Las queridas mentiras de Umberto Eco

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Foto tomada de http://www.podcastscience.fm
“Hubo alguien, quizá Rubinstein, que cuando le preguntaron si creía en Dios respondió: “Oh, no, yo creo… en algo mucho más grande…” Pero hubo otro (¿quizá Chesterton?) que dijo: “Desde que los hombres han dejado de creer en Dios, no es que no crean en nada, creen en todo”, Pim Casaubon, “El péndulo de Foucault”.

 

Ernesto Mejía / @netomejia08

Umberto Eco tuvo siempre la proverbial capacidad  de desplegarse en dos escritores que a pesar de sus diferencias continuaron manteniendo una elegante y coherente unidad.

Como en “El otro”, el célebre cuento de Borges, escritor al que el italiano profesaba un abierto afecto, uno puede distinguir esa doble unidad (si se me permite el préstamo teológico), en el conjunto de una extensa obra que a lo largo de unos 60 años osciló entre el ensayo y la novela.

Sentado en un extremo de esa banca imaginaria, investido de una majestuosa solemnidad uno puede advertir al riguroso profesor universitario, al agudo escritor que buscaba iluminar con sus reflexiones los problemas de nuestro tiempo; en el otro, uno puede reconocer una especie de adolescente sabio cuya diversión consistía en crear imbricados mundos donde todo parecía un juego de laberintos, rompecabezas y espejos.

Y entre esos dos seres, “demasiado distintos, demasiado parecidos”, un diálogo eterno nutrido por los temas más queridos por ambos: la lingüística, la historia, la estética medieval, la filosofía y sobre todo, cómo no, la semiótica, que Eco —el de gesto más bien adusto y sombrero Fedora—  definiría como “la disciplina que estudia todo aquello que puede ser usado para mentir”.

Por eso no es extraño que la mentira, lo falso, las ilusiones y, quizás los embustes más peligrosos de todos, las teorías de la conspiración, fueran temas recurrentes en la pluma de ambos escritores.

El Eco solemne los abordaría en numerosos textos reunidos en obras como “La estrategia de la ilusión”, “Los límites de la interpretación”, “Entre mentira e ironía” o “A paso de cangrejo”.

Mientras que el escritor de los enmarañados juegos eruditos, en tres de sus siete novelas: “El péndulo de Foucault”, “El cementerio de Praga” y “Número cero”.

De estos, sería en el primero donde el piamontés alcanzaría las mayores cimas. Una obra monumental donde sin dejar de lado su característico tono de retorcido divertimiento, el autor  desplegaría también sus conocimientos sobre dichos temas.

En “El péndulo”, Casaubon, Belbo y Diotallevi, tres esnobísimos intelectuales, trabajan en una editorial dedicada a la publicación de libros ocultistas y esotéricos. El trío, que dicho sea de paso ridiculiza ese tipo de literatura, lleva una tranquila existencia hasta que un coronel de apellido Ardenti entra en contacto con ellos para decirles que posee un manuscrito secreto que demuestra que la orden medieval del Temple no fue disuelta por completo en el siglo XIV. Por el contrario, les indica, los templarios han seguido activos, aunque clandestinos y bajo diferentes nombres, a lo largo de todos esos siglos, con el fin último de resurgir, retomar un preciado tesoro y controlar al mundo.

Es a partir de esa superchería, que los tres hombres comienzan a urdir por puro placer su propia teoría conspirativa que bautizan como “El plan”.

Mitad sátira, mitad juego intelectual, ese intrincado ejercicio consistente en cruzar los más variados conceptos y hechos, se regirá por tres reglas simples: los conceptos deben vincularse por analogía (“cualquier cosa guarda alguna similitud con cualquier otra desde algún punto de vista”); si esas vinculaciones se sostienen entonces son válidas; y, finalmente, las conexiones no deben ser inéditas. De hecho, según la febril imaginación del trío, entre más hubieran aparecido en textos anteriores mucho mejor.

El resultado de esas elucubraciones será un documento donde van sucediéndose uno tras otro los más inverosímiles vínculos: los templarios dan paso a los rosacruces, a los masones, a la orden del Toisón de oro, al santo grial, a María Magdalena, a la cábala, al satanismo, a las pirámides, hasta crear un inquietante mapa lleno de fuentes, símbolos, indicios y bifurcaciones donde el juego tiende a confundirse con la realidad y donde incluso Casaubon y compañía  comienzan a pensar en la veracidad de los engranajes de ese terrible mecanismo que han puesto en marcha. Aun peor, caído el documento en las manos de un grupo de personas que se lo toma muy en serio, el juego tendrá en efecto desenlaces siniestros.

Eco, el constructor de fantasiosos mundos, se sirve así del largo y tortuoso camino de Casaubon y sus amigos para plantear no solo el problema de las mentiras integradas a teorías de la conspiración, sino el de sus peligrosas consecuencias. Riesgos que, como en la novela, pueden ser personales, pero que también pueden llegar a tener alcances mayores.

Basta recordar a ese respecto la ingente cantidad de falsificaciones que reunidas y acopladas en un mismo cuerpo darían vida, en la segunda mitad del siglo XIX, a los “Protocolos de los sabios de Sión”, un libro antisemita adorado posteriormente por los nazis, y de cuyos numerosos padres falsarios, el novelista italiano se ocupa en su otra gran obra de complots “El cementerio de Praga”.

¿Pero cómo entender ese embelesamiento humano por esos embustes, esa pasión capaz incluso de influir en el curso de la historia? (“La gente está sedienta de planes, si le ofreces uno se arroja sobre él como una manada de lobos. Tú inventas, y ellos creen. No hay que crear más imaginario del que hay”, exclama Lia, la novia de Casaubon, en una parte del libro).

En “Apuntes para una teoría de las conspiraciones”, el italiano (el ensayista), basándose en otros autores como John Chadwick o Karl Popper, argumenta que el éxito de ese tipo de mentiras se debe a que estas pretenden ofrecer respuestas atractivas a quienes consideran que se les niega sistemáticamente información importante o a quienes creen que hay poderes ocultos responsables de sus personales o grupales infortunios.

“El complot nos consuela. Nos dice que no es culpa nuestra. Que algún otro organizó todo”, sintetizó en otra ocasión el escritor en una entrevista con la Revista Enie. Las teorías conspirativas son, en definitiva, una forma de descargarnos de nuestras propias responsabilidades.

Ante esa aplastante credulidad de nuestro tiempo, que tanto el novelista como el ensayista volvieron objeto de estudio, quizás solo quede el remedio de la prudencia que el buen Casaubon abandera antes de deslizarse en la locura de su propio plan.

“No es que el incrédulo no deba creer en nada. No cree en todo. Cree en una cosa cada vez, y en una segunda cuando deriva de alguna manera de la primera. Avanza como un miope, es metódico, no aventura horizontes (…) La incredulidad, lejos de excluir la curiosidad, la sostiene”.

Difícil tarea en una época donde la verdad queda muchas veces irremediablemente sepultada bajo capas y capas de información y opiniones.

Fascinantes paraísos infernales

Ernesto Mejía / @netomejia08

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Foto de http://www.casadellibro.com

Las islas han ejercido desde los tiempos más remotos un innegable magnetismo. En la antigüedad, mucho antes de que las artes de la navegación y la cartografía permitieran surcar los mares y volvieran al mundo un lugar completamente reconocible, los hombres llenaron la inmensidad de los espacios situados más allá de los límites navegables con masas de tierra imaginarias —que creían sin embargo concretas y reales— que se perdían en la infinidad de los océanos.

Esas figuraciones de tamaños variables y ubicaciones obviamente imprecisas fueron, en algunas ocasiones, continentes enteros, como la famosa Terra Australis Incognita, una tierra situada en el extremo sur del mundo, que hundía sus raíces en la Antigua Grecia y cuya creencia acompañaría a los marineros hasta el siglo XVIII.

Pero fueron también, y no en pocos casos, porciones más pequeñas, rodeadas por tenebrosos mares repletos de monstruos y amenazantes seres fantásticos.

Más allá de que el camino hasta esos lugares estuviera plagado de indecibles peligros, el imaginario asoció esos ignotos pedazos de tierra con un aura paradisíaca o con una misteriosa atmósfera llena de maravillas donde la vida discurría en un suave equilibrio.

En los confines noroccidentales del continente africano, en el Océano Atlántico, por ejemplo, los griegos situaron las Islas Afortunadas o de Los Bienaventurados, un lugar donde las almas virtuosas alcanzaban el descanso eterno después de la muerte.

Y bajo la forma de una isla representaban también, por lo general, a Tule, una región que se creía habitada por una raza primordial y que según algunas tradiciones se encontraba en el extremo septentrional del mundo conocido, a seis días de navegación del archipiélago británico.

Más tarde, cuando los países de Europa se lanzaron a la conquista de los mares, las visiones de islas colmadas de tesoros serían también una de las fuerzas que impulsaría a exploradores y piratas a cruzar todas las fronteras marítimas imaginables. Motivados por leyendas que habían escuchado entre los incas, navegantes españoles llegaron a la actual Oceanía, a un archipiélago al nororiente de Australia que bautizarían como Islas Salomón, puesto que las creían relacionadas con la región de Ofir, donde se suponía estaban las míticas minas del rey bíblico.

Con todo eso, apenas es extraño que el simbolismo de esos territorios aislados de la civilización sirviera para alimentar también las más variadas ficciones políticas o literarias. Aunque, con el correr del tiempo, varias de ellas comenzaran a poner en entredicho su aura paradisíaca.

Tomás Moro y Johann Gottfried Schnabel imaginaron sí, en esos escenarios, el surgimiento de una sociedad nueva y feliz en sus obras “Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía” y “La isla de Felsenburg”.

Sin embargo, Daniel Defoe y Julio Verne, entre muchos otros (tantos que terminarían por dar vida a un subgénero literario propio), explorarían un abanico de temas que irían más allá de la simple vida apacible. Los personajes de sus novelas “Robinson Crusoe” o “La isla misteriosa” servirían para poner en perspectiva temáticas como el instinto de supervivencia o la deshumanización, así como la adaptación a la soledad y a los ambientes hostiles.

Robert Louis Stevenson, por su parte, en “La isla del tesoro”, trataría de abordar los peligros de la ambición y la dureza del abandono. Mientras que William Golding profundizaría en la pérdida de la inocencia, la barbarie, el autoritarismo y la maldad humana en “El señor de las moscas”.

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La isla de Utopía. Imagen tomada de Wikipedia.

En una era donde prácticamente todos los rincones del mundo han sido explorados y las comunicaciones y los avances tecnológicos nos han granjeado una sensación de seguridad e inmediatez, la tentación de que dichos relatos nos parezcan hoy, en el mejor de los casos, entretenidas historias de aventuras, fábulas de un pasado distante, imposibles de suceder en un mundo como el nuestro, es grande.

Por eso “Atlas de islas remotas. Cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré”, de Judith Schalansky, resulta una agradable sorpresa. Su obra, una metódica mezcla de historia, crónica y cartografía, es un retrato somero de una selección de territorios insulares —deshabitados la mayoría de ellos, apenas identificables en un mapa mundi casi todos— cuyos pasados lejanos o recientes poco o nada tienen que envidiar a las más ingeniosas y retorcidas ficciones de los siglos anteriores.

Pero es también una prueba manifiesta de que, por sus características, las islas, a pesar de la fascinante belleza de muchas de ellas, continúan siendo escenarios donde cohabitan lo insólito, las privaciones y los peligros.

Schalansky dice incluso que la existencia tranquila en esas tierras que parecen ir a la deriva en medio del mar, lejos de los grandes asentamientos humanos y de las rutas  de transporte masivo, es más bien una rara avis.

“El paraíso puede que sea una isla. Pero el infierno también. La vida pacífica es más la excepción que la regla en un pequeño trozo de tierra; es mucho más común encontrar a un dictador ejerciendo un régimen de terror que una utopía igualitaria (…) Alejados del ojo público, las islas se prestan para el abuso de los derechos humanos, para que se detonen bombas atómicas o para que se pongan en marcha desastres ecológicos. No hay ningún jardín del Edén intacto en los bordes de este interminable globo. En lugar de eso, los seres humanos que han viajado cada vez más a lo ancho y largo del planeta han terminado por convertirse en los mismos monstruos que echaron de los mapas”.

En su lista saltan ejemplos de territorios que por su lejanía y aislamiento sirvieron para el confinamiento o para infligir duros castigos. Tal es el caso de Santa Elena, en el océano Atlántico, lugar de exilio y muerte de Napoleón Bonaparte; y Norfolk, en el Pacífico, una de las más temidas colonias penales británicas del siglo XIX.

También destacan islas donde se realizaron prácticas condenables para el mundo occidental, pero que hasta cierto punto pueden parecer comprensibles en su contexto, como el infanticidio, en Tikopia (Océano Pacífico), o el canibalismo, en San Pablo (en el Índico); sin contar otras, claro, donde las más rocambolescas historias desembocaron en desgraciados hechos de sangre.

Cabe en ese último apartado, la historia del atolón Clipperton, ubicado a 1,080 kilómetros de la costa Pacífico de México, donde a inicios del siglo XX existía una guarnición militar de ese país. Un asentamiento al que el estallido de la revolución mexicana (1910) le cortaría el suministro de provisiones y que quedaría finalmente  abandonado a su suerte. Diezmada por el hambre y el escorbuto, así como por los intentos fallidos de sus hombres por alcanzar las costas de Acapulco, su población de un centenar de personas terminaría reducida, en 1916, a un solo hombre y a una quincena de mujeres y niños. Ese último hombre, el antiguo guardián del faro, llamado Victoriano Álvarez, se proclamaría rey  e iniciaría un régimen de terror que se extendería hasta julio de 1917, cuando un grupo de sus víctimas lo asesinaría.

En un afán por demostrar, acaso, que el horror en ese tipo de territorios no es el patrimonio exclusivo de un pasado remoto y que este continúa encontrando en ellos elementos que ayudan a su reproducción, Schalansky incluye en su lista los casos de Pitcairn y Diego García.

El primero, una isla de solo 4.5 km², a mitad de camino entre Nueva Zelanda y Perú, habitada por una cuarentena de personas, todas descendientes de los amotinados de la embarcación HMS Bounty (S.XVIII), vio en 2004 a la mitad de su población masculina enjuiciada por supuestamente haber abusado durante décadas de niños y mujeres del lugar.

El segundo ejemplo, el mayor de los territorios del archipiélago de Chagos, un grupo de islas y atolones situado frente a la costa oriental de África, sufrió, entre 1968 y 1973, la expulsión de más de 500 familias nativas. La medida fue parte de un acuerdo por medio del cual, el Reino Unido cedió a Estados Unidos por un período de 50 años, el referido archipiélago para que instalara en él una base militar que paradójicamente bautizaría como Camp Justice.

Si bien desde entonces, al menos dos tribunales británicos han determinado que la expulsión de esos habitantes fue un acto ilegal, otras cámaras han anulado las resoluciones, impidiendo hasta la fecha, el regreso de los chagosianos a su tierra.

A lo mejor, una de las raras excepciones que escapa a la terrible lista esbozada por la autora sea la isla Pedro I, en el océano Antártico. Un desierto de hielo de 156 km² coronado por un volcán extinto, donde las temperaturas oscilan todo el año entre los 1° C y los -24° C. Con un detalle extra: nunca en su historia, la isla ha estado habitada. De hecho, refiere Schalansky, hasta la década de los 90, la Pedro I había recibido menos visitantes que la luna.

Peligrosa y frágil cohabitación o la más absoluta de las soledades, tal parecen ser las opciones en esos territorios perdidos. Como decir: los paraísos solo existen en las religiones. O en los mitos.

 

La ilusión del progreso técnico

Ernesto Mejía / @netomejia08

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Si en 1945, con el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, el mundo asistió horrorizado a las consecuencias del uso militar de la energía nuclear, en abril de 1986, con el accidente de la central eléctrica de Chernóbil, la humanidad despertó abruptamente de la ilusión civil y pacífica en la que creía haber confinado a dicho espíritu.

En el breve lapso que separa unos eventos de otro, una expandida creencia, teñida de una ciega fe en el progreso, había pretendido que la simple reorientación de esa fuerza hacia aplicaciones no bélicas, sería suficiente para que esta nos entregara, a cambio, todo lo mejor de sus beneficios.

Así, se suponía, que el empleo de esas reacciones atómicas en espacios civiles altamente controlados, nos abriría un mundo de posibilidades energéticas. En pocas palabras: electricidad constante y limpia a precios competitivos que reduciría la dependencia de los combustibles fósiles.

Pero si el accidente de la central estadounidense Three Mile Island, en 1979, había encendido ya una luz de alarma sobre la contundencia de esos supuestos, el ocurrido en la ex Unión Soviética resquebrajaría en buena parte de la opinión pública la confianza en la seguridad de dicha tecnología, independientemente de las buenas intenciones con las que fuera utilizada.

Aunque el debate sobre la pertinencia de esas centrales ha continuado, reavivado en 2011 con el desastre de Fukushima, la posibilidad de que el mundo abandone la energía nuclear parece lejana. Con todo y que la euforia de las tres primeras décadas haya dado paso  en los años siguientes a una cierta moderación. Según el Organismo Internacional de la Energía Atómica, el número de reactores en operación a escala global pasó de 1 a 389, en tan solo el período comprendido entre 1954 y 1986. Desde entonces, entre nuevas construcciones y aquellos que han sido apagados, el número ha rondado los 440.

En su ensayo “Reflexiones sobre la ambivalencia del progreso técnico”, aparecido en 1965, el sociólogo y filósofo francés, Jacques Ellul, discurría precisamente sobre la simpleza en la que se podía caer al tratar de dividir los aspectos “buenos” y “malos” del desarrollo técnico.

Ellul concluía, entre otras cosas, no solo que todo progreso de ese tipo está compuesto irremediablemente tanto de elementos  positivos como negativos, cuya disociación es imposible, sino que este conlleva una gran cantidad de efectos imprevisibles.

Aun más, para el sociólogo, el conjunto de todas las técnicas a escala global, que él eleva a categoría de “sistema”, modifica y condiciona al ser humano de tal forma que las elecciones sobre sus usos no dependen ya únicamente de él, puesto que ese sistema es una esfera autónoma regida por sus propias dinámicas y reglas donde se imponen criterios como la “mayor eficiencia posible” o la “necesidad”.

“En el conjunto del fenómeno técnico (…) dejamos de ser independientes, no somos un sujeto entre objetos sobre los cuales podríamos tener una influencia autónoma y frente a los cuales podríamos libremente decidir nuestra conducta; estamos implicados muy estrechamente en este universo técnico y condicionados por él. (…) Lo que hay es que estamos situados en un universo ambiguo en el cual cada progreso técnico acentúa la complejidad de la mezcla de elementos positivos y negativos. A más progreso de la técnica, más inextricable deviene la relación del ‘buen’ y del ‘mal’ uso, y más imposible es la elección, y menos podemos pues escapar a los efectos ambivalentes del sistema”.

A despecho de que “Voces de Chernóbil”, uno de los tres únicos libros de Svetlana Alexievich, premio Nobel de Literatura 2015, que hasta el momento han sido traducidos al español, refiera al contexto específico de la era soviética, sus páginas son también un recordatorio de esa ambivalencia, de esa imprevisibilidad del progreso técnico.

“El átomo militar era Hiroshima y Nagasaki; en cambio, el átomo para la paz era una bombilla eléctrica en cada hogar. Nadie podía imaginar aún que ambos, el de uso militar y el de uso pacífico, eran hermanos gemelos. Eran socios”, exclama en una parte de su obra.

La confianza en una sola de esas caras, se creía entonces, empujaba hacia el futuro. Prípiat, para el caso, la ciudad que albergaría a la hoy tristemente célebre planta nuclear, había nacido de la nada en 1970. Enclavada en la actual Ucrania, a unos 16 kilómetros de la frontera con  Bielorrusia, la urbe sería la residencia inicial de los trabajadores que comenzarían a edificar, un año después, la central, llamada oficialmente Vladimir Ilich Lenin; un portento de la ciencia y la ingeniería que comenzaría sus operaciones en 1977 y que la Unión Soviética buscaría exhibir como parte de su prestigio en el mundo.

 

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Foto tomada de http://www.blog.kievukraine.info

Tal y como la central, que pretendía ser un reflejo del poderío comunista, Prípiat aspiraría también a convertirse en un modelo de la arquitectura y el urbanismo soviético.

Sus amplias avenidas, sus parques y jardines, los establecimientos de salud, las escuelas de formación profesional y técnica, así como su oferta cultural harían que se ganara pronto el mote de “ciudad del futuro” y que su población comenzara a crecer de forma importante. Para el momento del accidente, al cabo de solo 16 años de existencia, la urbe contaba ya con una población cercana a las 50,000 personas.

Todo esa pujanza se desvanecería en la madrugada del 26 de abril de 1986, cuando una serie de explosiones en el cuarto reactor de la planta expulsaría una cantidad de materiales radiactivos que cálculos posteriores han indicado fue unas 500 veces superior a la liberada por la bomba arrojada sobre Hiroshima.

En medio de un pésimo manejo de la crisis, el desastre hizo que el gobierno soviético evacuara solo hasta 36 horas después a todos los pobladores del área, y que Prípiat  y las regiones situadas en un radio de 30 kilómetros alrededor del reactor se convirtieran en una “zona de exclusión” que no podrá ser habitada nunca más.

Si bien la comunidad científica ha coincidido en que la disipación de los materiales radiactivos tomará, en el mejor de los escenarios, unos 24,000 años, la contabilidad de los daños humanos ha sido mucho más controvertida. No solo por el secretismo con el que las autoridades de la época manejaron el caso, sino también por las diferencias en los métodos y enfoques con los que las agencias e instituciones han tratado de medir el impacto desde entonces. La pregunta sobre el aumento en la incidencia de cáncer en las áreas cercanas ha sido un ejemplo de ello.

De cualquier forma, hay un cierto consenso en que aparte de las 30 personas que murieron  por la explosión, hubo al menos otras 600,000 más (entre cuerpos de seguridad, bomberos, ejército y personal sanitario que atendieron la emergencia y ayudaron a la limpieza de la zona) que sufrieron las mayores dosis de radiación.

Según información que Alexievich reseña en su libro, de la reconfiguración geográfica surgida luego de la caída de la Unión Soviética, su país, Bielorrusia, sería uno de los que al final cargaría con la peor parte. Datos de 1996 daban cuenta de que mientras que Rusia y Ucrania solo reportaban un 0.5 % y un 4.8 % de sus territorios contaminados por la radiación, respectivamente, en Bielorrusia esa porción se elevaba a 23 %.

Asimismo, como consecuencia de la explosión, el número de casos de enfermedades oncológicas en esa república se multiplicaría por 74, pasando de una tasa de 82 por cada 100,000 habitantes a una de 6,000 por cada 100,000 habitantes.

Es a ese abismo nuclear al que trata de acercarnos en su obra la escritora y también periodista bielorrusa. Lo hace tejiendo una minuciosa composición de cientos de voces que sobrevivieron de alguna manera al horror y en la que no existe prácticamente ninguna floritura literaria. Como en un documental con apenas edición, el lector se ve confrontado a una serie de testimonios yuxtapuestos (entrevistas recogidas a lo largo de 20 años y que Alexievich llama “monólogos”) que describen un mundo de límites confusos, donde los alcances de la tragedia no se divisaron si no muy tarde. Un mundo que descubre poco a poco, entre las mentiras oficiales y los desalojos, la verdadera  amenaza; un peligro mortal e invisible que no conoce y para el cual no está preparado.

La sucesión de voces establece un retrato de doloroso desarraigo, un sobrecogedora fotografía que nos asoma a la lenta desintegración de cientos de vidas a las que la autora trata de rescatar del olvido.

En sus páginas abundan historias de solidaridad, de amor incondicional, de valentía, de resistencia ante el dolor y la muerte, de verdadero sacrificio y heroísmo incluso. Pero como en toda situación extrema donde han saltado por los aires los “imperativos categóricos” kantianos, también abundan ejemplos de engaños, de egoísmo, de corrupción.

Hay que decirlo, “Voces de Chernóbil” no es un libro para evadirse o para pasar un apacible fin de semana. Su lectura, incómoda a veces, nos obliga a ver un pasado que se trasviste por momentos con ropajes de porvenir; un peligroso futuro que nadie puede descartar con certeza, y del cual, sin embargo, nos sentimos tan incomprensiblemente a salvo.