a labores de espionaje,  la posibilidad de un conflicto con la Unión Soviética no se mencione nunca. Así,  aunque el Reloj del Apocalipsis variara de cuatro a tres minutos para la medianoche, entre 1981 y 1984 (el período en el que justamente está ambientada la serie) no es ese miedo  a la posibilidad real de una aniquilación nuclear entre ambas potencias el que puebla la mente de los protagonistas, sino el Upside down. Ese espacio-tiempo que está más allá de lo que podemos alcanzar con nuestras capacidades materiales, es lo que, como en Lovecraft, inspira el verdadero terror.

 

Los monstruos tras las fronteras

Ilustración de Azatoth, por Matt Sadler.

Si la repentina violación de nuestras leyes naturales o el inesperado acceso a otras dimensiones podrían considerarse ya como una fuente suficiente de desasosiego para el común de los mortales, en las narraciones del escritor de Nueva Inglaterra, estas transgresiones no se presentan nunca como hechos aislados.

Con ellas se desencadena una multitud de fuerzas hostiles al ser humano que pueden materializarse bajo una infinidad de formas: “seres alados que no eran ni cuervos, ni topos, ni buharros, ni hormigas, ni seres humanos en descomposición”, como en “El ceremonial”; humanoides “con aspecto reptiliano con unos rasgos corporales que unas veces recordaban al cocodrilo y otras a la foca”, como en “La ciudad sin nombre”; criaturas mitad pez mitad batracio, como en “La sombra sobre Innsmouth”; amasijos de burbujas iridiscentes, como el dios Yog-Sothoth, mencionado en “Horror en el museo”; seres plagados de ojos, tentáculos y fauces, como el descrito en “El horror de Dunwich”; o criaturas, mitad animal, mitad vegetal, con la apariencia de un barril alado con apéndices superiores e inferiores en formas de estrella de cinco puntas, como Los Antiguos, protagonistas de “En las montañas de la locura”.

O puede, como sucediera en muchos otros de sus cuentos, que el aspecto de esas fuerzas resultara simplemente imposible de describir y que los protagonistas las definieran entonces solo como presencias y les adjudicaran algunas cualidades que permitieran apenas una torpe aproximación. Ese es el caso, por ejemplo, en “El color que cayó del cielo”, donde una entidad venida del espacio en un meteorito envenena con su singular fosforescencia  las colinas, los cultivos, y los seres vivos de un remoto paraje de Arkham. La única característica distinguible de ese ser (¿?) es su peculiar color, un color que no se corresponde con ninguno del espectro conocido por los humanos. (Por cierto, salvadas las distancias, ¿no es acaso esto parecido al principio de la temporada 2 de ST donde una inexplicable fetidez subterránea envenena los cultivos de calabazas de varios residentes de Hawkins?)

Si al repasar esa brevísima pero significativa lista, la figura de un humanoide que lleva por cabeza una intimidante flor dentada, como en el caso del Demogorgon, o su equivalente en forma de perro (los demodogs), nos resultan tan familiares y nos dan la impresión de que bien podrían haber salido de las filas de ese ejército de horrores es porque el fantástico gabinete de teratología de Lovecraft dejó poco espacio para el asombro ante los monstruos modernos.

 

La porosa barrera de la ciencia

Crawford Tillinghast no es el único científico en los cuentos del escritor estadounidense. Sus relatos están llenos de doctores, matemáticos, arqueólogos, antropólogos, paleólogos, físicos, biólogos, geólogos o botánicos que, en muchos casos, pretenden constituirse como la última barrera racional ante hechos que a todas luces no tienen una explicación lógica.

En otros, por el contrario, es precisamente su curiosidad académica la responsable de abrir portales a dimensiones desconocidas, como sucede en el ya citado “Desde el más allá” o en “Los sueños en la casa de la bruja”. En ese último cuento, un estudiante de matemáticas, Walter Gilman, fascinado por las leyendas sobre Keziah Mason, una mujer condenada por brujería por los tribunales de Salem, en 1692, y de la que se decía había escapado misteriosamente gracias a un extraño trazado de líneas y curvas que le había permitido el acceso a otros planos, decide alquilar el viejo ático en el que había habitado la bruja. El cuarto, que tiene unas dimensiones que parecen responder a una geometría sobrenatural, le parece además el ambiente idóneo para profundizar sus trabajos en una fórmula matemática capaz de concretar viajes interespaciales. Pronto, con el avanzar de su trabajo, y sumido constantemente en un indefinible estado entre el sueño y la vigilia, en el que se le aparece Keziah Mason acompañada de una criatura con cuerpo de rata y el rostro barbado de un ser humano, Gilman comienza a experimentar viajes cósmicos de un creciente horror en el que finalmente se le obliga a prestar juramento a Azathoth, “un mal primordial demasiado horrible para ser descrito”.

Así como en la obra de Lovecraft, los científicos que aparecen en ST son también agentes liberadores de dimensiones y fuerzas desconocidas, como ingenuos protagonistas que creen poder comprender y contener horrores que sobrepasan todas sus capacidades. Como director del Laboratorio Nacional Hawkins, y responsable del programa de desarrollo de habilidades síquicas de Eleven, el doctor Martin Brenner encaja en el primero de esos perfiles, al provocar la apertura de un portal que posibilita el paso del Demogorgon. Su sustituto, en la segunda temporada, el doctor Sam Owens, en el último de ellos, al creer que existe una explicación científica a las “visiones” de Will y una forma igualmente científica de contener las amenazas surgidas del portal.

 

Los escenarios recónditos

Ilustración para “En las montañas de la locura”, de www.mcrassus.com

Para alcanzar el objetivo mayor de crear una atmósfera angustiante en sus escritos, la mente de Lovecraft no sería prolífica solamente en imaginar monstruosidades, sino también escenarios que ayudaran a reforzar la sensación de opresión. Al punto que, si bien muchas de sus narraciones suceden en lugares reales, otra buena parte se desarrolla en ubicaciones ficticias que el escritor imaginaría en la porción noreste del estado de Massachussets. La importancia de estas últimas en su obra es tal y su interrelación tan alta que académicos y biógrafos de Lovecraft bautizarían luego el área donde en teoría se ubican las tres localidades inventadas más recurrentes de sus cuentos como la Región del Miskatonic o Condado  Miskatonic, en alusión al también ficticio río que las cruza.

De ellas, la más emblemática es sin duda Arkham, una ciudad de la que Lovecraft da vagas y disgregadas referencias. En “El ser en el umbral” se refiere a ella como antigua, decrépita y amenazante, para luego agregar unas cuantas pinceladas sobre su arquitectura.

“La encantada y mágica Arkham, cuyos arracimados y desvencijados tejados de tipo holandés y desbastadas balaustradas georgianas desgranaban el paso del tiempo junto a las márgenes de las sibilantes y negras aguas del río Miskatonic”.

En el valle de ese mismo río, el estadounidense situaría a Dunwich, una comarca empobrecida, rodeada de inmensos bosques y agobiantes montañas, donde se agrupaba un puñado de decrépitas, sucias y ruinosas casas, habitadas por familias endogámicas, sin educación y altamente supersticiosas. Mientras que en la costa del condado de Essex, en la desembocadura del Manuxet (otro río imaginario), situaría a Innsmouth, “un puerto relativamente importante antes de la guerra de 1812”, venido a menos, donde apenas sobrevivían algunos pescadores y una vieja refinería de oro que pasaba largas temporadas inactiva.

Parte de un mismo universo lúgubre y fantástico, las tres compartían su memorable antigüedad y soledad, su marginación de los grandes caminos transitados, su ruina y decadencia.

En consonancia con esas características que favorecían el surgimiento de lo tenebroso, Lovecraft mostraba también, al igual que otros escritores antes que él, como Algernon Blackwood (Los sauces, El Wendigo), una predilección por los escenarios donde quedara patente la inmensidad abrumadora de la naturaleza.

Lugares solitarios y apartados donde el ser humano se veía librado al poder opresivo de los elementos y donde acechaba lo desconocido.  Por eso, numerosas de sus narraciones están ambientadas en bosques y desiertos, en puntos perdidos en mitad de los océanos o entre los hielos eternos de la Antártida.

Cierto es que en comparación con esos escenarios, el pueblo donde se desarrolla ST posee un aire más respirable; acogedor, incluso, en su parte urbana. Pero no puede obviarse que al igual que las localidades imaginadas por Lovecraft, Hawkins es también un lugar ficticio en un rincón recóndito de los Estados Unidos, alejado de los grandes centros urbanos  y rodeado de opresivos bosques, algo recalcado constantemente por las tomas aéreas y/o nocturnas de sus zonas boscosas donde pasa una buena parte de su acción y donde precisamente está enclavado el laboratorio, el lugar donde se abre el portal interdimensional.

 

La permanencia del horror

Si bien resta por ver de qué manera los hermanos Duffer ponen el punto final a la serie, uno puede advertir también en los cierres de las dos temporadas rodadas hasta hoy cierta influencia lovecraftiana, en tanto ambos dejan clara la imposibilidad de aniquilar los horrores que nos acechan y que pujan por incursionar en nuestro mundo.

El final de la primera temporada, al presentar a Will, supuestamente ya recuperado de su tenebroso secuestro en el Upside down, vomitando una especie de babosa, símbolo de la continuidad de un peligro que se cree extinto; y el final de la segunda —más allá del despreocupado ambiente del baile de invierno— al dejar ver la amenazante figura del Mind Flayer, alzándose sobre la escuela de Hawkins.

Ambos cierres, de nuevo, coincidentes con múltiples cuentos de Lovecraft donde los protagonistas pueden apenas, por medio de rituales y fórmulas de brujería, contener las amenazas del más allá, pero nunca destruirlas del todo.

Quizás el ejemplo más representativo de eso se encuentre en “La llamada de Ctulhu”, donde el narrador, luego de enterarse por un manuscrito sobre cómo el oficial noruego, Gustaf Johansen, había enfrentado al monstruo, y cómo Ctulhu yace dormido en el fondo del mar, se ve empujado a concluir que toda victoria humana sobre esas fuerzas desconocidas es solo transitoria y que la posibilidad de un nuevo desencadenamiento está siempre más cercana de lo que pensamos:

“¿Quién conoce el fin? -se exclama- Lo que ha surgido ahora puede hundirse y lo que se ha hundido puede surgir. La abominación espera y sueña en las profundidades del mar, y sobre las vacilantes ciudades de los hombres flota la destrucción”.

Necháyev: una especie de Lenin antes de Lenin

 

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Ernesto Mejía / @netomejia08

En 1863, el ensayista y crítico literario, Nikolái Chernyshevski, publicaría, desde su encierro en la fortaleza de San Pedro y San Pablo, una novela que estaría llamada a marcar un hito en la historia rusa. No tanto por su discutible calidad literaria, sino por la impronta que habría de dejar en el sinfín de agitadores y revolucionarios que poblarían la escena pública de su país en las décadas posteriores.

Al margen de su trama, la trascendencia de “¿Qué hacer?” (tal era el título de dicha novela, el mismo que casi 40 años más tarde retomaría Lenin para su célebre tratado político, lo que pone en evidencia la tremenda influencia de Chernyshevski) vendría dictada por uno de sus personajes secundarios de nombre Rakhmétov.

Ese personaje, cuya aparición en la obra se limitaría a unas cuarenta páginas, se convertiría pronto, sin embargo, en el summum del espíritu revolucionario, en el modelo moral a imitar por todo aquel que deseara abrazar el sacrificio y adentrarse en el riesgoso mundo de la agitación política.

Descendiente de una de las familias más antiguas de Rusia, Rakhmétov era descrito en la novela —que lleva el revelador subtítulo de “Relato de los hombres nuevos”— como el séptimo de un total de ocho hermanos.

Había desembarcado en San Petersburgo con 16 años como un estudiante de secundaria y se había inscrito luego en las facultades de Filología y la de Ciencias Naturales, pero al término de su segundo año de Universidad se había lanzado a recorrer el país, en un viaje que lo llevaría a emplearse en los más demandantes trabajos físicos: labrador, carpintero, marinero, obrero.

En la capital del imperio, pocos conocían su pasado familiar (que incluía una herencia de 400 siervos y 7,000 arpendes de tierra) y la mayoría lo conocía solo por dos sobrenombres: “El rigorista” y “Nikitouchka Lomov”, en alusión, este último, al nombre de un colosal trabajador que en otro tiempo se había dedicado a halar barcos en el río Volga.

A la vuelta de su travesía, Rakhmétov, que ya antes de su partida se había impuesto una serie de reglas tendientes a guiar su conducta y cultivar su fortaleza física, adoptaría un todavía más riguroso sistema que normaría toda su vida en términos materiales, morales e intelectuales.

En ese camino de ascetismo que afinaría su transformación en el “Hombre diferente”, expresión repetida por Chernyshevski en varios pasajes para referirse a su personaje, “El rigorista” se privaría del alcohol y del contacto con las mujeres, descansaría poco, vestiría de forma muy austera y regularía de manera estricta su ingesta de alimentos, limitándola la mayor parte de las veces a carne y pan negro. “No debo comer aquello que es totalmente inaccesible al pueblo. Eso me sirve para sentir, aunque sea un poco, hasta qué punto la vida del pueblo es mucho más difícil que la mía”, repetía.

Esa renuncia, que llegaba incluso a la mortificación, como cuando uno de sus amigos lo encontraría durmiendo sobre un tablón plagado de clavos, se extendía también hasta sus actividades y relaciones sociales, las que elegía cuidadosamente entre aquellas que consideraba prioritarias, y a las que dedicaba únicamente el tiempo necesario.

Solo un lujo —”abominable debilidad”, se exclamaba Rakhmétov— seguía persistiendo, muy a pesar suyo, en su austera cotidianidad: unos caros cigarrillos finos de 150 rublos que, según él, le ayudaban a reflexionar.

Con todo y que “El rigorista” realiza una acción marginal en la novela y su aparición llega incluso a parecer forzada, Chernyshevski establece con él un parangón moral. Es el héroe que se ha reeducado para librarse del lastre de la sociedad y ha llevado su desarrollo a término; es, en última instancia, el ideal a seguir ante el sueño de la revolución y la sociedad nueva.

Poco extraña, pues, que pronto la chispa de Rakhmétov comenzara a arder aquí y allá entre una multitud de jóvenes deseosos de seguir su ejemplo con la idea de transformar una Rusia que se debatía entre unas tímidas reformas y la represión zarista.

Uno de esos primeros jóvenes, o al menos uno de los primeros en hacerse notar, sería Serguéi Necháyev, un nihilista que a decir de Andrew Michael Drozd, en su libro “¿Qué hacer? Una reevaluación”, se creía que dormía, al igual que el héroe de Chernyshevski, sobre tablones y se alimentaba solo de pan.

Fuera o no cierto, Necháyev firmaría una corta pero intensa vida conspirativa que lo llevaría a ser amado y despreciado a partes iguales por las grandes figuras del movimiento revolucionario continental, como Bakunin (que terminaría también alejándose de él) o el propio Marx, y que le granjearía un lugar en la historia por su fanatismo y su despiadado culto a la violencia.

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El asesinato del zar fue una de las obsesiones de las células terroristas rusas como la creada por Necháyev. Una de ellas, la autodenominada Voluntad del Pueblo, lograría asesinar a Alejandro II en 1881.

 

Su apellido comenzaría a ser conocido del gran público hacia finales de 1869, cuando saldrían a la luz los detalles del asesinato de Iván Ivanovich Ivanov, un miembro de la célula terrorista que Necháyev había fundado en Moscú a mediados de ese mismo año, llamada La Venganza del Pueblo.

Habiendo tenido ambos un desencuentro, en el curso del cual Ivanov se había atrevido a cuestionar las ideas de Necháyev, este último lo había acusado de ser un delator y había dado la orden a los otros miembros del grupo de asesinarlo. El cadáver sería atado de manos y pies y lanzado al fondo de un estanque. Aunque la policía capturaría pronto a los integrantes de la célula, el cabecilla de La Venganza del Pueblo, que para entonces sumaba solo 22 años, se escaparía y comenzaría una carrera de fugitivo que lo llevaría por varias ciudades de Europa Central, que terminaría en Ginebra, en 1872, cuando sería finalmente capturado.

Ese escabroso crimen y su protagonista empujarían a Dostoievski a publicar ese mismo año, su novela “Los Demonios”, una especie de mea culpa por su propio pasado revolucionario y el de su generación que con su liberalismo occidentalizado, creía, había terminado por engendrar a esa nueva generación aún más radicalizada y terrorista. Pero también un férreo ataque contra esos grupos que con su extremismo, preveía Dostoievski, —como en una acertada premonición del terrible siglo XX que él ya no vería— amenazaban con sumir a Rusia en un despotismo sin límites.

“En todo período de transición surge esa canalla de la que ninguna sociedad está libre, y surge no sólo sin propósito alguno, sino sin ningún asomo de idea, sólo para sembrar con ahínco la inquietud y la impaciencia. Y, sin embargo, esa canalla, sin advertirlo siquiera, cae casi siempre bajo el caudillaje de un puñado de ‘progresistas’, que ya sí obran con un propósito definido, y son los que llevan a ese hato de truhanes a donde les da la gana…”, se lamentaba en una parte de su obra el escritor.

El severo juicio que Dostoievski haría de Necháyev, al que en el libro daría el nombre de Piotr Stepanovich Verkhovenski, no sería compartido por todos sus contemporáneos.

Lejos de eso, muchos de ellos alegarían que su novela era solamente un deliberado esfuerzo por difamar al movimiento revolucionario de la década de los 60, por lo que las ideas de Necháyev continuarían gozando de prestigio entre los círculos radicales. Sobre todo aquellas contenidas en el “Catecismo del revolucionario” (1869), un virulento panfleto en el que es difícil no advertir un Lenin “avant la lettre” y cuyo primer apartado, que recuerda de nuevo el ascetismo primigenio de Rakhmétov, reza así:

“El revolucionario es un hombre condenado. No tiene intereses personales, no tiene relaciones, sentimientos, vínculos o propiedades, ni siquiera tiene un nombre. Todo en él se dirige hacia un solo fin, un solo pensamiento, una sola pasión: la revolución”.

Embebido de ese mismo fervor religioso, lo que sigue en su catecismo es una serie de instrucciones tendientes a regir la vida misma del revolucionario, sus relaciones con sus camaradas y la sociedad en general, así como la actitud que debe de tener la organización con el pueblo. Todo ordenado en función del sometimiento incondicional a la idea totalizadora de la revolución, que implica obviamente la fría, brutal y despiadada aniquilación del orden moral, social y político existente

Cierto es que Necháyev, a diferencia de lo que sí haría Lenin luego, no esboza en su panfleto un programa político y tampoco prevé la imposición desde arriba de una nueva organización para el pueblo una vez que la revolución haya provocado el colapso del sistema vigente. Su propuesta parece regocijarse más en la destrucción por la destrucción y en algunos pasajes está más emparentada del anarquismo que del marxismo.

“Para él (el revolucionario) sólo debe existir un consuelo, una recompensa, un placer: el triunfo de la revolución. Día y noche tendrá un solo pensamiento y un solo propósito: la destrucción sin piedad”.

Y cierto es también que el nihilista parece en algunos momentos contradecirse depositando primero su fe en una revolución atravesada de un alto grado de individualismo, para solo después hacer referencia a la necesidad de una estricta organización y coordinación.

Aun con eso, su devoto llamado a una vida completamente volcada al triunfo de la revolución, un objetivo en el que no puede ni debe mediar ningún mandato moral más que el interés mismo de esa victoria; el recurso al terror; el carácter insurreccional que debe imprimírsele a la lucha; la necesidad de infiltrar al enemigo; la noción de un grupo de avanzada y una cierta alusión al centralismo en el seno de la organización son ideas que aunque con otros ropajes y con una mayor sofisticación política es posible rastrear también en las posteriores obras de Lenin, las cuales no verían la luz sino hasta más de 30 años después.

En sus documentos escritos, el líder bolchevique no haría nunca ninguna mención que permitiera corroborar su admiración por el dirigente nihilista. Sin embargo, los testimonios de algunos de sus colaboradores más cercanos revelarían luego de su muerte cuánto aprecio le tenía y cuán importante había sido acaso su pensamiento en su propio desarrollo revolucionario.

Su secretario, Vladimir Bonch-Bruyévich, recordaría, por ejemplo, que en una ocasión Lenin lamentaría que, comenzando por “Los Demonios”, de Dostoievski, la figura de Necháyev hubiera sido tan denigrada en Rusia, incluso por revolucionarios que habían olvidado que “ese titán de la revolución” había tenido tanta fuerza de voluntad y entusiasmo que, aún en la fortaleza de San Pedro y San Pablo, recluido en condiciones imposibles, había logrado influenciar a los guardias para que le obedecieran completamente.

Lenin, a decir de su secretario, elogiaba el talento organizativo y la capacidad conspirativa de Necháyev, y había ordenado que se encontraran todos sus escritos, se publicaran y se estudiaran.

En su libro, “Lenin, el dictador. Un retrato íntimo”, el periodista e historiador Victor Sebestyen rescata otra de las memorias de Bonch-Bruyévich a propósito de Necháyev, surgida de sus pláticas con el dirigente comunista.

“Basta con recordar su precisa respuesta (de Necháyev) a la pregunta, ¿quién debe ser asesinado de la familia real? Dijo: la lista entera de los Románov. ¿Entonces, quién debe ser asesinado? La casa entera de los Románov. Una genialidad pura”, diría Lenin.

Una “genialidad” que los bolcheviques ejecutarían literalmente en 1918.

 

Breve repaso del simbolismo de la bandera roja. De Hugo a Gorki

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“Ataque al Palacio de Invierno”, Pavel Sokolov Skalya.

Ernesto Mejía / @netomejia08

Hay un cuadro de Pavel Sokolov Skalya, “Ataque al Palacio de Invierno”, que pretende ilustrar justamente ese momento, ocurrido en la noche del 25 al 26 de octubre de 1917 (7 y 8 de noviembre en el calendario gregoriano de Occidente), que resultaría definitorio en la toma del poder por parte de la Revolución rusa.

En él, envueltos en una atmosfera cobriza y mezclados entre piezas de artillería, guardias rojos y obreros sublevados se lanzan fusil en mano a través del doble arco de triunfo que da acceso a la plaza central de Petrogrado, a la conquista de la antigua residencia de los zares, sede ya para entonces del  gobierno provisional  al mando de Alexander Kerenski.

Al fondo, emergiendo de entre una penumbra brumosa y ahumada, y precedida por la columna de Alejandro, la gran mole espera el bombardeo y el asalto final anunciados por la señal luminosa de los faros de la fortaleza de San Pedro y San Pablo.

Por detallado que sea el cuadro,  la reconstrucción pictórica de Sokolov Skalya, inmortalizada a su modo también en el cine por la cinta “Octubre”, de Serguéi Eisenstein, está más cerca de la leyenda que de la historia.

John Reed, por ejemplo, un activista socialista estadounidense que atestiguaría el estallido y el triunfo de la revolución en suelo ruso recordaría en su crónica “10 días que estremecerían al mundo” que al escalar la barricada de maderos que defendía la sede del gobierno provisional, los guardias rojos notaron que en “la entrada principal las puertas estaban abiertas de par en par, dejando salir la luz, y ni una sola persona salió del inmenso edificio”.

Incluso finalizada la operación, una acción militar que se saldaría más bien con muy pocas bajas y escasos daños materiales, asegurado el lugar y apresados los últimos representantes del gobierno que quedaban en su interior, Reed subrayaría el aparente aire despreocupado de la ciudad, su sosegada normalidad; algo que contrasta con la violencia generalizada que parece impregnar todo el cuadro del pintor ruso:

“Eran las tres de la madrugada. En la (avenida) Nevski lucían nuevamente todos los faroles de gas, el cañón de tres pulgadas había sido retirado y sólo las guardias rojos y los soldados en cuclillas alrededor de las fogatas recordaban todavía la guerra. La ciudad estaba tranquila, como quizás no lo había estado nunca en el curso de su historia: ¡Ni un crimen, ni un robo fueron cometidos en esta noche!”

Al permitirse tantas licencias históricas, Sokolov Skalya pretende precisamente no una reconstrucción fiel de los hechos, sino exaltar las virtudes heroicas de los combatientes soviéticos. Todo en su pintura es una glorificación de ese momento decisivo de la toma del poder y una emotiva invitación para que el espectador se sienta parte de esa trascendental victoria.

Por eso la calidez de sus colores, el movimiento de la escena, la tensión de sus personajes y, no menos importante, la inclusión en la mitad izquierda del cuadro, llevada por un soldado que parece montado en la torreta de un tanque, de la bandera roja ondeando al viento; un elemento que aunque un tanto devaluado hoy en términos de su poder evocador, gozaría de un innegable peso simbólico durante al menos dos siglos, inspirando, dependiendo del campo en el que las personas se situaran, terror en unos, liberación y fraternidad obrera, en otros.

No en vano en su análisis de la Comuna de París, contenido en “La guerra civil en Francia” (1871), Marx se regocijaría con la escena del estandarte proletario flameando sobre el edificio del ayuntamiento de la capital francesa:

“Cuando la Comuna de París tomó en sus propias manos la dirección de la revolución; cuando, por primera vez en la historia, simples obreros se atrevieron a violar el privilegio gubernamental de sus ‘superiores naturales’ y, en circunstancias de una dificultad sin precedentes, realizaron su labor de un modo modesto, concienzudo y eficaz (…) el viejo mundo se retorció en convulsiones de rabia ante el espectáculo de la bandera roja, símbolo de la República del Trabajo, ondeando sobre el Hôtel de Ville”.

Debido a esa potencia simbólica anclada en el imaginario colectivo, no es de extrañar que la bandera roja se hiciera de un espacio destacado en las artes. No solo en la pintura, como ya se ha visto, sino también en múltiples escenas cinematográficas (“Novecento”, “Reds”); en versos de poemas de Mayakovsky o Blas de Otero; en himnos y canciones (“Drapeau Rouge”, “Le chiffon rouge”, “Bandiera Rossa”) y, sí, claro, en algunas de las páginas más importantes de la narrativa mundial.

Irónicamente, ese emblema que llegaría hasta nosotros cargado de los ecos de la revolución proletaria, no estaría siempre asociado al movimiento obrero. Por el contrario, en sus orígenes, sería un símbolo contrarrevolucionario.

Aunque en la Antigüedad y en la Edad Media,  algunas insurrecciones de esclavos o revueltas campesinas se habían apropiado de estandartes bermejos o escarlatas como símbolos de su rebeldía, Maurice Dommanget, sitúa en la Revolución Francesa, el momento en el que la bandera roja comenzaría a adquirir su significado actual. Algo que el teórico del sindicalismo revolucionario, Georges Sorel, había apuntado también en su obra “Reflexiones sobre la violencia” (1908).

En “Historia de la bandera roja” (1966),  Dommanget señala que la Ley del 21 de octubre de 1789 contra las multitudes, denominada también Ley marcial, sería la que daría inicio a todo.

El referido cuerpo legal, un decreto de la Asamblea Nacional Constituyente, sancionado por el rey Luis XVI, facultaba a las autoridades municipales francesas a desplegar las fuerzas militares toda vez que “la tranquilidad pública se viera en peligro”.

“Esta declaración se hará exponiendo en la ventana principal del ayuntamiento y llevando por todas las calles y cruces de caminos una bandera roja…”,  rezaba parte del segundo artículo de ese cuerpo normativo. Y el tercero agregaba: “A la sola señal de la bandera, toda multitud, con o sin armas, se convertirá en criminal y deberá ser disipada por la fuerza”.

La ley concluía en su artículo 12 que “una vez que la calma fuera restablecida, los oficiales municipales emitirían un decreto que haría cesar la ley marcial, retirando la bandera roja, y remplazándola durante ocho días por una blanca”.

“Al principio de la Revolución Francesa, (la bandera roja)  era la bandera del orden elevado a su máxima potencia porque no se sacaba más que para salvaguardar el poder establecido”, refiere el autor.

Sin embargo, en la turbulenta escena política de la Francia del siglo XVIII y XIX, esa condición  comenzaría a cambiar rápidamente. Cuando en julio de 1791, una multitud de republicanos se reunió en el Campo de Marte para pedir la renuncia del rey, las autoridades desplegaron a toda prisa el estandarte y sin previo aviso dieron  inicio a una represión violenta que dejaría decenas de muertos. Comenzaría entonces una sorprendente inversión, fruto del dolor por las víctimas pero también de una voluntad de parodiar al poder establecido, por la cual esa bandera, “teñida con la sangre de los mártires de la revolución”,  pasaría a convertirse en el emblema del pueblo oprimido.

La transformación sería tan brutal y tan pronta que el periodista Jean Louis Carra se preciaría en las páginas de los Anales patrióticos y literarios de haber propuesto, en los preparativos para la insurrección del 10 de agosto de 1792, la confección de una bandera roja que llevara la inscripción “Ley marcial del pueblo soberano contra la rebelión del poder ejecutivo”.

En adelante, y hasta la Comuna de París (1871), la bandera volvería a aparecer en cada revuelta o revolución que sacudiría a la capital francesa: febrero y junio de 1832, abril de 1834, y febrero de 1848. Y de no haber sido por un inflamado discurso, en ese último año, de Alphonse de Lamartine, a la sazón ministro de Asuntos Exteriores y cabeza del gobierno provisional luego de la caída de Luis Felipe I, el estandarte rojo a punto habría estado de remplazar a la tricolor como la bandera oficial de Francia.

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Barricada de la rue Soufflot, Horace Vernet.

Nada de casualidad tiene entonces que ese ambiente cargado de revoluciones fuera el que inspirara acaso la primera gran inmortalización de la bandera roja en la literatura. En dos capítulos por demás entrañables de “Los Miserables”, Victor Hugo pone en perspectiva la potencia simbólica de ese emblema para el movimiento popular que participaría en la rebelión de febrero de 1832, desatada durante las exequias del general Lamarque.

Atrincherado en una barricada de la calle Saint Denis, un grupo rebelde, en el que se encuentra Marius, uno de los personajes principales de la obra, soporta con dificultad los embates nocturnos del ejército francés.

En un momento dado, una ráfaga rompe en dos el asta de la bandera roja que hasta entonces se había mantenido ondeando sobre los adoquines de la barricada. Enjolras, el líder del grupo, lanza una consigna: izar de nuevo el estandarte. Pero con los fusiles enemigos apuntando de frente, la operación se antoja una locura. De pronto, ante la insistencia de Enjolras, Mabeuf, un anciano, amigo de Marius, que había seguido casi por inercia al grupo de rebeldes, y se había mantenido hasta ese momento en una esquina absorto en sus pensamientos, se pondría de pie sin mediar palabra.

“La presencia del anciano causó una especie de conmoción en todos los grupos. Se dirigió hacia Enjolras; los insurgentes se apartaban a su paso con religioso temor; cogió la bandera, y sin que nadie pensara en detenerlo ni en ayudarlo, aquel anciano de ochenta años, con la cabeza temblorosa y el pie firme, empezó a subir lentamente la escalera de adoquines que habían hecho en la barricada. A cada escalón que subía, sus cabellos blancos, su faz decrépita, su amplia frente calva y arrugada, sus ojos hundidos, su boca asombrada y abierta, con la bandera roja en su envejecido brazo, saliendo de la sombra y engrandeciéndose en la claridad sangrienta de la antorcha, parecía el espectro de 1793 saliendo de la tierra con la bandera del terror en la mano.

Cuando estuvo en lo alto del último escalón, cuando aquel fantasma tembloroso y terrible de pie sobre el montón de escombros en presencia de mil doscientos fusiles invisibles, se levantó enfrente de la muerte como si fuese más fuerte que ella, toda la barricada tomó en las tinieblas un aspecto sobrenatural y colosal.

En medio del silencio, el anciano agitó la bandera roja y gritó:

– ¡Viva la Revolución! ¡Viva la República! ¡Fraternidad, igualdad o la muerte!”

En sintonía con el agitado panorama político del París decimonónico, la bandera roja volvería a dejar su huella en las páginas de “El insurrecto”, tercera ventana de una trilogía compuesta además por “El niño” y “El bachiller”, escrita por Jules Vallès.

En esa obra, que reúne hacia el final de sus páginas, las tribulaciones del joven comunero Jacques Vintras, alter ego del propio Vallès, durante la semana sangrienta  de la Comuna, la bandera aparece primero como un símbolo de esperanza antes de la reconquista final de la ciudad por parte de las tropas del ejército de Versalles.

“¡En qué pensaba! Creía que la ciudad parecería muerta antes mismo de haber sido asesinada. Y he aquí que mujeres y niños se entremezclan. Una bandera roja completamente nueva acaba de ser clavada por una bella niña, y crea el efecto, sobre esas piedras grises, de una amapola sobre un viejo muro”.

Pero luego, bajo el fuego y el bombardeo enemigo, esa visión da paso a una escena más llena de desasosiego donde el contraste con el repudiado estandarte tricolor se convierte en el anuncio de la estrepitosa derrota.

“A diez pasos de nosotros, una bandera tricolor. Está ahí, pulcra, reluciente y nueva esa bandera, insultando con sus matices frescos a la nuestra, cuyos harapos penden todavía aquí y allá, chamuscados, lodosos y fétidos como amapolas aplastadas y marchitas”.

Aun así, hecha jirones, la bandera roja, exportada por los exiliados franceses al resto de Europa, haría un largo camino de más de 2,400 kilómetros hasta desembarcar en el otro gran teatro revolucionario de ese cruce de siglos: la Rusia zarista.

El gigante del Este era ya una olla de presión, cuyo agitado panorama Máximo Gorki reflejaría en su novela “La madre”.

Minucioso retrato del ambiente obrero previo al estallido de 1905, la obra de Gorki es el relato de la creciente actividad revolucionaria del trabajador fabril Pável Vlasov y del lento despertar político de su madre, Pelagia Nilovna, quien encarna, para efectos prácticos, la paulatina toma de conciencia de la sociedad rusa.

Enmarcada en ese contexto, la bandera roja aparece durante los preparativos y el desarrollo de una marcha del Primero de Mayo, a todas luces ilegal, para cristalizar lo más puro de los ideales que inspiran la lucha proletaria: “la razón, la verdad, la libertad” y para congregar a su alrededor a unos manifestantes que, a pesar de los peligros, van perdiendo miedo al régimen.

“La gente corría al encuentro de la enseña roja, gritaba, se fundía con la multitud, marchaba con ella de vuelta y los gritos se apagaban entre los sonidos de la canción; aquella canción que cantaban en casa en voz más baja que otras, fluía en la calle, sin trémolos, recta, con una fuerza terrible”.

La potencia del símbolo es tal que aún confrontado a las bayonetas de los soldados que habían llegado a disolver la manifestación, Pável, que durante toda la marcha había ido al frente cargando la bandera, no solo se rehusaría a entregarla a quienes en un acto desesperado trataban de esconderla, sino que reprendería con vehemencia a un compañero que se había adelantado al estandarte.

– ¡A mi lado, camarada!- gritó bruscamente Pável… ¡A mi lado! ¡No tienes derecho a ir delante de la bandera!

Incluso después de disuelta la marcha y apresado Vlasov, los restos desgarrados de la enseña, salvados a toda prisa por la madre, se antojan acaso como la representación de una lucha que, a pesar de todo, debe continuar.

“Se levantó y, sin lavarse ni rezar sus oraciones, se puso a arreglar el cuarto. En la cocina, apareció ante sus ojos un palo con un trozo de percalina roja; lo cogió con hostilidad, sintió deseos de echarlo debajo del horno, pero, suspirando, desprendió de él el trozo de bandera, dobló cuidadosamente el retazo de tela roja y se lo guardó en el bolsillo”.

Paradójicamente, Gorki, que tanto y tan bien le cantara a la bandera roja, como un estandarte de razón, verdad y libertad, tendría luego una serie de encuentros y desencuentros con los bolcheviques y vería cómo la enseña caería secuestrada por un régimen cada vez más policial y burocrático.

Así, aunque la bandera roja continuaría inspirando aquí y alla a lo largo y ancho del mundo, durante al menos medio siglo más, la lucha revolucionaria, en la Unión Soviética, a la muerte de Gorki (1936), parecía haber cerrado ya el circulo de su azaroso camino, volviendo a lo que había sido inicialmente: un símbolo del orden del poder establecido.

Chateaubriand y los peligros de la igualdad absoluta

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Ernesto Mejía/ @netomejia08

Segundón de una familia noble de Bretaña, en Francia, François-René de Chateaubriand (1768-1848) tuvo una vida que bien podrían haber sido muchas. Prolífico escritor, viajero, soldado de los Ejércitos de los Príncipes contra la República Francesa, miserable exiliado en Inglaterra, diplomático, ministro, director de periódico, el vizconde fue, a lo largo de sus 80 años, testigo y protagonista excepcional de uno de los períodos más turbulentos y fascinantes de la historia de su país y de Europa, en general.  “El siglo de las revoluciones”, como él lo llama, un período que se abre con la Revolución Francesa y continúa con una trepidante sucesión de hechos donde desfilan la Asamblea Legislativa y la Primera República; la Convención, el Directorio y el Consulado; la ascensión de Napoleón Bonaparte y la consolidación del Primer Imperio; la Restauración Borbónica, brevemente interrumpida por los Cien Días; y por último, la revolución de 1830, que abriría las puertas a la Monarquía de Julio, dirigida por el último de los reyes franceses, Luis Felipe I.

Chateaubriand daría cuenta de su paso por ese electrizante siglo en la que sería acaso su obra cumbre, “Memorias de Ultratumba”, un descomunal escrito de 3,500 páginas en su edición original aparecida en 1849, y en la que emplearía casi cuarenta años de su vida.

Epopeya, inscrita en la tradición literaria de las “Confesiones”, de Rousseau, las Memorias entrelazan en una melancólica prosa poética los hechos personales y familiares de su autor con los grandes hitos históricos de un tiempo que ha asistido al derrumbe del viejo mundo pero que no termina de vislumbrar el advenimiento del nuevo. Es contra el telón de fondo de esa zona de intersecciones, donde Chateaubriand alza su voz para reflexionar sobre la era democrática inaugurada por la independencia de Estados Unidos y la Revolución de Julio pero también para advertir con un sorprendente tono profético de los desafíos y peligros que la nueva edad llevaba en su seno.

Sin embargo, y pese a la influencia innegable que el libro tendría en numerosos escritores posteriores (Hugo, Flaubert, Baudelaire, Proust, Aragon, Malraux, Gracq), este sería política y filosóficamente desdeñado, casi desde su aparición, tanto por los círculos de la derecha más reaccionaria, que veían en él una obra demasiado liberal, como por los de la extrema izquierda, quienes resaltaban los orígenes aristocráticos del autor y advertían, por tanto, en sus páginas, una manifestación reaccionaria.

Y es que en medio del convulso contexto en el que le tocó vivir, Chateaubriand adoptaría posiciones políticas complejas, llenas de matices, que se alejaban de los convencionalismos de la época. Aunque cristiano y monárquico, fiel a los Borbones, lejos estuvo el vizconde de desear una simple vuelta al pasado donde una monarquía absoluta aboliera las libertades ganadas luego de 1789 y recuperara sus antiguos privilegios. Algo que lo enfrentaría a Napoleón y, luego más tarde, en 1830, incluso al Borbón Carlos X, quien en un intento por neutralizar a las alas más liberales de entre los diputados, había intentado pasar las denominadas Ordenanzas de Julio, unas leyes que precipitarían su caída y que buscaban abolir la libertad de prensa, disolver la cámara de diputados, alterar el sistema electoral y convocar a nuevas elecciones.

“Mucho me temo que la Restauración se pierda por las ideas contrarias a las que yo expreso aquí: la manía de mantenerse apegados al pasado, manía que no dejo de combatir… El inmovilismo político es imposible; es preciso avanzar con la inteligencia humana. Respetemos la majestad del tiempo; contemplemos con veneración los siglos pasados; no obstante, tratemos de no retrotraernos hasta ellos, porque no tienen nada de nuestra naturaleza real, y si pretendiéramos atraparlos, se desvanecerían”, afirma el autor.

Pero si Chateaubriand no era un reaccionario, tampoco era un revolucionario, por más convencido que estuviera de que la democracia era un hecho irreversible. Su distanciamiento de los jacobinos se acrecentaría aún más cuando la violencia del Terror, el represivo régimen impulsado por el Comité de Salvación Pública entre 1792 y 1794, el cual se cobraría la vida de su hermano y de varias de sus amistades, y que significaría la cárcel para su madre, su hermana y su esposa, así como el exilio para él, se apoderaría del movimiento de Julio.

“La Revolución me habría arrastrado de no haberse comenzado con crímenes: vi la primera cabeza llevada en la punta de una pica, y me eché para atrás. Nunca el homicidio será a mis ojos objeto de admiración y un argumento de libertad; no conozco nada más servil, más despreciable, más cobarde, más limitado que un terrorista”.

Fue su vida, pues, una eterna batalla a favor de la legitimidad y en contra del despotismo donde su apuesta fue siempre que Francia encontrara un camino que le hiciera pasar de manera gradual y no violenta del Antiguo Régimen absolutista a una monarquía constitucional a la inglesa, algo que le permitiría, a su juicio, contener las más ardorosas y peligrosas pasiones igualitaristas.

Así, no es extraño que, de todos los cambios políticos y regímenes que le tocó atestiguar, Chateaubriand dirigiera a la Asamblea Nacional Constituyente de 1789 las valoraciones más positivas de su obra. Dicho organismo,  convocado por el Tercer Estado (la burguesía y el pueblo llano) días antes del 14 de julio, perseguía una profunda reforma estatal, al tiempo que desterraba los privilegios de la monarquía y del Primer y el Segundo Estado (el clero y la nobleza). La Asamblea inauguraba en la práctica, tal y como lo deseaba Chateaubriand, una monarquía constitucional. Sin embargo, el proceso se malograría con el advenimiento del Terror.

“La Asamblea Constituyente, a pesar de los reproches que puedan hacérsele, no deja de ser por ello la más ilustre asociación popular que se haya dado nunca entre las naciones, tanto por la magnitud de sus operaciones como por la trascendencia de sus resultados. No había cuestión política, por elevada que esta fuese, que no tratara y resolviera convenientemente. ¿Qué habría sucedido de haberse atenido a los acuerdos que los Estados Generales y no haber intentado ir más allá? Todo cuanto la experiencia y la inteligencia humanas habían concebido, descubierto y elaborado durante tres siglos se encuentra en estas actas. Los distintos abusos de la antigua monarquía están consignados en ellas así como los remedios propuestos; se reclama todo tipo de libertad, incluso la libertad de prensa; se solicitan todas las mejoras, para la industria, las manufacturas, el comercio, los caminos, el ejército, los impuestos, las finanzas, las escuelas, la educación pública, etcétera”.

Alejadas como estaban sus posturas de los polos del conflicto ideológico que dominaría el resto de su siglo, las Memorias, excepción hecha de un reducido grupo de lectores que sabrían apreciar en ellas la extraordinaria capacidad literaria de su autor, pronto caerían en el olvido o, en el peor de los casos, como ya se ha dicho, serían despreciadas. Con lo cual, las valoraciones de Chateaubriand sobre los diversos proyectos igualitarios que habían venido multiplicándose y radicalizándose desde la explosión de la Revolución Francesa pasarían desapercibidas. Muy a pesar de que estas parecían lanzar una profética llamada de atención para los hombres del futuro, ratificada a la postre por las numerosas barbaries del siglo XX.

En el capítulo 15, del libro cuadragésimo segundo, el que da fin a sus memorias, Chateaubriand escribe:

“Digamos ahora algunas palabras más serias sobre la igualdad absoluta; esta igualdad conduciría no solo a la servidumbre del cuerpo, sino también a la esclavitud del alma; esta equivaldría nada menos que a poner fin a la desigualdad moral y física del individuo. Nuestra voluntad, sometida al control de una vigilancia colectiva, vería anularse nuestras facultades. La idea del infinito, por ejemplo, es propia de nuestra naturaleza humana; si le impedís a nuestra inteligencia, o incluso a nuestras pasiones, pensar en los bienes eternos, reducís al hombre a la vida de la babosa, lo metamorfosearéis en máquina… La igualdad absoluta que presupone la sumisión completa a esta igualdad reproduciría la más dura servidumbre; haría del individuo humano una bestia de carga, sometida a la acción que la constreñiría, y obligada a recorrer sin fin el mismo sendero”.

Y luego, citando a su amigo Felicité de Lamennais, filósofo y teólogo con quien compartía muchas ideas y quien fue perseguido y encarcelado por criticar a Luis Felipe I, transcribe:

“Entre quienes se proponen como objetivo una igualdad rigurosa, absoluta, los más consecuentes de ellos, a fin de alcanzarla y hacer que se mantenga, terminan recurriendo a la fuerza, al despotismo y a la dictadura, bajo una u otra forma. Los partidarios de la igualdad absoluta se ven obligados a afrontar primero las desigualdades naturales, a fin de atenuarlas y a ser posible eliminarlas. Al no poder intervenir sobre las condiciones de organización y de desarrollo del individuo antes del nacimiento, su labor se inicia en el mismo momento en que el hombre sale del seno de su madre. Entonces el Estado lo hace suyo: se adueña de forma absoluta de él tanto espiritual como físicamente. Inteligencia, conciencia, todo depende de él, todo le está subordinado”.

Sería apenas hasta 1989, como afirma Marc Fumaroli, ensayista y uno de los historiadores que más ha estudiado a Chateaubriand, 140 años después de su primera publicación y coincidiendo con el bicentenario de la Revolución Francesa y la caída del muro de Berlín, cuando la monumental obra comenzaría a ser apreciada en toda su dimensión. Y no sería hasta entonces, ante el lento retroceso del estalinismo, que se comprendería retrospectivamente que, tal y como lo había advertido el francés, el Terror de 1793 se había configurado en efecto como un peligroso precedente para todas los abusos posteriores cometidos en nombre de la igualdad.

“En adelante, la verdad sobre el Terror soviético, al esclarecer, retrospectivamente, la verdad sobre el Terror jacobino e imperial, hacía evidente, de entonces acá, que la Revolución Rusa de 1917, la Revolución permanente en la China de Mao, la Revolución de los jemeres rojos en Camboya, y un buen número de otras barbaries indecibles del siglo XX, habían encontrado una especie de garantía idealizada en el precedente del Terror de 1793. Este infierno político y policial francés fue el tronco originario de infiernos análogos que se multiplicaron a lo largo del siglo XX, pero a más vasta escala y con superior eficacia, de acuerdo con la ley implacable del progreso de los ogros. El Terror de 1792-1794 se desencadenó en nombre de una ideología tan sumaria como fríamente lógica, abandonando a la humanidad viva en favor de la abstracción del ‘hombre regenerado’. Todos los Terrores ‘rojos’ del siglo XX han procedido de ideologías igualitarias tan sumarias y abstractas como aquélla”, afirma Fumaroli en la presentación de la última edición traducida al español, publicada en 2006.

Siguiendo la voluntad de su autor, las Memorias debían publicarse de forma póstuma a un muy largo plazo después de su muerte: 50 años; de ahí el nombre de la obra. Aunque dicho deseo no fue cumplido y buena parte del manuscrito fue publicado incluso en vida de Chateaubriand, con ellas el francés buscaba, como dice Jean-Claude Berchet, en el prólogo, lanzar una “botella al mar en dirección a la posteridad”. Pueda que aún hoy, casi 170 años después de su muerte, la  obra del vizconde siga generando escozor entre los más trasnochados defensores de ideologías totalitarias. Sea como sea, sus palabras, que siguen resonando desde su sepulcro ubicado en el islote de Grand-Bé, en Bretaña, le han granjeado, sin duda, un lugar en la eternidad.

Un papa joven para devolver la Iglesia al concilio de Trento

 

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Ernesto Mejía / @netomejia08

Dice Mark Lilla en la introducción de “The shipwrecked mind: On political reaction” (2016), cuya edición en español aparecerá en junio próximo, que una primera distinción importante que hay que hacer con respecto a los reaccionarios consiste en el hecho de que no son conservadores.

Son, afirma, el politólogo y profesor de Columbia, tan radicales como los revolucionarios y tan embebidos de un sentido de misión como ellos.  De hecho, según Lilla, los reaccionarios se sienten en una posición de mayor fortaleza que sus adversarios porque creen ser los guardianes de lo que realmente pasó, no los profetas de lo que puede ser.

Para estos, “el que la sociedad revierta la dirección o se apresure hacia su ruina depende enteramente de su resistencia”. Es la suya una “militancia de la nostalgia” que reivindica un pasado glorioso que fue corrompido en algún momento por ideas nocivas.

“La mente reaccionaria es una mente naufragada. Donde otros ven el río del tiempo fluyendo como siempre lo ha hecho, los reaccionarios ven los escombros del paraíso yendo a la deriva frente a sus ojos”, sentencia.

Es ese ardor por recobrar un pasado que se desvanece perpetuamente ante los cambios sociales y tecnológicos de nuestro tiempo lo que vuelve al reaccionario no solo una figura virulentamente moderna sino que también atractiva para un sinfín de personas alrededor del mundo que pueden no tener nada en común más que ese sentimiento de “traición histórica”.

“Cada transformación social importante deja detrás un fresco edén que puede servir como el objeto de la nostalgia de alguna persona. Y los reaccionarios de nuestro tiempo han descubierto que la nostalgia puede ser un poderoso motivador político, tal vez mucho más poderoso que la esperanza. La esperanza puede ser decepcionada. La nostalgia es irrefutable”, precisa.

Desde la violencia del terrorismo islámico, pasando por las pretensiones expansionistas rusas, las victorias de Donald Trump y del Brexit, el ascenso de la extrema derecha en Europa,  hasta los movimientos antiglobalización, la reacción política parece ser el signo de nuestra era.

Encuadrada perfectamente en ese panorama se encuentra la primera temporada de la serie The Young Pope, la más reciente creación del cineasta italiano Paolo Sorrentino, que retrata un ficticio y desconcertante, aunque acaso no del todo improbable, papado. El más ultramontano que uno pueda imaginar.

Pío XIII, tal es el nombre de ese inventado papa, encarnado de manera magistral por Jude Law, es un estadounidense de mediana edad  –señal inequívoca de que la reacción no es ni mucho menos un patrimonio de la vejez– arropado de una altiva elegancia, no exenta de cierta estética pop, cruzado a ratos por la duda, lejano, frío e intransigente que llega al máximo cargo de la Iglesia católica de rebote, resultado inesperado de las fallidas negociaciones entre las diferentes facciones eclesiales reunidas en el cónclave.

Los cardenales que han maquinado y hecho posible su elección confían en que su papado sea una especie de puente entre el ala conservadora y las corrientes más progresistas de la Iglesia.

Pero Pío XIII (y la elección de ese nombre no parece anodina, puesto que recuerda a los controvertidos Pío XI y Pío XII, quienes mantuvieron una polémica relación con el fascismo y el nazismo)  resulta un agente ingobernable que lejos de buscar entendimientos quiere llevar a la Iglesia en un sentido diametralmente opuesto al abierto por el concilio Vaticano II.

Si habría de buscársele un referente doctrinario y disciplinario al espíritu que pretende impregnarle a su pontificado, este sería a lo mejor el concilio de Trento (1545-1563), donde, según el historiador Jean Delumeau, la fórmula “Sea anatema”, la excomunión lanzada contra todo aquel que rechazara alguna de las afirmaciones elaboradas por los padres de la asamblea se repetiría un total de 126 veces.

Más allá de que hacia el final de la temporada, se advierta un tímido giro hacia la moderación, la Iglesia de Pío XIII será pues en esencia una Iglesia muy poco dada a la piedad, replegada sobre sí misma, inaccesible casi, si no es por el total sometimiento a sus designios, fundada sobre el miedo y el misterio.

Una Iglesia que, a imagen y semejanza de aquella del siglo XVI, estudiada por Delumeau, se amuralla y se protege ante un entorno amenazador, pero que se reclama a la vez como una madre llena de infinita bondad y misericordia para todos aquellos que muestren una obediencia ciega. No es un detalle menor a este respecto que Lenny Belardo, que ese es el nombre real de Pío XIII, sea un huérfano que fue abandonado a los ocho años por sus padres hippies, y que buena parte de los acentos de la primera temporada de la serie estén puestos sobre ese dolor nunca superado.

“¿Realmente qué hizo grande a nuestra Iglesia? ¿El miedo o la tolerancia?”, lanza el nuevo papa a un grupo de obispos que han llegado hasta él para exponerle los temores de sus fieles ante el giro tan marcado de su pontificado. Pío XIII no deja espacio para la respuesta. Antes bien se embarca en una serie de preguntas retóricas que dan una idea del camino que piensa transitar: “¿Qué podemos aprender de la historia de nuestra Iglesia? ¿Qué tan grande era el estado papal cuando el miedo entre las naciones era parte de nuestro ADN? ¿Qué tan pequeños nos volvimos? ¿Cuánto decayó nuestra influencia cuando decidimos ceder, sucumbir, retirarnos, volvernos complacientes y reconfortantes?”

Amurallarse, por supuesto, no significa ceder. Mucho menos renunciar a las pretensiones teocráticas, como queda reflejado en el brillante duelo dialéctico que sostienen en el capítulo seis, el primer ministro italiano y el sucesor de Pedro, y donde el segundo termina imponiéndole, por medio del chantaje, una serie de exigencias delirantes para cualquier estado democrático: mayor asistencia a las familias católicas y financiamiento a los colegios de dicha religión; prohibición de los matrimonios homosexuales; mayores beneficios bancarios y fiscales para la Santa Sede; prohibición absoluta del aborto y el divorcio en todos los casos; ninguna posibilidad para la eutanasia; restricciones a la libertad religiosa de musulmanes e hindúes; reapertura de los diálogos sobre el pacto de Letrán; y revisión de las fronteras del estado vaticano, entre otras.

Pero quizás ninguna otra escena sintetice tan bien esa reconversión total de la Iglesia como aquella del capítulo cinco donde el joven papa se dirige por primera vez al colegio cardenalicio. Un encuentro en el que queda plasmada una transformación que no es, claro, solo de fondo sino de formas, lo que le permite a Sorrentino desplegar todo el lujo visual al que nos tiene acostumbrados.

En la referida escena, Pío XIII aparece ante los purpurados reunidos en la capilla Sixtina, llevado en hombros sobre una silla gestatoria, una especie de trono que fue utilizado por última vez en 1978, escoltado por dos flabelos, y usando una tiara papal,  la triple corona cuyo uso obligatorio en las ceremonias solemnes fue también abandonado. En este caso desde el pontificado de Pablo VI (1963).

Entonces se embarca en un discurso atronador, con claros guiños al papado de Francisco, que resume lo expuesto hasta aquí:

“De este día en adelante, todo aquello que estaba abierto, estará cerrado. ¿Evangelizacion? Ya lo hicimos. ¿Ecumenismo? También ya lo hicimos. ¿Tolerancia? Eso ya no vive por aquí. Ha sido desalojada. Desocupó la casa para el nuevo inquilino quien tiene gustos diametralmente opuestos en decoración. Hemos estado estirando la mano a otros durante años. Es momento de parar. No vamos a ir a ningún lado. Estamos aquí, porque ¿qué somos nosotros? Somos cemento. Y el cemento no se mueve. Nosotros somos cemento sin ventanas, así que no vemos el mundo exterior. Solo la iglesia posee el carisma de la verdad.

Dijo San Ignacio de Antioquía, y tenía razón, ‘No hay razón para mirar hacia afuera’. En su lugar, vean allá. ¿Qué ven? Es la puerta. La única forma de entrar. Pequeña y extremadamente incómoda. Todo aquel que quiera conocernos tiene que averiguar cómo atravesar esa puerta. Hermanos cardenales, necesitamos volver a ser prohibidos, inaccesibles y misteriosos. Es la única forma en que una vez más nos volveremos deseables. Es la única forma en que nacen las grandes historias de amor. Y yo ya no quiero más creyentes de medio tiempo. Quiero grandes historias de amor. ¡Quiero fanáticos de Dios! Porque el fanatismo es amor. Todo lo demás es estrictamente un sustituto y se queda afuera de la Iglesia. Con las actitudes del último papado, la Iglesia ganó para sí misma grandes expresiones de cariño de las masas. Se volvió popular. ‘¿Oh, no es fantástico?’, podrían pensar. Recibimos mucha estima y muchas amistades. Yo no tengo idea de qué hacer con las amistades del mundo entero. Lo que quiero es amor absoluto y total devoción hacia Dios. ¿Significará eso una Iglesia solo para unos pocos? Es una hipótesis. Y una hipótesis no es lo mismo que una realidad. Pero aún esta hipótesis no es tan escandalosa. Yo digo, mejor tener algunos que sean confiables, que tener demasiados que sean distraídos e indiferentes. Las plazas públicas han estado hasta el tope, pero los corazones han estado vacíos de Dios. No se puede medir el amor con números, solo se puede medir en términos de intensidad. En términos de lealtad ciega al imperativo. Fijen esa palabra firmemente en sus almas: imperativo”.

Frente a esa reacción tan marcada, una de las grandes víctimas es, obviamente, la libertad, a la que se le asigna un valor negativo. Algo que queda en evidencia desde el primer instante del primer capítulo, cuando en la inauguración de su papado, Pío XIII dirige a la multitud congregada en la plaza de San Pedro, un fogoso como poco probable elogio de la libertad, que resulta ser nada más una pesadilla.

 

En una entrevista con Vulture, en enero pasado, Sorrentino, que comenzó a escribir The Young Pope en 2014, dio algunas ideas sobre los orígenes de un personaje tan violentamente reaccionario.

“El papa Francisco construyó una narrativa propia, que es mucho más potente de lo que yo podría haber escrito. A la hora de hacer una serie sobre el Vaticano solo podía hacer lo opuesto. No todo el clero piensa de la misma manera, pero muchos de los analistas que yo más respeto creen que un papa como Lenny podría arribar después de Francisco. No joven y americano, pero sí que encarne esas ideas”.

Esos, hermanos míos, son los vientos que soplan.