A veinte años del “Informe contra mí mismo”, una esperanza

1c1e1d940d86dc247e0f6a706700189a

Ernesto Mejía/@netomejia08

“La vida siempre tiene veinte años”, dice en alguna parte de su “Informe contra mí mismo”, el escritor cubano Eliseo Alberto. Lo dice acaso con ese tono de amarga melancolía con que se expresan los deseos que al fin y al cabo no pueden cumplirse. Lo dice mientras desgaja sus recuerdos de una Habana luminosa, en un tiempo, el de principios de los 70, en el que a pesar de las vicisitudes y del permanente estado de emergencia, la ciudad todavía parece alentada por los aires de una revolución fresca y esperanzadora.

Para Eliseo Alberto y los jóvenes de su generación a quienes el avance triunfante de los barbudos bajados de la Sierra Maestra les pilló siendo unos niños, La Habana era entonces un lugar, un proyecto posible. No tenían mucho pero les alcanzaba para ser felices: los parques del Vedado, las noches en la Cinemateca de 12 y 23, el ron Legendario y el vodka vietnamita, la playa de Santa María del Mar, el Coppelia, los conciertos de Silvio y Pablo en Casa de las Américas y, claro, los deberes con el Comité, el Sindicato, la Federación o la milicia universitaria.

Una vida simple pero justa, digna y accesible para todos como a la que le cantaba el también cubano Nicolás Guillén en su poema Tengo (Tengo, vamos a ver,/que ya aprendí a leer/a contar/tengo que ya aprendí a escribir/y a pensar/y a reír/Tengo que ya tengo/donde trabajar/y ganar/lo que me tengo que comer/Tengo, vamos a ver/tengo lo que tenía que tener).

La vida siempre tiene veinte años. Aunque no sea del todo cierto, algo queda de entonces: los recuerdos. Yo, en todo caso, recuerdo ahora difusamente que el libro de Eliseo Alberto llegó a mí en mis veintes, como un regalo del asesor editorial que por aquellos días de finales de los noventas tenía la revista de investigación en la que trabajaba.

Por la fecha que dejé marcada en su página de inicio (16  de noviembre de 1999) habrá sido un regalo de cumpleaños. A mediados de ese año, precisamente, movido por una simpatía adolescente por aquel régimen que me había hecho pensar que otro mundo más justo y humano era posible, había viajado a La Habana, para ver aunque fuera solo la superficie de ese país incómodo y rebelde al que su enemigo acérrimo, situado a tan solo 90 millas de distancia, no había podido doblegar en cuatro décadas.

Entonces (no sé ahora), a los periodistas extranjeros se les veía con cierto recelo. Y si, como decía Dalton, se tenía el agravante de ser salvadoreño, peor.  Motivos había. Dos años antes, una serie de atentados a centros turísticos, realizados por salvadoreños, habían sacudido la capital cubana; y, en 1998, la policía había capturado a uno de los autores de esas explosiones, un militar retirado de nombre Otto René Rodríguez Llerena. Cuando en migración dije mi oficio y nacionalidad, automáticamente me hice ganador de una exhaustiva requisa a mi equipaje y a un largo interrogatorio que por ratos me puso nervioso.

El hecho no empañó, claro, el fulgor de los días que siguieron. Ni de las noches, al menos de la zona del malecón, que por esas fechas de finales de julio se llenaba de música y carrozas en conmemoración del asalto al cuartel de Moncada. Si rememoro ahora viene a mí la imagen de una ciudad lánguida que soportaba los embates del tiempo y el abandono con altivo decoro. Veo a su gente amable, culta y solidaria plantando cara a las adversidades. A sus viejitos en los parques jugando dominó. A sus familias en los dinteles de las casas, pasando el bochorno del final de la tarde en animada plática. Los paladares, el vasito de ron, la cerveza en tarros de cartón, las Hatuey, las Bucanero, los Popular.

Pero también recuerdo, de las fugaces pláticas con esos mismos cubanos, las historias con la cartilla de racionamiento, su gesto incómodo cuando aunque fuera muy tímidamente los abordabas sobre la situación política y preferían por lo bajo cambiar de tema, su precaria situación laboral, sus penurias económicas.

No sé con qué intención me habrá regalado el “Informe” mi estimado asesor editorial. Por mínimas reglas de cortesía uno no pregunta la motivación de un regalo, aunque, admitámoslo, con los libros uno puede al menos pensarlo (¿Fue porque el significado de la obra lo marcó en algún sentido? ¿Porque el libro en cuestión le pareció una destacada pieza literaria digna de compartirse? ¿O porque era una lectura animada para un fin de semana?) Como dije, nunca se lo pregunté, y si lo hiciera ahora, puede que ni siquiera lo recuerde.

Quiero pensar en todo caso que lo hizo para que tuviera acceso a otras voces, a otras verdades más allá de las consignas que había escuchado de toda la vida, de los lugares comunes, de las canciones de Silvio, de la camisa del Che.  De cualquier modo, el sentido testimonio de Eliseo Alberto llegaría en un cruce de caminos en el que también me encontraría con “La vida en rojo”, de Jorge Castañeda; con la desgarradora cinta de Julian Schnabel, “Antes que anochezca”, que me llevaría a la no menos triste poesía de Reinaldo Arenas; en el que me toparía asimismo con algunas memorias de Huber Matos, donde relataba su oscuro paso por la cárcel y su juicio espurio; y aunque en un contexto y en un espacio diferente,  también con el “Adiós muchachos”, de Sergio Ramírez.

La lista se engrosaría luego, con los años, con textos de Marx, Camus, Orwell, Gide, Trotski o Berlin que me harían pensar que la libertad política no es un derecho baladí; que si la libertad de una clase o de un grupo depende de la explotación y la miseria de un número importante de seres humanos se está ciertamente frente a un sistema injusto e inmoral, pero que suprimirla o reservarla para una sola persona o una casta en nombre de la igualdad es igualmente injusto e inmoral. Que el éxito de las revoluciones debía medirse por su capacidad emancipadora, por sus posibilidades de desbloquear  sociedades mejores, con la condición de que una vez nacidas estas no fueran bloqueadas de nuevo o raptadas por un césar.

La vida siempre tiene veinte años. No. Y aunque los recuerdos luminosos siempre queden, la vida también envejece. Nos envejece. Junto a las alegrías llegan también las tristezas. En algunos casos, dolores tan fuertes que marcan profundamente una existencia y no se van más.  Eliseo Alberto lo sabría bien, porque al fin y al cabo qué más es su “Informe” sino un sincero homenaje a  una herida abierta, a un país dividido y confrontado en dos orillas, a una utopía magnífica que acabó perdiéndose en la noche. Una noche, que para él, llegaría a finales de 1978, cuando siendo un teniente de reserva en La Habana, sus superiores le pedirían que elevara un informe contra su familia.

“Informe” era el nombre sobrio y burocrático que los servicios de Seguridad del Estado le daban al vulgar mecanismo de delación, por el que una persona, muchas veces coaccionada, acusaba, sin importar si tuviera sustento o no, a un familiar, a un vecino, a un amigo  del más mínimo pecado venial en contra de la Revolución: cualquier pensamiento liberal, bailar una rumba  de Celia Cruz, tener libros de autores prohibidos, por ejemplo.  El documento iba a algún archivo y en cualquier momento, en el momento en que el régimen lo considerara necesario, podía salir a flote. Por culpa de ellos muchos fueron condenados al exilio, al ostracismo, a la cárcel, a la muerte.

Arrinconado, Eliseo Alberto relata en su libro que no tuvo más opción que escribir y firmar el informe. Pero fue al ver alzarse esa inmensa telaraña de miedo, culpa y desconfianza cuando decidió salir de Cuba , en un viaje que lo llevaría finalmente a México, donde desarrollaría buena parte de su carrera de escritor y donde fallecería en 2011 sin haber tenido nunca más la posibilidad de volver a la isla.

Es siguiendo los hilos de esa telaraña, en los que se enredarían y desaparecerían tantos de sus contemporáneos y amigos, que el escritor con una voz firme pero sin revanchismos ajusta cuentas. Con el castrismo, por supuesto, pero también con Estados Unidos.

“El gobierno revolucionario manipuló los errores de ambas partes para edificar castillos en el aire sobre las ruinas de una nación entregada a un proyecto que prometía la conquista de un régimen de justicia social inalterable. El gobierno de Estados Unidos también hizo trampa y hoy es corresponsable de lo sucedido en mi país por una sencilla razón: no se puede luchar por alguien que uno jamás ha querido. Y ellos jamás nos quisieron: nos desearon y nos desean. Lo sabíamos. Y lo sabemos. El antiimperialismo, por tanto, no es un sentimiento injustificado, sino la natural reacción del ofendido ante el ofensor”.

El recuento doloroso de aquellos años, que hace que Eliseo Alberto redacte este segundo informe, ya no contra los suyos, sino contra él mismo, como una forma de reivindicar su derecho a ser condenado por lo que piensa y no por lo que otros han dicho de él, lo mueve también a apuntar que lo que está en juego, después de tanto tiempo, no es el proyecto de un hombre o un grupo de hombres, sino algo superior: la patria de todos los cubanos. En consonancia —y es quizás ahí donde radica la grandeza de su texto — convoca a una “paz necesaria” que permita al fin unir a esas dos orillas confrontadas ideológicamente bajo un mismo cielo compartido.

“Informe contra mí mismo” se publicó por primera vez en 1996, cuando Fidel Castro sumaba 37 años en el poder. Hoy 20 años después, con su muerte, uno quisiera creer, acaso ingenuamente, que los sueños de reunificación de Eliseo Alberto, de ese revolucionario fuera de la Revolución, son posibles. Que las luces de esa República de las Letras y de las Artes que han ayudado a construir tantos y tantos ilustres cubanos de adentro y de afuera de la isla, en estos años aciagos, son capaces de iluminar el camino de la cordura y la reconciliación.

Para que, en el futuro, al ser recitados aquellos versos de José Martí , “Dos patrias tengo yo, Cuba y la noche” no resuenen con la misma tristeza desesperanzadora con la que todavía suenan hoy en la boca de muchos cubanos.

Anuncios

Un llamado de atención para un Occidente en declive

musulmanes-en-eruropa

 

Ernesto Mejía / @netomejia08

Si nos atenemos a la confesión de Giovanni Sartori (Florencia, Italia, 1924), su más reciente libro “La carrera hacia ningún lugar” (2015) surgió de su espíritu de contradicción. Al politólogo le habían repetido insistentemente que en el verano nadie leía textos serios, por lo que yendo en contra de esa creencia se lanzó a tratar de comprobarla.  “¿Será verdad que el libro serio en verano no lo quiere nadie? Para saberlo hay que probarlo. En el peor de los casos, no venderé ni uno”, se resignaba en su epílogo.

Concebido de esa forma, no es extraño que el producto final sea un texto corto sí, pero de una profundidad provocadora, donde el italiano vuelve sobre los pasos de obras anteriores (Homo Videns,  La sociedad multiétnica, ¿Qué es la democracia?) para articular 10 pequeños ensayos donde dibuja los principales peligros y desafíos que, a su juicio, están empujando a Europa y a Occidente hacia el declive.

En “La carrera hacia ningún lugar”, cuya traducción al español salió en  abril pasado, Sartori pasa revista, entre otras cosas, a la crisis de la política; al peligro que implica para la democracia liberal la expansión irrefrenable de la televisión, el internet y las redes sociales; la presión religiosa, predominantemente católica, nunca extinta en contra del aborto; y, acaso el problema que más le preocupa, al que le dedica más espacio, y donde se encuentran ecos de la famosa obra de Samuel Huntington “El choque de civilizaciones”: la belicosa relación de Occidente con el islam.

Contrario a las tranquilizantes voces que surgen luego de cada ataque terrorista y que insisten en la existencia de un islam moderado, el politólogo no exhibe en ese punto medias tintas: rehúye, claro, de presentar a dicha religión como un bloque monolítico y concede que no todo su edificio esté impregnado del extremismo, pero duda de que sean los sectores que llaman a la moderación las que estén ganando la partida ideológica.

La opinión de los intelectuales islámicos más o menos occidentalizados, dice, no tienen ningún peso sobre las decisiones de los Hermanos Musulmanes de El Cairo, las madrasas pakistaníes o sobre la predicación fundamentalista. Y los regímenes de los llamados Estados moderados del mundo islámico (Arabia Saudí, Túnez, Argelia, Egipto, etc.) comparten o han compartido la característica esencial de haber sido dictaduras, lo que hace que una vez caídas estas, resurja el sustrato teocrático que solo había estado reprimido.

El cuadro se empeora por una numerosa población musulmana ya presente en Europa, que crece además con la inmigración, que en buena medida no ha podido o no ha querido integrarse, precisamente porque proviene de una matriz cultural diametralmente opuesta a la occidental.

Mientras el occidente europeo, luego de sangrientas guerras de religión y de la rebelión intelectual del Siglo de las Luces, terminó por secularizarse y democratizarse, separar  los poderes de la Iglesia y del Estado, y afirmar principios y valores pluralistas, las sociedades musulmanas continuaron estando asentadas en la indisociabilidad entre política y religión y basadas en el principio de la sumisión a Dios.

La contraposición no puede ser mayor: mientras que unas son sociedades democráticas, las otras son teocráticas.

niqab-velo-francia-2011

En 1996, Huntington había advertido ya que ambas civilizaciones, que por lo demás habían compartido un vergonzoso pasado de más de cuatrocientos años de guerras anteriores al advenimiento de la Guerra Fría, parecían confluir de nuevo, luego de la caída del comunismo, hacia otro conflicto violento.  Un proceso motivado, entre otros factores, por la explosión demográfica de los países del mundo islámico, el resurgimiento de dicha fe religiosa y una creciente interacción y mezcla entre musulmanes y occidentales que había estimulado en cada uno un sentido nuevo de sus propias identidades y exacerbado sus diferencias.

Con una distancia de 20 años, y con el surgimiento y recrudecimiento del terrorismo en los últimos tres lustros, Sartori invita entonces a reconocer el problema y a llamarlo por su nombre, afirmando sin ambages que Occidente se encuentra hoy en guerra. Una guerra terrorista (no regular, donde la intención es aterrorizar al enemigo matando indiscriminadamente), global (porque tiene alcances planetarios), tecnológica (dado que se recurre a armas no convencionales) y de carácter religiosa (ya que el terrorismo se alimenta de un fanatismo de ese tipo y está protegido por una fe religiosa).

Aunque llega a proponer maniobras militares, como el hundir o inutilizar —antes de que se hagan al mar— los barcos que sirven para transportar inmigrantes y entre los cuales se infiltran terroristas, el italiano admite que el componente castrense es secundario en esa guerra.

El politólogo cree que el referido conflicto bélico se gana o se pierde en Europa, en función de si los europeos (y los occidentales por extensión) saben reaccionar a la “desintegración intelectual y moral” en la que están cayendo y afirman su identidad o si por el contrario dudan de sus valores y de su “civilización ético-política”.

Así, como Huntington, Sartori hace un llamado entonces a reafirmar la unicidad occidental y a desconfiar del facilismo integrador que proclaman ciertos sectores de izquierda.

En concordancia, recomienda, entre otras cosas, un mayor y mejor control de la inmigración limitándola solo a aquellas personas que cuenten con sus papeles en regla y que tengan en el país de destino un puesto de trabajo “creíble”; y la concesión de la residencia permanente a estas personas y a sus hijos (siempre revocable en caso de la comisión de un delito)  pero  privada del derecho al voto.

Es posible, aunque debatible, que Sartori tenga razón en sus planteamientos. Porque ¿pueden, al fin y al cabo, los países de Europa absorber indefinidamente una migración musulmana irregular? ¿Y en caso de que estuvieran en la capacidad, podrían administrar el desafío que implicaría tener sociedades escindidas que contengan en su seno a dos colectividades que se encuentran en las antípodas con todas las probabilidades de un conflicto sangriento a gran escala que eso conlleva? ¿O no sería acaso preferible evitar ese punto de quiebre?

Menos acertada parece, en cambio, su deducción de responsabilidades sobre qué bando encendió de nuevo la llama de un enfrentamiento que permaneció adormecido durante buena parte del siglo XX.

Siguiendo a Arnold Toynbee, Sartori afirma que el invasor inicial, el que desencadenó de nueva cuenta el conflicto fue el mundo occidental. Pero matiza esa responsabilidad asegurando que el proceso  fue involuntario, derivado de la fuerza de expansión de la tecnología y los instrumentos de comunicación.

El italiano obvia en ese punto, contrario a Huntington que sí lo había explicitado, que la cultura sigue al poder y que, por tanto, la irradiación de esos elementos culturales no puede darse sin una fuerza que la acompañe.

“A lo largo de la historia, la expansión del poder de una civilización ha tenido lugar habitualmente a la vez que el florecimiento de su cultura y casi siempre ha supuesto el uso de tal poder por parte de la civilización para extender sus valores, prácticas e instituciones a otras sociedades. Una civilización universal requiere poder universal”, advertía Huntington.

Sea como sea, en medio de ese conflicto ya en marcha, quizás lo más sensato que pueda hacer Occidente sea seguir al historiador y orientalista británico, Bernard Lewis, que en un ensayo titulado “Las raíces de la ira musulmana” (1990) afirmaba no solo que las tensiones entre el fundamentalismo y las vertientes más tolerantes al interior del islam debían ser resueltas por los mismos musulmanes, si no que en esa confrontación de civilizaciones, el mundo occidental  debía actuar con cautela para evitar reacciones desmesuradas.

“Debemos tener claro que nos enfrentamos a una disposición de ánimo y a un movimiento que trascienden en mucho el plano de los problemas y de las medidas y los gobiernos que las adoptan. Es nada menos que un choque de civilizaciones —esa reacción quizá irracional, pero ciertamente histórica, de un antiguo rival contra nuestra herencia judeo-cristiana, nuestro presente laico y la expansión de ambos por todo el mundo—. Es de importancia crucial que, por nuestra parte, eso no nos mueva a una reacción igualmente histórica, pero también igualmente irracional, contra ese rival”.

La perturbadora obsesión de Lewis Carroll con las niñas

lewis_132758

 

Ernesto Mejía / @netomejia08

El nombre de Lewis Carroll, seudónimo de Charles Dodgson, está indeleblemente ligado, en el mundo de la literatura, a la delirante grandeza de “Alicia en el país de las maravillas” y a su continuación “Alicia a través del espejo”. Pero prácticamente desde su muerte (1898), el nombre del narrador británico ha estado también ligado a una pregunta polémica: ¿qué alcances tuvo su amor-obsesión por las niñas?

La pregunta no ha sido fácil de responder toda vez que sus familiares y herederos se dedicaron luego de su deceso a cercenar partes del diario personal que el escritor mantuvo celosamente durante más de cuatro décadas y a quemar, tachar o borrar documentos, entre los que se encontraban numerosos intercambios epistolares y buena parte de su archivo fotográfico.

Según sus biógrafos, el también diácono anglicano desplegó a partir de la segunda mitad  del siglo XIX, aparte de su oficio literario, una frenética actividad fotográfica que lo llevó a retratar a más de un centenar de niñas de entre 10 y 14 años, muchas de ellas desnudas o como él gustaba decir con sus “vestidos hechos de nada”.

A pesar de la voluntad de los familiares de Carroll de destruir buena parte de esos documentos, muchos de ellos lograron burlar la censura y el paso del tiempo y llegar hasta nuestros días.

En 2013, la editorial española La Felguera publicó bajo el título “El hombre que amaba a las niñas”, la mayor recopilación en español de sus correspondencias y retratos. La obra, que reúne unas 70 cartas y unas 80 fotografías, sitúa al lector frente a un personaje dual e incómodo.

Por un lado el escritor, que como el autor de Alicia, no deja lugar a dudas de su febril imaginación y se desborda en juegos de palabras, ilustraciones, acrósticos, cartas que deben leerse frente al espejo o especies de cuentos redactados en tonos francamente entrañables. Y, por el otro, un hombre en apariencia incapaz de conectar con mujeres de su edad, que escribe sin cesar a sus “amigas-niñas” para invitarlas a tomar el té o a dar un paseo, o a sus padres e institutrices a quienes solicita de diversas maneras la autorización para que estas posen sin ropa para él.

El resultado, más allá de que sus desnudos contengan algún grado de belleza artística y muchas de sus correspondencias reflejen igualmente calidad literaria, es un mosaico perturbador donde es difícil determinar si Carroll estuvo motivado por una genuina voluntad de acceder a la pureza infantil y fijarla en retratos que hoy nos miran desde un  tiempo perdido o si, por el contrario, sus acciones respondían a un impulso erótico que reprimía con costos.

La naturaleza de esos contrastes, frente a los cuales no queda más que la sospecha, se ve reflejada en estas dos cartas que reproduzco casi en su integralidad a continuación y que sintetizan en buena medida los tonos de la recopilación de La Felguera.

beatrice2bhatch2b302bjuly2b1873-2bphotograph2btaken2bby2blewis2bcarroll2bthen2bcoloured2bby2banne2blydia2bbond2bon2bcarrolls2binstructions
Beatrice Hatch, retratada por Lewis Carroll y coloreada luego por Anne Lydia Bond

 

 

Para Georgina Watson

The Chestnuts, Guildford

Después del 5 de octubre de 1869

Mi querida Ina:

Aunque no hago regalos de cumpleaños, sí puedo escribir una carta de cumpleaños. Fui a tu casa para felicitarte pero el gato me encontró y me tomó por un ratón. Me persiguió por todas partes hasta que apenas pude tenerme en pie. Sin embargo, no sé cómo, logré entrar en la casa y allí un ratón me encontró, me tomó por un gato y me lanzó atizadores, loza y botellas. Por supuesto, volví a salir a la calle corriendo y me encontró un caballo que me tomó por un carro y me arrastró todo el camino hasta Guildhall, pero lo peor de todo fue cuando un carro me encontró y me tomó por un caballo. Me sujetó a él con un arnés y tuve que arrastrarlo kilómetros y kilómetros hasta Merrow. Así que, como puedes ver, no conseguí llegar a la habitación donde te encontrabas.

Sin embargo, me alegró saber que estabas trabajando duro para aprender las tablas de multiplicar a cambio de una sorpresa de cumpleaños.

Tuve tiempo para asomarme a la cocina y ver cómo preparaban tu fiesta, un bonito plato de mendrugos, huesos, píldoras, bobinas de algodón y ruibarbo y magnesia. “Bueno”, pensé. “¡Estará contenta!”, y con una sonrisa seguí mi camino.

 

Tu amigo que te quiere,

C.L. Dodgson

 

 

Para la señora J. Chataway

Christ Church, Oxford

28 de junio de 1876

Mi querida señora Chataway:

El martes me va bien. Será mejor que conduzca hasta “Tom Gate, Christ Church”. Para ahorrarse una posible extorsión, también debería mencionar que el precio legal por uno (o por dos) sería 1s. Con su grupo, 2s. sería una tarifa más que suficiente. Si hace un día realmente malo, no les esperaré.

(N.B.: No me refiero a “nublado”. Los días nublados son los mejores para la fotografía.

Atentamente,

C.L. Dodgson

 

P.D.: Si decidiera enviar a Gertrude y no venir usted, ¿le importaría informarme de cuál es la cantidad mínima de ropa con la que desea que la fotografíe? Si tengo esa información, me basaría en sus preferencias al respecto. Los niños son muy diferentes, a algunos que conozco (principalmente londinenses), no me atrevería ni siquiera a proponerles que se quitaran los zapatos, pero a una niña como Gertrude, tan ingenua como Eva en el jardín del Edén, no vería ninguna objeción (siempre que ella lo desee) en fotografiarla con el mismo atuendo con el que Eva se paseaba por aquel jardín. Y creo que si usted estuviera aquí y pudiera ver las fotografías que he hecho de niñas con tan primitivo atuendo, estaría de acuerdo en que es posible hacer una fotografía así que pueda enmarcar y colgar en su salita de estar (…)

 

186701
Alice Liddell, la niña musa que inspiró a Alicia en el país de las maravillas

 

 

***

En 2015, la BBC realizó un documental llamado “The secret world of Lewis Carroll”. Durante su grabación, la cadena pública británica aseguró haber encontrado en el Museo Cantini, de Marsella, Francia, una fotografía que supuestamente muestra a Lorina Liddell —la hermana mayor de Alice, la niña musa que inspiró a Alicia en el país de las maravillas — posando en un desnudo frontal completo. En el reverso de esta se puede leer su nombre acompañado de la firma “L. Carroll”.

Si bien Lorina y sus dos hermanas, siendo unas niñas, ya habían posado en numerosas ocasiones para el lente de Carroll, el documental alega que ese retrato era diferente a todos los documentos hasta entonces conocidos, puesto que en él aparecería la mayor de las Liddell siendo una adolescente y mostrándose en una pose que no habría sido nunca consentida por sus padres. Aunque los autores de la cinta no lograron determinar con total seguridad que el escritor haya sido el autor del retrato, ni que la modelo sea en efecto la referida joven, sí lograron establecer que el rostro de la retratada guarda similitudes con el de la mayor de las Liddell y que la fotografía fue tomada en la misma época en que el británico frecuentaba a las niñas y siguiendo el mismo proceso que él usaba en sus imágenes. Sin duda un elemento más que reaviva la polémica en la ya de por sí controversial vida privada del narrador británico.

Laurence Tribe y su intento de conciliación en el tema del aborto

stopthemurderroevwade

Ernesto Mejía / @netomejia08

En 1973, luego de haber sido debatido infructuosamente en dos ocasiones en los dos años anteriores, la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos daría su resolución sobre el caso Jane Roe vs Henry Wade. Los dos nombres que aparecían en oposición en ese caso y que se volverían un referente en la historia de la jurisprudencia de ese país, si bien aludían a personas concretas, en el fondo representaban más bien la colisión de dos derechos individuales en apariencia irreconciliables que polarizarían el panorama político estadounidense en las décadas siguientes: el derecho a la privacidad y a la autonomía de la mujer frente al derecho a la vida de los fetos.

Jane Roe no era un nombre real. Era el seudónimo de una mujer de Texas,  Norma McCorvey, quien alegaba haber sido víctima, en 1969, de una violación grupal de la que había resultado embarazada. Dado que la ley del estado, vigente desde 1857, que establecía como un delito la realización de un aborto salvo cuando se hiciera bajo consejo médico para salvar la vida de la madre, le impedía interrumpir su propio embarazo,  McCorvey había decidido impugnar la legislación en beneficio de las demás mujeres.

Henry Wade, por su parte, era el nombre real del fiscal del condado de Dallas. Sin embargo, en el caso en cuestión, más que sus poderes ejecutivos los intereses que entraban en conflicto con los de Roe/McCorvey eran los de los no nacidos, puesto que los habitantes de Texas habían decidido, por medio de su Asamblea Legislativa, proteger las vidas de los fetos.

Ante ese choque de intereses, en una votación de siete jueces contra dos, el máximo tribunal estadounidense resolvería el 22 de enero de ese año que la decisión de una mujer de interrumpir o no su embarazo era un derecho fundamental, parte del “derecho a la privacidad”, lo que implicaba que el gobierno no tenía la capacidad de interferir en él a menos que hubiera una razón “imperiosa” para hacerlo.

En su sentencia, aplicable desde entonces a toda la Unión Americana, los jueces establecerían el ya célebre marco trimestral, según el cual en los primeros tres meses de un embarazo, el gobierno no podía intervenir en la decisión de una mujer de interrumpirlo, salvo en el hecho de insistir en que el procedimiento fuera realizado por un médico con licencia. En el segundo trimestre, la facultad estatal de regular el aborto se reducía  únicamente a la preservación y protección de la salud de la mujer (es decir garantizar que la interrupción fuera realizada de manera segura). Mientras que en los últimos tres meses, ya que el feto es viable fuera del útero materno, la protección de su vida se convertía sí en una razón apremiante para el gobierno, por lo que su intervención en esta etapa se encontraba totalmente justificada.

Quizás como nunca antes de ese momento, la polémica sentencia haría que desde entonces la opinión pública de Estados Unidos sobre ese tema se dividiera en dos campos antagónicos muy bien delimitados en torno a la vida y a la libertad en los que no existía ninguna posibilidad de consenso.

abortonyt
La noticia de la resolución Roe apareció en la portada del NYT, en enero de 1973.

Publicado originalmente en la encrucijada de 1991, cuando la reconfiguración de la Corte Suprema de Justicia, con el ascenso de nuevos magistrados con un perfil más conservador, hacía pensar en la posible desestimación de la sentencia Roe, “El aborto: guerra de absolutos”, de Laurence H. Tribe —ampliado luego en 1992— es un análisis exhaustivo no solo de esa resolución y de ese momento histórico, sino de un conflicto que en su expresión más virulenta se mantendría al menos hasta el dictamen de otro caso sonado: el Planned Parenthood of Southeastern Pennsylvania vs Casey (1992).

Aunque en este último, la corte conservaría —por muy poco— intacta la esencia de Roe, cuatro de nueve magistrados dejarían en claro en ese caso su insistencia en desestimar por completo la  resolución inicial de 1973. Era la primera vez desde su promulgación que Roe encontraba una oposición tan grande al interior del máximo tribunal. El peso de los jueces más conservadores se haría sentir, de hecho, en la sentencia final de Casey que aunque ratificaría el derecho de cualquier mujer a interrumpir su embarazo, introduciría nuevas regulaciones.

Para el caso, los jueces harían a un lado el marco trimestral de Roe y lo remplazarían por la norma de “carga indebida”, lo que implicaba que las legislaciones estatales tenían la capacidad de introducir, en la fase anterior a la “viabilidad” del feto,  ciertas restricciones, siempre y cuando estas no representaran un obstáculo insalvable a la libertad de la mujer de interrumpir voluntariamente su embarazo.

En la demanda en cuestión, avalarían constitucionalmente, por ejemplo, algunos requisitos que la impugnada ley de Pennsylvania ya contemplaba: un período de espera de 24 horas antes de realizar el procedimiento, una cláusula de consentimiento informado que obligaba a los doctores a explicar los riesgos a la salud que el aborto conllevaba; y el consentimiento de al menos uno de los padres en el caso de ser una menor de edad la que se practicara el procedimiento. Todo lo cual significaría una tibia victoria para el bando “provida”.

Desde entonces, como lo explica Tribe en el prólogo para la edición en español, publicada por primera vez hasta en 2012, la Corte Suprema no intervendría para establecer alguna otra prohibición notable más que en el caso Gonzales vs Carhart (2007), en el que los jueces vedarían el método del “aborto con nacimiento parcial”, uno de los procedimientos más utilizados, hasta ahí, durante el segundo trimestre del embarazo.

El autor cree que el que los estados ganaran, a lo largo de esa historia de 40 años, una mayor autonomía con respecto a la resolución inicial de Roe, a través de sentencias como las de Casey o Carhart, que les permitieron abordar el aborto desde la particularidades de sus comunidades e imponer regulaciones en concordancia con ellas, pero manteniendo intacto el principio del derecho de la mujer a interrumpir su embarazo, hizo que muchos estadounidenses se resignaran al statu quo y se entrara al final en una especie de tregua entre los dos bandos en disputa.

Algo que no conjura, por supuesto, la posibilidad siempre latente de que en un futuro una corte mayoritariamente conservadora busque debilitar aún más o incluso invalidar en su totalidad el fallo de Roe vs Wade.

Si bien el énfasis principal de “El aborto: guerra de absolutos” está centrado sobre todo en la realidad y en el marco legal estadounidense, sería injusto decir que se trata únicamente de un análisis jurídico de dicho fenómeno circunscrito a ese país. El libro de Tribe, uno de los más importantes constitucionalistas de Estados Unidos, profesor de la Escuela de Leyes de la Universidad de Harvard y de la Universidad Carl M. Loeb, es una obra abarcadora donde igual aparecen y discuten entre sí argumentos legales, médicos, filosóficos, morales, sociales y teológicos, y donde se dibujan nociones como la equidad de género, la autonomía de las mujeres y las relaciones de poder.

Buena parte de su trabajo está volcado, incluso, a superar la experiencia estadounidense, por medio de un recuento de las formas en que numerosos pueblos a través de la historia han abordado el fenómeno, lo que da cuenta de que el contexto cultural incide en la percepción que tenemos sobre el problema, y de donde se deduce también el valor de la obra para cualquier lector interesado en este tema universal, polémico, no resuelto y siempre recurrente.

Pero quizás una de sus mayores virtudes sea que en medio de esa guerra de trincheras en la que se mantienen permanentemente los bandos “provida” y “proelección”, el autor busque tender puentes que permitan escuchar los argumentos de los contrincantes. En el proceso, Tribe trata de llamar la atención tanto sobre la mujer como sobre el feto, no ya como conceptos aislados y abstractos sino dotados, cada uno de ellos, de una humanidad concreta, en un esfuerzo deliberado de tratar de encontrar un terreno común, por pequeño que sea, desde donde impulsar la construcción de un acuerdo aparentemente improbable.

Si el conflicto enfrenta una legítima preocupación por la vida, por un lado, y por la libertad, por el otro, el autor adelanta algunos elementos que deberían ser tomados en cuenta en el camino de una conciliación. En la lista, Tribe incluye, entre otros, no solo una sólida educación sexual y una amplia disponibilidad de métodos anticonceptivos (o abortivos, incluso, que puedan adquirirse directamente y eviten la necesidad de procedimientos quirúrgicos), sino también un mayor involucramiento estatal y social en la facilitación del cuidado de los niños una vez que estos hayan nacido: atención médica posnatal asequible,  licencias de maternidad y paternidad obligatorias, buenos cuidados infantiles, horarios flexibles en el lugar de trabajo, etc.

“Si los adalides de ambos bandos del debate sobre el aborto hicieran una pausa, reconocerían al menos un interés ampliamente compartido: el de trabajar por un mundo donde solo hayan embarazos deseados. Una mejor educación, la provisión de anticoncepción, incluso la creación de una sociedad donde la carga de criar un hijo sea más ligera, son todos objetivos alcanzables que se pierden entre la gritería sobre esta práctica. (…) Casi todos estamos de acuerdo en que deberíamos esforzarnos por lograr una sociedad en la que cada niño que concibe una mujer sea deseado y en la que cada niño nacido tenga a alguien que lo ame y lo cuide”, concluye Tribe.

 

 

Llamas y otras plagas. Un recuento de la recurrente destrucción de las bibliotecas

 

articulo_quema_de_libros_el_quijote_23042015_640a
Ilustración tomada de http://www.prodavinci.com

 

Ernesto Mejía / @netomejia08

La destrucción de los libros y las bibliotecas fue uno de los temas que más fascinó a Borges como lo demuestran las varias referencias en sus cuentos, poemas y ensayos.

El tema aparece en “La biblioteca de Babel”, donde imaginó una “secta” dedicada a la eliminación de libros inútiles; en “Los teólogos”, donde describe una horda de hunos destruyendo una biblioteca monástica; en “El libro de arena”, donde el miedo del protagonista  a esa obra infinita le hace pensar, por un momento, en su quema; en los versos de algunos de sus poemas como “El poema de los dones” o “Alejandría, 641 A.D.”, y en su ensayo “La muralla y los libros”.

Y hacia el final de su cuento “El congreso”, los miembros de una hermética y fallida asamblea planetaria que había tenido la pretensión de representar a la humanidad entera asisten a la disolución de dicho parlamento frente a una hoguera que se lleva consigo la biblioteca que el congreso había acumulado a lo largo de cuatro años.

Su protagonista, Alejandro Ferri, dice entonces:

“Hay un misterioso placer en la destrucción; las llamaradas crepitaron resplandecientes y los hombres nos agolpamos contra los muros o en las habitaciones. Noche, ceniza y olor a quemado quedaron en el patio. Me acuerdo de unas hojas perdidas que se salvaron, blancas sobre la tierra”.

(…)

Y prosigue:

“Irala (otro de los congresistas), fiel a la literatura, intentó una frase:

–Cada tantos siglos hay que quemar la Biblioteca de Alejandría”.

Borges no sería, claro, el único literato embrujado por esa deliberada y cíclica destrucción de libros. Antes que él, otros autores como Cervantes, en “El Quijote”; Víctor Hugo, en “Noventa y tres”;  y Elias Canetti, en “Auto de fe”; o contemporáneos suyos como Ray Bradbury, en “Fahrenheit 451” y George Orwell, en “1984”, ilustrarían también en sus ficciones esa real y nefasta vocación “biblioclasta” de algunos hombres.

Una práctica que, según la obra “Libros en llamas. Historia de la interminable destrucción de las bibliotecas”, del escritor francés Lucien Polastron, ha acompañado a la humanidad casi desde el momento en que la escritura quedó fijada en un soporte lo suficientemente versátil que permitió que esos escritos fueran acumulados y conservados.

Su libro, publicado en 2004 y traducido al español por primera vez en 2007, es un exhaustivo recuento, a través de diferentes geografías y épocas, de esas recurrentes aniquilaciones. Fueran estas voluntarias o no, motivadas por razones políticas o religiosas, el historiador francés da cuenta de la inestimable desaparición de millones de obras, desde la destrucción de los depósitos de arcilla grabadas con escritura cuneiforme hasta los dos incendios y el inclemente saqueo que sufriría, en 2003, en plena invasión estadounidense, la biblioteca Nacional de Iraq.

A través de sus páginas, Polastron estructura un desolador recorrido donde los conflictos son en no poca medida los causantes de esa monstruosa devastación. Como lo ilustra justamente la escabrosa historia de la biblioteca de Alejandría, que entre mitos y verdades acoge en su seno un ciclo de constantes destrucciones y renaceres plagado de guerras, invasiones e incendios que terminan, según historiadores árabes antiguos, en su total aniquilación en el 642 de nuestra era, por órdenes del califa Omar.

Alegan estas fuentes que, consultado por  su general Amr bin al As sobre qué futuro debían tener los libros de la referida biblioteca, Omar le habría respondido en una carta lo siguiente: “Si lo que dice en ellos es conforme al Libro de Dios, el Libro de Dios nos permite ignorarlos, pero si hay algo en ellos contra el Libro, son malos, sea como sea, destrúyelos”. Ante lo cual el militar habría tomado la decisión de usar todos y cada uno de los volúmenes como combustible para la calefacción de los baños públicos.

Polastron reniega, sin embargo, de esa versión, señalando que esta fue solo una leyenda inventada más de cinco siglos después por partidarios del sultán Saladino, quienes buscaban, a su vez,  una forma de justificar su muy personal método de dispersar bibliotecas: el remate de colecciones enteras al mejor postor con la intención de pagar a sus soldados que se enfrentaban entonces a los cruzados.

Más allá de su veracidad o no, el relato obviamente se asentaba sobre bases reales. El califa Omar, indica el autor, sería el primer gran vándalo musulmán como lo atestiguan sus acciones en los territorios de los hoy Siria, Irán, Egipto y Libia; y la quema de libros, en una religión que en sus inicios tiró a la hoguera incluso todas aquellas versiones del Corán que no se apegaran a la autorizada por el califa Utmán, la del codex de Hafsa, no era una práctica extraña.

wyclifl

Como tampoco lo había sido para los cristianos, quienes desde mucho antes, y ondeando un argumento igualmente religioso, se lanzarían los primeros a una destrucción organizada que  buscaba  cortar de raíz cualquier desviación intelectual.

Siguiendo acaso el ejemplo del apóstol Pablo y de la quema pública de libros de “magia” en Éfeso, en el año 57 (relatada en Hechos 19-19), la historia de la cristiandad se llenaría desde muy temprano de ese tipo de brasas.

Así, y solo por poner algunos ejemplos, en 391, el obispo Teófilo destruiría la segunda biblioteca de Alejandría; en 590, el papa Gregorio I haría quemar todas las obras que quedaban de la antigua Roma; en 1242 y 1244, los parisinos saldrían a las calles a quemar talmuds y obras judías, prácticas que serían luego bendecidas y reafirmadas por el papa Inocencio IV y a las que le seguirían, consecuentemente, más quemas;  y en 1515, el concilio de Letrán elaboraría la bula Inter Sollicitudines que aparte de instaurar la censura previa por parte de la Iglesia católica, abriría la puerta a destruir todas aquellas obras que contuvieran errores de fe o de dogmas.

Aparte de esa “biblioclasia” motivada por principios religiosos, el catálogo de horrores recogido por Polastron no pasa por alto, por supuesto, aquella otra igualmente perniciosa: la impulsada por decisiones estatales.

Un apartado donde sobresale, en primer lugar, la Revolución Francesa. En ella, el autor indica que luego de la confiscación de las bibliotecas del país, algunas de las personalidades del movimiento, enfrascadas en discusiones sobre la disposición de dichos volúmenes, donde no faltaron las voces a favor de su quema, tuvieron al final la intención de crear una Bibliografía Universal de Francia. El resultado, no obstante, fue desastroso.  Entre 1789 y 1803, el régimen removió y  reclasificó un total de entre 10 y 12 millones de libros que fueron a parar a depósitos que no reunían los requisitos para su conservación y donde terminaron deteriorándose o perdiéndose para siempre.

Igual mención merece el ejemplo quizás más conocido de los grandes “biblioclastas” modernos: el del Tercer Reich. Un caso paradójico donde la teatralidad de los autos de fe que condenaban con especial saña a los libros y literatos hebreos convivió con una curiosa política de pillaje que buscó en todos los territorios ocupados hacerse de los más preciados ejemplares de las bibliotecas judías. De acuerdo con Polastron, solo de Polonia, los nazis expoliaron un total de 16 millones de volúmenes de ese tipo, los que, en conjunto con  el resto de confiscaciones hizo que hacia el final de la II Guerra Mundial, existiera entre Poznan, Berlín y Fráncfort “la más formidable colección de documentos en hebreo y sobre el mundo judío jamás reunida”. Una acumulación que, de nuevo, se diluiría entre los bombardeos, los incendios y los saqueos provocados por el conflicto.

quema20de20libros

Pero si las épocas de guerra han sido tiempos de particular amenaza para los libros, las fases de paz no han estado exentas tampoco de peligros. Por sobre todos, Polastron identifica cuatro: el fuego accidental o causado por fenómenos naturales como los terremotos; el agua, en el caso de los naufragios o al momento de sofocar los incendios; el hurto de ejemplares de las bibliotecas públicas; y, cómo no, la muerte de los propietarios, que pone en entredicho, en muchos casos, el destino de los libros coleccionados.

Quizás podría sumársele a esos, un quinto que ya señalaba en el siglo XVII, el teórico político y filósofo chino, Huan Zongxi: la mala conservación.

Citado por Polastron, el pensador oriental indicaba:

“La triste fortuna de las bibliotecas actuales no se debe solamente a las guerras y a los incendios. La gente que carece de medios no puede acumular libros, y los que lo hacen deben asistir finalmente a su dispersión porque no tienen medios para conservarlos. Lo que hoy existe mañana puede desaparecer “.

Con todo, en medio de ese desolador panorama de incesante destrucción, es la pluma de Borges, en “641 A.D.”, la que nos devuelve un poco de consuelo frente a esa recurrente desaparición de las bibliotecas.

Aun si, al final de cuentas, se concretara el odio  y la acción aniquiladora de los enemigos de los libros y no quedara sobre la faz de la tierra un solo ejemplar,  la humanidad volvería a escribir de nuevo las mismas obras porque los temas que las inspiraron están inscritos en su alma.

“Declaran los infieles que si ardiera,
Ardería la historia. Se equivocan.
Las vigilias humanas engendraron
Los infinitos libros. Si de todos
No quedara uno solo, volverían
A engendrar cada hoja y cada línea,
Cada trabajo y cada amor de Hércules,
Cada lección de cada manuscrito”.

Uzanne, el escritor que previó el surgimiento de los audiolibros

 

OctaveUzanne

Ernesto Mejía / @netomejia08

Dentro del inmenso mundo de las letras francesas, Octave Uzanne (1851-1931), es un autor secundario, prácticamente desconocido para el gran público. Sin embargo, a pesar del olvido en el que cayó su nombre después de su muerte, el escritor y también periodista fue el autor de numerosas novelas y cuentos y el fundador, en París, de la Sociedad de Bibliófilos Contemporáneos que llegó a aglutinar a 160 miembros.

De sus escritos hay al menos un cuento que vale la pena rescatar, dada la pertinencia que parecieron adquirir algunos de sus vaticinios en la discusión sobre el futuro y la eventual desaparición de los libros impresos, un debate que cobró auge a principios de este siglo.

Pero también porque en su fantasioso desarrollo, no deja de sorprender que con una antelación de más de 100 años Uzanne  advirtiera con cierta claridad el advenimiento de  plataformas tecnológicas que gozan de una alta popularidad hoy en día.

El cuento en cuestión, “El fin de los libros”, apareció en 1894, como parte de una obra mayor llamada “Cuentos para bibliófilos”, escrita en colaboración con Albert Robida. Su acción se desarrolla en Londres, donde un grupo de ocho amigos, al salir de una conferencia del físico y profesor de la Universidad de Glasgow, William Thompson, se reúne en el Junior Atheneum Club y alrededor de una botella de champán se lanza a imaginar el mundo de un siglo después.

En ese ejercicio, uno de los tertulianos discurre sobre la supremacía intelectual y el liderazgo de los continentes en el mundo del mañana. Otro, un vegetariano y naturalista, imagina un planeta en el que se respetaría las plantas y la vida de los animales, y en el cual el hambre sería erradicada gracias a los avances de la química y de las ciencias. Un tercero, un pintor, sueña con un futuro sin museos ni galerías, en el que la humanidad se habrá librado del llamado arte moderno, al que describe como carente de alma y poco original.

Cuando llega el turno del protagonista, que es presumiblemente el propio Uzanne, este se adelanta a los discursos catastrofistas que causaron furor a principios del siglo XXI y pronostica sin ambages el fin de los libros impresos. En una curiosa posición para un bibliófilo, el escritor basa su argumento en la pereza humana y en la incursión de nuevas tecnologías que descargarán a los hombres del trabajo de la lectura.

“Estoy convencido del éxito que tendrá todo aquello que fomente y cultive la pereza y el egoísmo del hombre. El ascensor acabó con el uso de las escaleras en los edificios; del mismo modo, es probable que el fonógrafo destruya la imprenta (…) Creo que si los libros tienen un destino propio, ese destino está hoy más que nunca, a punto de cumplirse: el libro impreso va a desaparecer. ¿No sentís ya que sus excesos lo condenan? ¡Morirán con nosotros los libros!”, exclama.

Si su pronóstico general, lanzado hace más de 100 años, resulta ya provocador, algunos de los detalles de cómo prefiguraba ese proceso resultan todavía más interesantes. Mientras que los heraldos de la ruina del presente siglo pronosticaron el paulatino desuso de los libros impresos en favor de la creciente popularidad de los formatos digitales, Uzanne irá más allá y concebirá un formato inexistente aún en ese entonces: los audiolibros.

the_end_of_books_-_page_226a

Cierto es que para el momento en que el francés escribía su opúsculo, el fonógrafo de Edison tenía ya casi 20 años de existencia, pero lo que conocemos hoy como audiolibros no se comenzarían a explorar sino hasta en los años 30 (casi cuatro décadas después de la publicación de su cuento), y solo lograrían un cierto posicionamiento comercial a gran escala (tal y como Uzanne los concebía en su obra) en el presente siglo con el surgimiento de plataformas tecnológicas que ofrecen una mayor comodidad y una mayor capacidad de almacenamiento.

Con ello, el escritor adelanta, por un lado, un nuevo formato –diferente en esencia eso sí a los audiolibros actuales puesto que Uzanne no los imagina como la simple transposición de una plataforma impresa a una de audio, sino como una obra autónoma que sustituye justamente a la escritura– y, por otro, anuncia el advenimiento de las grabadoras y de los reproductores portátiles.

“Existirán cilindros inscriptores tan ligeros como un portaplumas de celuloide, que contendrán entre cinco y seiscientas palabras y funcionarán con la ayuda de ejes muy finos, que cabrán en el bolsillo y serán capaces de reproducir todas las vibraciones de la voz; conseguiremos perfeccionar estos aparatos, del mismo modo en que logramos la milimétrica precisión de los relojes (…) Ya sea en casa o de paseo, recorriendo a pie los lugares más destacados y pintorescos, los felices oyentes sentirán el inefable placer de conciliar la higiene y el conocimiento, de poder ejercer los músculos y a la vez alimentar el intelecto, ya que se fabricarán fono-operágrafos de bolsillo, muy útiles para las excursiones en los Alpes o el Cañón del Colorado”, se aventura a imaginar, al ser consultado sobre los obstáculos de almacenamiento y de reproducción.

p228a

Cuando a su vez, sus interlocutores lo interpelan sobre el futuro de los periódicos, el francés afirma que estos seguirán el destino de los libros y prefigura incluso, de alguna forma, la llegada de los radio y telenoticieros.

Así, junto a las noticias que serán grabadas y distribuidas a diario por los servicios de correo, o que podrán ser escuchadas directamente en los hogares por medio de acuerdos con las compañías telefónicas, el autor imagina una versión mejorada del kinetógrafo de Edison; una máquina capaz de proyectar en las casas imágenes en movimiento que vendrían a suplantar a las ilustraciones no solo de los periódicos sino también de los libros.

“Las escenas de obras ficticias y de novelas de aventuras podrán ser reproducidas por figurantes caracterizados; también tendremos, como complemento al diario fonográfico, las ilustraciones de cada día, retazos de vida activa, como se suele decir hoy en día, recién sacados de la actualidad. Contemplaremos los estrenos y a los actores tan fácilmente como los escuchamos ya en casa; tendremos su retrato y, más todavía, la fisionomía móvil de hombres célebres, criminales, mujeres hermosas. No será arte, es cierto, pero será al menos la propia vida, al natural, sin maquillaje, nítida, precisa y a menudo cruel”.

A pesar de sus certeras previsiones tecnológicas, Uzanne no fue atinado con el punto medular de su cuento: ni la televisión ni la radio sustituyeron a los periódicos, ni los audiolibros suplantaron a los libros impresos. De hecho, con todo y su creciente desarrollo, los primeros representan todavía una porción marginal de la industria editorial mundial.

pullman-circulating-library

De acuerdo con la Audio Publishers Association de Estados Unidos, el mercado donde dicho formato está más desarrollado, en 2015, la venta de audiolibros sumó un total de$ 1,770 millones, un 20.7 % más que lo alcanzado un año antes. Adicionalmente, en 2015, se registró la publicación de 9,630 títulos, con lo que el número total de títulos disponibles se elevó a tan solo 35,574.

Los libros digitales, por su parte, han mostrado una pujanza mayor, pero aún así están lejos de desplazar por completo a sus pares impresos. Según un estudio de 2015 de la empresa de información de mercado, Nielsen, los “ebooks” lograron su mayor crecimiento de ventas en Estados Unidos, entre 2010 y 2013, cuando pasaron de los 69 millones de unidades anuales a los 242 millones, lo que hizo que su participación de mercado se elevara de 9 % a un 28 %. Sin embargo, desde entonces, el formato ha mostrado una desaceleración, reduciéndose sus ventas, el año pasado, a 204 millones de unidades, un 24 % del total de la industria editorial de ese país.

Sí, Uzanne previó un mundo de innovaciones tecnológicas que afectaría sin duda al mundo de los libros. Pero afortunadamente, para nosotros los bibliófilos, su visión no se completó del todo.

 

Camus y la libertad de prensa

 

albert-camus1

Ernesto Mejía / @netomejia08

En agosto de 1955, luego de numerosas presiones, enfrentamientos y reglamentaciones tendientes a normar la difusión de información, el gobierno colombiano del general Gustavo Rojas Pinilla decidiría clausurar al periódico El Tiempo, uno de los más grandes del país sudamericano.

El gobernante, que había llegado al poder por medio de un golpe de estado en 1953, había mantenido en términos generales una relación tensa con el periódico y con la prensa. Pero la chispa que encendería su ira en ese caso y lo empujaría a una medida tan extrema se daría durante una visita presidencial que haría a Ecuador.

Aprovechando ese viaje, el director de El Tiempo, Roberto García Peña, enviaría un cable al periódico El Comercio de Quito, acusando al gobierno colombiano de incapacidad para frenar y castigar la violencia política, ilustrada en los asesinatos del director de El Diario de Pereira, Emilio Correa y su hijo, Carlos.

El cable, que tendría amplia resonancia en Ecuador, haría que el dictador a su vez acusara a García Peña de aprovecharse políticamente de esas muertes que, según él, se habían dado en un accidente de tránsito.

A su regreso a Colombia, Rojas Pinilla buscaría obligar a la dirección del periódico a publicar como propio un texto escrito por el gobierno en el que El Tiempo se excusaba con la presidencia y daba por cierta la versión oficial del accidente vial en el caso de las muertes de Emilio y Carlos Correa.

Sin embargo, tanto el director como el propietario del diario, Eduardo Santos, se negarían a acatar la medida, lo que acarrearía la clausura del periódico.

Habiendo trascendido la noticia, del otro lado del Atlántico, en Francia, un grupo de intelectuales se solidarizaría con Santos (quien terminaría por exiliarse en París) y saludaría su valentía al no doblegarse ante el gobierno militar.

Entre ese grupo se encontraba Albert Camus quien dirigiría un potente alegato en favor no solo del valor individual, sino también de la libertad de prensa. El escritor francés ofrecería luego el texto de su alocución al periódico La Révolution Prolétarienne, que lo reproduciría en noviembre de 1957 bajo el título “Homenaje a un periodista exiliado”.

Siendo él mismo un periodista, Camus no peca de inocente con respecto al oficio; conoce sus vicios y limitaciones. Pero a diferencia de los numerosos partidarios de izquierda y de derecha que aún hoy defienden la censura y el control periodístico en beneficio de una pretendida mayor veracidad o de una prensa “revolucionaria” que sirva fielmente a “los verdaderos intereses populares”, el francés aboga por una libertad total e irrestricta de la prensa.

Para él, solo en esa libertad, el periodismo es capaz de explotar lo mejor de sus posibilidades.

“La prensa libre puede, sin duda, ser buena o mala, pero evidentemente, sin la libertad, nunca será otra cosa que mala (…) Con la libertad de prensa, los pueblos no están seguros de ir hacia la justicia y la paz. Pero sin ella, están seguros de no ir. Porque solo se hace justicia a los pueblos cuando se reconocen sus derechos y no hay derecho sin expresión de ese derecho”.

Camus, que ya para entonces se había distanciado de los intelectuales marxistas, no deja, en su intervención, de hacerles un guiño, consciente de que los peligros autoritarios que acechaban a la prensa estaban presentes no solo en los regímenes militares de América Latina, sino también en la entonces órbita soviética.

Por eso, no duda en afirmar:

“En este punto, podemos citar a Rosa Luxemburg, que ya decía que ‘sin libertad ilimitada de la prensa, sin una libertad absoluta de reunión y de asociación, el dominio de las grandes masas populares es inconcebible’.

Por lo tanto, hay que ser intransigente sobre el principio de esta libertad. No es solamente la base de los privilegios de cultura, como intentan hipócritamente hacernos creer. También es la base de los derechos de trabajo. Aquellos que, para justificar mejor sus tiranías, oponen el trabajo y la cultura, no nos harán olvidar que todo lo que esclaviza la inteligencia encadena el trabajo, y al revés. Cuando la inteligencia es amordazada, el trabajador no tarda en ser esclavizado, de la misma manera que, cuando el proletario está encadenado, el intelectual pronto queda reducido a callarse o a mentir. En definitiva, aquel que atenta contra la verdad, o contra su expresión, mutila finalmente la justicia aunque crea servirla. Desde este punto de vista, negaremos hasta el final que una prensa sea verdadera porque sea revolucionaria; solo será revolucionaria si es verdadera, y nunca de otra manera”.