La vigencia de “Las Nubes” en la era de la posverdad

 

theater-dionysos1

 

Ernesto Mejía / @netomejia08

A finales de 2016, el Diccionario Oxford escogió el término “post truth” (posverdad), como la palabra del año. En su razonamiento de la selección, la casa editora explicaba que, aunque el neologismo había estado en uso desde hacía al menos una década, la frecuencia de su utilización se había incrementado considerablemente en 2016 con el inesperado triunfo del “brexit” en Gran Bretaña y la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Así, había pasado de ser un término periférico a uno central en los comentarios políticos de los grandes medios a uno y otro lado del Atlántico.

El diccionario definió la posverdad como lo “relativo a las circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.

Aunque varios artículos han tratado de darle un matiz nuevo a la situación definida por la posverdad, argumentando que se trata de un problema contemporáneo donde “la verdad no es falsificada o impugnada, sino que se le asigna una importancia secundaria”, uno no puede menos que pensar que lo único nuevo en todo esto sea justamente el neologismo.

Ya entre los clásicos griegos es posible, de hecho, encontrar numerosos ejemplos que condenan esa banalización de la verdad, algo que no es fortuito si se toma en cuenta el peso que, en la antigua Atenas, tenía el dominio de la retórica.

En la polis ateniense, esta estaba lejos de ser solo un simple ejercicio, era el prerrequisito indispensable para todo aquel que deseara ejercer la política. Conscientes de que a una mayor capacidad oratoria le sobrevenía un mayor poder político, ya que las elecciones del pueblo podían estar limitadas por las propuestas de los oradores más persuasivos, no es extraño que varios autores pusieran en guardia a sus ciudadanos sobre los peligros que la oratoria implicaba para la ley, la virtud, la justicia y, en última instancia, para la democracia.

Platón, para el caso, en su diálogo “Gorgias” lanza, en boca de Sócrates, un furibundo ataque contra la retórica a la que considera una práctica que busca adular a los oyentes, convencerlos, para luego dominarlos. A diferencia de la filosofía, que persigue la verdad, la retórica busca sustituir al conocimiento razonado. Todo lo que importa en ella es la persuasión, el generar una creencia, sin importar si lo que se dice es cierto y justo o no.

“Luego la retórica, según parece, es artífice de la persuasión que da lugar a la creencia, pero no a la enseñanza sobre lo justo y lo injusto”, exclama Sócrates en una parte.

Y en otra, el filósofo agrega:

“(El orador) no necesita conocer los objetos en sí mismos, sino haber inventado cierto procedimiento de persuasión que, ante los ignorantes, le haga parecer más sabio que los que realmente saben”.

En ese punto, Platón los emparenta, en cierto sentido, con los sofistas a quienes, en otros de sus diálogos, describe como  atletas de la palabra que, bajo la falsa apariencia de un conocimiento absoluto, engañan a jóvenes prometiéndoles enseñarles el arte de la discusión a cambio de un salario. Sin embargo, recalca, su conocimiento no es más que una imitación de la verdad.

“Luego el sofista se nos muestra, sobre todo, como el que tiene apariencia de ciencia y no una ‘ciencia verdadera’ “, asevera, uno de sus personajes en “El sofista o del ser”.

Como en el caso de la retórica, lo que importa para los sofistas es que los oyentes crean que lo que enuncian es la verdad, no que realmente lo sea.

Más allá de la densidad y solemnidad de Platón, Aristófanes fue otro de los autores que también abordó el tema, envolviéndolo en su caso de una atmósfera cómica, que en nada le impidió elevar una punzante crítica contra la instrumentalización del discurso.

En “Las Nubes”, retrata a Estrepsiades,un hombre agobiado por las deudas, derivadas del demandante pasatiempo hípico de su hijo, Fidípides.

Entre los sobresaltos de una noche en vela, Estrepsiades resuelve pedirle a su hijo que acceda a instruirse en la casa de enfrente donde moran personas que son capaces, siempre y cuando se les pague, de aprender las más sofisticadas técnicas oratorias. Un arte que, bien desarrollado, permite incluso ganar las causas más injustas y que le posibilitaría, por tanto, librarse de los cobros de sus acreedores.

Ante la negativa de Fidípides, el hombre decide él mismo encaminarse a esa especie de academia, dirigida por (sarcasmo de sarcasmos) Sócrates y empezar el entrenamiento.

El nuevo discípulo no deja en ningún momento duda alguna sobre sus intenciones:

“Que sea yo un hombre de arrestos, hablantín y atrevido, un morral de engaños al que nunca faltan palabras, que se burla de los procesos, que hace trizas las leyes, un taravilla, un coyote, todo lleno de arterías, escurridizo cual anguila, voluble, fácil de huir, resbaloso y muy ágil, muy parlero y muy fugaz, duro cual nudo de palo, un vividor, un matraca, un lambiche, un torcidito, y otras muchas cosas más”.

Pero Estrepsiades es viejo y torpe, y su mala memoria le hace olvidar al instante todo cuanto aprende.

Las Nubes, que entre las personas de esa academia han remplazado a los antiguos dioses, y que han sido invocadas previamente por Sócrates (el “sacerdote de las cosas vacuas”) le dan entonces un consejo. Esas musas, que representan la palabrería, la argumentación alambicada que tiene la capacidad de enredar a los contrarios, lo conminan a que lleve a su hijo y sea él quien aprenda en su lugar.

Bajo amenazas, Estrepsiades logra que Fidípides acepte y se someta a la instrucción. Ya en la academia, se presentan frente a él dos personajes: el discurso justo y el injusto que argumentan sobre las bondades y las fortalezas de cada uno.

A pesar de que el segundo es, y se reconoce, más débil que el primero, luego de un intenso duelo dialéctico, es este el que se impone y termina asumiendo la educación del alumno.

Ayudado de esas artes, Estrepsiades, no tarda en efecto en burlar los primeros cobros, pero pronto padre e hijo se enzarzan en una vorágine discursiva en la que este último relativiza por completo la verdad y por el poder de la palabra llega incluso a justificar la contestación violenta de la autoridad paterna.

En un final tragicómico, Estrepsiades se lamenta y maldice a Sócrates a quien acusa de haber permitido la corrupción del mundo antiguo.

Pueda que, como lo argumentan los artículos que mencioné al principio, la posverdad se diferencie de la clásica manipulación del discurso, aludiendo a elementos específicos de esta. Concedámoslo. En cualquier caso, el resultado final es el mismo: la erosión de la democracia. Conviene que lo recordemos para cuando los políticos en campaña vengan a ofrecernos sus “nuevas ideas”.

Anuncios