Una fábula contra la tiranía de la sinrazón

Ernesto Mejía / @netomejia08

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Averroes. Ilustración de http://www.curiousytech.com

Con  “Dos años, ocho meses y veintiocho noches” (2015), Salman Rushdie regresa de nuevo a ajustar cuentas con el fenómeno que lo catapultó al estatus de celebridad mundial amenazada por una fatua, pero que relegó a un segundo plano su talento literario: el fundamentalismo religioso.

Para ello el británico rescata de la Historia, la relación dialéctica que unió al filósofo cordobés del siglo XII, Ibn Rushd, más conocido por su nombre latinizado Averroes, con el teólogo musulmán de origen persa del siglo XI, Al-Ghazali.

Este último, que había estudiado el pensamiento racionalista y había transmitido y comentado en el mundo islámico las obras de Aristóteles y sus discípulos musulmanes se lanzaría, en 1095, luego de una crisis personal que lo haría caer en el escepticismo y luego abrazar con mayor fervor la religión, a escribir una densa y enmarañada obra titulada “La incoherencia de los filósofos”.

Las 20 tesis que Al-Ghazali refuta en dicho libro sirven como una agria crítica a la filosofía con la que el autor trata de demostrar no solo sus incongruencias, sus contradicciones y su escasa solidez sino también, y sobre todo, su incapacidad para comprender las cuestiones divinas.

De ese total, tres son las tesis sostenidas por los filósofos que el teólogo considera  impías: la eternidad del mundo, la negación a Dios del conocimiento de los particulares y la negación de la resurrección de los cuerpos.

El resto, donde se incluyen temas como la imposibilidad de los milagros o la inmortalidad de las almas, son, a juicio de Al-Ghazali, heréticas. Con lo cual, la filosofía no solo es insuficiente para comprender la inmensidad divina, sino que es peligrosa y dañina para la religión, puesto que sus postulados son incompatibles con la ley revelada del Corán.

Hacia el final de su vida, el teólogo persa describirá en “Confesiones. El salvador del error” —un libro de matices autobiográficos— su itinerario espiritual y existencial en la búsqueda de la verdad. En él, volverá a dejar patente su divorcio con la filosofía.

“Una vez que terminé con la ciencia de la filosofía, tras haberme hecho con ella, haberla captado y haber condenado sus falsedades, me di cuenta de que esta tampoco satisfacía todos nuestros propósitos, y comprendí que la razón no bastaba para conocer todas las cuestiones ni podía descubrir la solución de todos los problemas”.

La réplica a los postulados de Al-Ghazali vendría 100 años después y a 1,600 kilómetros de Tus, la ciudad que lo había visto nacer. Averroes la bautizaría como “La incoherencia de la incoherencia”. En ella, el filósofo confronta una por una las 20 tesis del persa bajo la forma de un diálogo en el que, sin embargo, lejos de descartar la validez de la revelación divina, trata de conciliar fe y razón.

Argumenta Averroes en sus páginas, que más que ser contradictorias entre sí, filosofía y religión son dos vías que conducen inevitablemente a una misma verdad. Y cabe, por tanto, respetar sus respectivas metodologías y ejercitarse en cada una de ellas en función de la capacidad de comprensión de cada ser humano.

Ante los límites de la razón, el filósofo concede incluso la posibilidad de acceder a ese conocimiento por medio de Dios.

En su “Tratado decisivo que determina la conexión entre la ley religiosa y la filosofía”, volvería sobre el punto, diciendo:

“El razonamiento filosófico no nos conducirá a conclusión alguna contraria a lo que está consignado en la revelación divina, porque la verdad no puede contradecir a la verdad, sino armonizarse con ella y servirle de testimonio confirmativo”.

De poco serviría ese esfuerzo de conciliación, la crítica de Al-Ghazali tendría un impacto tal en el mundo islámico, que la filosofía terminaría absorbida por la religión o por un misticismo religioso.

Hacia 1195, año en el que aproximadamente Averroes redactó “La incoherencia”, una ola de integrismo islámico se había propagado ya por la España árabe, forzando al filósofo, otrora cadí de Sevilla y médico personal del califa Abu Yusuf Yaqub, a aislarse en Lucena, una aldea en las afueras de Córdoba habitada por antiguos judíos que habían sido obligados a convertirse al Islam.

Es contra ese telón de fondo que Rushdie desarrolla su historia. Una historia que tiene, cómo no, la otra marca distintiva del escritor: el elemento fantástico.

 

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Foto de http://www.quelibroleo.com

En su destierro, Averroes —imagina Rushdie— había conocido a una princesa yinnia, una genio del Peristán, el país de las hadas, que se había colado a nuestro mundo adoptando la forma de una joven de 16 años. Con esa adolescente de nombre Dunia, el filósofo procrearía, antes de ser rehabilitado en la corte de Córdoba y de morir en Marrakech, en 1198,  una numerosa prole con poderes sobrehumanos que se extendería a todos los confines del planeta y se multiplicaría en los ocho siglos siguientes.

Al cabo de esas ocho centurias, las voces de Al-Ghazali y de Averroes se volverían a encontrar en la muerte para seguir polemizando en torno a la fe y la razón. El teólogo persa, que en vida había tenido también un encuentro con un yinn oscuro, Zumurrud, al que había rescatado del fondo de una botella, acudirá, sin embargo, a ese nuevo debate con algo más que palabras.

Habiendo postergado en su momento su derecho a exigir los famosos tres deseos por haberlo liberado de su prisión, Al-Ghazali invocará entonces a su genio y le pedirá que se concentre, a cambio, en uno solo: infundir terror a la humanidad para que esta se vuelva a Dios.

La ejecución de dicho deseo desencadenará en la tierra una devastadora tormenta a la que le sobrevendrá una serie de extraños fenómenos sobrenaturales; la tiranía de Zumurrud y los otros tres grandes yinn oscuros (Zabardast, Ra’im Bebesangre y Rubí Resplandeciente); y, finalmente, la llamada Guerra de los Mundos, librada entre estos últimos y Dunia y su estirpe mitad humana mitad yinn. Todo en una era que duraría en total dos años, ocho meses y veintiocho noches; o lo que es lo mismo mil y una noches.

En ese enorme fresco de situaciones y personajes que pinta, Rushdie rinde tributo a sus influencias: la historia, la mitología oriental, el surrealismo, el realismo mágico, la ciencia ficción, Borges, Voltaire, el pesimismo de Schopenhauer y Nietzche pero también a la cultura pop y la estética y la narrativa del cómic.

Con ellas, el británico construye un fabuloso cuento de hadas moderno que a pesar de su aparente simpleza no debe llamar a error. Como el Candide, de Voltaire, su obra es una fábula que aspira a tocar fibras humanas más profundas. Es sin duda una condena a la intolerancia religiosa, a la irracionalidad y al fanatismo, a la tiranía y a la barbarie, pero es también el explícito llamado a reconocer que esa locura y esa crueldad no son del dominio exclusivo de los demás o de una secta religiosa particular, sino que anidan en el corazón de cada uno de nosotros y que el combate para mantenerlas a raya es siempre diario.

Es, aún más, el recordatorio de la inmensa complejidad humana, la paradójica aceptación de que reducir el mundo a la razón absoluta puede resultar también en una quimera contraproducente.

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Una pequeña ventana al pensamiento político de Salarrué

Ernesto Mejía / @netomejia08

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Foto de http://www.pensandoyescribiendo96.files.wordpress.com

Entre 1929 y 1938, Salarrué sellaría una prolífica aunque irregular producción periodística en el seno de Patria, el periódico propiedad de José Bernal y dirigido en sus dos primeros años por Alberto Masferrer.

En él, entre idas y venidas, entre períodos de frenética actividad  y otros de mayor repliegue, Salarrué se desempeñaría como colaborador y hasta como jefe de redacción en dos ocasiones, llegando a tener secciones fijas como Divagaciones filosóficas, Juvenecer, Menú de hoy, El pescador silencioso y El sueño de anoche, calzadas muchas con su seudónimo “oficial”  y otras bajo nombres como el Chef, José Fort Newton o Sacapuntas.

Sería en sus páginas donde incluso antes de ser concebidos como una obra literaria, sus primeros “Cuentos de cipotes” verían la luz.

Es a esa trayectoria a la que busca acercarnos el investigador Guillermo Cuéllar-Barandiarán con su libro “Salarrué en Patria”, presentado en marzo pasado.

Su obra, que requirió la consulta de 1080 ejemplares que el autor encontró disponibles y dispersos en el Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional, el Museo de la Palabra y la Imagen y el Museo Nacional de Antropología, pretende como ya se ha dicho no solo reconstruir la inserción y trayectoria del pensador salvadoreño en el periódico sino también analizar su aporte intelectual a sus páginas.

Tomando los 449 textos surgidos de la pluma de Salarrué que el autor encontró en el cuerpo analizado, y haciendo uso de herramientas de semiótica discursiva, Cuéllar-Barandiarán concluye que en su paso por Patria, el escritor haría de “Cuentos de cipotes” su publicación asidua más emblemática, buscando con ellos sublimar un rasgo doloroso de la salvadoreñidad, a saber: nuestra pequeñez territorial y nuestra insignificancia en el orden mundial.

De acuerdo con el investigador, el intelectual interpretaría con ellos el dolor colectivo derivado del trauma de nuestra estrechez geográfica y lo transmutaría en canto, en un proceso de sanación que conciliaría esa herida con una posibilidad de recuperación.

La obra de Cuéllar-Barandiarán, sin embargo, tiene también otros méritos. En primer lugar, dimensiona el papel trascendental que jugaron tanto Salarrué como el segundo director-propietario de Patria, Alberto Guerra Trigueros, en la persistencia del periódico aún mucho después de la salida de su ideólogo y primer director.

Dicha medida, motivada, según el investigador, por la radicalización de las posturas políticas de Masferrer, su actividad proselitista en apoyo a la fórmula presidencial de Arturo Araujo y la discordia en la forma de mantener económicamente al medio, se consumaría a finales de agosto de 1930.

Su salida se ha asociado tradicionalmente a la idea de un periódico que comenzaría un acelerado proceso de deterioro hasta sucumbir poco tiempo después.

El autor demuestra en cambio que el dueto Salarrué-Guerra Trigueros sabría mantener a flote la aventura periodística y su espíritu “masferreriano” durante siete años más, innovando incluso y mostrando templanza en una época marcada por el autoritarismo y la censura gubernamental.

 

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El segundo mérito de la obra consiste en que su compilación, sin ser exhaustiva, y contener varios escritos que se conocían ya anteriormente, permite vislumbrar destellos del pensamiento político del mayor narrador salvadoreño.

De la lectura de sus escritos, puede afirmarse en términos generales que Salarrué adoptaría la doctrina vitalista de su maestro. Ese pensamiento político al que tanto manosearían los sectores conservadores del país posteriores al 32, y al que tanto denostaría la izquierda anterior a la guerra civil (basta recordar el famoso “Viejuemierda” de Roque Dalton) se articulaba alrededor de tres pilares: la filosofía  oriental; un socialismo reformista de corte fabiano, es decir el movimiento político británico que sería la base del ulterior Partido Laborista; y la realidad salvadoreña de finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

Masferrer apuntaba con ella a la satisfacción plena de un mínimo de nueve necesidades: trabajo, alimentación, habitación, agua, vestido, asistencia médica, justicia, educación y descanso. A este respecto y para una mejor y mayor valoración de la doctrina política del intelectual resulta pertinente la tesis de Víctor Manuel Guerra, “El vitalismo masferreriano: un modo de hacer filosofía en El Salvador de principios del siglo XX” 

Sin embargo, aunque admiraba los postulados, Salarrué rehuiría de participar en la política partidaria. Conminado por amigos o por Masferrer mismo para integrarse al Partido Vitalista, el escritor le enviaría una carta publicada en el periódico el 14 de septiembre de 1929 —apenas tres meses después de haber iniciado su colaboración en el mismo — en la que dejaría clara su postura.

“Soy un hombre antigregario; mi naturaleza de artista me hace apartarme de todo lo que es grupo, casta, secta, partido, conciudadanía e ismos en general. Por ello y no por otra razón, me resisto a formar parte del Partido Vitalista. Comprendo la trascendencia de tal organización, pero entiendo la doctrina como tal, porque doctrina es amplitud y partido es restricción”.

Casi cuatro años más tarde (1933), cuando Masferrer ya había fallecido, el intelectual reafirmaría el punto en otra columna llamada “Hombres de buena voluntad”, en la que aprovecharía para desmarcarse también del movimiento comunista salvadoreño.

“Nosotros no fuimos ni seremos “minimum vitalistas” porque, como lo expresamos a su tiempo y en este mismo diario, aunque el postulado era bueno nos venía estrecho… No comulgamos con la idea del ‘Minimum vital’ y sin embargo la tenemos por buena y practicable y lo que es más, por anticomunista. No sabemos de dónde han sacado algunos malquerientes que somos comunistas. Nosotros declinamos el honor, no por miedo, sino por una sencillísima razón, por incompatibilidad de los ideales comunistas con los nuestros que son de pacifismo y absoluta no violencia”.

Una toma de distancia que no impediría que Salarrué profesara una abierta admiración por el líder de dicho movimiento, Agustín Farabundo Martí, que dejaría patente en un texto publicado tan solo un año después de la matanza del 32 y en ocasión del primer aniversario de su fusilamiento (El sembrador desconocido, 2 de febrero de 1933).

Adverso como le era el vitalismo al sistema capitalista, Salarrué aprovecharía algunas de sus columnas para atacar la agresiva mecanización del proceso industrial (Divagaciones filosóficas, 28 de enero de 1930) y la lógica de una búsqueda de ganancias sin fin, basada muchas veces en procesos viciados. Prueba de esto último es la dura crítica que lanzaría a los banqueros en el texto titulado “Concesiones, compensaciones, indemnizaciones”, del 10 de mayo de 1934 y firmado bajo el seudónimo de Chef.

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Columna dedicada a Agustín Farabundo Martí

Escrito en vísperas de la fundación del Banco Central de Reserva, una medida que revocaría a varios bancos comerciales la facultad que habían tenido hasta entonces de emitir billetes, el escritor atacaría en dicho texto, el estilo ganguero de hacer negocios en el país, poniendo de ejemplo la millonaria indemnización que los bancos Salvadoreño y Occidental pretendían del Estado por renunciar al referido derecho.

Con todo, y a diferencia de su maestro que sí aspiraba a una transformación de la realidad por la vía de la modificación de las instituciones políticas, Salarrué se decantaría más bien por llamar a una transformación de los individuos.

Su incitación apuntaba, entre otras cosas, a un desprendimiento de los bienes materiales que desembocara en una mayor generosidad hacia los demás (“Dar”, 10 de octubre de 1936) y a una vida que estuviera en equilibrio con la naturaleza (“Naturalidad”, sin fecha). Un llamamiento que apelaba también a indignarse claro ante las injusticias del mundo pero a las que proponía solo un “pacifismo militante”, próximo a la desobediencia civil, promulgada por Thoreau y Gandhi.

Salarrué haría ese llamado desde una convicción humanista y libertaria que chocaría  en algunos casos con las políticas gubernamentales y que resultaría a lo mejor incómoda para la época. (“He demostrado toda mi vida una aversión atroz para con las asociaciones que pretenden enrolar en un solo pensamiento a muchos individuos”).

En 1934, por ejemplo, el literato alzaría su voz en contra de las pretensiones del oficialismo de endurecer una ley de imprenta pasada un año antes por la cual se imponía límites a la libertad de expresión y se censuraba a los medios.

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En 1938, Salarrué sienta su postura en contra de la pena de muerte

En una clara dedicatoria a Guerra Trigueros que era de origen nicaragüense, el gobierno buscaba con dicha reforma radicalizar las medidas vigentes con la “nacionalización” del periodismo, una disposición que limitaba la propiedad de las imprentas y las empresas de publicidad, así como los puestos de directores o jefes de redacción, únicamente a salvadoreños por nacimiento.

“No veo cuáles sean las ventajas que acarreará la nacionalización del periodismo salvadoreño, aquí en donde hasta las más pequeñas e insignificantes actividades se encuentran en manos de extranjeros. El comercio salvadoreño está en manos de judíos, alemanes, franceses, norteamericanos, ingleses, polacos, españoles, etc. Y nadie protesta”, El menú de hoy, La nacionalización del periodismo, jueves 17 de mayo de 1934.

El escritor volvería a la carga de nuevo contra otra política gubernamental, en 1938, con el texto “No matarás. La justicia no aniquila”, en el que sentaba una postura crítica ante la pena de muerte, uno de los hasta hoy afamados métodos de impartir justicia del régimen del general Maximiliano Hernández Martínez.

“El establecimiento o restablecimiento de la pena de muerte en las leyes penales de un Estado cualquiera es un paso atrás (…) Personalmente encuentro igual estado de reflexión en los acusados de todo el mundo que con motivo de un asesinato probado se sientan al banquillo, que en el Estado pretendiendo al matar al matador, haber dado con la más inteligente solución al asunto. Con una insospechada ironía suena en mis oídos la frase aquella de que ‘hay que suprimirlos para dar el ejemplo’, y como efectivamente se ha dado el ejemplo, el ejemplo es indefinidamente aprovechado…”

En esa misma línea, el intelectual no tendría problemas tampoco con vérselas con esa religión de carácter civil que es el patriotismo, llegando incluso a ironizar sobre algunos de sus símbolos.

En “Un sueño extraño”, aparecido el 15 de mayo de 1929, Salarrué juega con la idea de un diálogo entre él y un protagonista denominado Don Atanacio. Este último le relata un sueño que ha tenido la noche anterior en el que se ve convertido en diputado. Junto a él, en la Asamblea, aparece de pronto el expresidente Manuel Enrique Araujo, asesinado en 1913, solicitando que se le cambie el nombre al país.

“Es necesario -dijo- que le cambiemos el nombre al país. Nuestro país es el que lleva el nombre más ridículo en el concierto de las naciones (…) No se puede hacer nada serio con semejante nombre (…) Ya podríamos llamarnos de peor manera dado el exquisito mal gusto de nuestros ancestros. Demos gracias de que este país no se llame El Corazón de María, El Divino Rostro o cosa peor”.

La charla se extiende hasta que don Atanacio empieza a desvanecerse de la ensoñación y entonces exclama: “Todos aquellos señores (…) siguieron discutiendo imperturbables, mientras yo me desvanecía en mi asiento, dejando a mi pesar aquella grata charla de sobremesa con aquellos distinguidos coterráneos y excelentísimos difuntos a quienes no volveré a ver ni a oír como seguiré oyendo el bendito nombre de El Salvador”.

Aunque Cuéllar-Barandiarán, como repito, no se propone como objetivo inicial rescatar la dimensión política de los textos de Salarrué en Patria, esa lectura, creo, arroja interesantes elementos que ayudan a reconstruir la aparentemente compleja relación que el escritor mantuvo con el poder político de la época.

A ese respecto basta recordar que tres años atrás, el escritor, lingüista y antropólogo, Rafael Lara Martínez, publicó su libro “Del silencio y del olvido, o los espectros del patriarca”, donde por medio de fuentes primarias sostiene que Salarrué, y todos los intelectuales de aquel momento, no solo callaron ante los eventos sangrientos del 32, sino que colaboraron en estrecha complicidad con el régimen del general Martínez en la creación de un proyecto cultural centrado en un  indigenismo con un fuerte componente nacionalista y popular.

Las temáticas y el tono de muchas de las columnas escritas por el literato en el tiempo en que figuró en las páginas del periódico dejan entrever, sin embargo, a un artista  indócil en una de las épocas más turbulentas de las que el país tenga memoria. La obra de Cuéllar-Barandiarán, cuyo mayor defecto sea quizás su estilo extremadamente académico, puede sin duda abonar a un mayor conocimiento de esa figura paradójica cruzada por luces y sombras.