Viaje al corazón del desencanto

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Trotsky. Foto de http://www.telegraph.co.uk

 

Ernesto Mejía / @netomejia08

Desde su exilio en Noruega, Liev Davidovich (Trotsky) escribiría en 1936, “La Revolución traicionada”, una sentida crítica al ascenso de Iósif Stalin al poder en la Unión Soviética y a la creciente burocratización y degeneración del estado que él consideraba se había desencadenado tras la muerte de Lenin, en 1924.

Impregnado desde temprana edad de las obras marxistas, y habiendo participado en numerosos movimientos sindicales y políticos anteriores a la caída del zarismo, la cárcel y el destierro no eran ya a esas alturas una novedad para él. Su seudónimo, de hecho, lo había adoptado presuntamente de un carcelero que lo había custodiado en Odesa en 1902. Lo que sí era nuevo, y por eso el amargo sentimiento que se respira en sus letras, era que entonces se le había expulsado de un régimen por el cual él había luchado en primera línea y que, bajo el influjo de Stalin, se había pervertido, tornándose en un Estado policial basado en el terror, que se alejaba, a su juicio, cada vez más de las tesis de Marx, Engels y Lenin.

Para el momento de la publicación de su libro, Trotsky, otrora Comisario de Guerra y creador del Ejército Rojo, llevaba nueve años de haber sido expulsado del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). Había sido arrestado y deportado a la provincia de Alma-Ata (actual Kazajistán), desde donde se le obligaría luego a abandonar el país, para iniciar una serie de exilios que comenzarían en Turquía y se prolongarían en Francia y Noruega.

Debido a las presiones del Kremlin y a la avasalladora campaña internacional en su contra, el revolucionario estaba a punto incluso de sufrir en ese último país un nuevo arresto domiciliario y una nueva expulsión que lo llevaría finalmente a México, la única nación que aceptaría acogerlo, y donde sería asesinado en 1940.

Acorralado y sin recursos, diezmado su grupo de seguidores y atrapado ante la incómoda posibilidad de que su crítica al oscuro Secretario General del PCUS se leyera como la deserción de una utopía que aunque deformada consideraba todavía rescatable, Trotsky constataría en esa obra:

“La fantasía más exaltada difícilmente concebiría un contraste más vivo que el que existe entre el esquema del Estado obrero de Marx-Engels-Lenin y el Estado a cuya cabeza se haya Stalin actualmente (…) Stalin es la personificación de la burocracia. Esa es la sustancia de su personalidad política.

…A pesar de la profunda diferencia de sus bases sociales, el estalinismo y el fascismo son fenómenos simétricos; en muchos de sus rasgos tienen una semejanza asombrosa. Un movimiento revolucionario victorioso, en Europa, quebrantaría al fascismo y al bonapartismo soviético. La burocracia estalinista tiene razón, desde su punto de vista, cuando vuelve la espalda a la revolución internacional; obedece, al hacerlo, al instinto de conservación”.

Con un notable rigor histórico y no menos genio literario, el cubano Leonardo Padura ofrece en su novela “El hombre que amaba a los perros” (2009), una minuciosa reconstrucción de ese accidentado viaje al desencanto de un sueño que le costaría a Trotsky, no solo su vida, sino la de sus tres hijos, la de una hermana, la de dos sobrinos y la de su primera esposa, perseguidos todos, encarcelados, fusilados, desaparecidos o empujados al suicidio por la locura estalinista.

Padura estructura ese itinerario bajo la forma de un tríptico donde la biografía del revolucionario se va desplegando en alternancia con la de su asesino, el catalán Ramón Mercader, y con la del narrador, Iván Cárdenas Maturell, un personaje ficticio —escritor y cubano para más señas— a quien sin siquiera sospecharlo, hacia el final de la década de los 70, una fuente primaria le va revelando los entresijos de esa trágica relación y es quien a su vez guía al lector a través de una de las historias más tormentosas del siglo XX.

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Foto de http://www.casadellibro.com

Y al igual que el renegado soviético, los otros dos protagonistas de ese juego de perspectivas que abarca más de 60 años y se extiende por más de 750 páginas, son también náufragos en un siglo atroz, desencantados cada uno a su modo y desde sus muy particulares razones.

A uno, el catalán, estalinista hasta el tuétano, un hombre manipulado por una madre posesiva y formado en la férrea disciplina de los agentes secretos del NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos de la Unión Soviética) le pesa hacia el final de su vida el haber sido vaciado de su identidad, de su pasado; el haber sido utilizado en la construcción del gran altar de la Historia y por la mayor gloria de una revolución que hasta entonces juzga con cierta distancia.

Su crimen le termina costando 20 años de internamiento en una de las cárceles más duras de México, donde a pesar de las torturas no revela nunca su verdadera identidad ni la de los autores intelectuales del asesinato. Y una vez liberado, y ya en Moscú, le vale también para ser condecorado como Héroe de la Unión Soviética con la Orden de Lenin, la mayor distinción del país. Pero su heroísmo es incómodo. Debe mantenerse secreto, en la sombra. Nadie debe hablar de ese hombre que ahora se hace llamar Ramón Ivánovich López, otro nombre más a su interminable lista de seudónimos.

Asfixiado por la prisión de oro en la que se le convertiría la URSS, Mercader logra un permiso para salir a Cuba donde finalmente moriría de cáncer en 1978.

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Ramón Mercader en la prisión. Foto de http://www.reporte.com.mx

El otro protagonista, el cubano, es un prometedor escritor caído en desgracia, al que el castrismo se ha encargado de minar su vocación. Advirtiendo sus crecientes cuestionamientos, el régimen le corta cualquier recurso y lo relega al puesto de corrector en una revista de veterinaria.

Tocado por su situación y por la pena generada por la muerte de su hermano, un estudiante de medicina expulsado de la carrera por su homosexualidad, que se  ahogaría mientras trataba de huir de la isla, Cárdenas Maturell se hunde en el profundo desaliento de un país opresivo, sumido en la miseria que exige los sacrificios eternos del presente a cambio de un futuro incierto que no termina de llegar. Una cárcel a cielo abierto en medio del Caribe donde se multiplican las mentiras oficiales y el miedo.

Desplegado en su totalidad ese tríptico de desafortunados destinos, mezcla de víctimas y victimarios del dogmatismo ideológico, el lector no puede menos que preguntarse cómo pudo desfigurarse de esa manera la más grande utopía que el ser humano haya ideado jamás.

Aunque Trotsky responsabiliza a Stalin de tan terrible desviación, el politólogo Isaiah Berlin afirma que el punto de inflexión fue muy anterior incluso al triunfo de la revolución de octubre de 1917.

En su ensayo “Las ideas políticas en el siglo XX”, Berlin señala que durante el segundo congreso del partido socialdemócrata ruso, celebrado en 1903, un delegado de seudónimo Posadovski preguntó si el énfasis que habían puesto los socialistas “duros” (entre los que se encontraba Lenin) en dotar al partido de una autoridad centralizada absoluta no entraba en contradicción con las libertades fundamentales que estaban empeñados en alcanzar.

De acuerdo con el politólogo, fue Plejánov, uno de los fundadores del marxismo ruso quien se encargó de responderle con una frase lapidaria: “La seguridad de la revolución es la ley más alta”.

Berlin asegura que Lenin precisaba de una autoridad absoluta para una pequeña organización de revolucionarios porque consideraba que ante el máximo objetivo del triunfo de la revolución, los métodos democráticos eran ineficaces para persuadir a reformadores y sublevados.

En “El hombre rebelde”, Albert Camus acusa también al líder bolchevique de haber sembrado la contradicción entre la filosofía oficial y la práctica soviética que se materializaría en todo su esplendor en el futuro régimen estalinista

Aunque el filósofo francés admite que Lenin, en su planteamiento teórico plasmado en El Estado y la Revolución (1917), parte en efecto del principio marxista de que el Estado proletario debe debilitarse gradualmente y morir una vez se haya operado la socialización de los medios de producción, este termina justificando en esa misma obra el mantenimiento indefinido de una dictadura liderada por una fracción revolucionaria.

El dirigente ruso sustenta esa decisión en la necesidad de que la revolución solvente innumerables dificultades que van saliendo a su paso (reprimir la resistencia, dirigir la masa de la población en el ordenamiento de la economía socialista, vencer las injusticias, etc.) pero que terminan cargando al Estado de una serie de atribuciones autoritarias que lo vuelven interminable.

Un proceso en el cual Trotsky, a pesar de sus iniciales convicciones democráticas y sus antiguas críticas a Lenin, al que acusó en varias ocasiones de sustituir las masas por una intelectualidad revolucionaria, tendría un papel determinante. Ya fuera  apoyando o dirigiendo la represión, la dictadura económica o la militarización del trabajo.

Camus concluye con razón:

“Puede decirse que en este lugar muere definitivamente la libertad. Del reinado de la masa de la nación, de revolución proletaria se pasa de buenas a primeras a la idea de una revolución hecha y dirigida por agentes profesionales. La crítica implacable del Estado se concilia luego con la necesaria, pero provisional, dictadura del proletariado en las personas de sus jefes. Para terminar, se anuncia que no se puede prever el término de este Estado provisional y que, además, a nadie se le ha ocurrido nunca prometer que tendría un término. Después de esto es lógico que la autonomía de los soviets sea combatida, Majno traicionado y los marinos de Kronstadt aplastados por el partido”.

Solo como apunte final: la rebelión de Kronstadt de 1921, en la que participaron marineros, soldados y trabajadores de esa fortaleza naval descontentos con el rumbo del gobierno, al que le exigían una serie de reformas políticas y económicas, fue un hecho en el que Trotsky tuvo un papel protagónico pues fue el artífice de la represión del movimiento.

Aunque irónicamente muchos de esos alzados habían ayudado al triunfo del gobierno bolchevique, en un artículo publicado en 1938, Trotsky, ya exiliado en México,  respondería a los críticos negando que la base de  ese movimiento rebelde hubiera sido la misma que aquella que en 1917 había acuerpado a la revolución. En cambio, señalaba, el grupo alzado era en esencia “pequeñoburgués” y “reaccionario”.

Luego de justificar la medida, en el marco de las leyes de la revolución y de su pretendida dictadura proletaria, Trotsky cerraría el artículo así:

“Conscientes de su impotencia en la arena de la política revolucionaria de hoy, la disparatada y ecléctica pequeña burguesía, trata de utilizar el viejo episodio de Kronstadt en su lucha contra la Cuarta Internacional, es decir, contra el partido de la revolución proletaria. Estas últimas ‘gentes de Kronstadt’, también serán aplastadas, es verdad que sin el uso de las armas, puesto que, afortunadamente, no tienen una fortaleza”.

No hay ley más alta que la “seguridad de la revolución”, como bien había dicho Plejánov.

Una pequeña ventana al pensamiento político de Salarrué

Ernesto Mejía / @netomejia08

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Foto de http://www.pensandoyescribiendo96.files.wordpress.com

Entre 1929 y 1938, Salarrué sellaría una prolífica aunque irregular producción periodística en el seno de Patria, el periódico propiedad de José Bernal y dirigido en sus dos primeros años por Alberto Masferrer.

En él, entre idas y venidas, entre períodos de frenética actividad  y otros de mayor repliegue, Salarrué se desempeñaría como colaborador y hasta como jefe de redacción en dos ocasiones, llegando a tener secciones fijas como Divagaciones filosóficas, Juvenecer, Menú de hoy, El pescador silencioso y El sueño de anoche, calzadas muchas con su seudónimo “oficial”  y otras bajo nombres como el Chef, José Fort Newton o Sacapuntas.

Sería en sus páginas donde incluso antes de ser concebidos como una obra literaria, sus primeros “Cuentos de cipotes” verían la luz.

Es a esa trayectoria a la que busca acercarnos el investigador Guillermo Cuéllar-Barandiarán con su libro “Salarrué en Patria”, presentado en marzo pasado.

Su obra, que requirió la consulta de 1080 ejemplares que el autor encontró disponibles y dispersos en el Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional, el Museo de la Palabra y la Imagen y el Museo Nacional de Antropología, pretende como ya se ha dicho no solo reconstruir la inserción y trayectoria del pensador salvadoreño en el periódico sino también analizar su aporte intelectual a sus páginas.

Tomando los 449 textos surgidos de la pluma de Salarrué que el autor encontró en el cuerpo analizado, y haciendo uso de herramientas de semiótica discursiva, Cuéllar-Barandiarán concluye que en su paso por Patria, el escritor haría de “Cuentos de cipotes” su publicación asidua más emblemática, buscando con ellos sublimar un rasgo doloroso de la salvadoreñidad, a saber: nuestra pequeñez territorial y nuestra insignificancia en el orden mundial.

De acuerdo con el investigador, el intelectual interpretaría con ellos el dolor colectivo derivado del trauma de nuestra estrechez geográfica y lo transmutaría en canto, en un proceso de sanación que conciliaría esa herida con una posibilidad de recuperación.

La obra de Cuéllar-Barandiarán, sin embargo, tiene también otros méritos. En primer lugar, dimensiona el papel trascendental que jugaron tanto Salarrué como el segundo director-propietario de Patria, Alberto Guerra Trigueros, en la persistencia del periódico aún mucho después de la salida de su ideólogo y primer director.

Dicha medida, motivada, según el investigador, por la radicalización de las posturas políticas de Masferrer, su actividad proselitista en apoyo a la fórmula presidencial de Arturo Araujo y la discordia en la forma de mantener económicamente al medio, se consumaría a finales de agosto de 1930.

Su salida se ha asociado tradicionalmente a la idea de un periódico que comenzaría un acelerado proceso de deterioro hasta sucumbir poco tiempo después.

El autor demuestra en cambio que el dueto Salarrué-Guerra Trigueros sabría mantener a flote la aventura periodística y su espíritu “masferreriano” durante siete años más, innovando incluso y mostrando templanza en una época marcada por el autoritarismo y la censura gubernamental.

 

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El segundo mérito de la obra consiste en que su compilación, sin ser exhaustiva, y contener varios escritos que se conocían ya anteriormente, permite vislumbrar destellos del pensamiento político del mayor narrador salvadoreño.

De la lectura de sus escritos, puede afirmarse en términos generales que Salarrué adoptaría la doctrina vitalista de su maestro. Ese pensamiento político al que tanto manosearían los sectores conservadores del país posteriores al 32, y al que tanto denostaría la izquierda anterior a la guerra civil (basta recordar el famoso “Viejuemierda” de Roque Dalton) se articulaba alrededor de tres pilares: la filosofía  oriental; un socialismo reformista de corte fabiano, es decir el movimiento político británico que sería la base del ulterior Partido Laborista; y la realidad salvadoreña de finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

Masferrer apuntaba con ella a la satisfacción plena de un mínimo de nueve necesidades: trabajo, alimentación, habitación, agua, vestido, asistencia médica, justicia, educación y descanso. A este respecto y para una mejor y mayor valoración de la doctrina política del intelectual resulta pertinente la tesis de Víctor Manuel Guerra, “El vitalismo masferreriano: un modo de hacer filosofía en El Salvador de principios del siglo XX” 

Sin embargo, aunque admiraba los postulados, Salarrué rehuiría de participar en la política partidaria. Conminado por amigos o por Masferrer mismo para integrarse al Partido Vitalista, el escritor le enviaría una carta publicada en el periódico el 14 de septiembre de 1929 —apenas tres meses después de haber iniciado su colaboración en el mismo — en la que dejaría clara su postura.

“Soy un hombre antigregario; mi naturaleza de artista me hace apartarme de todo lo que es grupo, casta, secta, partido, conciudadanía e ismos en general. Por ello y no por otra razón, me resisto a formar parte del Partido Vitalista. Comprendo la trascendencia de tal organización, pero entiendo la doctrina como tal, porque doctrina es amplitud y partido es restricción”.

Casi cuatro años más tarde (1933), cuando Masferrer ya había fallecido, el intelectual reafirmaría el punto en otra columna llamada “Hombres de buena voluntad”, en la que aprovecharía para desmarcarse también del movimiento comunista salvadoreño.

“Nosotros no fuimos ni seremos “minimum vitalistas” porque, como lo expresamos a su tiempo y en este mismo diario, aunque el postulado era bueno nos venía estrecho… No comulgamos con la idea del ‘Minimum vital’ y sin embargo la tenemos por buena y practicable y lo que es más, por anticomunista. No sabemos de dónde han sacado algunos malquerientes que somos comunistas. Nosotros declinamos el honor, no por miedo, sino por una sencillísima razón, por incompatibilidad de los ideales comunistas con los nuestros que son de pacifismo y absoluta no violencia”.

Una toma de distancia que no impediría que Salarrué profesara una abierta admiración por el líder de dicho movimiento, Agustín Farabundo Martí, que dejaría patente en un texto publicado tan solo un año después de la matanza del 32 y en ocasión del primer aniversario de su fusilamiento (El sembrador desconocido, 2 de febrero de 1933).

Adverso como le era el vitalismo al sistema capitalista, Salarrué aprovecharía algunas de sus columnas para atacar la agresiva mecanización del proceso industrial (Divagaciones filosóficas, 28 de enero de 1930) y la lógica de una búsqueda de ganancias sin fin, basada muchas veces en procesos viciados. Prueba de esto último es la dura crítica que lanzaría a los banqueros en el texto titulado “Concesiones, compensaciones, indemnizaciones”, del 10 de mayo de 1934 y firmado bajo el seudónimo de Chef.

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Columna dedicada a Agustín Farabundo Martí

Escrito en vísperas de la fundación del Banco Central de Reserva, una medida que revocaría a varios bancos comerciales la facultad que habían tenido hasta entonces de emitir billetes, el escritor atacaría en dicho texto, el estilo ganguero de hacer negocios en el país, poniendo de ejemplo la millonaria indemnización que los bancos Salvadoreño y Occidental pretendían del Estado por renunciar al referido derecho.

Con todo, y a diferencia de su maestro que sí aspiraba a una transformación de la realidad por la vía de la modificación de las instituciones políticas, Salarrué se decantaría más bien por llamar a una transformación de los individuos.

Su incitación apuntaba, entre otras cosas, a un desprendimiento de los bienes materiales que desembocara en una mayor generosidad hacia los demás (“Dar”, 10 de octubre de 1936) y a una vida que estuviera en equilibrio con la naturaleza (“Naturalidad”, sin fecha). Un llamamiento que apelaba también a indignarse claro ante las injusticias del mundo pero a las que proponía solo un “pacifismo militante”, próximo a la desobediencia civil, promulgada por Thoreau y Gandhi.

Salarrué haría ese llamado desde una convicción humanista y libertaria que chocaría  en algunos casos con las políticas gubernamentales y que resultaría a lo mejor incómoda para la época. (“He demostrado toda mi vida una aversión atroz para con las asociaciones que pretenden enrolar en un solo pensamiento a muchos individuos”).

En 1934, por ejemplo, el literato alzaría su voz en contra de las pretensiones del oficialismo de endurecer una ley de imprenta pasada un año antes por la cual se imponía límites a la libertad de expresión y se censuraba a los medios.

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En 1938, Salarrué sienta su postura en contra de la pena de muerte

En una clara dedicatoria a Guerra Trigueros que era de origen nicaragüense, el gobierno buscaba con dicha reforma radicalizar las medidas vigentes con la “nacionalización” del periodismo, una disposición que limitaba la propiedad de las imprentas y las empresas de publicidad, así como los puestos de directores o jefes de redacción, únicamente a salvadoreños por nacimiento.

“No veo cuáles sean las ventajas que acarreará la nacionalización del periodismo salvadoreño, aquí en donde hasta las más pequeñas e insignificantes actividades se encuentran en manos de extranjeros. El comercio salvadoreño está en manos de judíos, alemanes, franceses, norteamericanos, ingleses, polacos, españoles, etc. Y nadie protesta”, El menú de hoy, La nacionalización del periodismo, jueves 17 de mayo de 1934.

El escritor volvería a la carga de nuevo contra otra política gubernamental, en 1938, con el texto “No matarás. La justicia no aniquila”, en el que sentaba una postura crítica ante la pena de muerte, uno de los hasta hoy afamados métodos de impartir justicia del régimen del general Maximiliano Hernández Martínez.

“El establecimiento o restablecimiento de la pena de muerte en las leyes penales de un Estado cualquiera es un paso atrás (…) Personalmente encuentro igual estado de reflexión en los acusados de todo el mundo que con motivo de un asesinato probado se sientan al banquillo, que en el Estado pretendiendo al matar al matador, haber dado con la más inteligente solución al asunto. Con una insospechada ironía suena en mis oídos la frase aquella de que ‘hay que suprimirlos para dar el ejemplo’, y como efectivamente se ha dado el ejemplo, el ejemplo es indefinidamente aprovechado…”

En esa misma línea, el intelectual no tendría problemas tampoco con vérselas con esa religión de carácter civil que es el patriotismo, llegando incluso a ironizar sobre algunos de sus símbolos.

En “Un sueño extraño”, aparecido el 15 de mayo de 1929, Salarrué juega con la idea de un diálogo entre él y un protagonista denominado Don Atanacio. Este último le relata un sueño que ha tenido la noche anterior en el que se ve convertido en diputado. Junto a él, en la Asamblea, aparece de pronto el expresidente Manuel Enrique Araujo, asesinado en 1913, solicitando que se le cambie el nombre al país.

“Es necesario -dijo- que le cambiemos el nombre al país. Nuestro país es el que lleva el nombre más ridículo en el concierto de las naciones (…) No se puede hacer nada serio con semejante nombre (…) Ya podríamos llamarnos de peor manera dado el exquisito mal gusto de nuestros ancestros. Demos gracias de que este país no se llame El Corazón de María, El Divino Rostro o cosa peor”.

La charla se extiende hasta que don Atanacio empieza a desvanecerse de la ensoñación y entonces exclama: “Todos aquellos señores (…) siguieron discutiendo imperturbables, mientras yo me desvanecía en mi asiento, dejando a mi pesar aquella grata charla de sobremesa con aquellos distinguidos coterráneos y excelentísimos difuntos a quienes no volveré a ver ni a oír como seguiré oyendo el bendito nombre de El Salvador”.

Aunque Cuéllar-Barandiarán, como repito, no se propone como objetivo inicial rescatar la dimensión política de los textos de Salarrué en Patria, esa lectura, creo, arroja interesantes elementos que ayudan a reconstruir la aparentemente compleja relación que el escritor mantuvo con el poder político de la época.

A ese respecto basta recordar que tres años atrás, el escritor, lingüista y antropólogo, Rafael Lara Martínez, publicó su libro “Del silencio y del olvido, o los espectros del patriarca”, donde por medio de fuentes primarias sostiene que Salarrué, y todos los intelectuales de aquel momento, no solo callaron ante los eventos sangrientos del 32, sino que colaboraron en estrecha complicidad con el régimen del general Martínez en la creación de un proyecto cultural centrado en un  indigenismo con un fuerte componente nacionalista y popular.

Las temáticas y el tono de muchas de las columnas escritas por el literato en el tiempo en que figuró en las páginas del periódico dejan entrever, sin embargo, a un artista  indócil en una de las épocas más turbulentas de las que el país tenga memoria. La obra de Cuéllar-Barandiarán, cuyo mayor defecto sea quizás su estilo extremadamente académico, puede sin duda abonar a un mayor conocimiento de esa figura paradójica cruzada por luces y sombras.

Cuatro temas que unen a Trump con el romanticismo alemán (o no)  

 

 

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Francois Gérard, La batalla de Austerlitz. Tomada de http://www.reprodart.com

Ernesto Mejía / @netomejia08

En los últimos meses, la figura de Donald Trump pasó  de ser la de un excéntrico multimillonario asociado a proyectos inmobiliarios a la de un contendiente con las más serias posibilidades de convertirse en el candidato presidencial del  partido Republicano de Estados Unidos.

Su perturbadora retórica, cargada de una alta dosis de chovinismo y de velado o  abierto racismo, ha hecho que las comparaciones entre él y Hitler se multiplicaran por todo el mundo. Los paralelos claro no han sido gratuitos, por la sencilla razón de que Trump, al igual que en su momento lo hiciera el nacido en Braunau am Inn (en la actual Austria),  explota en buena parte de sus intervenciones las peligrosas ideas del nacionalismo, una ideología que hizo su primera aparición, al menos en Occidente, en el siglo XIX, en los territorios de la hoy Alemania, y cuyas raíces se hunden en el romanticismo de ese país.

Este último, un movimiento filosófico- literario, surgido a finales del siglo XVIII, que terminaría extendiéndose a todas las artes, sería en su esencia una reacción a la Ilustración francesa , a las posteriores invasiones napoleónicas que propagarían sus ideas por toda Europa y una consecuencia de la histórica rivalidad franco-germana.

Valga este ejercicio para señalar cómo algunas de las banderas que el precandidato estadounidense agita hoy con rabia se encontraban ya de una u otra forma en algunos de los primeros postulados de una vanguardia artística que dejaría una profunda huella en el mundo occidental.

 

 

1) El odio xenófobo

El primer eje temático en el que parecen alinearse las ideas de Trump y las de los pensadores alemanes del siglo XIX es en su odio a todo lo que huela a foráneo.

Desde que anunció su intención de correr por la candidatura del partido Republicano, en junio de 2015, Donald Trump dio algunas muestras de ello. Su foco desde entonces ha estado principalmente sobre los inmigrantes provenientes del vecino del sur (“México está enviando a gente con un montón de problemas (…) están trayendo drogas, el crimen, a los violadores”).

Sin embargo, el empresario ha reservado apreciaciones parecidas para los refugiados sirios, a quienes ha vinculado con el Estado Islámico y con los ataques terroristas de París, y para los “trabajadores extranjeros” en general,  a los que ha acusado de contribuir con el desempleo y de embolsarse salarios que podrían ser para estadounidenses. En la retórica de Trump, su país se ha convertido en “el basurero de los problemas de todos los demás”.  En concordancia con esa visión, su idea es deportar a todo aquel inmigrante indocumentado.

Bajo una eventual presidencia suya, el país solo aceptaría, aparentemente, a extranjeros que estudien en el territorio estadounidense, pero a condición de que cumplan estrictas medidas migratorias.

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Ernst Moritz Arndt. Tomado de http://www.ksta.de/

 

Los románticos alemanes tenían de igual manera una visión negativa de los extranjeros y particularmente del invasor francés. A ese respecto, baste recordar las palabras del poeta Ernst Moritz Arndt, que citado por Rudolf Rocker en “Nacionalismo y cultura”, decía: “Odio a los extranjeros, odio a los franceses, a su arrogancia, a su vanidad, a su ridiculez, a su idioma, a sus costumbres; sí, odio ardiente a todo lo que venga de ellos; eso es lo que debe unir fraternal y firmemente todo lo alemán y la valentía alemana, la libertad alemana, la cultura alemana, el honor y la justicia alemanes, deben flotar sobre todo y adquirir de nuevo la vieja dignidad y gloria con que nuestros padres irradiaron ante la mayoría de los pueblos de la tierra”.

 

2) La importancia de la frontera

Trump ha insistido una y otra vez en la necesidad de cerrar la frontera sur de Estados Unidos con un muro. Una división que, según él, México está obligado a financiar ya que durante años su país ha destinado miles de millones de dólares a servicios de salud, vivienda, educación y seguridad social para migrantes que ni siquiera están legalmente en suelo estadounidense. De negarse a pagar por la obra, Trump ha propuesto, entre otras cosas, que se decomisen las remesas enviadas por la población mexicana a sus familiares; que se eleven los costos de las visas temporales y las visas para trabajadores mexicanos; que se aumenten las tarifas para el otorgamiento de tarjetas de cruce en los pasos fronterizos; y que se recorte la ayuda al país que se extiende al sur del río Bravo (o Grande, como deseen llamarle). En una de sus más recientes intervenciones sobre el tema, el precandidato sugirió incluso que podría desatar una guerra si México no accede a pagar el muro.  “No somos un país, si no tenemos fronteras”, ha sido otro de sus lemas.

 

Aunque los románticos alemanes no pensaron, obviamente, nunca en construir un muro en su frontera occidental con Francia, muchos de ellos sí concibieron al Rin y a los territorios situados en su ribera izquierda, como una demarcación que debía de defenderse con la vida si fuera preciso para evitar con ello el paso del enemigo. La referida ribera había estado en disputa desde  al menos el siglo XVII, puesto que Luis XIV la consideraba parte de su reino. Cuando en 1840, Adolphe Tiers, el primer ministro francés volvió a abordar por enésima vez el tema, reivindicando para su país el margen occidental, del lado germánico, temiendo una nueva anexión como la sucedida bajo Napoleón en 1806, se elevaron los más virulentos discursos llamando a defenderlo.

Quizás ilustre mejor esa atmósfera el poema “Rheinlied” (La canción del Rin), de Nikolaus Becker que además de los versos en los que destaca la belleza del río, llama una y otra vez a no cederlo al enemigo: “No lo tendrán/ al libre Rin alemán/aunque lo exijan a gritos/ como ávidos cuervos…No lo tendrán/ al libre Rin alemán/hasta que sus aguas no haya cubierto/ los huesos del último hombre”.

Luego de la “Rheinlied”, numerosas canciones o himnos dedicados a la corriente fluvial se sucederían uno tras otro, siendo quizás “La guardia del Rin”, la más famosa. Esta composición amplifica aún más el estilo guerrerista de su predecesor (“Mientras una gota de sangre aún brille/mientras un puño pueda empuñar una espada/y un hombro pueda sostener un rifle/ ningún enemigo entrará en tu orilla”).

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La guardia del Rin, Lorenz Clasen. Foto de http://www.de.wikipedia.org/

 

3) El lazo del idioma

El uso del idioma “propio” ha sido otro de los elementos a los que el precandidato ha echado mano para reafirmar el sentimiento nacional.

Luego de que, en septiembre pasado, el entonces también precandidato, Jeb Bush, respondiera en español a unos periodistas que lo habían abordado en Florida, Trump aprovechó el momento y le pidió que “diera el ejemplo” y hablara en inglés mientras estuviera en Estados Unidos. Un par de días después, volvería a hacerle la misma petición en pleno debate republicano: “Tenemos un país donde hay que hablar inglés para integrarse. Necesitamos integración en este país, no soy el primero que dice esto en la historia”

 

Más de 200 años atrás, en 1808, el filósofo Johann Gottlieb Fichte había puesto esa misma importancia trascendental en el idioma, llegándolo a incluir en sus “Discursos a la nación alemana”, como una de las “fronteras interiores”, es decir aquellas que más allá de las estatales, separan orgánicamente lo propio de lo ajeno.

“Las primeras, originarias, y realmente naturales fronteras de los estados son indudablemente las fronteras internas. Aquellos que hablan el mismo idioma son unidos entre sí por una multitud de lazos invisibles por la misma naturaleza, mucho antes de la aparición de cualquier arte humano; se entienden entre ellos y tienen el poder de continuar hacerse entendidos cada vez con más claridad; pertenecen juntos y son por su misma naturaleza un todo único e inseparable”.

Y qué decir de nuevo de Arndt, que en su poema  “Cuál es la patria alemana” se despacha de la siguiente manera: “¿Cuál es la patria del alemán? ¿Es el país de Prusia, de Suabia o del Rin, donde maduran las uvas, o el de Belt, donde revolotean las pintadas aves? ¡Oh, no, no. Su patria debe ser más grande! ¿Será el país de Pomerania, el de Westfalia, aquel en cuyas costas se alzan torbellinos de arena, o por donde pasa mugiendo el poderoso Danubio? ¿Será la Baviera, el país de Estiria, aquel en donde pacen los numerosos rebaños de los Marsos, o en donde el habitante de la Marche, halla inmensos veneros de ricos metales? ¡Oh, no, no; su patria es más extensa! (…) ¡Nombrad, pues, esa gran patria! Escuchad: es todo el país en donde retumba la lengua alemana, en cuyo lenguaje, los cantos celebran al Dios que está en los cielos. ¡Esforzado alemán, esta es tu patria, esta es la que merece tan dulce nombre! ”

 

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Germania, Philipp Veitt. Tomada de http://www.elmati.cat

4) La grandeza de la nación

En este punto no hay mucho que decir sobre la visión de Trump. Basta con recordar que su eslogan de campaña, basado en la pretendida “excepcionalidad” estadounidense, es “Volver a hacer grande a América”, entendida América en el sentido gringo, claro. Un pensamiento que denota no solo la supuesta superioridad moral, social, económica, etc. de la nación, sino su llamado a cumplir una misión especial en el mundo.

La misma idea, solo que aplicada a Alemania y más que todo a una dimensión cultural, vibraba ya en el siglo XVII en la pluma del escritor Friedrich Schiller, uno de los precursores del romanticismo germano.  En un poema titulado “Grandeza alemana”, escrito en 1801 y descubierto después de su muerte, Schiller afirmaba: “El alemán tiene intimidad con el espíritu del universo. Para él está destinado lo más elevado… Él es el escogido por el espíritu del mundo, durante la lucha del tiempo para trabajar en la eterna construcción de la formación humana”.

 

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Germania, Friedrich August von Kaulbach. Tomada de http://www.jmberlin.de/

Ahora bien, aunque parezca haber una coincidencia discursiva en estos temas entre el movimiento romántico y el precandidato presidencial, sería ingenuo equiparar unos a otros automáticamente.

Como se apuntó al principio, las visiones del romanticismo germánico surgen bajo condiciones bien concretas y se ven exaltadas por la invasión de un ejército imperial. El movimiento es, en pocas palabras, una reacción a la Ilustración francesa a la que sus exponentes consideraban un absolutismo que privilegiaba la razón, al tiempo que obviaba  todo lo que esta no podía abarcar. De esa forma, afirmaban, relegaba a un segundo plano el arte, la literatura, los sentimientos, las pasiones o la imaginación como medios para aprehender el conocimiento.

Ante eso y ante la voluntad universalista, cosmopolita y uniformadora del racionalismo ilustrado, expandida por las tropas napoleónicas, es que se rebelan los pensadores románticos. Como oposición a lo primero plantean la idea de aspirar a lo Absoluto, a lo Eterno, al Universo, en una búsqueda sin fin en la que se pretende conciliar las múltiples facetas humanas que han sido desterradas por la Ilustración. Frente a lo segundo postulan  una vuelta a las raíces, a la lengua, a la cultura y a las tradiciones de la nación; es decir una penetración y un descubrimiento  del “Volkgeist” (el famoso “espíritu del pueblo” de Johann Gottfried Herder); ese conjunto de costumbres, esa forma de vida y de percibir que le son propias  a cada nación.

En su etapa temprana, el nacionalismo romántico no es ni siquiera agresivo. De cara a la avasalladora presencia de los invasores franceses, la exaltación nacional sirve esencialmente para exigir la libertad, la unificación de los pueblos germanos, la autodeterminación cultural e iguales derechos para todas las naciones. Adelantado a su época, Herder sueña, incluso, con una pluralidad de culturas nacionales que puedan cohabitar pacíficamente.

En su fase más tardía, con la unificación ya concretada,  este derrapa sí hacia un estadio más virulento donde se procede a proclamar jerarquías de naciones, en las que Alemania tiene, por supuesto, una supremacía.

Aunque trazar una línea directa del romanticismo al nazismo sería simplista, es cierto que algunos de sus rasgos: su metafísica,  su arraigo a los orígenes,  su emotividad  e irracionalidad, en conjunción con otros factores (darwinismo social, teorías de raza, ocultismo, mitología, exaltación de la técnica) pervivirían en él y permitirían la locura criminal del Tercer Reich.

Así, a la vuelta de apenas un poco más de un siglo, el sueño de alcanzar el ideal romántico de conciliar todas las facetas humanas a la vez que se reafirmaban las particularidades nacionales se convertiría en una pesadilla cuando caería preso del radicalismo político.

Es en esa última posición donde se ubica Trump y tantos otros líderes nacionalistas. El precandidato acude a remover las fibras nacionales, no para estructurar una emancipación esencialmente cultural como la deseada por los primeros románticos, sino para montar un proyecto político que permita erigirlo en el dirigente capaz de acometer  una soñada restauración de la patria.

Ante el descontento de amplios sectores por la situación económica o el declive del papel de Estados Unidos en el escenario internacional, Trump recurre a la imagen de un pasado glorioso y de una nación homogénea (da igual si esto tiene unas bases históricas o sea una ficción) para prometer exactamente lo mismo en el futuro.

Como todo buen nacionalista radical recurre a la victimización y construye a un enemigo externo o interno, causante de los agravios, al que lo más puro de la nación debe de combatir.

Es ese radicalismo atávico, que creíamos a lo mejor ingenuamente desterrado después de las dos guerras mundiales, en el que se monta Trump y que está en ascenso de nueva cuenta en muchas partes de Europa.

Y sus consecuencias, como bien lo atestigua la historia, son catastróficas. Aunque Estados Unidos no sea la endeble y decadente República de Weimar, de Trump, lo único que se puede esperar es que no gane ni la candidatura ni por supuesto la presidencia del país.

Porque como lo recordaba Mario Vargas Llosa, en su ensayo “La amenaza de los nacionalismos”:

“A pesar de la vocación pacífica de la mayoría de los nacionalistas, en esta ideología, en su concepción del hombre, de la sociedad y de la historia, anida una semilla de violencia, que germina sin remedio cuando se vuelve acción de gobierno”.

Las queridas mentiras de Umberto Eco

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Foto tomada de http://www.podcastscience.fm
“Hubo alguien, quizá Rubinstein, que cuando le preguntaron si creía en Dios respondió: “Oh, no, yo creo… en algo mucho más grande…” Pero hubo otro (¿quizá Chesterton?) que dijo: “Desde que los hombres han dejado de creer en Dios, no es que no crean en nada, creen en todo”, Pim Casaubon, “El péndulo de Foucault”.

 

Ernesto Mejía / @netomejia08

Umberto Eco tuvo siempre la proverbial capacidad  de desplegarse en dos escritores que a pesar de sus diferencias continuaron manteniendo una elegante y coherente unidad.

Como en “El otro”, el célebre cuento de Borges, escritor al que el italiano profesaba un abierto afecto, uno puede distinguir esa doble unidad (si se me permite el préstamo teológico), en el conjunto de una extensa obra que a lo largo de unos 60 años osciló entre el ensayo y la novela.

Sentado en un extremo de esa banca imaginaria, investido de una majestuosa solemnidad uno puede advertir al riguroso profesor universitario, al agudo escritor que buscaba iluminar con sus reflexiones los problemas de nuestro tiempo; en el otro, uno puede reconocer una especie de adolescente sabio cuya diversión consistía en crear imbricados mundos donde todo parecía un juego de laberintos, rompecabezas y espejos.

Y entre esos dos seres, “demasiado distintos, demasiado parecidos”, un diálogo eterno nutrido por los temas más queridos por ambos: la lingüística, la historia, la estética medieval, la filosofía y sobre todo, cómo no, la semiótica, que Eco —el de gesto más bien adusto y sombrero Fedora—  definiría como “la disciplina que estudia todo aquello que puede ser usado para mentir”.

Por eso no es extraño que la mentira, lo falso, las ilusiones y, quizás los embustes más peligrosos de todos, las teorías de la conspiración, fueran temas recurrentes en la pluma de ambos escritores.

El Eco solemne los abordaría en numerosos textos reunidos en obras como “La estrategia de la ilusión”, “Los límites de la interpretación”, “Entre mentira e ironía” o “A paso de cangrejo”.

Mientras que el escritor de los enmarañados juegos eruditos, en tres de sus siete novelas: “El péndulo de Foucault”, “El cementerio de Praga” y “Número cero”.

De estos, sería en el primero donde el piamontés alcanzaría las mayores cimas. Una obra monumental donde sin dejar de lado su característico tono de retorcido divertimiento, el autor  desplegaría también sus conocimientos sobre dichos temas.

En “El péndulo”, Casaubon, Belbo y Diotallevi, tres esnobísimos intelectuales, trabajan en una editorial dedicada a la publicación de libros ocultistas y esotéricos. El trío, que dicho sea de paso ridiculiza ese tipo de literatura, lleva una tranquila existencia hasta que un coronel de apellido Ardenti entra en contacto con ellos para decirles que posee un manuscrito secreto que demuestra que la orden medieval del Temple no fue disuelta por completo en el siglo XIV. Por el contrario, les indica, los templarios han seguido activos, aunque clandestinos y bajo diferentes nombres, a lo largo de todos esos siglos, con el fin último de resurgir, retomar un preciado tesoro y controlar al mundo.

Es a partir de esa superchería, que los tres hombres comienzan a urdir por puro placer su propia teoría conspirativa que bautizan como “El plan”.

Mitad sátira, mitad juego intelectual, ese intrincado ejercicio consistente en cruzar los más variados conceptos y hechos, se regirá por tres reglas simples: los conceptos deben vincularse por analogía (“cualquier cosa guarda alguna similitud con cualquier otra desde algún punto de vista”); si esas vinculaciones se sostienen entonces son válidas; y, finalmente, las conexiones no deben ser inéditas. De hecho, según la febril imaginación del trío, entre más hubieran aparecido en textos anteriores mucho mejor.

El resultado de esas elucubraciones será un documento donde van sucediéndose uno tras otro los más inverosímiles vínculos: los templarios dan paso a los rosacruces, a los masones, a la orden del Toisón de oro, al santo grial, a María Magdalena, a la cábala, al satanismo, a las pirámides, hasta crear un inquietante mapa lleno de fuentes, símbolos, indicios y bifurcaciones donde el juego tiende a confundirse con la realidad y donde incluso Casaubon y compañía  comienzan a pensar en la veracidad de los engranajes de ese terrible mecanismo que han puesto en marcha. Aun peor, caído el documento en las manos de un grupo de personas que se lo toma muy en serio, el juego tendrá en efecto desenlaces siniestros.

Eco, el constructor de fantasiosos mundos, se sirve así del largo y tortuoso camino de Casaubon y sus amigos para plantear no solo el problema de las mentiras integradas a teorías de la conspiración, sino el de sus peligrosas consecuencias. Riesgos que, como en la novela, pueden ser personales, pero que también pueden llegar a tener alcances mayores.

Basta recordar a ese respecto la ingente cantidad de falsificaciones que reunidas y acopladas en un mismo cuerpo darían vida, en la segunda mitad del siglo XIX, a los “Protocolos de los sabios de Sión”, un libro antisemita adorado posteriormente por los nazis, y de cuyos numerosos padres falsarios, el novelista italiano se ocupa en su otra gran obra de complots “El cementerio de Praga”.

¿Pero cómo entender ese embelesamiento humano por esos embustes, esa pasión capaz incluso de influir en el curso de la historia? (“La gente está sedienta de planes, si le ofreces uno se arroja sobre él como una manada de lobos. Tú inventas, y ellos creen. No hay que crear más imaginario del que hay”, exclama Lia, la novia de Casaubon, en una parte del libro).

En “Apuntes para una teoría de las conspiraciones”, el italiano (el ensayista), basándose en otros autores como John Chadwick o Karl Popper, argumenta que el éxito de ese tipo de mentiras se debe a que estas pretenden ofrecer respuestas atractivas a quienes consideran que se les niega sistemáticamente información importante o a quienes creen que hay poderes ocultos responsables de sus personales o grupales infortunios.

“El complot nos consuela. Nos dice que no es culpa nuestra. Que algún otro organizó todo”, sintetizó en otra ocasión el escritor en una entrevista con la Revista Enie. Las teorías conspirativas son, en definitiva, una forma de descargarnos de nuestras propias responsabilidades.

Ante esa aplastante credulidad de nuestro tiempo, que tanto el novelista como el ensayista volvieron objeto de estudio, quizás solo quede el remedio de la prudencia que el buen Casaubon abandera antes de deslizarse en la locura de su propio plan.

“No es que el incrédulo no deba creer en nada. No cree en todo. Cree en una cosa cada vez, y en una segunda cuando deriva de alguna manera de la primera. Avanza como un miope, es metódico, no aventura horizontes (…) La incredulidad, lejos de excluir la curiosidad, la sostiene”.

Difícil tarea en una época donde la verdad queda muchas veces irremediablemente sepultada bajo capas y capas de información y opiniones.

Fascinantes paraísos infernales

Ernesto Mejía / @netomejia08

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Foto de http://www.casadellibro.com

Las islas han ejercido desde los tiempos más remotos un innegable magnetismo. En la antigüedad, mucho antes de que las artes de la navegación y la cartografía permitieran surcar los mares y volvieran al mundo un lugar completamente reconocible, los hombres llenaron la inmensidad de los espacios situados más allá de los límites navegables con masas de tierra imaginarias —que creían sin embargo concretas y reales— que se perdían en la infinidad de los océanos.

Esas figuraciones de tamaños variables y ubicaciones obviamente imprecisas fueron, en algunas ocasiones, continentes enteros, como la famosa Terra Australis Incognita, una tierra situada en el extremo sur del mundo, que hundía sus raíces en la Antigua Grecia y cuya creencia acompañaría a los marineros hasta el siglo XVIII.

Pero fueron también, y no en pocos casos, porciones más pequeñas, rodeadas por tenebrosos mares repletos de monstruos y amenazantes seres fantásticos.

Más allá de que el camino hasta esos lugares estuviera plagado de indecibles peligros, el imaginario asoció esos ignotos pedazos de tierra con un aura paradisíaca o con una misteriosa atmósfera llena de maravillas donde la vida discurría en un suave equilibrio.

En los confines noroccidentales del continente africano, en el Océano Atlántico, por ejemplo, los griegos situaron las Islas Afortunadas o de Los Bienaventurados, un lugar donde las almas virtuosas alcanzaban el descanso eterno después de la muerte.

Y bajo la forma de una isla representaban también, por lo general, a Tule, una región que se creía habitada por una raza primordial y que según algunas tradiciones se encontraba en el extremo septentrional del mundo conocido, a seis días de navegación del archipiélago británico.

Más tarde, cuando los países de Europa se lanzaron a la conquista de los mares, las visiones de islas colmadas de tesoros serían también una de las fuerzas que impulsaría a exploradores y piratas a cruzar todas las fronteras marítimas imaginables. Motivados por leyendas que habían escuchado entre los incas, navegantes españoles llegaron a la actual Oceanía, a un archipiélago al nororiente de Australia que bautizarían como Islas Salomón, puesto que las creían relacionadas con la región de Ofir, donde se suponía estaban las míticas minas del rey bíblico.

Con todo eso, apenas es extraño que el simbolismo de esos territorios aislados de la civilización sirviera para alimentar también las más variadas ficciones políticas o literarias. Aunque, con el correr del tiempo, varias de ellas comenzaran a poner en entredicho su aura paradisíaca.

Tomás Moro y Johann Gottfried Schnabel imaginaron sí, en esos escenarios, el surgimiento de una sociedad nueva y feliz en sus obras “Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía” y “La isla de Felsenburg”.

Sin embargo, Daniel Defoe y Julio Verne, entre muchos otros (tantos que terminarían por dar vida a un subgénero literario propio), explorarían un abanico de temas que irían más allá de la simple vida apacible. Los personajes de sus novelas “Robinson Crusoe” o “La isla misteriosa” servirían para poner en perspectiva temáticas como el instinto de supervivencia o la deshumanización, así como la adaptación a la soledad y a los ambientes hostiles.

Robert Louis Stevenson, por su parte, en “La isla del tesoro”, trataría de abordar los peligros de la ambición y la dureza del abandono. Mientras que William Golding profundizaría en la pérdida de la inocencia, la barbarie, el autoritarismo y la maldad humana en “El señor de las moscas”.

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La isla de Utopía. Imagen tomada de Wikipedia.

En una era donde prácticamente todos los rincones del mundo han sido explorados y las comunicaciones y los avances tecnológicos nos han granjeado una sensación de seguridad e inmediatez, la tentación de que dichos relatos nos parezcan hoy, en el mejor de los casos, entretenidas historias de aventuras, fábulas de un pasado distante, imposibles de suceder en un mundo como el nuestro, es grande.

Por eso “Atlas de islas remotas. Cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré”, de Judith Schalansky, resulta una agradable sorpresa. Su obra, una metódica mezcla de historia, crónica y cartografía, es un retrato somero de una selección de territorios insulares —deshabitados la mayoría de ellos, apenas identificables en un mapa mundi casi todos— cuyos pasados lejanos o recientes poco o nada tienen que envidiar a las más ingeniosas y retorcidas ficciones de los siglos anteriores.

Pero es también una prueba manifiesta de que, por sus características, las islas, a pesar de la fascinante belleza de muchas de ellas, continúan siendo escenarios donde cohabitan lo insólito, las privaciones y los peligros.

Schalansky dice incluso que la existencia tranquila en esas tierras que parecen ir a la deriva en medio del mar, lejos de los grandes asentamientos humanos y de las rutas  de transporte masivo, es más bien una rara avis.

“El paraíso puede que sea una isla. Pero el infierno también. La vida pacífica es más la excepción que la regla en un pequeño trozo de tierra; es mucho más común encontrar a un dictador ejerciendo un régimen de terror que una utopía igualitaria (…) Alejados del ojo público, las islas se prestan para el abuso de los derechos humanos, para que se detonen bombas atómicas o para que se pongan en marcha desastres ecológicos. No hay ningún jardín del Edén intacto en los bordes de este interminable globo. En lugar de eso, los seres humanos que han viajado cada vez más a lo ancho y largo del planeta han terminado por convertirse en los mismos monstruos que echaron de los mapas”.

En su lista saltan ejemplos de territorios que por su lejanía y aislamiento sirvieron para el confinamiento o para infligir duros castigos. Tal es el caso de Santa Elena, en el océano Atlántico, lugar de exilio y muerte de Napoleón Bonaparte; y Norfolk, en el Pacífico, una de las más temidas colonias penales británicas del siglo XIX.

También destacan islas donde se realizaron prácticas condenables para el mundo occidental, pero que hasta cierto punto pueden parecer comprensibles en su contexto, como el infanticidio, en Tikopia (Océano Pacífico), o el canibalismo, en San Pablo (en el Índico); sin contar otras, claro, donde las más rocambolescas historias desembocaron en desgraciados hechos de sangre.

Cabe en ese último apartado, la historia del atolón Clipperton, ubicado a 1,080 kilómetros de la costa Pacífico de México, donde a inicios del siglo XX existía una guarnición militar de ese país. Un asentamiento al que el estallido de la revolución mexicana (1910) le cortaría el suministro de provisiones y que quedaría finalmente  abandonado a su suerte. Diezmada por el hambre y el escorbuto, así como por los intentos fallidos de sus hombres por alcanzar las costas de Acapulco, su población de un centenar de personas terminaría reducida, en 1916, a un solo hombre y a una quincena de mujeres y niños. Ese último hombre, el antiguo guardián del faro, llamado Victoriano Álvarez, se proclamaría rey  e iniciaría un régimen de terror que se extendería hasta julio de 1917, cuando un grupo de sus víctimas lo asesinaría.

En un afán por demostrar, acaso, que el horror en ese tipo de territorios no es el patrimonio exclusivo de un pasado remoto y que este continúa encontrando en ellos elementos que ayudan a su reproducción, Schalansky incluye en su lista los casos de Pitcairn y Diego García.

El primero, una isla de solo 4.5 km², a mitad de camino entre Nueva Zelanda y Perú, habitada por una cuarentena de personas, todas descendientes de los amotinados de la embarcación HMS Bounty (S.XVIII), vio en 2004 a la mitad de su población masculina enjuiciada por supuestamente haber abusado durante décadas de niños y mujeres del lugar.

El segundo ejemplo, el mayor de los territorios del archipiélago de Chagos, un grupo de islas y atolones situado frente a la costa oriental de África, sufrió, entre 1968 y 1973, la expulsión de más de 500 familias nativas. La medida fue parte de un acuerdo por medio del cual, el Reino Unido cedió a Estados Unidos por un período de 50 años, el referido archipiélago para que instalara en él una base militar que paradójicamente bautizaría como Camp Justice.

Si bien desde entonces, al menos dos tribunales británicos han determinado que la expulsión de esos habitantes fue un acto ilegal, otras cámaras han anulado las resoluciones, impidiendo hasta la fecha, el regreso de los chagosianos a su tierra.

A lo mejor, una de las raras excepciones que escapa a la terrible lista esbozada por la autora sea la isla Pedro I, en el océano Antártico. Un desierto de hielo de 156 km² coronado por un volcán extinto, donde las temperaturas oscilan todo el año entre los 1° C y los -24° C. Con un detalle extra: nunca en su historia, la isla ha estado habitada. De hecho, refiere Schalansky, hasta la década de los 90, la Pedro I había recibido menos visitantes que la luna.

Peligrosa y frágil cohabitación o la más absoluta de las soledades, tal parecen ser las opciones en esos territorios perdidos. Como decir: los paraísos solo existen en las religiones. O en los mitos.

 

La ilusión del progreso técnico

Ernesto Mejía / @netomejia08

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Si en 1945, con el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, el mundo asistió horrorizado a las consecuencias del uso militar de la energía nuclear, en abril de 1986, con el accidente de la central eléctrica de Chernóbil, la humanidad despertó abruptamente de la ilusión civil y pacífica en la que creía haber confinado a dicho espíritu.

En el breve lapso que separa unos eventos de otro, una expandida creencia, teñida de una ciega fe en el progreso, había pretendido que la simple reorientación de esa fuerza hacia aplicaciones no bélicas, sería suficiente para que esta nos entregara, a cambio, todo lo mejor de sus beneficios.

Así, se suponía, que el empleo de esas reacciones atómicas en espacios civiles altamente controlados, nos abriría un mundo de posibilidades energéticas. En pocas palabras: electricidad constante y limpia a precios competitivos que reduciría la dependencia de los combustibles fósiles.

Pero si el accidente de la central estadounidense Three Mile Island, en 1979, había encendido ya una luz de alarma sobre la contundencia de esos supuestos, el ocurrido en la ex Unión Soviética resquebrajaría en buena parte de la opinión pública la confianza en la seguridad de dicha tecnología, independientemente de las buenas intenciones con las que fuera utilizada.

Aunque el debate sobre la pertinencia de esas centrales ha continuado, reavivado en 2011 con el desastre de Fukushima, la posibilidad de que el mundo abandone la energía nuclear parece lejana. Con todo y que la euforia de las tres primeras décadas haya dado paso  en los años siguientes a una cierta moderación. Según el Organismo Internacional de la Energía Atómica, el número de reactores en operación a escala global pasó de 1 a 389, en tan solo el período comprendido entre 1954 y 1986. Desde entonces, entre nuevas construcciones y aquellos que han sido apagados, el número ha rondado los 440.

En su ensayo “Reflexiones sobre la ambivalencia del progreso técnico”, aparecido en 1965, el sociólogo y filósofo francés, Jacques Ellul, discurría precisamente sobre la simpleza en la que se podía caer al tratar de dividir los aspectos “buenos” y “malos” del desarrollo técnico.

Ellul concluía, entre otras cosas, no solo que todo progreso de ese tipo está compuesto irremediablemente tanto de elementos  positivos como negativos, cuya disociación es imposible, sino que este conlleva una gran cantidad de efectos imprevisibles.

Aun más, para el sociólogo, el conjunto de todas las técnicas a escala global, que él eleva a categoría de “sistema”, modifica y condiciona al ser humano de tal forma que las elecciones sobre sus usos no dependen ya únicamente de él, puesto que ese sistema es una esfera autónoma regida por sus propias dinámicas y reglas donde se imponen criterios como la “mayor eficiencia posible” o la “necesidad”.

“En el conjunto del fenómeno técnico (…) dejamos de ser independientes, no somos un sujeto entre objetos sobre los cuales podríamos tener una influencia autónoma y frente a los cuales podríamos libremente decidir nuestra conducta; estamos implicados muy estrechamente en este universo técnico y condicionados por él. (…) Lo que hay es que estamos situados en un universo ambiguo en el cual cada progreso técnico acentúa la complejidad de la mezcla de elementos positivos y negativos. A más progreso de la técnica, más inextricable deviene la relación del ‘buen’ y del ‘mal’ uso, y más imposible es la elección, y menos podemos pues escapar a los efectos ambivalentes del sistema”.

A despecho de que “Voces de Chernóbil”, uno de los tres únicos libros de Svetlana Alexievich, premio Nobel de Literatura 2015, que hasta el momento han sido traducidos al español, refiera al contexto específico de la era soviética, sus páginas son también un recordatorio de esa ambivalencia, de esa imprevisibilidad del progreso técnico.

“El átomo militar era Hiroshima y Nagasaki; en cambio, el átomo para la paz era una bombilla eléctrica en cada hogar. Nadie podía imaginar aún que ambos, el de uso militar y el de uso pacífico, eran hermanos gemelos. Eran socios”, exclama en una parte de su obra.

La confianza en una sola de esas caras, se creía entonces, empujaba hacia el futuro. Prípiat, para el caso, la ciudad que albergaría a la hoy tristemente célebre planta nuclear, había nacido de la nada en 1970. Enclavada en la actual Ucrania, a unos 16 kilómetros de la frontera con  Bielorrusia, la urbe sería la residencia inicial de los trabajadores que comenzarían a edificar, un año después, la central, llamada oficialmente Vladimir Ilich Lenin; un portento de la ciencia y la ingeniería que comenzaría sus operaciones en 1977 y que la Unión Soviética buscaría exhibir como parte de su prestigio en el mundo.

 

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Foto tomada de http://www.blog.kievukraine.info

Tal y como la central, que pretendía ser un reflejo del poderío comunista, Prípiat aspiraría también a convertirse en un modelo de la arquitectura y el urbanismo soviético.

Sus amplias avenidas, sus parques y jardines, los establecimientos de salud, las escuelas de formación profesional y técnica, así como su oferta cultural harían que se ganara pronto el mote de “ciudad del futuro” y que su población comenzara a crecer de forma importante. Para el momento del accidente, al cabo de solo 16 años de existencia, la urbe contaba ya con una población cercana a las 50,000 personas.

Todo esa pujanza se desvanecería en la madrugada del 26 de abril de 1986, cuando una serie de explosiones en el cuarto reactor de la planta expulsaría una cantidad de materiales radiactivos que cálculos posteriores han indicado fue unas 500 veces superior a la liberada por la bomba arrojada sobre Hiroshima.

En medio de un pésimo manejo de la crisis, el desastre hizo que el gobierno soviético evacuara solo hasta 36 horas después a todos los pobladores del área, y que Prípiat  y las regiones situadas en un radio de 30 kilómetros alrededor del reactor se convirtieran en una “zona de exclusión” que no podrá ser habitada nunca más.

Si bien la comunidad científica ha coincidido en que la disipación de los materiales radiactivos tomará, en el mejor de los escenarios, unos 24,000 años, la contabilidad de los daños humanos ha sido mucho más controvertida. No solo por el secretismo con el que las autoridades de la época manejaron el caso, sino también por las diferencias en los métodos y enfoques con los que las agencias e instituciones han tratado de medir el impacto desde entonces. La pregunta sobre el aumento en la incidencia de cáncer en las áreas cercanas ha sido un ejemplo de ello.

De cualquier forma, hay un cierto consenso en que aparte de las 30 personas que murieron  por la explosión, hubo al menos otras 600,000 más (entre cuerpos de seguridad, bomberos, ejército y personal sanitario que atendieron la emergencia y ayudaron a la limpieza de la zona) que sufrieron las mayores dosis de radiación.

Según información que Alexievich reseña en su libro, de la reconfiguración geográfica surgida luego de la caída de la Unión Soviética, su país, Bielorrusia, sería uno de los que al final cargaría con la peor parte. Datos de 1996 daban cuenta de que mientras que Rusia y Ucrania solo reportaban un 0.5 % y un 4.8 % de sus territorios contaminados por la radiación, respectivamente, en Bielorrusia esa porción se elevaba a 23 %.

Asimismo, como consecuencia de la explosión, el número de casos de enfermedades oncológicas en esa república se multiplicaría por 74, pasando de una tasa de 82 por cada 100,000 habitantes a una de 6,000 por cada 100,000 habitantes.

Es a ese abismo nuclear al que trata de acercarnos en su obra la escritora y también periodista bielorrusa. Lo hace tejiendo una minuciosa composición de cientos de voces que sobrevivieron de alguna manera al horror y en la que no existe prácticamente ninguna floritura literaria. Como en un documental con apenas edición, el lector se ve confrontado a una serie de testimonios yuxtapuestos (entrevistas recogidas a lo largo de 20 años y que Alexievich llama “monólogos”) que describen un mundo de límites confusos, donde los alcances de la tragedia no se divisaron si no muy tarde. Un mundo que descubre poco a poco, entre las mentiras oficiales y los desalojos, la verdadera  amenaza; un peligro mortal e invisible que no conoce y para el cual no está preparado.

La sucesión de voces establece un retrato de doloroso desarraigo, un sobrecogedora fotografía que nos asoma a la lenta desintegración de cientos de vidas a las que la autora trata de rescatar del olvido.

En sus páginas abundan historias de solidaridad, de amor incondicional, de valentía, de resistencia ante el dolor y la muerte, de verdadero sacrificio y heroísmo incluso. Pero como en toda situación extrema donde han saltado por los aires los “imperativos categóricos” kantianos, también abundan ejemplos de engaños, de egoísmo, de corrupción.

Hay que decirlo, “Voces de Chernóbil” no es un libro para evadirse o para pasar un apacible fin de semana. Su lectura, incómoda a veces, nos obliga a ver un pasado que se trasviste por momentos con ropajes de porvenir; un peligroso futuro que nadie puede descartar con certeza, y del cual, sin embargo, nos sentimos tan incomprensiblemente a salvo.

“Noviembre”, el reto de mezclar ficción y periodismo

 

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Foto de http://www.casadellibro.com

Ernesto Mejía/ @netomejia08

En noviembre pasado, leí mucho sobre el exilio del escritor salvadoreño Jorge Galán (y sus motivaciones) pero poco sobre las cualidades literarias de “Noviembre”, su novela sobre la masacre de los jesuitas de la UCA, ocurrida en 1989.

La salida del país de Galán, que terminaría prácticamente por eclipsar el contenido de su libro, se daría a conocer por medio de un brevísimo manifiesto en apoyo al autor que empezaría a circular en internet el 12 de noviembre, justo un día después de que el mismo escritor presentara su obra en San Salvador.

El texto, firmado por más de 800 personas, donde destacaban nombres de premios Nobel y Pullitzer, académicos y artistas de todo el mundo, afirmaba que Galán había recibido amenazas de muerte, llamaba a tomar conciencia “de la gravedad de los hechos” que narraba su novela e instaba a las autoridades salvadoreñas a asegurar su integridad.

Si esas denuncias eran ya un motivo suficiente para despertar la curiosidad de cualquier lector, su editorial Planeta duplicaba la dosis, despachando en la reseña del libro esta promesa: “…Noviembre es una emotiva y turbadora novela sobre el miedo, el odio y la impunidad. Un libro que vierte por primera vez un poco de luz sobre los hechos nunca esclarecidos de 1989…”

La masacre de los seis jesuitas, una de sus colaboradoras y su hija, a manos de un comando del ejército salvadoreño, ha sido uno de los crímenes que más atención mediática ha recibido en nuestra historia reciente.

Aunque los autores materiales fueron beneficiados con la entrada en vigencia de la Ley de Amnistía, aprobada después del final de la guerra civil, y los autores intelectuales nunca fueron juzgados, existe un conocimiento bastante detallado de los hechos que ocurrieron antes, durante y después de la madrugada de aquel 16 de noviembre de 1989, cuando los religiosos fueron asesinados.

La Comisión de la Verdad individualizó incluso a los responsables y señaló a los más altos rangos del ejército de haber dado la orden. Desde entonces, el periodismo ha generado centenares de páginas sobre el tema y ha dado voz a los protagonistas y testigos.

Así, tratar de imaginar algún elemento sobre ese crimen que no se hubiera dicho o explorado antes a lo largo de esos 26 años era demasiado seductor como para dejarlo pasar.

En su obra, Galán recurre a las técnicas de la “novela de no ficción” o “crónica novelada”, un género en el que el nombre de Truman Capote salta inmediatamente como referencia ineludible. Si bien el estadounidense no fue su inventor, sí ayudó en el siglo XX con su obra “A sangre fría”, a innovarlo y a redefinirlo.

En una entrevista con Eric Norden, publicada en 1968 en la revista Playboy, Capote admitía que el nombre “novela de no ficción”, que había acuñado para su trabajo, le parecía un término torpe y contradictorio, pero que aun así no había podido encontrar mejores palabras para describir lo que se había propuesto:

“Escribir una narración periodística que se valiera de todos los recursos creativos y técnicas de la ficción para contar una historia verdadera como si se tratara exactamente de una novela”.

Capote argumentaba que, a diferencia de los trabajos de periodismo narrativo anteriores a “A sangre fría”, que, en un afán por resolver el problema de la credibilidad, habían optado por incluir al narrador en la acción del texto, él había decidido ahondar en los recursos de la ficción “entrando” en sus personajes, dándoles así una vida propia.

A tal punto había llevado su ejercicio, decía, que él no aparecía ni una sola vez en el libro.

“En mi esfuerzo por darle al periodismo ese movimiento interior y vertical —y ese fue todo el propósito de mi experimento — tenía que remover completamente al narrador. Tenía que hacer que el libro fluyera ininterrumpidamente desde el inicio hasta el final justo como una novela, y, por tanto, el narrador nunca entra en la fotografía y no hay interpretación de personas ni de eventos”.

“Noviembre” hace conjunción de esa y otras experiencias y termina echando mano de ambos recursos: un yo, cercano al periodismo, que aparece para dejar patente las entrevistas realizadas, la búsqueda de respuestas; y otro yo omnisciente, surgido de la literatura, que entra en los personajes y nos deja escuchar sus voces, pero también nos revela sus pensamientos y sus angustias.

Es cuando Galán utiliza esta última técnica y saca a relucir su pulido oficio de poeta cuando alcanza las más altas cimas en su libro. Están ahí, por ejemplo, y sobre todo, la lacerante belleza de los recuerdos de Ellacuría en los minutos finales de su vida; la entrañable historia del niño de Chalatenango convertido en soldado del batallón Atlacatl;  la febril imaginación de un par de infantes que sueñan con un barco fantasma hundido en las costas de Acajutla.

En cambio, es cuando entra en los terrenos más periodísticos, cuando la novela pierde  fuerza.

En una entrevista que Galán tuvo en noviembre con Tania Pleitez en Barcelona, admitía: “Quería reconstruir la historia de la manera más fiel posible, pero no quería renunciar a las posibilidades que ofrecía la ficción, es decir no quería caer en el reportaje”.

A pesar de sus precauciones, el libro transita a grandes ratos por esos caminos. Y es ahí donde pierde impacto.

Quizás el reto más grande de una obra con las características de “Noviembre”, al abordar un tema que ha sido tan minuciosamente documentado a lo largo de los años, consista en evitar que el lector tenga la sensación de estar leyendo un reportaje más, de los muchos que se han escrito ya. Difícil tarea que en este caso se resuelve a medias. Sobre todo si se toma en cuenta que la promesa de la editorial se queda solo en eso y no existe en el libro, ningún elemento realmente novedoso sobre el crimen.

Claro que la novela puede resultar esclarecedora para un lector que nunca haya tenido un acercamiento informativo con los hechos de la masacre. Para ellos es posible que la irrupción del narrador periodista entrevistando a sus fuentes no resulte tan incómoda, pero aun así, apuesto a que apreciarán más los recursos literarios de la obra, un apartado donde Galán deja clara su maestría.