La perturbadora obsesión de Lewis Carroll con las niñas

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Ernesto Mejía / @netomejia08

El nombre de Lewis Carroll, seudónimo de Charles Dodgson, está indeleblemente ligado, en el mundo de la literatura, a la delirante grandeza de “Alicia en el país de las maravillas” y a su continuación “Alicia a través del espejo”. Pero prácticamente desde su muerte (1898), el nombre del narrador británico ha estado también ligado a una pregunta polémica: ¿qué alcances tuvo su amor-obsesión por las niñas?

La pregunta no ha sido fácil de responder toda vez que sus familiares y herederos se dedicaron luego de su deceso a cercenar partes del diario personal que el escritor mantuvo celosamente durante más de cuatro décadas y a quemar, tachar o borrar documentos, entre los que se encontraban numerosos intercambios epistolares y buena parte de su archivo fotográfico.

Según sus biógrafos, el también diácono anglicano desplegó a partir de la segunda mitad  del siglo XIX, aparte de su oficio literario, una frenética actividad fotográfica que lo llevó a retratar a más de un centenar de niñas de entre 10 y 14 años, muchas de ellas desnudas o como él gustaba decir con sus “vestidos hechos de nada”.

A pesar de la voluntad de los familiares de Carroll de destruir buena parte de esos documentos, muchos de ellos lograron burlar la censura y el paso del tiempo y llegar hasta nuestros días.

En 2013, la editorial española La Felguera publicó bajo el título “El hombre que amaba a las niñas”, la mayor recopilación en español de sus correspondencias y retratos. La obra, que reúne unas 70 cartas y unas 80 fotografías, sitúa al lector frente a un personaje dual e incómodo.

Por un lado el escritor, que como el autor de Alicia, no deja lugar a dudas de su febril imaginación y se desborda en juegos de palabras, ilustraciones, acrósticos, cartas que deben leerse frente al espejo o especies de cuentos redactados en tonos francamente entrañables. Y, por el otro, un hombre en apariencia incapaz de conectar con mujeres de su edad, que escribe sin cesar a sus “amigas-niñas” para invitarlas a tomar el té o a dar un paseo, o a sus padres e institutrices a quienes solicita de diversas maneras la autorización para que estas posen sin ropa para él.

El resultado, más allá de que sus desnudos contengan algún grado de belleza artística y muchas de sus correspondencias reflejen igualmente calidad literaria, es un mosaico perturbador donde es difícil determinar si Carroll estuvo motivado por una genuina voluntad de acceder a la pureza infantil y fijarla en retratos que hoy nos miran desde un  tiempo perdido o si, por el contrario, sus acciones respondían a un impulso erótico que reprimía con costos.

La naturaleza de esos contrastes, frente a los cuales no queda más que la sospecha, se ve reflejada en estas dos cartas que reproduzco casi en su integralidad a continuación y que sintetizan en buena medida los tonos de la recopilación de La Felguera.

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Beatrice Hatch, retratada por Lewis Carroll y coloreada luego por Anne Lydia Bond

 

 

Para Georgina Watson

The Chestnuts, Guildford

Después del 5 de octubre de 1869

Mi querida Ina:

Aunque no hago regalos de cumpleaños, sí puedo escribir una carta de cumpleaños. Fui a tu casa para felicitarte pero el gato me encontró y me tomó por un ratón. Me persiguió por todas partes hasta que apenas pude tenerme en pie. Sin embargo, no sé cómo, logré entrar en la casa y allí un ratón me encontró, me tomó por un gato y me lanzó atizadores, loza y botellas. Por supuesto, volví a salir a la calle corriendo y me encontró un caballo que me tomó por un carro y me arrastró todo el camino hasta Guildhall, pero lo peor de todo fue cuando un carro me encontró y me tomó por un caballo. Me sujetó a él con un arnés y tuve que arrastrarlo kilómetros y kilómetros hasta Merrow. Así que, como puedes ver, no conseguí llegar a la habitación donde te encontrabas.

Sin embargo, me alegró saber que estabas trabajando duro para aprender las tablas de multiplicar a cambio de una sorpresa de cumpleaños.

Tuve tiempo para asomarme a la cocina y ver cómo preparaban tu fiesta, un bonito plato de mendrugos, huesos, píldoras, bobinas de algodón y ruibarbo y magnesia. “Bueno”, pensé. “¡Estará contenta!”, y con una sonrisa seguí mi camino.

 

Tu amigo que te quiere,

C.L. Dodgson

 

 

Para la señora J. Chataway

Christ Church, Oxford

28 de junio de 1876

Mi querida señora Chataway:

El martes me va bien. Será mejor que conduzca hasta “Tom Gate, Christ Church”. Para ahorrarse una posible extorsión, también debería mencionar que el precio legal por uno (o por dos) sería 1s. Con su grupo, 2s. sería una tarifa más que suficiente. Si hace un día realmente malo, no les esperaré.

(N.B.: No me refiero a “nublado”. Los días nublados son los mejores para la fotografía.

Atentamente,

C.L. Dodgson

 

P.D.: Si decidiera enviar a Gertrude y no venir usted, ¿le importaría informarme de cuál es la cantidad mínima de ropa con la que desea que la fotografíe? Si tengo esa información, me basaría en sus preferencias al respecto. Los niños son muy diferentes, a algunos que conozco (principalmente londinenses), no me atrevería ni siquiera a proponerles que se quitaran los zapatos, pero a una niña como Gertrude, tan ingenua como Eva en el jardín del Edén, no vería ninguna objeción (siempre que ella lo desee) en fotografiarla con el mismo atuendo con el que Eva se paseaba por aquel jardín. Y creo que si usted estuviera aquí y pudiera ver las fotografías que he hecho de niñas con tan primitivo atuendo, estaría de acuerdo en que es posible hacer una fotografía así que pueda enmarcar y colgar en su salita de estar (…)

 

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Alice Liddell, la niña musa que inspiró a Alicia en el país de las maravillas

 

 

***

En 2015, la BBC realizó un documental llamado “The secret world of Lewis Carroll”. Durante su grabación, la cadena pública británica aseguró haber encontrado en el Museo Cantini, de Marsella, Francia, una fotografía que supuestamente muestra a Lorina Liddell —la hermana mayor de Alice, la niña musa que inspiró a Alicia en el país de las maravillas — posando en un desnudo frontal completo. En el reverso de esta se puede leer su nombre acompañado de la firma “L. Carroll”.

Si bien Lorina y sus dos hermanas, siendo unas niñas, ya habían posado en numerosas ocasiones para el lente de Carroll, el documental alega que ese retrato era diferente a todos los documentos hasta entonces conocidos, puesto que en él aparecería la mayor de las Liddell siendo una adolescente y mostrándose en una pose que no habría sido nunca consentida por sus padres. Aunque los autores de la cinta no lograron determinar con total seguridad que el escritor haya sido el autor del retrato, ni que la modelo sea en efecto la referida joven, sí lograron establecer que el rostro de la retratada guarda similitudes con el de la mayor de las Liddell y que la fotografía fue tomada en la misma época en que el británico frecuentaba a las niñas y siguiendo el mismo proceso que él usaba en sus imágenes. Sin duda un elemento más que reaviva la polémica en la ya de por sí controversial vida privada del narrador británico.

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Laurence Tribe y su intento de conciliación en el tema del aborto

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Ernesto Mejía / @netomejia08

En 1973, luego de haber sido debatido infructuosamente en dos ocasiones en los dos años anteriores, la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos daría su resolución sobre el caso Jane Roe vs Henry Wade. Los dos nombres que aparecían en oposición en ese caso y que se volverían un referente en la historia de la jurisprudencia de ese país, si bien aludían a personas concretas, en el fondo representaban más bien la colisión de dos derechos individuales en apariencia irreconciliables que polarizarían el panorama político estadounidense en las décadas siguientes: el derecho a la privacidad y a la autonomía de la mujer frente al derecho a la vida de los fetos.

Jane Roe no era un nombre real. Era el seudónimo de una mujer de Texas,  Norma McCorvey, quien alegaba haber sido víctima, en 1969, de una violación grupal de la que había resultado embarazada. Dado que la ley del estado, vigente desde 1857, que establecía como un delito la realización de un aborto salvo cuando se hiciera bajo consejo médico para salvar la vida de la madre, le impedía interrumpir su propio embarazo,  McCorvey había decidido impugnar la legislación en beneficio de las demás mujeres.

Henry Wade, por su parte, era el nombre real del fiscal del condado de Dallas. Sin embargo, en el caso en cuestión, más que sus poderes ejecutivos los intereses que entraban en conflicto con los de Roe/McCorvey eran los de los no nacidos, puesto que los habitantes de Texas habían decidido, por medio de su Asamblea Legislativa, proteger las vidas de los fetos.

Ante ese choque de intereses, en una votación de siete jueces contra dos, el máximo tribunal estadounidense resolvería el 22 de enero de ese año que la decisión de una mujer de interrumpir o no su embarazo era un derecho fundamental, parte del “derecho a la privacidad”, lo que implicaba que el gobierno no tenía la capacidad de interferir en él a menos que hubiera una razón “imperiosa” para hacerlo.

En su sentencia, aplicable desde entonces a toda la Unión Americana, los jueces establecerían el ya célebre marco trimestral, según el cual en los primeros tres meses de un embarazo, el gobierno no podía intervenir en la decisión de una mujer de interrumpirlo, salvo en el hecho de insistir en que el procedimiento fuera realizado por un médico con licencia. En el segundo trimestre, la facultad estatal de regular el aborto se reducía  únicamente a la preservación y protección de la salud de la mujer (es decir garantizar que la interrupción fuera realizada de manera segura). Mientras que en los últimos tres meses, ya que el feto es viable fuera del útero materno, la protección de su vida se convertía sí en una razón apremiante para el gobierno, por lo que su intervención en esta etapa se encontraba totalmente justificada.

Quizás como nunca antes de ese momento, la polémica sentencia haría que desde entonces la opinión pública de Estados Unidos sobre ese tema se dividiera en dos campos antagónicos muy bien delimitados en torno a la vida y a la libertad en los que no existía ninguna posibilidad de consenso.

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La noticia de la resolución Roe apareció en la portada del NYT, en enero de 1973.

Publicado originalmente en la encrucijada de 1991, cuando la reconfiguración de la Corte Suprema de Justicia, con el ascenso de nuevos magistrados con un perfil más conservador, hacía pensar en la posible desestimación de la sentencia Roe, “El aborto: guerra de absolutos”, de Laurence H. Tribe —ampliado luego en 1992— es un análisis exhaustivo no solo de esa resolución y de ese momento histórico, sino de un conflicto que en su expresión más virulenta se mantendría al menos hasta el dictamen de otro caso sonado: el Planned Parenthood of Southeastern Pennsylvania vs Casey (1992).

Aunque en este último, la corte conservaría —por muy poco— intacta la esencia de Roe, cuatro de nueve magistrados dejarían en claro en ese caso su insistencia en desestimar por completo la  resolución inicial de 1973. Era la primera vez desde su promulgación que Roe encontraba una oposición tan grande al interior del máximo tribunal. El peso de los jueces más conservadores se haría sentir, de hecho, en la sentencia final de Casey que aunque ratificaría el derecho de cualquier mujer a interrumpir su embarazo, introduciría nuevas regulaciones.

Para el caso, los jueces harían a un lado el marco trimestral de Roe y lo remplazarían por la norma de “carga indebida”, lo que implicaba que las legislaciones estatales tenían la capacidad de introducir, en la fase anterior a la “viabilidad” del feto,  ciertas restricciones, siempre y cuando estas no representaran un obstáculo insalvable a la libertad de la mujer de interrumpir voluntariamente su embarazo.

En la demanda en cuestión, avalarían constitucionalmente, por ejemplo, algunos requisitos que la impugnada ley de Pennsylvania ya contemplaba: un período de espera de 24 horas antes de realizar el procedimiento, una cláusula de consentimiento informado que obligaba a los doctores a explicar los riesgos a la salud que el aborto conllevaba; y el consentimiento de al menos uno de los padres en el caso de ser una menor de edad la que se practicara el procedimiento. Todo lo cual significaría una tibia victoria para el bando “provida”.

Desde entonces, como lo explica Tribe en el prólogo para la edición en español, publicada por primera vez hasta en 2012, la Corte Suprema no intervendría para establecer alguna otra prohibición notable más que en el caso Gonzales vs Carhart (2007), en el que los jueces vedarían el método del “aborto con nacimiento parcial”, uno de los procedimientos más utilizados, hasta ahí, durante el segundo trimestre del embarazo.

El autor cree que el que los estados ganaran, a lo largo de esa historia de 40 años, una mayor autonomía con respecto a la resolución inicial de Roe, a través de sentencias como las de Casey o Carhart, que les permitieron abordar el aborto desde la particularidades de sus comunidades e imponer regulaciones en concordancia con ellas, pero manteniendo intacto el principio del derecho de la mujer a interrumpir su embarazo, hizo que muchos estadounidenses se resignaran al statu quo y se entrara al final en una especie de tregua entre los dos bandos en disputa.

Algo que no conjura, por supuesto, la posibilidad siempre latente de que en un futuro una corte mayoritariamente conservadora busque debilitar aún más o incluso invalidar en su totalidad el fallo de Roe vs Wade.

Si bien el énfasis principal de “El aborto: guerra de absolutos” está centrado sobre todo en la realidad y en el marco legal estadounidense, sería injusto decir que se trata únicamente de un análisis jurídico de dicho fenómeno circunscrito a ese país. El libro de Tribe, uno de los más importantes constitucionalistas de Estados Unidos, profesor de la Escuela de Leyes de la Universidad de Harvard y de la Universidad Carl M. Loeb, es una obra abarcadora donde igual aparecen y discuten entre sí argumentos legales, médicos, filosóficos, morales, sociales y teológicos, y donde se dibujan nociones como la equidad de género, la autonomía de las mujeres y las relaciones de poder.

Buena parte de su trabajo está volcado, incluso, a superar la experiencia estadounidense, por medio de un recuento de las formas en que numerosos pueblos a través de la historia han abordado el fenómeno, lo que da cuenta de que el contexto cultural incide en la percepción que tenemos sobre el problema, y de donde se deduce también el valor de la obra para cualquier lector interesado en este tema universal, polémico, no resuelto y siempre recurrente.

Pero quizás una de sus mayores virtudes sea que en medio de esa guerra de trincheras en la que se mantienen permanentemente los bandos “provida” y “proelección”, el autor busque tender puentes que permitan escuchar los argumentos de los contrincantes. En el proceso, Tribe trata de llamar la atención tanto sobre la mujer como sobre el feto, no ya como conceptos aislados y abstractos sino dotados, cada uno de ellos, de una humanidad concreta, en un esfuerzo deliberado de tratar de encontrar un terreno común, por pequeño que sea, desde donde impulsar la construcción de un acuerdo aparentemente improbable.

Si el conflicto enfrenta una legítima preocupación por la vida, por un lado, y por la libertad, por el otro, el autor adelanta algunos elementos que deberían ser tomados en cuenta en el camino de una conciliación. En la lista, Tribe incluye, entre otros, no solo una sólida educación sexual y una amplia disponibilidad de métodos anticonceptivos (o abortivos, incluso, que puedan adquirirse directamente y eviten la necesidad de procedimientos quirúrgicos), sino también un mayor involucramiento estatal y social en la facilitación del cuidado de los niños una vez que estos hayan nacido: atención médica posnatal asequible,  licencias de maternidad y paternidad obligatorias, buenos cuidados infantiles, horarios flexibles en el lugar de trabajo, etc.

“Si los adalides de ambos bandos del debate sobre el aborto hicieran una pausa, reconocerían al menos un interés ampliamente compartido: el de trabajar por un mundo donde solo hayan embarazos deseados. Una mejor educación, la provisión de anticoncepción, incluso la creación de una sociedad donde la carga de criar un hijo sea más ligera, son todos objetivos alcanzables que se pierden entre la gritería sobre esta práctica. (…) Casi todos estamos de acuerdo en que deberíamos esforzarnos por lograr una sociedad en la que cada niño que concibe una mujer sea deseado y en la que cada niño nacido tenga a alguien que lo ame y lo cuide”, concluye Tribe.

 

 

Llamas y otras plagas. Un recuento de la recurrente destrucción de las bibliotecas

 

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Ilustración tomada de http://www.prodavinci.com

 

Ernesto Mejía / @netomejia08

La destrucción de los libros y las bibliotecas fue uno de los temas que más fascinó a Borges como lo demuestran las varias referencias en sus cuentos, poemas y ensayos.

El tema aparece en “La biblioteca de Babel”, donde imaginó una “secta” dedicada a la eliminación de libros inútiles; en “Los teólogos”, donde describe una horda de hunos destruyendo una biblioteca monástica; en “El libro de arena”, donde el miedo del protagonista  a esa obra infinita le hace pensar, por un momento, en su quema; en los versos de algunos de sus poemas como “El poema de los dones” o “Alejandría, 641 A.D.”, y en su ensayo “La muralla y los libros”.

Y hacia el final de su cuento “El congreso”, los miembros de una hermética y fallida asamblea planetaria que había tenido la pretensión de representar a la humanidad entera asisten a la disolución de dicho parlamento frente a una hoguera que se lleva consigo la biblioteca que el congreso había acumulado a lo largo de cuatro años.

Su protagonista, Alejandro Ferri, dice entonces:

“Hay un misterioso placer en la destrucción; las llamaradas crepitaron resplandecientes y los hombres nos agolpamos contra los muros o en las habitaciones. Noche, ceniza y olor a quemado quedaron en el patio. Me acuerdo de unas hojas perdidas que se salvaron, blancas sobre la tierra”.

(…)

Y prosigue:

“Irala (otro de los congresistas), fiel a la literatura, intentó una frase:

–Cada tantos siglos hay que quemar la Biblioteca de Alejandría”.

Borges no sería, claro, el único literato embrujado por esa deliberada y cíclica destrucción de libros. Antes que él, otros autores como Cervantes, en “El Quijote”; Víctor Hugo, en “Noventa y tres”;  y Elias Canetti, en “Auto de fe”; o contemporáneos suyos como Ray Bradbury, en “Fahrenheit 451” y George Orwell, en “1984”, ilustrarían también en sus ficciones esa real y nefasta vocación “biblioclasta” de algunos hombres.

Una práctica que, según la obra “Libros en llamas. Historia de la interminable destrucción de las bibliotecas”, del escritor francés Lucien Polastron, ha acompañado a la humanidad casi desde el momento en que la escritura quedó fijada en un soporte lo suficientemente versátil que permitió que esos escritos fueran acumulados y conservados.

Su libro, publicado en 2004 y traducido al español por primera vez en 2007, es un exhaustivo recuento, a través de diferentes geografías y épocas, de esas recurrentes aniquilaciones. Fueran estas voluntarias o no, motivadas por razones políticas o religiosas, el historiador francés da cuenta de la inestimable desaparición de millones de obras, desde la destrucción de los depósitos de arcilla grabadas con escritura cuneiforme hasta los dos incendios y el inclemente saqueo que sufriría, en 2003, en plena invasión estadounidense, la biblioteca Nacional de Iraq.

A través de sus páginas, Polastron estructura un desolador recorrido donde los conflictos son en no poca medida los causantes de esa monstruosa devastación. Como lo ilustra justamente la escabrosa historia de la biblioteca de Alejandría, que entre mitos y verdades acoge en su seno un ciclo de constantes destrucciones y renaceres plagado de guerras, invasiones e incendios que terminan, según historiadores árabes antiguos, en su total aniquilación en el 642 de nuestra era, por órdenes del califa Omar.

Alegan estas fuentes que, consultado por  su general Amr bin al As sobre qué futuro debían tener los libros de la referida biblioteca, Omar le habría respondido en una carta lo siguiente: “Si lo que dice en ellos es conforme al Libro de Dios, el Libro de Dios nos permite ignorarlos, pero si hay algo en ellos contra el Libro, son malos, sea como sea, destrúyelos”. Ante lo cual el militar habría tomado la decisión de usar todos y cada uno de los volúmenes como combustible para la calefacción de los baños públicos.

Polastron reniega, sin embargo, de esa versión, señalando que esta fue solo una leyenda inventada más de cinco siglos después por partidarios del sultán Saladino, quienes buscaban, a su vez,  una forma de justificar su muy personal método de dispersar bibliotecas: el remate de colecciones enteras al mejor postor con la intención de pagar a sus soldados que se enfrentaban entonces a los cruzados.

Más allá de su veracidad o no, el relato obviamente se asentaba sobre bases reales. El califa Omar, indica el autor, sería el primer gran vándalo musulmán como lo atestiguan sus acciones en los territorios de los hoy Siria, Irán, Egipto y Libia; y la quema de libros, en una religión que en sus inicios tiró a la hoguera incluso todas aquellas versiones del Corán que no se apegaran a la autorizada por el califa Utmán, la del codex de Hafsa, no era una práctica extraña.

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Como tampoco lo había sido para los cristianos, quienes desde mucho antes, y ondeando un argumento igualmente religioso, se lanzarían los primeros a una destrucción organizada que  buscaba  cortar de raíz cualquier desviación intelectual.

Siguiendo acaso el ejemplo del apóstol Pablo y de la quema pública de libros de “magia” en Éfeso, en el año 57 (relatada en Hechos 19-19), la historia de la cristiandad se llenaría desde muy temprano de ese tipo de brasas.

Así, y solo por poner algunos ejemplos, en 391, el obispo Teófilo destruiría la segunda biblioteca de Alejandría; en 590, el papa Gregorio I haría quemar todas las obras que quedaban de la antigua Roma; en 1242 y 1244, los parisinos saldrían a las calles a quemar talmuds y obras judías, prácticas que serían luego bendecidas y reafirmadas por el papa Inocencio IV y a las que le seguirían, consecuentemente, más quemas;  y en 1515, el concilio de Letrán elaboraría la bula Inter Sollicitudines que aparte de instaurar la censura previa por parte de la Iglesia católica, abriría la puerta a destruir todas aquellas obras que contuvieran errores de fe o de dogmas.

Aparte de esa “biblioclasia” motivada por principios religiosos, el catálogo de horrores recogido por Polastron no pasa por alto, por supuesto, aquella otra igualmente perniciosa: la impulsada por decisiones estatales.

Un apartado donde sobresale, en primer lugar, la Revolución Francesa. En ella, el autor indica que luego de la confiscación de las bibliotecas del país, algunas de las personalidades del movimiento, enfrascadas en discusiones sobre la disposición de dichos volúmenes, donde no faltaron las voces a favor de su quema, tuvieron al final la intención de crear una Bibliografía Universal de Francia. El resultado, no obstante, fue desastroso.  Entre 1789 y 1803, el régimen removió y  reclasificó un total de entre 10 y 12 millones de libros que fueron a parar a depósitos que no reunían los requisitos para su conservación y donde terminaron deteriorándose o perdiéndose para siempre.

Igual mención merece el ejemplo quizás más conocido de los grandes “biblioclastas” modernos: el del Tercer Reich. Un caso paradójico donde la teatralidad de los autos de fe que condenaban con especial saña a los libros y literatos hebreos convivió con una curiosa política de pillaje que buscó en todos los territorios ocupados hacerse de los más preciados ejemplares de las bibliotecas judías. De acuerdo con Polastron, solo de Polonia, los nazis expoliaron un total de 16 millones de volúmenes de ese tipo, los que, en conjunto con  el resto de confiscaciones hizo que hacia el final de la II Guerra Mundial, existiera entre Poznan, Berlín y Fráncfort “la más formidable colección de documentos en hebreo y sobre el mundo judío jamás reunida”. Una acumulación que, de nuevo, se diluiría entre los bombardeos, los incendios y los saqueos provocados por el conflicto.

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Pero si las épocas de guerra han sido tiempos de particular amenaza para los libros, las fases de paz no han estado exentas tampoco de peligros. Por sobre todos, Polastron identifica cuatro: el fuego accidental o causado por fenómenos naturales como los terremotos; el agua, en el caso de los naufragios o al momento de sofocar los incendios; el hurto de ejemplares de las bibliotecas públicas; y, cómo no, la muerte de los propietarios, que pone en entredicho, en muchos casos, el destino de los libros coleccionados.

Quizás podría sumársele a esos, un quinto que ya señalaba en el siglo XVII, el teórico político y filósofo chino, Huan Zongxi: la mala conservación.

Citado por Polastron, el pensador oriental indicaba:

“La triste fortuna de las bibliotecas actuales no se debe solamente a las guerras y a los incendios. La gente que carece de medios no puede acumular libros, y los que lo hacen deben asistir finalmente a su dispersión porque no tienen medios para conservarlos. Lo que hoy existe mañana puede desaparecer “.

Con todo, en medio de ese desolador panorama de incesante destrucción, es la pluma de Borges, en “641 A.D.”, la que nos devuelve un poco de consuelo frente a esa recurrente desaparición de las bibliotecas.

Aun si, al final de cuentas, se concretara el odio  y la acción aniquiladora de los enemigos de los libros y no quedara sobre la faz de la tierra un solo ejemplar,  la humanidad volvería a escribir de nuevo las mismas obras porque los temas que las inspiraron están inscritos en su alma.

“Declaran los infieles que si ardiera,
Ardería la historia. Se equivocan.
Las vigilias humanas engendraron
Los infinitos libros. Si de todos
No quedara uno solo, volverían
A engendrar cada hoja y cada línea,
Cada trabajo y cada amor de Hércules,
Cada lección de cada manuscrito”.

Uzanne, el escritor que previó el surgimiento de los audiolibros

 

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Ernesto Mejía / @netomejia08

Dentro del inmenso mundo de las letras francesas, Octave Uzanne (1851-1931), es un autor secundario, prácticamente desconocido para el gran público. Sin embargo, a pesar del olvido en el que cayó su nombre después de su muerte, el escritor y también periodista fue el autor de numerosas novelas y cuentos y el fundador, en París, de la Sociedad de Bibliófilos Contemporáneos que llegó a aglutinar a 160 miembros.

De sus escritos hay al menos un cuento que vale la pena rescatar, dada la pertinencia que parecieron adquirir algunos de sus vaticinios en la discusión sobre el futuro y la eventual desaparición de los libros impresos, un debate que cobró auge a principios de este siglo.

Pero también porque en su fantasioso desarrollo, no deja de sorprender que con una antelación de más de 100 años Uzanne  advirtiera con cierta claridad el advenimiento de  plataformas tecnológicas que gozan de una alta popularidad hoy en día.

El cuento en cuestión, “El fin de los libros”, apareció en 1894, como parte de una obra mayor llamada “Cuentos para bibliófilos”, escrita en colaboración con Albert Robida. Su acción se desarrolla en Londres, donde un grupo de ocho amigos, al salir de una conferencia del físico y profesor de la Universidad de Glasgow, William Thompson, se reúne en el Junior Atheneum Club y alrededor de una botella de champán se lanza a imaginar el mundo de un siglo después.

En ese ejercicio, uno de los tertulianos discurre sobre la supremacía intelectual y el liderazgo de los continentes en el mundo del mañana. Otro, un vegetariano y naturalista, imagina un planeta en el que se respetaría las plantas y la vida de los animales, y en el cual el hambre sería erradicada gracias a los avances de la química y de las ciencias. Un tercero, un pintor, sueña con un futuro sin museos ni galerías, en el que la humanidad se habrá librado del llamado arte moderno, al que describe como carente de alma y poco original.

Cuando llega el turno del protagonista, que es presumiblemente el propio Uzanne, este se adelanta a los discursos catastrofistas que causaron furor a principios del siglo XXI y pronostica sin ambages el fin de los libros impresos. En una curiosa posición para un bibliófilo, el escritor basa su argumento en la pereza humana y en la incursión de nuevas tecnologías que descargarán a los hombres del trabajo de la lectura.

“Estoy convencido del éxito que tendrá todo aquello que fomente y cultive la pereza y el egoísmo del hombre. El ascensor acabó con el uso de las escaleras en los edificios; del mismo modo, es probable que el fonógrafo destruya la imprenta (…) Creo que si los libros tienen un destino propio, ese destino está hoy más que nunca, a punto de cumplirse: el libro impreso va a desaparecer. ¿No sentís ya que sus excesos lo condenan? ¡Morirán con nosotros los libros!”, exclama.

Si su pronóstico general, lanzado hace más de 100 años, resulta ya provocador, algunos de los detalles de cómo prefiguraba ese proceso resultan todavía más interesantes. Mientras que los heraldos de la ruina del presente siglo pronosticaron el paulatino desuso de los libros impresos en favor de la creciente popularidad de los formatos digitales, Uzanne irá más allá y concebirá un formato inexistente aún en ese entonces: los audiolibros.

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Cierto es que para el momento en que el francés escribía su opúsculo, el fonógrafo de Edison tenía ya casi 20 años de existencia, pero lo que conocemos hoy como audiolibros no se comenzarían a explorar sino hasta en los años 30 (casi cuatro décadas después de la publicación de su cuento), y solo lograrían un cierto posicionamiento comercial a gran escala (tal y como Uzanne los concebía en su obra) en el presente siglo con el surgimiento de plataformas tecnológicas que ofrecen una mayor comodidad y una mayor capacidad de almacenamiento.

Con ello, el escritor adelanta, por un lado, un nuevo formato –diferente en esencia eso sí a los audiolibros actuales puesto que Uzanne no los imagina como la simple transposición de una plataforma impresa a una de audio, sino como una obra autónoma que sustituye justamente a la escritura– y, por otro, anuncia el advenimiento de las grabadoras y de los reproductores portátiles.

“Existirán cilindros inscriptores tan ligeros como un portaplumas de celuloide, que contendrán entre cinco y seiscientas palabras y funcionarán con la ayuda de ejes muy finos, que cabrán en el bolsillo y serán capaces de reproducir todas las vibraciones de la voz; conseguiremos perfeccionar estos aparatos, del mismo modo en que logramos la milimétrica precisión de los relojes (…) Ya sea en casa o de paseo, recorriendo a pie los lugares más destacados y pintorescos, los felices oyentes sentirán el inefable placer de conciliar la higiene y el conocimiento, de poder ejercer los músculos y a la vez alimentar el intelecto, ya que se fabricarán fono-operágrafos de bolsillo, muy útiles para las excursiones en los Alpes o el Cañón del Colorado”, se aventura a imaginar, al ser consultado sobre los obstáculos de almacenamiento y de reproducción.

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Cuando a su vez, sus interlocutores lo interpelan sobre el futuro de los periódicos, el francés afirma que estos seguirán el destino de los libros y prefigura incluso, de alguna forma, la llegada de los radio y telenoticieros.

Así, junto a las noticias que serán grabadas y distribuidas a diario por los servicios de correo, o que podrán ser escuchadas directamente en los hogares por medio de acuerdos con las compañías telefónicas, el autor imagina una versión mejorada del kinetógrafo de Edison; una máquina capaz de proyectar en las casas imágenes en movimiento que vendrían a suplantar a las ilustraciones no solo de los periódicos sino también de los libros.

“Las escenas de obras ficticias y de novelas de aventuras podrán ser reproducidas por figurantes caracterizados; también tendremos, como complemento al diario fonográfico, las ilustraciones de cada día, retazos de vida activa, como se suele decir hoy en día, recién sacados de la actualidad. Contemplaremos los estrenos y a los actores tan fácilmente como los escuchamos ya en casa; tendremos su retrato y, más todavía, la fisionomía móvil de hombres célebres, criminales, mujeres hermosas. No será arte, es cierto, pero será al menos la propia vida, al natural, sin maquillaje, nítida, precisa y a menudo cruel”.

A pesar de sus certeras previsiones tecnológicas, Uzanne no fue atinado con el punto medular de su cuento: ni la televisión ni la radio sustituyeron a los periódicos, ni los audiolibros suplantaron a los libros impresos. De hecho, con todo y su creciente desarrollo, los primeros representan todavía una porción marginal de la industria editorial mundial.

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De acuerdo con la Audio Publishers Association de Estados Unidos, el mercado donde dicho formato está más desarrollado, en 2015, la venta de audiolibros sumó un total de$ 1,770 millones, un 20.7 % más que lo alcanzado un año antes. Adicionalmente, en 2015, se registró la publicación de 9,630 títulos, con lo que el número total de títulos disponibles se elevó a tan solo 35,574.

Los libros digitales, por su parte, han mostrado una pujanza mayor, pero aún así están lejos de desplazar por completo a sus pares impresos. Según un estudio de 2015 de la empresa de información de mercado, Nielsen, los “ebooks” lograron su mayor crecimiento de ventas en Estados Unidos, entre 2010 y 2013, cuando pasaron de los 69 millones de unidades anuales a los 242 millones, lo que hizo que su participación de mercado se elevara de 9 % a un 28 %. Sin embargo, desde entonces, el formato ha mostrado una desaceleración, reduciéndose sus ventas, el año pasado, a 204 millones de unidades, un 24 % del total de la industria editorial de ese país.

Sí, Uzanne previó un mundo de innovaciones tecnológicas que afectaría sin duda al mundo de los libros. Pero afortunadamente, para nosotros los bibliófilos, su visión no se completó del todo.

 

Camus y la libertad de prensa

 

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Ernesto Mejía / @netomejia08

En agosto de 1955, luego de numerosas presiones, enfrentamientos y reglamentaciones tendientes a normar la difusión de información, el gobierno colombiano del general Gustavo Rojas Pinilla decidiría clausurar al periódico El Tiempo, uno de los más grandes del país sudamericano.

El gobernante, que había llegado al poder por medio de un golpe de estado en 1953, había mantenido en términos generales una relación tensa con el periódico y con la prensa. Pero la chispa que encendería su ira en ese caso y lo empujaría a una medida tan extrema se daría durante una visita presidencial que haría a Ecuador.

Aprovechando ese viaje, el director de El Tiempo, Roberto García Peña, enviaría un cable al periódico El Comercio de Quito, acusando al gobierno colombiano de incapacidad para frenar y castigar la violencia política, ilustrada en los asesinatos del director de El Diario de Pereira, Emilio Correa y su hijo, Carlos.

El cable, que tendría amplia resonancia en Ecuador, haría que el dictador a su vez acusara a García Peña de aprovecharse políticamente de esas muertes que, según él, se habían dado en un accidente de tránsito.

A su regreso a Colombia, Rojas Pinilla buscaría obligar a la dirección del periódico a publicar como propio un texto escrito por el gobierno en el que El Tiempo se excusaba con la presidencia y daba por cierta la versión oficial del accidente vial en el caso de las muertes de Emilio y Carlos Correa.

Sin embargo, tanto el director como el propietario del diario, Eduardo Santos, se negarían a acatar la medida, lo que acarrearía la clausura del periódico.

Habiendo trascendido la noticia, del otro lado del Atlántico, en Francia, un grupo de intelectuales se solidarizaría con Santos (quien terminaría por exiliarse en París) y saludaría su valentía al no doblegarse ante el gobierno militar.

Entre ese grupo se encontraba Albert Camus quien dirigiría un potente alegato en favor no solo del valor individual, sino también de la libertad de prensa. El escritor francés ofrecería luego el texto de su alocución al periódico La Révolution Prolétarienne, que lo reproduciría en noviembre de 1957 bajo el título “Homenaje a un periodista exiliado”.

Siendo él mismo un periodista, Camus no peca de inocente con respecto al oficio; conoce sus vicios y limitaciones. Pero a diferencia de los numerosos partidarios de izquierda y de derecha que aún hoy defienden la censura y el control periodístico en beneficio de una pretendida mayor veracidad o de una prensa “revolucionaria” que sirva fielmente a “los verdaderos intereses populares”, el francés aboga por una libertad total e irrestricta de la prensa.

Para él, solo en esa libertad, el periodismo es capaz de explotar lo mejor de sus posibilidades.

“La prensa libre puede, sin duda, ser buena o mala, pero evidentemente, sin la libertad, nunca será otra cosa que mala (…) Con la libertad de prensa, los pueblos no están seguros de ir hacia la justicia y la paz. Pero sin ella, están seguros de no ir. Porque solo se hace justicia a los pueblos cuando se reconocen sus derechos y no hay derecho sin expresión de ese derecho”.

Camus, que ya para entonces se había distanciado de los intelectuales marxistas, no deja, en su intervención, de hacerles un guiño, consciente de que los peligros autoritarios que acechaban a la prensa estaban presentes no solo en los regímenes militares de América Latina, sino también en la entonces órbita soviética.

Por eso, no duda en afirmar:

“En este punto, podemos citar a Rosa Luxemburg, que ya decía que ‘sin libertad ilimitada de la prensa, sin una libertad absoluta de reunión y de asociación, el dominio de las grandes masas populares es inconcebible’.

Por lo tanto, hay que ser intransigente sobre el principio de esta libertad. No es solamente la base de los privilegios de cultura, como intentan hipócritamente hacernos creer. También es la base de los derechos de trabajo. Aquellos que, para justificar mejor sus tiranías, oponen el trabajo y la cultura, no nos harán olvidar que todo lo que esclaviza la inteligencia encadena el trabajo, y al revés. Cuando la inteligencia es amordazada, el trabajador no tarda en ser esclavizado, de la misma manera que, cuando el proletario está encadenado, el intelectual pronto queda reducido a callarse o a mentir. En definitiva, aquel que atenta contra la verdad, o contra su expresión, mutila finalmente la justicia aunque crea servirla. Desde este punto de vista, negaremos hasta el final que una prensa sea verdadera porque sea revolucionaria; solo será revolucionaria si es verdadera, y nunca de otra manera”.

 

 

Progreso, el mito de origen cristiano que empuja al mundo

Ernesto Mejía / @netomejia08

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Si bien los progresos (aquellas innovaciones, incluso aleatorias e involuntarias, favorables a la vida en general y a la humana en particular) han estado presentes en todo el planeta, en todos los tiempos y en todas las culturas, no es sino hacia la segunda mitad del siglo XVIII, cuando la voluntad ciega y arrolladora de progresar  alzaría vuelo en el pensamiento occidental consolidando una concepción ideológica que ha persistido hasta nuestros días.

La tradición pretende que fue el político y economista francés Anne Robert Jacques Turgot uno de los primeros en proclamar esa flama.

En su “Cuadro filosófico de los procesos sucesivos del progreso humano”, un discurso pronunciado en la Sorbona, el 11 de diciembre de 1750, Turgot afirmaba que, a diferencia de la historia de la naturaleza que era esencialmente repetitiva, la de los hombres constituía una fabulosa acumulación de conocimientos que tenía como consecuencia un constante perfeccionamiento.

“La sucesión de los hombres ofrece de siglo en siglo un espectáculo siempre variado. La razón, las pasiones, la libertad producen sin cesar nuevos acontecimientos. Todas las edades están encadenadas las unas a las otras por una serie de causas y efectos, que enlazan el estado presente del mundo a todos los que le han precedido. Los signos arbitrarios del lenguaje y de la escritura, al dar a los hombres el medio de asegurar la posesión de sus ideas y de comunicarlas a los otros, han formado con todos los conocimientos particulares un tesoro común que una generación transmite a la otra, constituyendo así la herencia, siempre aumentada, de descubrimientos de cada siglo. El género humano, considerado desde su origen, parece a los ojos de un filósofo, un todo inmenso que tiene, como cada individuo, su infancia y sus progresos”.

Desde entonces, numerosos pensadores como Condorcet, Comte, Saint Simon, Hegel o Marx abrazaron esa idea de perfeccionamiento que implica, entre otras cosas, las nociones de tiempo, cambio, mejoría, gradualidad y rumbo.

Pero esa concepción de la historia como mejora paulatina es, como apunta el ensayista mexicano Gabriel Zaid, en “Cronología del progreso” (2016), simplemente una secularización de un mito cristiano anterior, surgido en el siglo XII de la mano del abad calabrés, Joaquín de Fiore.

Nunca antes ni fuera de la cultura occidental, indica el escritor en esta serie de ensayos que abordan el tema desde sus ángulos históricos, económicos y morales, y que complementan su obra anterior “El progreso improductivo” (1979), existió esa fe.

De acuerdo con Zaid, Joaquín de Fiore sostenía que la eternidad divina se revelaba a lo largo del tiempo en tres etapas de creciente plenitud: la del Padre, marcada por la Antigua alianza; la del Hijo, sellada por la presencia de Cristo; y la del Espíritu Santo, que llevaría a la liberación de los hombres y a la superación de las estructuras jerárquicas, puesto que toda la humanidad sería entonces una Iglesia santa.

En contraste con las visiones eclesiales anteriores que situaban a la perfección de Dios en un pasado remoto irrecuperable o en el final de los tiempos, en un futuro pospuesto una y otra vez, lo que Joaquín introduce es la idea innovadora de la restauración gradual del paraíso perdido en la tierra. Es la concepción de un futuro cercano al que se puede acceder progresivamente, con lo cual la eternidad deja de estar fuera de la historia y se introduce definitivamente en esta.

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Que ese nivel de optimismo desbordante resurgiera casi siete siglos después, en medio del auge de las ciencias y en el alba de la revolución industrial, resulta hoy apenas sorprendente. Con la única diferencia de que la noción renacería, entonces, bajo un ropaje secular, no religioso.

No es extraño, pues, que Auguste Comte esquematizara la evolución del conocimiento humano en tres etapas progresivas: la teológica, la metafísica y la científica; o que Marx profetizara el advenimiento de fases superiores coronadas por el estadio último de la sociedad sin clases.

Tan convencidos estaban los pensadores decimonónicos de la evidencia científica de la mejoría constante de la humanidad que, haciendo a un lado sus pretensiones seculares, la idea se transformaría, paradójicamente, en un nuevo culto.

“El mito del progreso adquirió una fuerza arrolladora, y, desde el siglo XVIII, se volvió una fuerza ciega que ignora sus orígenes y considera evidentísimo y hasta científico lo que realmente es una fe religiosa (…) Paradójicamente, la fe en el progreso se volvió contra su inspiración cristiana, como algo superado. Se convirtió en la nueva religión”, acota Zaid.

Claro que tan pronto surgió el mito del progreso, apareció también su crítica. La historia de Prometeo, el titán griego que libera el fuego divino en beneficio de los hombres, lleva aparejada el suplicio eterno de su protagonista. El saber que permitió a la humanidad tantos avances en tantas áreas posibilitó asimismo, en el siglo XX, dos guerras mundiales, los campos de concentración, las atrocidades comunistas, la bomba atómica.

Ante esa dualidad, Zaid propone un optimismo moderado que nos permita seguir creyendo en la idea de la mejoría pero que nos mantenga también en guardia contra sus efectos adversos.

“(El mito moderno del progreso) cabe asumirlo todavía, con sentido crítico y sentido del humor. Es razonable suponer que el tiempo, el cambio y lo mejor existen. Que ha habido y seguirá habiendo innovaciones favorables a la vida humana. Que el progreso existe. Que es un hecho anterior a los ideales progresistas. Que hay progreso gradual y también saltos de progreso. Que el paso de la nada a la energía, la materia, la vida, la inteligencia y el lenguaje son grandes saltos de una realidad que mejora. Que el progreso milenario (con titubeos, altibajos y hasta retrocesos) ha tenido rumbo (visto retrospectivamente), y debería tenerlo (prospectivamente), aunque es difícil definir un rumbo deseable, y más aún lograrlo.

No es verdad que todo tiempo pasado fue mejor. Ni que todo lo más reciente es mejor. Ni que el futuro será siempre mejor. Pero cabe desearlo, y trabajar porque así sea, con optimismo razonable”.

Viaje al corazón del desencanto

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Trotsky. Foto de http://www.telegraph.co.uk

 

Ernesto Mejía / @netomejia08

Desde su exilio en Noruega, Liev Davidovich (Trotsky) escribiría en 1936, “La Revolución traicionada”, una sentida crítica al ascenso de Iósif Stalin al poder en la Unión Soviética y a la creciente burocratización y degeneración del estado que él consideraba se había desencadenado tras la muerte de Lenin, en 1924.

Impregnado desde temprana edad de las obras marxistas, y habiendo participado en numerosos movimientos sindicales y políticos anteriores a la caída del zarismo, la cárcel y el destierro no eran ya a esas alturas una novedad para él. Su seudónimo, de hecho, lo había adoptado presuntamente de un carcelero que lo había custodiado en Odesa en 1902. Lo que sí era nuevo, y por eso el amargo sentimiento que se respira en sus letras, era que entonces se le había expulsado de un régimen por el cual él había luchado en primera línea y que, bajo el influjo de Stalin, se había pervertido, tornándose en un Estado policial basado en el terror, que se alejaba, a su juicio, cada vez más de las tesis de Marx, Engels y Lenin.

Para el momento de la publicación de su libro, Trotsky, otrora Comisario de Guerra y creador del Ejército Rojo, llevaba nueve años de haber sido expulsado del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). Había sido arrestado y deportado a la provincia de Alma-Ata (actual Kazajistán), desde donde se le obligaría luego a abandonar el país, para iniciar una serie de exilios que comenzarían en Turquía y se prolongarían en Francia y Noruega.

Debido a las presiones del Kremlin y a la avasalladora campaña internacional en su contra, el revolucionario estaba a punto incluso de sufrir en ese último país un nuevo arresto domiciliario y una nueva expulsión que lo llevaría finalmente a México, la única nación que aceptaría acogerlo, y donde sería asesinado en 1940.

Acorralado y sin recursos, diezmado su grupo de seguidores y atrapado ante la incómoda posibilidad de que su crítica al oscuro Secretario General del PCUS se leyera como la deserción de una utopía que aunque deformada consideraba todavía rescatable, Trotsky constataría en esa obra:

“La fantasía más exaltada difícilmente concebiría un contraste más vivo que el que existe entre el esquema del Estado obrero de Marx-Engels-Lenin y el Estado a cuya cabeza se haya Stalin actualmente (…) Stalin es la personificación de la burocracia. Esa es la sustancia de su personalidad política.

…A pesar de la profunda diferencia de sus bases sociales, el estalinismo y el fascismo son fenómenos simétricos; en muchos de sus rasgos tienen una semejanza asombrosa. Un movimiento revolucionario victorioso, en Europa, quebrantaría al fascismo y al bonapartismo soviético. La burocracia estalinista tiene razón, desde su punto de vista, cuando vuelve la espalda a la revolución internacional; obedece, al hacerlo, al instinto de conservación”.

Con un notable rigor histórico y no menos genio literario, el cubano Leonardo Padura ofrece en su novela “El hombre que amaba a los perros” (2009), una minuciosa reconstrucción de ese accidentado viaje al desencanto de un sueño que le costaría a Trotsky, no solo su vida, sino la de sus tres hijos, la de una hermana, la de dos sobrinos y la de su primera esposa, perseguidos todos, encarcelados, fusilados, desaparecidos o empujados al suicidio por la locura estalinista.

Padura estructura ese itinerario bajo la forma de un tríptico donde la biografía del revolucionario se va desplegando en alternancia con la de su asesino, el catalán Ramón Mercader, y con la del narrador, Iván Cárdenas Maturell, un personaje ficticio —escritor y cubano para más señas— a quien sin siquiera sospecharlo, hacia el final de la década de los 70, una fuente primaria le va revelando los entresijos de esa trágica relación y es quien a su vez guía al lector a través de una de las historias más tormentosas del siglo XX.

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Foto de http://www.casadellibro.com

Y al igual que el renegado soviético, los otros dos protagonistas de ese juego de perspectivas que abarca más de 60 años y se extiende por más de 750 páginas, son también náufragos en un siglo atroz, desencantados cada uno a su modo y desde sus muy particulares razones.

A uno, el catalán, estalinista hasta el tuétano, un hombre manipulado por una madre posesiva y formado en la férrea disciplina de los agentes secretos del NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos de la Unión Soviética) le pesa hacia el final de su vida el haber sido vaciado de su identidad, de su pasado; el haber sido utilizado en la construcción del gran altar de la Historia y por la mayor gloria de una revolución que hasta entonces juzga con cierta distancia.

Su crimen le termina costando 20 años de internamiento en una de las cárceles más duras de México, donde a pesar de las torturas no revela nunca su verdadera identidad ni la de los autores intelectuales del asesinato. Y una vez liberado, y ya en Moscú, le vale también para ser condecorado como Héroe de la Unión Soviética con la Orden de Lenin, la mayor distinción del país. Pero su heroísmo es incómodo. Debe mantenerse secreto, en la sombra. Nadie debe hablar de ese hombre que ahora se hace llamar Ramón Ivánovich López, otro nombre más a su interminable lista de seudónimos.

Asfixiado por la prisión de oro en la que se le convertiría la URSS, Mercader logra un permiso para salir a Cuba donde finalmente moriría de cáncer en 1978.

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Ramón Mercader en la prisión. Foto de http://www.reporte.com.mx

El otro protagonista, el cubano, es un prometedor escritor caído en desgracia, al que el castrismo se ha encargado de minar su vocación. Advirtiendo sus crecientes cuestionamientos, el régimen le corta cualquier recurso y lo relega al puesto de corrector en una revista de veterinaria.

Tocado por su situación y por la pena generada por la muerte de su hermano, un estudiante de medicina expulsado de la carrera por su homosexualidad, que se  ahogaría mientras trataba de huir de la isla, Cárdenas Maturell se hunde en el profundo desaliento de un país opresivo, sumido en la miseria que exige los sacrificios eternos del presente a cambio de un futuro incierto que no termina de llegar. Una cárcel a cielo abierto en medio del Caribe donde se multiplican las mentiras oficiales y el miedo.

Desplegado en su totalidad ese tríptico de desafortunados destinos, mezcla de víctimas y victimarios del dogmatismo ideológico, el lector no puede menos que preguntarse cómo pudo desfigurarse de esa manera la más grande utopía que el ser humano haya ideado jamás.

Aunque Trotsky responsabiliza a Stalin de tan terrible desviación, el politólogo Isaiah Berlin afirma que el punto de inflexión fue muy anterior incluso al triunfo de la revolución de octubre de 1917.

En su ensayo “Las ideas políticas en el siglo XX”, Berlin señala que durante el segundo congreso del partido socialdemócrata ruso, celebrado en 1903, un delegado de seudónimo Posadovski preguntó si el énfasis que habían puesto los socialistas “duros” (entre los que se encontraba Lenin) en dotar al partido de una autoridad centralizada absoluta no entraba en contradicción con las libertades fundamentales que estaban empeñados en alcanzar.

De acuerdo con el politólogo, fue Plejánov, uno de los fundadores del marxismo ruso quien se encargó de responderle con una frase lapidaria: “La seguridad de la revolución es la ley más alta”.

Berlin asegura que Lenin precisaba de una autoridad absoluta para una pequeña organización de revolucionarios porque consideraba que ante el máximo objetivo del triunfo de la revolución, los métodos democráticos eran ineficaces para persuadir a reformadores y sublevados.

En “El hombre rebelde”, Albert Camus acusa también al líder bolchevique de haber sembrado la contradicción entre la filosofía oficial y la práctica soviética que se materializaría en todo su esplendor en el futuro régimen estalinista

Aunque el filósofo francés admite que Lenin, en su planteamiento teórico plasmado en El Estado y la Revolución (1917), parte en efecto del principio marxista de que el Estado proletario debe debilitarse gradualmente y morir una vez se haya operado la socialización de los medios de producción, este termina justificando en esa misma obra el mantenimiento indefinido de una dictadura liderada por una fracción revolucionaria.

El dirigente ruso sustenta esa decisión en la necesidad de que la revolución solvente innumerables dificultades que van saliendo a su paso (reprimir la resistencia, dirigir la masa de la población en el ordenamiento de la economía socialista, vencer las injusticias, etc.) pero que terminan cargando al Estado de una serie de atribuciones autoritarias que lo vuelven interminable.

Un proceso en el cual Trotsky, a pesar de sus iniciales convicciones democráticas y sus antiguas críticas a Lenin, al que acusó en varias ocasiones de sustituir las masas por una intelectualidad revolucionaria, tendría un papel determinante. Ya fuera  apoyando o dirigiendo la represión, la dictadura económica o la militarización del trabajo.

Camus concluye con razón:

“Puede decirse que en este lugar muere definitivamente la libertad. Del reinado de la masa de la nación, de revolución proletaria se pasa de buenas a primeras a la idea de una revolución hecha y dirigida por agentes profesionales. La crítica implacable del Estado se concilia luego con la necesaria, pero provisional, dictadura del proletariado en las personas de sus jefes. Para terminar, se anuncia que no se puede prever el término de este Estado provisional y que, además, a nadie se le ha ocurrido nunca prometer que tendría un término. Después de esto es lógico que la autonomía de los soviets sea combatida, Majno traicionado y los marinos de Kronstadt aplastados por el partido”.

Solo como apunte final: la rebelión de Kronstadt de 1921, en la que participaron marineros, soldados y trabajadores de esa fortaleza naval descontentos con el rumbo del gobierno, al que le exigían una serie de reformas políticas y económicas, fue un hecho en el que Trotsky tuvo un papel protagónico pues fue el artífice de la represión del movimiento.

Aunque irónicamente muchos de esos alzados habían ayudado al triunfo del gobierno bolchevique, en un artículo publicado en 1938, Trotsky, ya exiliado en México,  respondería a los críticos negando que la base de  ese movimiento rebelde hubiera sido la misma que aquella que en 1917 había acuerpado a la revolución. En cambio, señalaba, el grupo alzado era en esencia “pequeñoburgués” y “reaccionario”.

Luego de justificar la medida, en el marco de las leyes de la revolución y de su pretendida dictadura proletaria, Trotsky cerraría el artículo así:

“Conscientes de su impotencia en la arena de la política revolucionaria de hoy, la disparatada y ecléctica pequeña burguesía, trata de utilizar el viejo episodio de Kronstadt en su lucha contra la Cuarta Internacional, es decir, contra el partido de la revolución proletaria. Estas últimas ‘gentes de Kronstadt’, también serán aplastadas, es verdad que sin el uso de las armas, puesto que, afortunadamente, no tienen una fortaleza”.

No hay ley más alta que la “seguridad de la revolución”, como bien había dicho Plejánov.