Crítica y autocrítica desde un balcón con vista a la plaza

 

30188932431_9635a0d902_b1
Portal La Dalia. Foto tomada de skyscrapercity

Ernesto Mejía/ @netomejia08

 

— Te lo digo en serio, un montón de veces creo que hay muy poco de heroico en lo que hicimos.

Las palabras se deslizaron de los labios de Joaquín despacio, como ligeramente pegadas una tras otra, enredadas en el regusto pastoso que le habían dejado las cinco o seis cervezas que se había tomado. Por las altas ventanas de doble hoja abiertas de par en par, junto a las que estaba sentado, se colaba el sol de las cuatro y treinta de la tarde dibujando un rectángulo de luz que bañaba sus piernas, una parte del piso y la mesita de madera donde él y, al otro lado, Roberto posaban de vez en cuando sus envases.

Ambos se habían conocido en 1978, en el primer año de sicología, en la Universidad de El Salvador; se habían enrolado en una sociedad de estudiantes y, luego, cuando la represión del gobierno se había recrudecido y el camino al desfiladero de la guerra civil parecía ya inevitable, habían compartido un largo viaje a la clandestinidad que los había llevado a combatir en la zona norte de Cinquera —la legendaria Radiola— yendo y viniendo, durante una década, entre Cabañas y Cuscatlán.

Al finalizar la guerra, sus caminos se habían separado. Joaquín había rodado de trabajo en trabajo, ayudando en escuelas la mayor parte del tiempo, hasta conseguir un puesto en el departamento de Conservación de la Biblioteca Nacional, mientras que Roberto, hombre recio que había quedado acostumbrado a las penalidades de la guerra, se había empleado como vigilante en una agencia privada de seguridad, y al cabo de cinco años había emigrado a Canadá, donde vivía una de sus hermanas y donde había conseguido un trabajo en la industria cárnica.

Aunque un vínculo intermitente se había mantenido entre ambos, a lo largo de todos esos años, los dos hombres no habían vuelto a verse más desde los inicios de 1993, cuando habían desembarcado de regreso en San Salvador y sus respectivas obligaciones diarias, primero, y las fronteras geográficas, después, habían terminado por imponer distancia entre ellos.

Hacía unos días, sin embargo, luego de una ausencia de 17 años, Roberto había regresado al país para enterrar a su madre y le había propuesto a su antiguo amigo de armas juntarse aunque fuera para tomarse un café. Joaquín había dicho mejor cerveza y lo había citado en ese lugar que no era un bar sino un billar, situado en el segundo piso de uno de los edificios más viejos de la ciudad.

A Joaquín le gustaba aquella estructura centenaria que estaba a solo un par de cuadras de su trabajo. El elegante estilo art nouveau de su fachada, la gracilidad de sus columnas que soportaban toda la complejidad de su segunda planta y daban paso una serie de arcos entre rebajados y trebolados, sus balcones antepechados y voladizos, los detalles circulares de sus balaustradas, las hojas de acanto que sobresalían por debajo de su cornisa, el viejo esplendor de su nombre: La Dalia; una flor resistiendo el paso del tiempo en medio de la proverbial decadencia del centro, todo anegado por el humo y la inmundicia, la delincuencia, los puestos callejeros con su característico olor a frutas y verduras pudriéndose al sol.

— Nos enfrentamos a una de las dictaduras más largas y sanguinarias de América Latina, replicó Roberto, apresurado, como picado en su orgullo. Una dictadura apoyada por los gringos. Y no nos derrotaron. Es más, con una fuerza de solo unos 10,000 hombres pusimos a parir enanos a este país en noviembre del 89. Hicimos que se refundara de nuevo la República. No es poca mierda esa. ¿O sí?

— No, pues, no. ¿Pero vos te acordás por qué luchábamos? ¿Por qué decidimos irnos a la clandestinidad después de los funerales de Romero? Cuando justo aquí, en esa misma plaza que tenés ahí enfrente por poquito nos quiebran el culo cuando veníamos corriendo de allá arriba, huyendo del talegaceo de la Barrios.

— Para eso nos fuimos a pelear, ¿no? Para que no nos quebraran el culo, ni a vos, ni a mí, ni a nadie solo por pensar diferente.

— ¿Solo para eso?

— Para conseguir justicia, democracia, libertad, sí. ¿Para qué si no?

— No sé. Ya se te olvidó que peleábamos por “el pueblo”.

— Claro. También.

— Pero no fue cierto. Ese fue el velo poético que le pusimos todos los que nos fuimos al monte a luchar. La verdad es que nos matamos solo porque había un grupo que no dejaba llegar al poder a otro. Eso fue todo: una lucha por el acceso al poder.  Una guerra para ver quién mandaba. Oligarcas y pequeño burgueses dándose pijazos con el pueblo en medio. Si no mirá quiénes fueron los primeros de nosotros en radicalizarse, los que dirigieron: estudiantes, cristianos de la burguesía, sacerdotes, profesionales liberales, intelectuales, clasemedieros. Los pobres y los campesinos eran el tema, pero no los que hablaban. A las estructuras económicas de este país apenas y les hicimos cosquillas. Releete el capítulo V del Acuerdo de Paz, donde tocan el tema económico y social. Hablan de una “plataforma mínima” para el desarrollo de la población. Mínima. Ni eso cumplieron del todo. Un chiste.

— Si se hubieran puesto a negociar en la mesa todo el sistema económico, no hubieran terminado nunca y hubiéramos seguido matándonos.

— Sí, ya sé. Y también sé que gran parte de la culpa de que no se cumpliera ese capítulo es de la derecha. Al Foro de Concertación lo desmantelaron vilmente. Pero yo no espero nada de la derecha; y amor no quita conocimiento, hermano. Tanto fue la guerra una lucha por llegar al poder que los comandantones legalizaron el partido y con el tiempo se acomodaron. Ya van con el segundo período presidencial y mirá. Ya nada los incomoda. Ahora venden solo una marca.

— Mejor voy por otras dos, antes de que te pegue un vergazo, dijo Roberto, poniéndose de pie y haciendo ademán de golpearlo con los envases vacíos, mientras sonreía y descargaba un par de palmadas afectuosas sobre el pecho de su amigo.

— Apurate, Dimas, replicó Joaquín, también sonriente, soltándole su nombre de guerra.

Siguió con la mirada a ese hombre robusto casi calvo, de espesa barba entrecana y piel renegrida, sortear un par de mesas de billar, cruzar el espacio trapezoidal situado en medio de la sala, donde usualmente se daban cita unos viejitos para jugar dominó, hasta alcanzar la barra, donde ordenó las cervezas.

En el aire del lugar estallaba, a intervalos más o menos regulares, el tronido seco de las bolas entrechocando sobre las mesas. Flotaba el parloteo monocorde de los parroquianos, el rumor de un pregón que subía de la calle y se ahogaba entre el  ruido de los carros y los buses.

Joaquín se puso de pie y se arrimó al balcón. Se dejó atrapar por la sucesión armoniosa y equilibrada de los arcos de medio punto del Portal de Occidente que se erguía a su derecha. Inspeccionó con deleite la estructura tricolor, sus columnas corintias pintadas de rojo, la hilera de ventanas de su segunda planta toda pintada de amarillo, sus parapetos intercalados donde se posaban unas palomas, el friso blanco que atravesaba todo el conjunto en su parte alta justo antes de la cornisa y se desvanecía allá en la esquina sur donde hasta antes del terremoto del 86 podía verse la mole vecina del Edificio Comercial y donde ahora no había más que un hueco rellenado por un local vacío.

Acariciándose la recortada barba blanca, paseó sus ojos sobre la plaza. Entre los arriates, vio a los mismos lustrabotas de siempre, algunas personas pasando la tarde sentadas en unas bancas, grupos de oficinistas y obreros que regresaban a sus casas. Y luego, hacia el oriente, adentrando en el cielo el perfecto arco de su techo desprovisto de columnas, la iglesia El Rosario, un inmenso caparazón de tortuga todo hecho de concreto y vidrio enquistado ahí en el medio de la ciudad.

El sol comenzaba a caer. Desde el horizonte, detrás de la columna del Monumento a Los Próceres y del ruinoso edificio del excine Libertad, las ondulaciones azuladas del cerro San Jacinto le trajeron a la mente los días difíciles del conflicto: la humedad de un bosque, un pueblo arrasado por el Ejército, mujeres, ancianos y niños que huían y se refugiaban en cuevas, el hambre y la sed, el zumbido de los A-37, el estruendo de los morteros de 120 mm. Y en medio de toda esa locura y ese dolor, el recuerdo vigorizante de los baños en unas pozas frías, la camaradería entre las pausas del combate, la repentina magia de unos cerros desde donde se veían, a lo lejos, los destellos metálicos del embalse del Cerrón Grande y las montañas sombreadas de Chalatenango.

— Vaya, lo interrumpió Roberto, extendiéndole un envase.

— ¿Te acordás de Ramón? Preguntó Joaquín, dándole un sorbo a la cerveza.

— Claro. El más bicho de nuestra escuadra cuando llegamos al campamento. 16 años. Caído en un bombardeo en el cerro Azacualpa. Fue el primero que vimos caer.

— ¿Y de Jesús, su tío materno, uno de los que ajusticiamos cuando entramos a Cinquera, en el 83, después de un juicio sumario, por ser defensa civil?

Los dos hombres guardaron un breve silencio, al cabo del cual Joaquín agregó:

— Eso fue la guerra en este país tan chiquito, hermano. Una matanza entre familiares.

— Puta, Joaquín, a vos ya se te olvidó todo. Cómo nos mataban solo por salir a protestar; cómo te jodían los guardias por andar con el pelo largo, o con tenis, o por ser estudiante y tener equis o ye libro. Ya se te olvidó cómo podían entrar a tu casa en medio de la noche, catear y después desaparecerte. Aquí no había derechos, ni garantías, ni nada. Y, pues sí, a la guerra uno no va a tirarse besos. Pero vos hablás como si el esfuerzo y la vida de tanta gente no hubiera servido de nada.

— No me malinterpretés. Guardo un profundo respeto por eso y no creo haya sido inútil. Por algo di parte de mi vida a la lucha. Pero creo que para lo que logramos, el costo fue demasiado alto. Ya ni siquiera estoy seguro de si en verdad fue inevitable todo ese baño de sangre. Tal vez los reformistas tuvieran razón allá a principios de los 80. Pero entonces a los moderados de uno y otro lado los mataban. Un reformador de izquierda era casi un derechista, un blandengue. Uno sabía que el gran dios Lenin renegaba de ellos, por tibios. Y lo mismo en el otro bando: un reformador de derecha era un comunista. Los que repartieron la baraja fueron los manoduristas, hasta que todo se fue a la mierda. Ese es el gran fracaso de nuestra generación, no haber podido resolver esos problemas de otra forma. Hasta la libertad la conseguimos a medias, hombre. Y eso que éramos una fuerza de liberación. Pues sí, forzamos el fin de la dictadura, pero…

— Ahora podés votar sin que te hagan fraude, lo interrumpió Roberto. No hay un solo partido que gana todo, podés organizarte, salir a la calle, protestar. Putear al presidente si querés.

— Sí, pero la libertad es más que eso, Beto, y vos lo sabés.

— Eso lo ganamos guerreando. Imaginate si no hubiéramos luchado. No tendríamos ni eso.

— A lo mejor. Pero es que yo, como decía Sábato, no se me hace la libertad sin justicia social. No se puede ser verdaderamente libre cuando hambreás. Y aquí hay mucha gente hambreando. A lo sumo podés elegir entre morirte de hambre aquí o morirte en el desierto yendo hacia el Norte. Libertad, esa bonita palabra.

Joaquín hizo otra pausa paladeando el sabor amargo que le había dejado la cerveza y continuó.

—  Ahí está esa plaza, la más antigua de la ciudad, donde empezó San Salvador. La Plaza Libertad. Bautizada así por una dictadura ¿Hay algo más paradójico que eso? Nuestra Libertad es como el excine ese que está allá en la otra esquina, con ese letrero antiguo encima. Ahora que medio se atreven a venir al centro, los libertarios se toman fotos con eso de fondo. Y es “cool”. Pero el edificio es una ruina. Un cascarón vacío. A pues así.

— ¿Y entonces, con cincuenta y tantos años encima, qué proponés? De nada sirve tu crítica sin, cómo era, la acción transformadora de la praxis, soltó Roberto con un dejo irónico en la voz.

Joaquín sonrió

—Nada, dijo. Nuestra generación ya la cagó. Para bien o mal dejamos esto. Les toca a los que vienen atrás. Lo triste es que un montón de los que hoy se dicen de izquierda, por gusto. Ahí andan como quinceañeros encantados con el alcalde, buscando un caudillo. Como si no hubiéramos pasado ya por eso. Si de ahí venimos, viejo.

La calle hormigueaba ahora con un ritmo cada vez más frenético. Unos destartalados buses rojos   pasaron dejando tras de sí una negra estela de humo.

— Pero ya puestos, retomó, te propongo refundar el país.

— ¿Cómo así?

— Así, en nuestra mente, solo por joder. Empecemos con  esta plaza que es el símbolo perfecto de las pajas que nos gusta darnos, con ese nombre tan bonito. Algo así como en la escena de Luz Negra; rebauticémosla. Pero no como en la obra, tan influenciada por el absurdo de Beckett, donde los personajes se la pasan todo el rato proponiendo el mismo nombre como si fueran diferentes y al final terminan llamándola igual: Plaza Libertad. No. Tiene que ser un nombre como más representativo de este despije. Comenzá.

— A ver, respondió Roberto. Un nombre, un nombre… No se me ocurre nada.

— Dale, pensá.

— Vaya, en el San Salvador de antes hubo una calle de La Amargura, que es hoy la 6a. calle Oriente, le podemos poner Plaza de La Amargura. Le quedaría cabalito.

Joaquín soltó una carcajada.

— Me gusta. Pero suena así como muy religioso.

— ¿Y qué? Este es un país bien religioso, contestó Roberto.

— Cierto. Pero qué tal ¿Plaza de Las Oscuranas? Como la calle del barrio La Vega. Casi 200 años de vida republicana sin ver la luz.

— Buena esa. O Plaza de la Sin Ventura, como la calle esa de Antigua, pegada a los portales. Sin felicidad, ni suerte.

— Me gusta. Te acordás que en la obra hay una parte donde una de las cabezas de los decapitados, Goter, creo, el revolucionario, declara así todo solemne, algo como: “Por eso cuando el Partido llegue al poder le vamos a cambiar el nombre”. ¿Cómo creés que le hubiéramos puesto si hubiéramos alcanzado el poder en la guerra?

— Ni idea

— Yo creo que ahí sí no se equivocaba Menéndez Leal. Le hubiéramos dejado Plaza Libertad. No hay nada más conservador que un revolucionario cuando ha llegado al poder.

— O quizás le hubiéramos puesto Plaza de La Libertad Popular para diferenciarla de esta libertad burguesa.

Los dos hombres rieron con la ocurrencia.

— Vaya, pero busquemos un nombre así como menos lúgubre, para no ahuevarnos más, y que pueda convenirnos a todos, izquierda y derecha. Como, por ejemplo, Plaza del Pueblo, esa palabra comodín que ocupan todos para justificar sus decisiones. Además suena elegante, como la Piazza del Popolo, en Roma.

— No está mal. Pero como la palabra no habla de algo parejo, pongámosle mejor Plaza del Pueblo Vencedor. Y como estamos polarizados queda bien. Así ya se sabe de qué pueblo hablamos. Del que se sienta representado por el partido en el poder. Así, cinco, diez, veinte años. Y los demás que se jodan.

Los dos hombres volvieron a reír, con la risa boba de los que han bebido demasiado.

— Imprímase, sentenció Joaquín. Salud.

— Salud, correspondió Roberto.

Los envases chocaron y soltaron un tintineo claro, como el sello definitivo de ese improvisado pacto. Abajo, en la plaza, algunas luces habían comenzado a encenderse. A Joaquín se le antojó acaso más bella.

 

 

Anuncios

La caída de Alberto

 

Ernesto Mejía / @netomejia08

En su oído resonó una detonación, áspera, seca, y tuvo la repentina sensación de que algo se había quebrado dentro de él, como si su conciencia se desplomara en una lenta implosión, en una caída hacia un vacío interno e insondable.

Recordó, aunque ya no sabía si ese era el verbo correcto, la luz de una vieja mañana mecida por la brisa de diciembre, la verja de una casa desde donde se veía una calle y a cada lado de la entrada de esa casa de muros bajos, un sauce y un nudoso almendro. Visualizó un tiempo, otro tiempo,  de largos días agitados y convulsos. Una muchedumbre en desbandada, una plaza  vacía, un tiroteo, algunas explosiones, las campanas de una iglesia tocando a rebato, su propio cuerpo tirado sobre una acera de esa ciudad, de ese país que empezaba a transitar su penoso camino de sangre y fuego.

Se hizo de noche. Y a esa noche le sobrevino un alba. En medio de ese brutal despertar, despojado ya de su más temprana inocencia, le llegó el rumor de un día triste de lluvia, vio a un grupo de estudiantes pintando acuarelas grises y lechosas; un barquito de papel flotando en la corriente de un canal, y, luego, justo antes de que el barquito entre remolinos desapareciera por un resumidero, el lento correr del agua le trajo un cúmulo de imágenes que lo arrobaron: un riachuelo cerca de la costa, la centenaria majestuosidad de un bosque nebuloso, una parvada de pericos volando hacia el ocaso, cientos de golondrinas posadas sobre los cables del tendido eléctrico, los vetustos almacenes de la ciudad, una cafetería olvidada que servía los mejores relámpagos del mundo o eso creía, el cansado vendedor de barquillos con su carga al hombro,  las alegres bolsas de botellitas —esos coloreados trozos de azúcar cristalizada— el dulce de chilacayote y las manzanas caramelizadas, la elefanta, los monos y el león del zoológico, una cesta de chibolas y un capirucho, un aro hula hula que giraba, giraba y giraba.

Ah, la vasta colección de discos, aquella aguja dando vueltas sin parar, yendo de un surco a otro, liberando en cada arada una portentosa sucesión de sonidos. Sentado sobre el piso pudo verse ahora deslizando con la punta del índice las fundas de aquellos elepés esmeradamente depositados en unos anaqueles de madera: el All n’All de Earth, Wind and Fire; el High Energy, de The Supremes; el Midnight Love, de Marvin Gaye; el Off The Wall, de Michael Jackson; el Abraxas de Santana; el Siembra y el Canciones del solar de los aburridos de Colón y Blades;  El Works (I y II) de Emerson Lake & Palmer; el Rumours, de Fleetwood Mac; el Book of Dreams, de Steve Miller Band; El Fragile y el Close to the Edge, de Yes; el Long John Silver, de Jefferson Airplane;  el A New World Record, de ELO;  el Breakfast in America, de Supertramp; el News of the World de Queen; el It’s only Rock and Roll y el Love you Live de los Stones; el álbum blanco de los Beatles.

Al pasar la aguja rasgando la tercera pista del Houses of The Holy, y alzarse la voz de Robert Plant, clara y despreocupada, cantando esa alegre invitación para hacerse al camino, se sorprendió pasando las hojas de un añoso libro de las Ediciones Minotauro. La novela narraba una historia de un tiempo remoto, el inicio de un viaje, en una hermosa mañana poco antes de la llegada del mes de mayo. La expedición recorría caminos que cruzaban valles y colinas. Y a lo largo de esa ruta que iba haciéndose cada vez más tenebrosa, lo atrapaba la creciente figura de aquel hechicero de sombrero azul y capa gris que fumaba una pipa y lanzaba anillos de humo al aire.

Cuando levantaba la vista de las páginas, veía a través de unas ventanas las cortezas verdes y granates de unos eucaliptos, y, alrededor suyo, ordenados en anchas estanterías, los lomos de unos libros que lo pondrían sobre la pista de la amplitud del mundo: Astérix, Tintin, Iznogud, Lucky Luke, Corto Maltese y Spirou y Fantasio, pero también El castillo de los Cárpatos, Cuentos de cipotes, La aguja hueca, Colmillo blanco y la Isla del tesoro.  Y en estantes más apartados, reservados para un público mayor, aquellos otros tomos que hojeaba a hurtadillas desperezando las primeras cosquillas del deseo:  La bicicleta azul, de Régine Desforges; El click, de Milo Manara; Barbarella, de Jean-Claude Forest.

Ese regusto de lo prohibido, tardes entre revistas y precipitadas bocanadas azules. Y luego, pasado el tiempo, las escapadas para acercarse de un paso trémulo y vacilante hasta la firmeza y la humedad de aquel cuerpo recién descubierto que se entregaba en la oscuridad, no sin ciertos reparos, al suyo.

¿Fue para entonces —cuando sonó la amarga hora de los desengaños— cuando empezó a sentir aquella confusa mezcla de amor y menosprecio por aquella ciudad desfigurada por las penurias de los años de la guerra? Esa ciudad pequeña, sucia, enmarañada, violenta y agobiante; alambrada y amurallada; desprovista de aceras; arañado su cielo por feos postes y cables; huérfana de referentes;  gran bazar a cielo abierto; rota, mil veces rota, y aburrida.

Y a pesar de todo había algo en aquellos días de aparente reconciliación, cuando volvían los exiliados y los guerrilleros,  y en los años que les seguirían, que la hacía vibrar, moverse a un ritmo diferente del que le había visto hasta entonces. Recobró la imagen entrañable de unas plazas llenas donde flotaba un sentimiento de confianza,  unos bares de artistas, alguna librería, revistas, festivales de teatro y música, unos museos, los lienzos de Carlos Cañas y Camilo Minero, las caricaturas de Toño Salazar, calles al filo del alba, dos o tres parques, amores furtivos, una serie de nombres entre filas de cervezas:  El basurero, El coctelito, El venado, Macondo, Los capulines, La tienda de la Pana y los amaneceres de Tecla; El Villafiesta, El Malibú, El bar de Fito, The Tomato Jungle, Los celtas, El arpa, Los tres diablos, El Video Bar, El Jarro café, La Cantineta, el Café Bagdad, Nancy’s  y La ruta Bacalao.

Maraña de días y canciones donde pronto se colarían el desencanto y el hastío, todo esa estúpida y descarnada violencia, la sensación de que todo iba camino de joderse aún más, el urgente deseo de partir, la grande fuite en avant que terminaría siendo solo un interminable ir y venir, un viaje de varias estaciones donde la terminal acabaría siendo siempre esa capital rabiosa y quemante. Eterno punto de partida y llegada. Fuente de amor y odio a partes iguales de la que nunca podría desprenderse.

Y ahora cuando volvía el eco de los pasos andados por aquel camino, le asaltaba un manojo de visiones fugaces y de bordes imprecisos: los paseantes de los Grandes Bulevares, La victoria de Samotracia; Amor y Sique; El Beverley —el último cine porno de París—; los terciopelos de Pigalle; un jazzbar en la rue Saint Jacques; la librería latina de la rue Monsieur Le Prince; Proust, Eco, Joyce y Pasolini; Fellini y Carpentier; las borracheras en Bastille; el apartamento de Armijo; El Belvedere, El Lacoonte y El rapto de Proserpina; la Piazza Navona; la cúpula de Santa María del Fiore; el Ponte di Rialto y la Ca’ d’Oro; los luminosos interiores de Vermeer; el puntillismo, el fovismo, el futurismo; las niñas de Balthus; las putas de Schiele, las antropometrías de Klein, el urinario de Duchamp; la madre cantando tangos en un patio de La Habana vieja; el Circus, en Pana; el Baviera, en Xela; el Barfly, en San Cristóbal; una estancia en la pampa; Florida y Corrientes; el Estadio de Obras; La Chascona; un viñedo en las afueras de Santiago; unos viejitos bailando en la plaza Fabini, esquina 18 de julio y Río Negro; los rectángulos de Rothko, las manchas de Pollock, las ridículas latas de Warhol; The Campbell Apartment, en Vanderbilt Avenue; un café en Barrio Amón; una playa en Puerto Viejo; las isletas de Granada; Unter den Linden; la antigua Opernplatz; un viaje en el río Elba; el mercado de mariscos en St. Pauli; el palacio de Cecilienhof; un bar hooligan en la Moselstrasse; la calle Neruda y la taberna de Dalton en Praga; el Danubio bajo el Puente de Las Cadenas; un strudel cerca de la Pasqualatihaus; el barrio de las Letras, el murmullo de las fuentes en La Alhambra; la Tacita de Plata; un pescadito frito en Sevilla; Lisboa desde São Pedro de Alcântara, el fantasma de Pessoa y un tranvía amarillo; una caminata por el malecón de Montreux.

Y junto a todo eso también, cada uno de los regresos a su ciudad, cada reencuentro en el que le pareció verla deteriorarse un poco más, carcomida por el crimen y el miedo; por la miseria que habían querido  disimular.  Vieja ciudad histérica cuyo desasosiego y tristeza mal contenida no habían podido arrebatarle aún a él, esa desconcertante capacidad de encontrarle, aquí y allá, algunos girones de belleza.

Por eso, en el último de sus regresos, no fue raro que volviera a complacerse en la altiva e imponente silueta de ese volcán que se adentraba en el vibrante azul del cielo, en la explosión de colores de sus árboles florales, en el jolgorio de las aves que se fundía con las llamaradas de la tarde justo cuando el aire del día empezaba a refrescar. Ni tampoco que se perdiera de nuevo entre sus bares. Porque, aunque con los años, los viejos lugares de su juventud habían desaparecido, la noche, a pesar de todos los peligros, le seguía pareciendo el momento en que San Salvador era menos insoportable. El momento en que la bestia feroz y desbocada por fin dormitaba, aunque, de más está decir —bien se sabía— lo hacía siempre con un ojo abierto.

De algún rincón de la mente, le vino la imagen de una de esas noches remojadas en licores. Se vio conduciendo sin rumbo fijo por las calles de la parte alta de la ciudad hasta parar, después de muchas vueltas, en un parque donde hacía muchos años  había tenido una conversación sobre libros y escritura con una joven de sonrisa franca, y durante la cual, recordaba, se había sentido alocadamente feliz.

Guiado por aquella aparición, se sorprendió descendiendo del carro, buscando, luego, en ese espacio iluminado apenas por un par de faroles, la banca donde había ocurrido aquel encuentro.  Una vez ahí, pareció paladear con agrado la soledad y la repentina nostalgia que lo embargaba. Soñaba con el rostro y la sonrisa de aquella muchacha ahora esfumados, que no eran, al fin y al cabo, más que la añoranza de su propia juventud soterrada por los años.

Envuelto en esa sensación, mezcla indescifrable a un tiempo dulce y amarga, como un digestivo o un veneno, se sintió, de pronto, aguijoneado por la sutil tristeza de no haber envejecido como había imaginado, de no haber alcanzado todo lo que había soñado, de haber perdido a sus contados amigos, porque el país los había expulsado o porque habían caído devorados por la espiral homicida de esa absurda posguerra de más de 20 años.

Notaba que por sobre la quietud de ese mundo, giraban allá arriba las constelaciones con un brillo indolente. Amortiguado por los árboles, llegaba hasta él, el ronroneo de  algunos carros que pasaban por las calles vecinas.

Estuvo así en silencio, enrollando y desenrollando sus pensamientos, quién sabe cuánto tiempo hasta que la sed vino a cerrarle la garganta. Se encaminó de regreso al carro y se dispuso a marcharse. Cuando la llave dio paso al zumbido del motor, sintió en la sien el frío acerado de un arma y escuchó una voz que le ordenaba bajarse.

Obedeció, tratando de calmar al atacante y de mantener la entereza. Sin darle chance a voltearse, la voz —carrasposa, como pasada por alcohol— le ordenó arrodillarse.  Pensó en su madre. Y aunque fuera absurdo, lo siguiente que se le vino a la mente fue la imagen del Muerte y Vida, de Klimt, perfecta alegoría de la existencia humana pero que él siempre había creído se ajustaba todavía más, si eso cabía, a la vulnerabilidad de la vida en aquella tierra, donde morir de viejo era un lujo,  donde la gente le arrancaba como podía retazos de normalidad a una cotidianidad oscura y brutal —refugiándose en sus pequeños círculos, desgranando cada instante, aferrándose a los suyos—  y donde la muerte, como en el cuadro del austríaco, acechaba constante con ese impúdico gesto de deleite, esperando el momento de abatir sus víctimas con su terrible maza.

En su oído resonó una detonación, áspera, seca. Sintió que caía, y en la caída creyó escuchar que alguien pronunciaba su nombre: Alberto, de forma precisa. Lo primero que recordó fue la luz de una vieja mañana mecida por la brisa de diciembre. Aunque, para entonces, ya no sabía si recordar era el verbo correcto.