El catecismo que pudo tomar el lugar del Manifiesto Comunista

 

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Ernesto Mejía / @netomejia08
Pueda que el nombre de Moses Hess no tenga el mismo lustre que el de Karl Marx o Friedrich Engels, pero su apoyo en el desarrollo y la consolidación del movimiento comunista en la Europa del siglo XIX fue trascendental. No solo porque el filósofo de origen judío, considerado por varios autores como el más antiguo socialista alemán, convirtiera a Engels al credo comunista y pusiera a Marx sobre la senda de un “colectivismo social militante”, sino también porque colaboró con ambos en la redacción de “La ideología alemana”, y porque su estudio “Sobre la esencia del dinero” contribuyó a fijar las ideas del autor de “El capital”.

Su influencia en las comunidades revolucionarias europeas hacia el final de la primera mitad del siglo XIX era tal, que su “Catecismo Comunista” bien pudo haber ocupado el puesto del ahora famoso Manifiesto.

La Europa occidental era en ese entonces un terreno fértil donde pululaba una red de grupos obreros clandestinos influenciados mayoritariamente por un socialismo idealista o utópico y donde el cientifismo de Marx y Engels era todavía una vertiente marginal.

Para el caso, Hess, según Isaiah Berlin, creía que el socialismo era la única salvación de la humanidad, no por una cuestión de eficiencia económica o por la emergencia de una clase social determinada, sino porque consideraba que solo este sistema tenía la capacidad de ser justo.

En contraste con las posteriores teorías de Marx, el filósofo, que pertenecía al denominado “socialismo verdadero”, no consideraba que el conflicto entre clases fuera deseable ni inevitable. Lejos de eso estaba convencido de que llegar a un ordenamiento socialista era posible si se persuadía a un número importante de personas de que los principios del altruismo, el amor y la justicia social eran superiores al egoísmo y que la cooperación entre los hombres era más beneficiosa que la competencia.

De ahí que creyera que uno tenía el deber de convencer a los demás, a través de argumentos racionales, de que el proyecto de una sociedad más feliz era realizable si se lograba una mejor distribución de los bienes.

Marx y Engels, que a pesar de todo mantuvieron hasta el final relaciones cordiales con Hess, despreciaban ese socialismo sentimental fundado en premisas morales y se burlaban del filósofo al que llamaban “el rabino comunista” o “el rabino Hess”.

Con todo, el nacido en Bonn logró que en 1847, la sección parisina de la Liga de los Comunistas, meses antes del segundo congreso general que se celebraría en Londres, a finales de noviembre, y donde se discutirían los estatutos y el programa de partido, aceptara originalmente como propia su propuesta.

La Liga, llamada anteriormente Liga de los Justos e incluso antes Liga de los Proscritos, y rebautizada luego del ingreso de Marx y Engels a sus filas, era a la sazón una de las organizaciones revolucionarias más importante de Europa Occidental.

Fundada en París, en 1836, por obreros alemanes desterrados, la Liga mantenía sus principales centros en esa ciudad y en Londres, y su importancia era tal que Engels se  había mudado de Bruselas a la capital francesa para tratar de atraer al grupo hacia las teorías del socialismo científico, algo que lograría justamente a inicios de 1847.

Según Heinrich Gemkow, autor de una biografía de Engels, cuando en octubre de ese año, este se enteró de que la sección de París había aceptado el catecismo de Hess, expuso sus objeciones, con lo que logró que el documento fuera desechado y que en su lugar se le encargara a él la redacción de un nuevo proyecto que sería discutido y enviado a Londres.

El uso del término catecismo, que en la doctrina cristiana hace alusión a una exposición de artículos de fe destinada a la instrucción religiosa, no era extraña en esos días en los círculos socialistas. No solo el comité central de la Liga, en su primer congreso, había llamado a las secciones afiliadas a que presentaran una propuesta de programa político, exhortándolas a que fuera “una profesión de fe comunista que pudiera servir de pauta para todos”, sino que Engels mismo había redactado también con anterioridad su propio “Borrador para la confesión de fe comunista”.

El filósofo retomaría parte de ese trabajo para reformularlo con la intención de dar forma al proyecto que le había sido encargado. Esa obra, que se encontraría hasta después de su muerte y se publicaría hasta 1914 bajo el título de “Principios del comunismo”, no le satisfacía, sin embargo, por completo.

Así se lo haría saber a su amigo en una carta de noviembre de 1847, en la que además lo citaba en Ostende, Bélgica, a finales de ese mes, para asistir juntos al segundo congreso de la Liga:

“Piensa un poco sobre la profesión de fe. Creo que sería mejor abandonar la forma de catecismo y llamar la cosa así: Manifiesto Comunista. Como es preciso hacer un relato histórico de cierta extensión, la forma que ha tenido hasta ahora no es la más apropiada. Llevaré lo que he hecho aquí, ¡es simplemente una narración, pero horriblemente redactada, a toda prisa! Comienzo así: ¿Qué es el comunismo? Y luego voy derecho al proletariado: la historia de su origen, su diferencia con obreros anteriores, el desarrollo de la contradicción entre el proletariado y la burguesía, las crisis, los resultados. Toda suerte de cosas secundarias son mezcladas, y al final, hablo de  la política del partido de los comunistas, en la medida en que pueda hacerse pública. Lo de aquí no ha sido sometido todavía por completo a la aprobación, pero confío en que, salvo pequeñeces insignificantes, podré hacerlo pasar de tal modo, que, por lo menos, no encierre nada contrario a nuestras convicciones”.

No se sabe si Engels llegó a presentar sus “Principios” en el segundo congreso, celebrado del 29 de noviembre al 8 de diciembre de ese año, pero lo que sí se sabe es que durante ese encuentro el grupo adoptó por completo las teorías de ambos filósofos y les encomendó por unanimidad la redacción del “Manifiesto del Partido Comunista”.

La historia posterior de ese documento, la forma apresurada en que lo redactó Marx, con ultimátum incluido por parte del comité central de la Liga, y su innegable influencia sobre todos los movimientos obreros del mundo es más conocida.

Menos quizás lo sea el “Catecismo Comunista” de Hess, por lo que reproduzco a continuación un extracto

 

Del dinero y la servidumbre

 

¿Qué es el dinero?

Es el valor expresado en cifras de la actividad humana, el precio de compra o el valor de cambio de nuestra vida.

 

¿La actividad de los hombres puede ser expresada en cifras?

La actividad humana, no más que el hombre mismo, no tiene precio, ya que la actividad humana es la vida humana, la cual no puede ser compensada por ninguna suma de dinero: es inestimable.

 

¿Qué es el hombre que puede ser vendido a cambio de dinero o que se vende él mismo por dinero?

El que puede ser vendido es un esclavo y aquel que se vende tiene un alma de esclavo.

 

¿Qué debemos deducir de la existencia del dinero?

Debemos deducir la existencia de la esclavitud, ya que el dinero es el signo mismo de la esclavitud del hombre, porque es el valor del hombre expresado en cifras.

 

¿Cuánto tiempo más los hombres permanecerán esclavos y se venderán junto con todas sus facultades por dinero?

Permanecerán así hasta que la sociedad ofrezca y garantice a cada uno los medios necesarios para vivir y actuar humanamente, de tal suerte que el individuo no se vea obligado a procurarse esos medios por su propia iniciativa y para ese fin vender su actividad para comprar en contrapartida la actividad de otros hombres. Ese comercio de hombres, esa explotación recíproca, esa industria que se dice privada, no pueden ser abolidos por ningún decreto, solo pueden serlo por la instauración de la sociedad comunitaria, en el seno de la cual se le ofrecerá a todos y cada uno los medios para desarrollarse y utilizar sus facultades humanas.

 

¿En una sociedad así constituida, es posible o imaginable la existencia del dinero?

No más que la esclavitud de los hombres. Cuando los hombres ya no estén obligados a venderse entre ellos, sus fuerzas y facultades, no tendrán más necesidad de estimar su valor en cifras, ni necesidad de contar o pagar. En el lugar del valor humano expresado en cifras aparecerá entonces el verdadero, inestimable valor humano. En lugar de la usura, la abundancia de las facultades humanas y los gozos de la vida; en lugar de la competencia con armas desleales, una cooperación armoniosa y una sana emulación; en lugar de la tabla de multiplicación, la cabeza, el corazón y las manos de hombres libres y activos.

 

Negarse a ser un rinoceronte en tiempos de Trump

 

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Ernesto Mejía / @netomejia08

Nacido en 1909, el escritor francorrumano, Eugene Ionesco, sería testigo del ascenso de los totalitarismos del siglo XX, un proceso que lo marcaría y se trasluciría en buena parte de su obra.

En una entrevista con The Paris Review, publicada en 1984, el autor recordaría cómo siendo un adolescente en  Bucarest, se encontraría por primera vez con el fascismo.

“Era el tiempo del auge del nazismo y todos se estaban convirtiendo en pronazis –escritores, profesores, biólogos, historiadores… Todos leían Los fundamentos del siglo XX (sic), de Chamberlain y libros de derechistas como Charles Maurras y Léon Daudet. ¡Era una plaga!”.

Ionesco rememora, en ese encuentro, que aunque no era judío, su pronunciación afrancesada de las erres lo hacía pasar muchas veces por uno, lo que le valía para que constantemente se burlaran de él o lo acosaran.

En una ocasión, en aquellos mismos años, prosigue el escritor, tuvo la oportunidad de presenciar un desfile militar. Entre la marcha, un lugarteniente portaba la bandera nacional. Al lado de Ionesco había un campesino con un sombrero de piel que miraba absorto aquel espectáculo. De pronto, el lugarteniente rompió filas, se dirigió al campesino al que abofeteó diciéndole que se descubriera la cabeza cuando estuviera frente a la bandera.

“Estaba horrorizado. Mis pensamientos no estaban organizados o coherentes todavía a esa edad, pero tenía sentimientos, un cierto humanismo naciente, y esas cosas me parecieron inadmisibles. Lo peor de todo, para un adolescente, era ser diferente a todos los demás. ¿Podía estar en lo correcto y todo el resto del país equivocado?”, se pregunta.

Fruto de esas experiencias, no es difícil descubrir en la vasta obra teatral de Ionesco ese mismo sentimiento de desasosiego, de incomprensión y miedo ante una sociedad que asiste con pasmosa normalidad, cuando no con abierta simpatía, a la desintegración de un mundo que es arrastrado por los más indecibles horrores.

En Rinoceronte, para el caso, quizás su pieza más conocida, los habitantes de una pequeña ciudad provincial francesa ven con asombro un día aparecer a uno de esos animales.

Entre la extrañeza y la incredulidad de unos, y los debates estériles y la búsqueda de las más rocambolescas respuestas de otros, Bérenger, el personaje principal, va descubriendo que se trata de una epidemia.

Todos a su alrededor, ya sea por la velocidad con que se propaga la enfermedad, por simple complacencia o por el rechazo a luchar contra ella, van cediendo y convirtiéndose en rinocerontes que incendian y destruyen la ciudad.

Da igual que sean espíritus preclaros con pretensiones lógicas, escépticos que buscan remitirse a la ciencia, supuestos humanistas que pronto encuentran una justificación para sus metamorfosis, indiferentes que proclaman que basta con no meterse con los animales para sobrellevar la situación, pesimistas que aseguran que no hay nada que hacer y lo mejor sea tal vez buscar la coexistencia, vecinos, burócratas, bomberos, autoridades, todos, uno tras otro, van cayendo en esa fantástica transformación que pronto es vista como la norma.

Todos, excepto, Bérenger que se rehúsa una y otra vez a convertirse y rechaza aceptar la naturalidad de esa situación.

Bérenger no tiene la personalidad de un héroe. Aficionado al alcohol, su vida transcurre sin mayores expectativas entre un trabajo de medio pelo y una existencia solitaria más bien monótona. En el amor, no es sino hasta casi el final de la obra que reúne el arresto necesario para declarar su pasión por Daisy, su compañera de oficina. En el proceso de transformación de su entorno, es un personaje, que al igual que el joven Ionesco en Bucarest, sufre y duda. Le atenaza el miedo a ser diferente (“¡Qué feo que soy! ¡Pobre del que quiere conservar su originalidad!”, dice mientras se mira en el espejo); le angustia la posibilidad de no estar en lo correcto (“¡Me equivoqué! ¡Oh! Cuánto quisiera ser como ellos. Cuántos remordimientos tengo, debería haberlos seguido a tiempo. ¡Ahora es demasiado tarde!”, exclama en otra parte). Le llega a embrujar incluso el atractivo físico de los animales, el hechizo que producen sus barritos.

Y sin embargo, a pesar de esos trances, ese personaje banal que raya en la mediocridad, se sobrepone de sus temores, del asfixiante sentimiento de saberse cada vez más solo para rescatar del fondo de su alma todo lo que hay de humano en ella y resolver con firmeza que no capitulará, que no cederá, como tantos otros antes que él, ante la tentación de animalizarse.

El hecho de que Rinoceronte fuera estrenada en 1959, en Düsseldorf, Alemania, antes de que en París, donde vivía entonces Ionesco, hizo que muy pronto el drama se asociara con el advenimiento del nazismo y la rápida adopción que harían de él los habitantes de la República de Weimar.

Sin embargo, la fábula del escritor, que tuvo la oportunidad de ver cómo después de la Segunda Guerra mundial, Rumania caía también bajo la sombra del comunismo, puede en realidad aplicarse al magnético proceso por el cual se expanden los totalitarismos de cualquier signo y, en general, a cualquier fe colectiva que subyuga al individuo y le hace perder su capacidad crítica.

Con la llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos y el ascenso de partidos de extrema derecha en buena parte de Europa, que propagan discursos nacionalistas,  xenófobos o abiertamente racistas e intolerantes, no es difícil advertir la importancia de la lectura o la relectura de este drama de Ionesco que después de casi 60 años vuelve a recobrar toda su vigencia. Y con ella, a pesar de las dificultades, la importancia de asumir como propia  la actitud de Bérenger: “No los seguiré, no los seguiré, Sigo siendo lo que soy. Soy un ser humano. Un ser humano”.