La ilusión del progreso técnico

Ernesto Mejía / @netomejia08

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Si en 1945, con el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, el mundo asistió horrorizado a las consecuencias del uso militar de la energía nuclear, en abril de 1986, con el accidente de la central eléctrica de Chernóbil, la humanidad despertó abruptamente de la ilusión civil y pacífica en la que creía haber confinado a dicho espíritu.

En el breve lapso que separa unos eventos de otro, una expandida creencia, teñida de una ciega fe en el progreso, había pretendido que la simple reorientación de esa fuerza hacia aplicaciones no bélicas, sería suficiente para que esta nos entregara, a cambio, todo lo mejor de sus beneficios.

Así, se suponía, que el empleo de esas reacciones atómicas en espacios civiles altamente controlados, nos abriría un mundo de posibilidades energéticas. En pocas palabras: electricidad constante y limpia a precios competitivos que reduciría la dependencia de los combustibles fósiles.

Pero si el accidente de la central estadounidense Three Mile Island, en 1979, había encendido ya una luz de alarma sobre la contundencia de esos supuestos, el ocurrido en la ex Unión Soviética resquebrajaría en buena parte de la opinión pública la confianza en la seguridad de dicha tecnología, independientemente de las buenas intenciones con las que fuera utilizada.

Aunque el debate sobre la pertinencia de esas centrales ha continuado, reavivado en 2011 con el desastre de Fukushima, la posibilidad de que el mundo abandone la energía nuclear parece lejana. Con todo y que la euforia de las tres primeras décadas haya dado paso  en los años siguientes a una cierta moderación. Según el Organismo Internacional de la Energía Atómica, el número de reactores en operación a escala global pasó de 1 a 389, en tan solo el período comprendido entre 1954 y 1986. Desde entonces, entre nuevas construcciones y aquellos que han sido apagados, el número ha rondado los 440.

En su ensayo “Reflexiones sobre la ambivalencia del progreso técnico”, aparecido en 1965, el sociólogo y filósofo francés, Jacques Ellul, discurría precisamente sobre la simpleza en la que se podía caer al tratar de dividir los aspectos “buenos” y “malos” del desarrollo técnico.

Ellul concluía, entre otras cosas, no solo que todo progreso de ese tipo está compuesto irremediablemente tanto de elementos  positivos como negativos, cuya disociación es imposible, sino que este conlleva una gran cantidad de efectos imprevisibles.

Aun más, para el sociólogo, el conjunto de todas las técnicas a escala global, que él eleva a categoría de “sistema”, modifica y condiciona al ser humano de tal forma que las elecciones sobre sus usos no dependen ya únicamente de él, puesto que ese sistema es una esfera autónoma regida por sus propias dinámicas y reglas donde se imponen criterios como la “mayor eficiencia posible” o la “necesidad”.

“En el conjunto del fenómeno técnico (…) dejamos de ser independientes, no somos un sujeto entre objetos sobre los cuales podríamos tener una influencia autónoma y frente a los cuales podríamos libremente decidir nuestra conducta; estamos implicados muy estrechamente en este universo técnico y condicionados por él. (…) Lo que hay es que estamos situados en un universo ambiguo en el cual cada progreso técnico acentúa la complejidad de la mezcla de elementos positivos y negativos. A más progreso de la técnica, más inextricable deviene la relación del ‘buen’ y del ‘mal’ uso, y más imposible es la elección, y menos podemos pues escapar a los efectos ambivalentes del sistema”.

A despecho de que “Voces de Chernóbil”, uno de los tres únicos libros de Svetlana Alexievich, premio Nobel de Literatura 2015, que hasta el momento han sido traducidos al español, refiera al contexto específico de la era soviética, sus páginas son también un recordatorio de esa ambivalencia, de esa imprevisibilidad del progreso técnico.

“El átomo militar era Hiroshima y Nagasaki; en cambio, el átomo para la paz era una bombilla eléctrica en cada hogar. Nadie podía imaginar aún que ambos, el de uso militar y el de uso pacífico, eran hermanos gemelos. Eran socios”, exclama en una parte de su obra.

La confianza en una sola de esas caras, se creía entonces, empujaba hacia el futuro. Prípiat, para el caso, la ciudad que albergaría a la hoy tristemente célebre planta nuclear, había nacido de la nada en 1970. Enclavada en la actual Ucrania, a unos 16 kilómetros de la frontera con  Bielorrusia, la urbe sería la residencia inicial de los trabajadores que comenzarían a edificar, un año después, la central, llamada oficialmente Vladimir Ilich Lenin; un portento de la ciencia y la ingeniería que comenzaría sus operaciones en 1977 y que la Unión Soviética buscaría exhibir como parte de su prestigio en el mundo.

 

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Foto tomada de http://www.blog.kievukraine.info

Tal y como la central, que pretendía ser un reflejo del poderío comunista, Prípiat aspiraría también a convertirse en un modelo de la arquitectura y el urbanismo soviético.

Sus amplias avenidas, sus parques y jardines, los establecimientos de salud, las escuelas de formación profesional y técnica, así como su oferta cultural harían que se ganara pronto el mote de “ciudad del futuro” y que su población comenzara a crecer de forma importante. Para el momento del accidente, al cabo de solo 16 años de existencia, la urbe contaba ya con una población cercana a las 50,000 personas.

Todo esa pujanza se desvanecería en la madrugada del 26 de abril de 1986, cuando una serie de explosiones en el cuarto reactor de la planta expulsaría una cantidad de materiales radiactivos que cálculos posteriores han indicado fue unas 500 veces superior a la liberada por la bomba arrojada sobre Hiroshima.

En medio de un pésimo manejo de la crisis, el desastre hizo que el gobierno soviético evacuara solo hasta 36 horas después a todos los pobladores del área, y que Prípiat  y las regiones situadas en un radio de 30 kilómetros alrededor del reactor se convirtieran en una “zona de exclusión” que no podrá ser habitada nunca más.

Si bien la comunidad científica ha coincidido en que la disipación de los materiales radiactivos tomará, en el mejor de los escenarios, unos 24,000 años, la contabilidad de los daños humanos ha sido mucho más controvertida. No solo por el secretismo con el que las autoridades de la época manejaron el caso, sino también por las diferencias en los métodos y enfoques con los que las agencias e instituciones han tratado de medir el impacto desde entonces. La pregunta sobre el aumento en la incidencia de cáncer en las áreas cercanas ha sido un ejemplo de ello.

De cualquier forma, hay un cierto consenso en que aparte de las 30 personas que murieron  por la explosión, hubo al menos otras 600,000 más (entre cuerpos de seguridad, bomberos, ejército y personal sanitario que atendieron la emergencia y ayudaron a la limpieza de la zona) que sufrieron las mayores dosis de radiación.

Según información que Alexievich reseña en su libro, de la reconfiguración geográfica surgida luego de la caída de la Unión Soviética, su país, Bielorrusia, sería uno de los que al final cargaría con la peor parte. Datos de 1996 daban cuenta de que mientras que Rusia y Ucrania solo reportaban un 0.5 % y un 4.8 % de sus territorios contaminados por la radiación, respectivamente, en Bielorrusia esa porción se elevaba a 23 %.

Asimismo, como consecuencia de la explosión, el número de casos de enfermedades oncológicas en esa república se multiplicaría por 74, pasando de una tasa de 82 por cada 100,000 habitantes a una de 6,000 por cada 100,000 habitantes.

Es a ese abismo nuclear al que trata de acercarnos en su obra la escritora y también periodista bielorrusa. Lo hace tejiendo una minuciosa composición de cientos de voces que sobrevivieron de alguna manera al horror y en la que no existe prácticamente ninguna floritura literaria. Como en un documental con apenas edición, el lector se ve confrontado a una serie de testimonios yuxtapuestos (entrevistas recogidas a lo largo de 20 años y que Alexievich llama “monólogos”) que describen un mundo de límites confusos, donde los alcances de la tragedia no se divisaron si no muy tarde. Un mundo que descubre poco a poco, entre las mentiras oficiales y los desalojos, la verdadera  amenaza; un peligro mortal e invisible que no conoce y para el cual no está preparado.

La sucesión de voces establece un retrato de doloroso desarraigo, un sobrecogedora fotografía que nos asoma a la lenta desintegración de cientos de vidas a las que la autora trata de rescatar del olvido.

En sus páginas abundan historias de solidaridad, de amor incondicional, de valentía, de resistencia ante el dolor y la muerte, de verdadero sacrificio y heroísmo incluso. Pero como en toda situación extrema donde han saltado por los aires los “imperativos categóricos” kantianos, también abundan ejemplos de engaños, de egoísmo, de corrupción.

Hay que decirlo, “Voces de Chernóbil” no es un libro para evadirse o para pasar un apacible fin de semana. Su lectura, incómoda a veces, nos obliga a ver un pasado que se trasviste por momentos con ropajes de porvenir; un peligroso futuro que nadie puede descartar con certeza, y del cual, sin embargo, nos sentimos tan incomprensiblemente a salvo.

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Berman y la angustiosa aventura de la modernidad

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“Les grands boulevards”, Auguste Renoir, 1875

Ernesto Mejía/@netomejia08

En sus primeros años, como profesor de Ciencia Política del City College de Nueva York, el filósofo estadounidense Marshall Berman (1940-2013) debió atestiguar una época de gran turbulencia política y social no solo en su país sino en el mundo. En ese entonces, en los inicios de la década de los 70, la preocupación por el primer choque petrolero, la agudización de las campañas que exigían el fin de la guerra de Vietnam y el auge del movimiento civil que demandaba plenos derechos para las minorías raciales eran moneda corriente en la agenda norteamericana.FotoLibroBerman

En ese escenario de tensión, Berman, originario del Bronx, educado mediante una beca en Columbia y posteriormente en Harvard, y que ya sumaba una historia de activismo estudiantil, tomó posición en las trincheras de la “New Left”. Pero pronto (aunque en los años posteriores no dejaría de sentirse identificado) caería en un desencanto que lo alejaría progresivamente del movimiento. Para el filósofo, la piedra de tropiezo sería la creciente deriva radical de dicha corriente, un fenómeno que no solo la alejaba del humanismo marxista con el que tanto se había identificado Berman inicialmente, sino también, consideraba él, su imposibilidad de aportar luces para comprender de mejor manera el malestar de la época.

En su libro “Aventuras marxistas”,  el autor apunta, no sin un dejo de ironía:

“Tras la desintegración del SDS (Estudiantes para una sociedad democrática), en 1969, personas que creía conocer (…) se deslizaron a una especie de romance primitivista que idealizaba cualquier forma de vida que pareciese diferente a la nuestra. Siendo inteligentes, parecían usar su cerebro para entontecerse. El matizado escepticismo con el que enfrentaban a Estados Unidos desaparecía totalmente cuando miraban —o más bien imaginaban—  el heroísmo del Otro. Grupos maoístas, chamanes de Centroamérica, campesinos de cualquier parte, cualquier cultura tribal, presos sin que importase qué delito habían cometido, en todos ellos se puso un aura mágica. Intelectuales que habían rechazado el liberalismo oficial por ser insuficientemente complejo comenzaron a hablar un lenguaje nuevo y maravillosamente sencillo: las palabras clave eran odio, quemar, cerdo, matar. Almas sensibles que se habían convertido en Jinetes de la Libertad después de haber leído a Albert Camus defendían a Charles Manson”.

Berman recuerda en dicha obra que su desencuentro con la Nueva Izquierda, que rebautizaría incluso luego como Izquierda Gastada, lo haría volver a beber de las fuentes de Marx donde también, entre pugnas, encontraría la idea y el motor que lo llevaría a escribir su libro cumbre  “Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad”.

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Estación de trenes de Montparnasse, 1895

Dicho título, tomado de hecho de una frase del Manifiesto comunista,  encierra en buena medida la esencia dialéctica que, a su juicio, caracteriza a la modernidad, algo que Berman define como la experiencia vital del ser, del tiempo y del espacio, así como de las posibilidades y los peligros de la vida.

Esa experiencia, que comienza a mostrarse con mayor fuerza desde el siglo XVII, y que Berman, contrario a los posmodernistas, no consideraba agotada, surge del conflicto constante entre el aceleramiento vertiginoso de los métodos de producción, el crecimiento urbano, el desarrollo de los medios de comunicación, el dinamismo del mercado capitalista, etc, que el filósofo llama modernización; y el modernismo, es decir las ideas, visiones, movimientos artísticos y culturales  que tratan de dar a los hombres y mujeres un lugar en esa vorágine , haciéndolos sí objetos de ese torbellino, pero también sujetos capaces de hacerlo suyo.

Claro que la concepción de la modernidad no ha sido estática a lo largo del tiempo. Berman reconoce en ella tres grandes fases: una que abarca los siglos XVII y XVIII, donde la voz más importante es la de Rousseau que expresa por primera vez el asombro y el miedo de un entorno social parisino cada vez más dinámico, tumultuoso y cambiante; otra que se sitúa en el siglo XIX, en la que sobresale la transformación del paisaje urbano y la irrupción masiva y violenta de las máquinas de vapor, las fábricas, los medios de comunicación y un mercado mundial en expansión, preñada, entre otras, de las voces de Marx, Nietzche, Kierkegaard, Baudelaire, Carlyle, Rimbaud y Dostoievski;  y una tercera enclavada en el siglo XX, que divide en dos tendencias: la que abraza fervorosamente a la modernidad pero carece de un sentido crítico hacia sus desafíos, como la de los futuristas italianos, por un lado, y por el otro, aquella que desde la trinchera opuesta, denosta de manera completamente pesimista la vida moderna, una corriente donde la figura prominente es Max Weber, pero donde también se insertan Ortega y Gasset, Spengler y T.S. Eliot.

Ante ese mapa de constantes bifurcaciones, el autor vuelve su mirada a los modernistas del siglo XIX para que sean las voces de varios de ellos las que guíen el viaje de su obra . Berman fundamenta esa elección en el hecho de que, a diferencia de sus pares contemporáneos, que asimilan la experiencia de la modernidad a un “monolito cerrado” en el que los seres humanos son totalmente incapaces de introducir el más mínimo cambio, los pensadores decimonónicos la concebían como un proceso abierto, en perenne transformación, que cambiaba a hombres y mujeres pero que era susceptible a su vez de ser cambiado por estos.

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Charles Baudelaire

Berman creía que intelectuales como Marx o Nietzche tan rabiosamente opuestos a la modernidad de su época, eran igualmente entusiastas con ella, puesto que sabían que solo desde su interior podían trascenderla. Una postura que, según él, debería de conservarse para plantar cara a las realidades más aborrecibles de las modernidades de hoy.

Así, bajo ese signo de la eterna transitoriedad, de la evanescencia, de la constante revolución, del choque de contrarios que amenaza incluso con destruirnos, Berman establece de una parte un diálogo con textos de Goethe y Marx en los que va dibujando los sueños, ambiciones y entusiasmos de los modernistas pero también sus angustias, frustraciones y horrores ante una vida que les resulta al mismo tiempo propia pero ajena.

Por otra, el autor se interesa además en la transformación de los paisajes urbanos, tomando como parámetro a París, San Petersburgo y Nueva York, donde se vale  no solo de textos de Baudelaire, Pushkin, Gogol y Dostoievski, sino también de su propia experiencia como antiguo habitante del Bronx.

Como sus referentes, Berman haciendo uso de una prosa limpia y luminosa, nos recuerda la fe en la capacidad de los humanos de transformar el mundo a pesar de los enormes retos a los que nos vemos sometidos.

Ya desde la introducción, el filósofo deja claras esas cartas sobre la mesa:

“Ser modernos es vivir una vida de paradojas y contradicciones. Es estar dominados por las inmensas organizaciones burocráticas que tienen el poder de controlar, y a menudo de destruir, las comunidades, los valores, las vidas, y sin embargo, no vacilar en nuestra determinación de enfrentarnos a tales fuerzas, de luchar para cambiar su mundo y hacerlo nuestro. Es ser, a la vez, revolucionario y conservador: vitales ante las nuevas posibilidades de experiencia y aventura, atemorizados ante las profundidades nihilistas a que conducen tantas aventuras modernas, ansiosos por crear y asirnos a algo real aun cuando todo se desvanezca. Podríamos incluso decir que ser totalmente modernos es ser antimodernos”.