Un llamado de atención para un Occidente en declive

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Ernesto Mejía / @netomejia08

Si nos atenemos a la confesión de Giovanni Sartori (Florencia, Italia, 1924), su más reciente libro “La carrera hacia ningún lugar” (2015) surgió de su espíritu de contradicción. Al politólogo le habían repetido insistentemente que en el verano nadie leía textos serios, por lo que yendo en contra de esa creencia se lanzó a tratar de comprobarla.  “¿Será verdad que el libro serio en verano no lo quiere nadie? Para saberlo hay que probarlo. En el peor de los casos, no venderé ni uno”, se resignaba en su epílogo.

Concebido de esa forma, no es extraño que el producto final sea un texto corto sí, pero de una profundidad provocadora, donde el italiano vuelve sobre los pasos de obras anteriores (Homo Videns,  La sociedad multiétnica, ¿Qué es la democracia?) para articular 10 pequeños ensayos donde dibuja los principales peligros y desafíos que, a su juicio, están empujando a Europa y a Occidente hacia el declive.

En “La carrera hacia ningún lugar”, cuya traducción al español salió en  abril pasado, Sartori pasa revista, entre otras cosas, a la crisis de la política; al peligro que implica para la democracia liberal la expansión irrefrenable de la televisión, el internet y las redes sociales; la presión religiosa, predominantemente católica, nunca extinta en contra del aborto; y, acaso el problema que más le preocupa, al que le dedica más espacio, y donde se encuentran ecos de la famosa obra de Samuel Huntington “El choque de civilizaciones”: la belicosa relación de Occidente con el islam.

Contrario a las tranquilizantes voces que surgen luego de cada ataque terrorista y que insisten en la existencia de un islam moderado, el politólogo no exhibe en ese punto medias tintas: rehúye, claro, de presentar a dicha religión como un bloque monolítico y concede que no todo su edificio esté impregnado del extremismo, pero duda de que sean los sectores que llaman a la moderación las que estén ganando la partida ideológica.

La opinión de los intelectuales islámicos más o menos occidentalizados, dice, no tienen ningún peso sobre las decisiones de los Hermanos Musulmanes de El Cairo, las madrasas pakistaníes o sobre la predicación fundamentalista. Y los regímenes de los llamados Estados moderados del mundo islámico (Arabia Saudí, Túnez, Argelia, Egipto, etc.) comparten o han compartido la característica esencial de haber sido dictaduras, lo que hace que una vez caídas estas, resurja el sustrato teocrático que solo había estado reprimido.

El cuadro se empeora por una numerosa población musulmana ya presente en Europa, que crece además con la inmigración, que en buena medida no ha podido o no ha querido integrarse, precisamente porque proviene de una matriz cultural diametralmente opuesta a la occidental.

Mientras el occidente europeo, luego de sangrientas guerras de religión y de la rebelión intelectual del Siglo de las Luces, terminó por secularizarse y democratizarse, separar  los poderes de la Iglesia y del Estado, y afirmar principios y valores pluralistas, las sociedades musulmanas continuaron estando asentadas en la indisociabilidad entre política y religión y basadas en el principio de la sumisión a Dios.

La contraposición no puede ser mayor: mientras que unas son sociedades democráticas, las otras son teocráticas.

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En 1996, Huntington había advertido ya que ambas civilizaciones, que por lo demás habían compartido un vergonzoso pasado de más de cuatrocientos años de guerras anteriores al advenimiento de la Guerra Fría, parecían confluir de nuevo, luego de la caída del comunismo, hacia otro conflicto violento.  Un proceso motivado, entre otros factores, por la explosión demográfica de los países del mundo islámico, el resurgimiento de dicha fe religiosa y una creciente interacción y mezcla entre musulmanes y occidentales que había estimulado en cada uno un sentido nuevo de sus propias identidades y exacerbado sus diferencias.

Con una distancia de 20 años, y con el surgimiento y recrudecimiento del terrorismo en los últimos tres lustros, Sartori invita entonces a reconocer el problema y a llamarlo por su nombre, afirmando sin ambages que Occidente se encuentra hoy en guerra. Una guerra terrorista (no regular, donde la intención es aterrorizar al enemigo matando indiscriminadamente), global (porque tiene alcances planetarios), tecnológica (dado que se recurre a armas no convencionales) y de carácter religiosa (ya que el terrorismo se alimenta de un fanatismo de ese tipo y está protegido por una fe religiosa).

Aunque llega a proponer maniobras militares, como el hundir o inutilizar —antes de que se hagan al mar— los barcos que sirven para transportar inmigrantes y entre los cuales se infiltran terroristas, el italiano admite que el componente castrense es secundario en esa guerra.

El politólogo cree que el referido conflicto bélico se gana o se pierde en Europa, en función de si los europeos (y los occidentales por extensión) saben reaccionar a la “desintegración intelectual y moral” en la que están cayendo y afirman su identidad o si por el contrario dudan de sus valores y de su “civilización ético-política”.

Así, como Huntington, Sartori hace un llamado entonces a reafirmar la unicidad occidental y a desconfiar del facilismo integrador que proclaman ciertos sectores de izquierda.

En concordancia, recomienda, entre otras cosas, un mayor y mejor control de la inmigración limitándola solo a aquellas personas que cuenten con sus papeles en regla y que tengan en el país de destino un puesto de trabajo “creíble”; y la concesión de la residencia permanente a estas personas y a sus hijos (siempre revocable en caso de la comisión de un delito)  pero  privada del derecho al voto.

Es posible, aunque debatible, que Sartori tenga razón en sus planteamientos. Porque ¿pueden, al fin y al cabo, los países de Europa absorber indefinidamente una migración musulmana irregular? ¿Y en caso de que estuvieran en la capacidad, podrían administrar el desafío que implicaría tener sociedades escindidas que contengan en su seno a dos colectividades que se encuentran en las antípodas con todas las probabilidades de un conflicto sangriento a gran escala que eso conlleva? ¿O no sería acaso preferible evitar ese punto de quiebre?

Menos acertada parece, en cambio, su deducción de responsabilidades sobre qué bando encendió de nuevo la llama de un enfrentamiento que permaneció adormecido durante buena parte del siglo XX.

Siguiendo a Arnold Toynbee, Sartori afirma que el invasor inicial, el que desencadenó de nueva cuenta el conflicto fue el mundo occidental. Pero matiza esa responsabilidad asegurando que el proceso  fue involuntario, derivado de la fuerza de expansión de la tecnología y los instrumentos de comunicación.

El italiano obvia en ese punto, contrario a Huntington que sí lo había explicitado, que la cultura sigue al poder y que, por tanto, la irradiación de esos elementos culturales no puede darse sin una fuerza que la acompañe.

“A lo largo de la historia, la expansión del poder de una civilización ha tenido lugar habitualmente a la vez que el florecimiento de su cultura y casi siempre ha supuesto el uso de tal poder por parte de la civilización para extender sus valores, prácticas e instituciones a otras sociedades. Una civilización universal requiere poder universal”, advertía Huntington.

Sea como sea, en medio de ese conflicto ya en marcha, quizás lo más sensato que pueda hacer Occidente sea seguir al historiador y orientalista británico, Bernard Lewis, que en un ensayo titulado “Las raíces de la ira musulmana” (1990) afirmaba no solo que las tensiones entre el fundamentalismo y las vertientes más tolerantes al interior del islam debían ser resueltas por los mismos musulmanes, si no que en esa confrontación de civilizaciones, el mundo occidental  debía actuar con cautela para evitar reacciones desmesuradas.

“Debemos tener claro que nos enfrentamos a una disposición de ánimo y a un movimiento que trascienden en mucho el plano de los problemas y de las medidas y los gobiernos que las adoptan. Es nada menos que un choque de civilizaciones —esa reacción quizá irracional, pero ciertamente histórica, de un antiguo rival contra nuestra herencia judeo-cristiana, nuestro presente laico y la expansión de ambos por todo el mundo—. Es de importancia crucial que, por nuestra parte, eso no nos mueva a una reacción igualmente histórica, pero también igualmente irracional, contra ese rival”.