Houellebecq o el peligroso encanto de las teorías conspirativas

 

Ernesto Mejía/@netomejia08

 

achille_lemot-1902-6
Ilustración de Le Pelerin, 1902. La Francia católica contra la conspiración judeomasónica. (Foto de internet)

 

 

Por su posibilidad de brindar explicaciones en definitiva sencillas a situaciones complejas, por introducir una especie de orden aparentemente racional en medio del caos, por la insatisfacción que generan muchas veces las versiones oficiales o porque en una especie de paranoia social tratamos de entender que nuestros infortunios (individuales o colectivos) responden a la voluntad de terceros, las teorías de la conspiración han fascinado desde siempre a los seres humanos.

En una conferencia ofrecida en el Magdalen College, en Oxford, con motivo de la Tercera Reunión Anual de la Rationalist Press Association (1948), el filósofo Karl Popper, quizás el primero en hacer uso del término, argumentaba que esas “teorías conspiracionales de la sociedad”, tan viejas como las más antiguas civilizaciones, emparentadas con algunas formas de teísmo, eran en el mundo moderno el resultado de una secularización de la antigua superstición religiosa.

 “Esta teoría, más primitiva que la mayoría de las diversas formas de teísmo, es comparable a la teoría de la sociedad de Homero. Este concebía el poder de los dioses de modo tal que todo lo que ocurría en la planicie situada frente a Troya era solo un reflejo de diversas conspiraciones del Olimpo. La teoría conspiracional de la sociedad es justamente una variante de este teísmo, de una creencia en dioses cuyos caprichos y deseos lo gobiernan todo. Procede de la supresión de Dios, para luego preguntar: ¿Quién está en su lugar? Su puesto lo ocupan entonces diversos hombres y grupos poderosos, tenebrosos grupos de presión, responsables de haber planeado la gran depresión y todos los males que sufrimos”.

Durante siglos, en Europa —herencia sin duda de una tradición eclesial que hizo de ellos aliados incondicionales de Satanás y en definitiva enemigos peligrosísimos del cristianismo— quienes mejor encarnaron ese poder oculto que complota desde las sombras y teje el devenir de los acontecimientos, fueron los judíos y luego su variante los judío-masones.

Lo que la construcción de ese mito reclamaría al final de cuentas como cierto, sería el hecho de que, sin importar las huellas palpables del sometimiento y marginación histórica de sus comunidades, existía un gobierno sionista ultrasecreto de alcances planetarios que maniobraba desde las tinieblas para tratar de dominar el mundo. Y las pruebas de su progresiva victoria, argumentaba la teoría, saltaban a la vista.

Las primeras manifestaciones escritas de esa creencia que derivaría en un auténtico frenesí paranoico se remontan por lo menos al siglo XVI, cuando textos antisemitas de  corte satírico, “La carta de los judíos de Arles” y “La réplica de los judíos de Constantinopla”, por ejemplo, ponían en escena ya a una prominente figura judía imaginaria que llama a un grupo de fieles a convertirse al catolicismo, pero solo con la intención de alcanzar objetivos ulteriores: sobrevivir a las persecuciones, minar desde dentro la fe cristiana y hacerse en última instancia con el poder político.

En línea con el tono de esos escritos y cercano en el tiempo con ellos, “La isla de los monopantos” (1650), de Francisco de Quevedo, fantasearía acaso por primera vez con una poderosa imagen que reaparecería más de doscientos años después y que se revelaría clave en el desarrollo del furor antisemita que incendiaría a Europa hasta bien entrado el siglo XX.

En su relato, Quevedo narra un misterioso conciliábulo, celebrado en Salónica, en el entonces imperio otomano, en el que judíos llegados de todas partes de Europa urden junto a un grupo de cristianos dispuestos a colaborar con ellos (a los que llama justamente los monopantos), un plan para tratar de destruir al cristianismo.

Sin embargo, para el historiador Norman Cohn la verdadera semilla del mito de la conspiración en su forma moderna no aparecería sino hasta finales del siglo XVIII, bajo el auspicio de sectores ultraconservadores que veían con preocupación el racionalismo antirreligioso y antimonárquico de la Revolución Francesa y sus pretensiones de igualdad de derechos para los ciudadanos, judíos incluidos, por supuesto.

Según Cohn, el que pondría en movimiento los engranajes de un fantasma que inspiraría una preocupación y un odio crecientes, y que desembocaría, ya en el siglo XX, en la locura de los campos de concentración y las cámaras de gas, sería un jesuita francés de nombre Augustin Barruel. Paradójicamente, los enemigos iniciales de su mente paranoica no serían los judíos sino los masones.

augustin_barruel
Augustin Barruel y su obra “Memoria para servir a la historia del jacobinismo”. (Foto de internet)

En una fantasiosa obra de cinco volúmenes, “Memoria para servir a la historia del jacobinismo” (1798), el religioso aseguraba que la Revolución Francesa había sido el fruto conspirativo de una sociedad secreta descendiente directa de la orden medieval de los templarios, que había terminado por capturar a la masonería, y que obedecía en última instancia a los iluminados de Baviera.

Como era notorio, aducía Barruel, esa sociedad que obraba desde las sombras tenía como objetivo socavar todos los fundamentos de la vida francesa y según su febril razonamiento, de no ponérsele un alto terminaría también por someter al mundo entero.

Si bien el abate no mencionaba en su delirio a los judíos, la entrada de estos en esa rocambolesca historia se lograría también gracias a él. Años después, en 1806, Barruel aseguraría haber recibido una carta expedida en Florencia y firmada por un capitán del ejército que se identificaba solo como J.B Simonini.

La misiva, ostensiblemente una falsificación, ahondaba en felicitaciones al sacerdote por haber desenmascarado a las “sectas infernales” que estaban abriendo el camino al anticristo, pero le advertía que el verdadero poder detrás del trono eran los judíos. Simonini había obtenido esa información, explicaba él, luego de haberse hecho pasar por un fiel de esa religión ante los representantes de una comunidad del Piamonte. Ya en confianza, estos le habían revelado sus secretos.

De acuerdo con esas confidencias, había sido un grupo de judíos el que había fundado las órdenes de los francmasones y de los iluminati; y más preocupante aún si cabía: estos tenían miembros infiltrados en todas las esferas de la vida, la Iglesia incluida.

Doblegados por su creciente poder político y económico, proseguía el capitán, muchos países habían terminado por otorgarles a las comunidades judías, derechos civiles; algo que se replicaría más temprano que tarde en el resto de Europa.

Llegados a ese punto, Simonini aseguraba que los judíos “se habían prometido a sí mismos que en menos de un siglo serían los amos del mundo, que abolirían todas las demás sectas y establecerían el imperio de la suya, que convertirían todas las iglesias cristianas en sinagogas y reducirían a los cristianos restantes a un estado de total esclavitud”.

Aunque Barruel haría circular la carta y la información entre los sectores más influyentes de Francia, la fantasía del complot judeomasónico mundial pasaría prácticamente desapercibida para el gran público e incluso para los círculos antisemitas durante toda la primera mitad del siglo XIX.

Su verdadera combustión iniciaría hacia 1850, cuando el mito sería retomado por la extrema derecha de Prusia (actual Alemania) como una herramienta para combatir la democracia y el liberalismo. Desde entonces, la teoría alimentaría una infinidad de obras no solo en ese reino sino también más al Este, en el imperio ruso, donde a instancias de agentes de la policía secreta, y sazonada con otra serie de falsificaciones, desembocaría en los tristemente célebres “Protocolos de los sabios de Sión”, para mayores señas uno de los libros sagrados de los nazis.

libre-parole-illustree-71-1
Ejemplar del periódico francés La Libre Parole. (Foto de internet)

La esencia de ese peligroso mito, con algunos matices y cambios (el remplazo de los judíos por los musulmanes es el más notorio), es lo que pretende vender como novedad literaria Michel Houellebecq en su libro “Sumisión”, una obra que salió al mercado francés el 7 de enero pasado, el mismo día de los atentados contra la revista Charlie Hebdo y cuya versión al español apareció en mayo.

En “Sumisión” (traducción aproximada de la palabra árabe islam), Houellebecq nos transporta a una Francia del futuro próximo: la de 2022. Lo hace desde la mirada de un misántropo, descreído y hedonista profesor de la universidad Sorbonne IV, especialista en Joris Karl Huysmans.

François, tal es el nombre del alter ego de Houellebecq, nos describe un país al borde de una guerra civil entre grupos identitarios y musulmanes y a las puertas de una segunda vuelta presidencial inédita: una contienda que se disputará entre Marine Le Pen, la candidata del Frente Nacional (extrema derecha), y Mohammed Ben Abbes, la carta de la Hermandad Musulmana, un recién formado partido islamista de corte moderado.

En ese escenario, temerosos del avance del FN, los partidos tradicionales franceses (el Socialista y la Unión por un Movimiento Popular) no tienen más remedio que endosar su apoyo a la nueva formación con lo que el palacio del Eliseo ve ascender por primera vez a un presidente musulmán.

A partir de ahí, como en el mito de Barruel y compañía ¡vaya coincidencia!, el lector observa la acelerada transformación de la sociedad francesa. Con la complacencia o el silencio de absolutamente todos los sectores, la república laica, caracterizada por su humanismo ateo y sus intenciones integradoras, cede ante la islamización de las instituciones del estado, la marginación de las mujeres, la implantación de la poligamia, la enseñanza del Corán en la educación pública, la estimulación de las desigualdades sociales y la mutación de las costumbres, visible sobre todo en el vestuario y la alimentación.

Y eso es solo el principio. Los diálogos posteriores a la elección dejan en claro que Francia es apenas la primera pieza de un dominó islámico que recorrerá Europa. Las pretensiones de los musulmanes ideados por Houellebecq son, eso sí, más modestas que las de los sionistas de los siglos anteriores. La Hermandad Musulmana de Ben Habbes no va detrás del mundo; su ambición geopolítica se conformará con reconstruir, esta vez pacíficamente y por vía democrática, el imperio romano, incluyendo en la actual Unión Europea, a los países del norte de África. Un objetivo que pretende alcanzar por medio de alianzas y gobiernos de coalición.

Puede que a primera vista, la fantasía de Houellebecq no parezca una teoría de la conspiración. Al fin y al cabo, todo parece suceder de cara a la opinión pública. Sin embargo, su cuento guarda muchas similitudes con las tesis de complots imaginarios.

Por ejemplo, no solo destaca en él la noción de un grupo gobernante de raíz extranjera capaz de controlar virtualmente todos los aspectos de la vida social, política y económica del país, sino que su poder se exagera a niveles inigualables: posee recursos ilimitados, manipula las mentes y tiene un dominio absoluto del sistema educativo.

Además comparte con esos mitos la sensación paranoide de un antiguo mundo que se tambalea, hasta que se desploma y transforma inevitablemente ante el embate de una cultura foránea. Y hay también, claro, un personaje que aparte de percibir la amenaza antes de que sea plenamente evidente para el gran público, lo alerta de sus consecuencias. No en vano la advertencia en este caso se hace con siete años de anticipación.

El alter ego de Houellebecq coincide, de hecho, con el perfil del amante de complots que teje el historiador Richard Hofstadter, en su celebrado ensayo “El estilo paranoico en la política estadounidense” (1964):

“El portavoz paranoide concibe la conspiración en términos apocalípticos, trafica con el nacimiento y la muerte de mundos enteros, órdenes políticos completos, la totalidad de los sistemas de valores humanos. Vive constantemente en la brecha. Vive constantemente en un momento decisivo. Como los milenaristas religiosos que expresaban la angustia de los que viven los últimos días, a veces está dispuesto a fijar una fecha para el Apocalipsis”.

Luego del lanzamiento del libro, un periodista, haciendo eco de críticas que señalaban que este pretendía explotar  los miedos de la sociedad francesa, abordó a Houellebecq sobre el tema de la responsabilidad y la libertad de los escritores. El autor respondió:

“No veo ejemplos en los que una novela haya cambiado el curso de la historia. Son otras cosas las que lo cambian: los ensayos, el Manifiesto del partido comunista, cosas así, pero no una novela. Eso no se produce nunca en la práctica”.

Yo no estaría tan seguro. Puede que las ficciones no desencadenen por sí solas los grandes cambios históricos o aún el odio y las persecuciones, pero existen ejemplos de que en determinadas condiciones y como parte de un entramado mayor sí pueden revelarse como piezas clave.

Para el caso, en 1868, un tal Hermann Goedsche, escritor alemán que firmaba bajo el seudónimo John Retcliffe, publicó una novela llamada “Biarritz”. En uno de sus capítulos, Goedsche retomaría la misma estructura de “La isla de los monopantos”, de Quevedo, cambiando esta vez el escenario de Salónica por un cementerio judío en Praga, y describirá una infernal reunión de rabinos que, bueno, ya se sabe… complotan para conquistar el mundo.

9788026836353
Ilustración de Le Pelerin, 1902. La Francia católica contra la conspiración judeomasónica. (Foto de internet)

El ejemplo habría quedado como una mera anécdota de una obra antisemita que roza el plagio, de no haber sido porque en medio de la creciente hostilidad hacia los judíos en la  Europa del siglo XIX,  tan pronto como Biarritz vio la luz, el capítulo en cuestión comenzó a ser reproducido por medio continente, como el reporte auténtico de una persona que había asistido a esa reunión y que por tanto ponía al desnudo las secretas intenciones de esa diabólica secta.

Por ridículo que parezca, en su nueva forma independiente del libro, ese capítulo que los falsificadores titularían solo como “El discurso del rabino” llegaría a ser tan “exitoso” que se incluiría en casi todos los manuales antisemitas de finales del siglo XIX y principios del XX; casi en una posición tan destacada como los mismos “Protocolos”.

Por eso, como asegura Cohn:

“Es un gran error suponer que los únicos escritores importantes son los que se toman en serio las personas educadas en sus momentos de mayor cordura. Existe un mundo subterráneo en el que los sinvergüenzas y los fanáticos semicultos elaboran fantasías patológicas disfrazadas de ideas, que destinan a los ignorantes y los supersticiosos. Hay momentos en que ese submundo surge de las profundidades y fascina, captura y domina repentinamente a multitudes de gentes normalmente cuerdas y responsables, que a partir de ese momento pierden toda cordura y toda responsabilidad. Y ocurre a veces que ese submundo se transforma en una fuerza política y cambia el rumbo de la historia”.

Cuando se juega a explotar el miedo hacia los otros, nada —ni una novela ni una caricatura— resulta ser tan inocente como parece.

Anuncios