Torcer la Historia

Ernesto Mejía/ @netomejia08

En una entrevista con el portal “La palabra universitaria”, de la Universidad Tecnológica de El Salvador (UTEC),  a propósito de su nuevo libro “Los hechos en El Mozote. Una revisión histórica y antropológica” (2019), el antropólogo Ramón Rivas argumentaba que lo que el país y el mundo conocen sobre la que ha sido calificada como la peor masacre en el Hemisferio Occidental en los tiempos modernos, es solo una parte de la historia.

En la entrevista, el antropólogo reflexionaba sobre la verdad, argumentando que ninguna verdad humana es absoluta, ya que todas están cargadas de intereses personales o de grupo.

“Creo que la gente que ha escrito sobre El Mozote solo enfoca sus energías en el hecho publicado por sectores de izquierda que impulsaron una guerra no solo militar, sino diplomática y de percepciones”, reforzaba.

En las primeras páginas de su libro, publicado en octubre del año pasado, Rivas narra que  la idea de escribir sobre uno de los capítulos más oscuros de la historia nacional le vino de manera fortuita mientras realizaba investigaciones antropológicas en el norteño departamento de Morazán. Ahí, comenta, mezclado entre sus habitantes, en los corredores o patios de sus casas o en medio de sus milpas, mientras los pobladores le compartían parte de su cotidianidad y de sus costumbres, así como relatos sobre su pasado, de antes y después de la guerra, fue cuando se le ocurrió “utilizar las herramientas de la antropología para revisar la historia de los pobladores” de El Mozote.

“Es necesario, ahora que aún están vivos los actores, recurrir a las fuentes históricas originales; y, con su ayuda, tratar de reconstruir los hechos”, sentencia en la justificación de su investigación.

El argumento, de entrada, parece extraño toda vez que buena parte de aquellos hechos, ocurridos en diciembre de 1981, han sido reconstruidos justamente a partir de los testimonios de testigos y sobrevivientes. Sin embargo, a renglón seguido el antropólogo justifica su decisión aduciendo que el paso del tiempo ha actuado como una especie de purificador que ha permitido a los informantes “digerir” los sucesos y tener “una mayor objetividad” sobre ellos, ya “sin la pasión y emotividad de cuando era un suceso reciente”.

Sea como sea, y más allá de eso, la motivación de Rivas a priori no debería de causar escándalo. Que el saber histórico es limitado y falible y por tanto está sujeto a constante revisión es una realidad incontestable. No en vano el historiador holandés Pieter Geyl afirmaba que “la Historia es ciertamente un debate sin final”.

Así, pues, Rivas trata a lo largo de 269 páginas de incluir esas voces y versiones que, según él, no han sido escuchadas aún en este caso para intentar responder a una pregunta que se plantea como punto de partida: ¿Qué sucedió?

Rivas articula su investigación alrededor de 16 capítulos que, para efectos de análisis bien podrían dividirse en tres grandes partes cronológicas: del 1 al 5, que abarca desde la época precolombina hasta aproximadamente finales de la década de los 60 del siglo pasado, donde da un repaso histórico general de la zona de Meanguera y reconstruye los inicios del caserío El Mozote, dando además cuenta de las ocupaciones de los pobladores, su vida en las comunidades y su relación con la Fuerza Armada; una segunda parte que iría del capítulo 6 al 9, y que comprende a grosso modo la década de los 70, donde aborda, entre otras cosas, el surgimiento y el influjo de la teología de la liberación en la zona, la llegada de la fe protestante a Morazán y la actividad política en dicho departamento antes de la guerra; y una tercera parte, del 10 al 16, que se centra ya en la guerra civil y su impacto en la región, y donde expone las conclusiones a las que llega.

A través de ese recorrido, el autor retrata un pueblo sencillo de costumbres ancestrales que, a pesar de la pobreza y las acusadas deficiencias en servicios (sobre todo de salud y educación), llevaba una vida apacible y en armonía con el Ejército, quien desplegaba además, según sus hallazgos, un importante trabajo social en el área. Una imagen que resumiría en cierto sentido también la situación general del resto del territorio en aquel tiempo.   

“En fin, para la década de los setenta, El Salvador enfrentaba problemas comunes para los países de Centroamérica de la época, también es cierto que encabezaba el mayor crecimiento económico del istmo en el marco del Mercado Común Centroamericano, y había ciertas oportunidades de trabajo para quienes se esforzaban y el trabajo si se buscaba se encontraba… El país crecía en medio de todos los problemas, había trabajo en la campiña y seguridad en las ciudades…”.

Sin embargo, esa convivencia pacífica comenzaría a trastocarse con la aparición de las Comunidades Eclesiales de Base, derivadas de las reformas religiosas impulsadas por el Concilio Vaticano II y la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que jugarían un papel importante en la organización política de los campesinos, y se perdería definitivamente con la presencia, desde mediados de los 70, de los primeros grupos guerrilleros en la zona.

En consonancia con ese relato, el autor adopta la tesis de que el estallido de la guerra obedeció no a un proceso que se fue fraguando a lo largo de decenios, potenciado por las condiciones de miseria y desigualdad, la represión de los cuerpos de seguridad y el cierre de todos los espacios políticos para la oposición (Rivas no ocupa nunca el término de dictadura militar), sino a una agresión comunista internacional, en la que las organizaciones reunidas en el FMLN desdeñaron la opción democrática y privilegiaron en su lugar la vía armada para la toma del poder.

Frente a ese ataque orquestado desde el exterior, el antropólogo presenta a la Fuerza Armada como la última línea de defensa de un Estado y un pueblo asediados. A ese respecto, llama la atención, por ejemplo, un capítulo entero de casi 30 páginas (“Conflicto y destrucción continuada”), donde Rivas abandona cualquier rasgo de tono académico para acercarse al de la apología, con expresiones como las siguientes:

“En el momento de ahora, el pueblo salvadoreño respira aliviado por no estar en igual situación que los pueblos cubanos, nicaragüense y venezolano; ¿a quiénes o a qué institución agradecer por aquellos actos de valentía, de entrega y de sacrificio que derrotó la agresión comunista del 10 de enero de 1981? Es la hora de la verdad y de la paz, de la reconciliación con justicia como recién se invoca al Divino Salvador del Mundo, pero justo por ello, es la hora de reconocer el valor de la Fuerza Armada que fue el escudo protector de este pueblo…”

“Es vergonzante que no se reconozca la heroica labor que cumplió la Fuerza Armada para conservar nuestra soberanía y libertad”.

Es en ese marco en el que, Rivas, quien previamente en su estudio ha enfatizado también en la violación a los derechos humanos de la población civil de los denominados territorios liberados, por parte de las organizaciones guerrilleras, al someter a sus habitantes a tareas que iban desde el avituallamiento y la atención de heridos hasta la fabricación de explosivos, y al reclutar forzosamente a sus niños y adolescentes, se lanza a presentar sus conclusiones.

En un capítulo en el que abunda en expresiones como “según algunos informantes”, “por fuentes informadas”, “según indagaciones de fuentes confiables”, “al parecer” o “se sabe”, el autor determina que las muertes de la “supuesta” masacre de El Mozote fueron en realidad el resultado de un enfrentamiento militar donde la guerrilla del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) usó a población civil como escudo humano.

Contrario a lo que consigna el informe de la Comisión de la Verdad, que asegura que en el día de inicio de la masacre había en El Mozote, aparte de sus pobladores, refugiados de zonas circundantes que huían de un operativo del Ejército —lo que explica el alto número de víctimas en un caserío que, en aquel entonces, no pasaba de 20 casas— el antropólogo sostiene que esas personas fueron llevadas ahí bajo engaños de los guerrilleros.

Basándose en las versiones de sus entrevistados, Rivas asevera que fue la Cruz Roja Internacional, infiltrada por miembros del ERP, la que convocó a los habitantes de los poblados aledaños bajo la falsa promesa de entregarles víveres y comunicarles una noticia importante. La verdadera motivación, según los hallazgos del autor, era montar una operación de repliegue de la Escuela Militar La Guacamaya, situada a unos kilómetros de distancia del caserío, ante el avance de las tropas de la Fuerza Armada.

“Al parecer la congregación de El Mozote tenía como objetivo primordial establecer un perímetro de seguridad para defender la Escuela Militar La Guacamaya, es decir, servir como elemento distractor para poder desmovilizar todos los pertrechos de guerra y al personal militar de la Guacamaya, mientras se daba la refriega y la supuesta masacre de El Mozote”.

Es en esa confusión, creada por la aglomeración de civiles (donde “indiscutiblemente había elementos organizados de la guerrilla”, afirma), la que se salda, según él, con la muerte de más de mil personas no combatientes.

Y agrega:

“Además, se afirma que entre los cadáveres hallados en años posteriores se encuentran cadáveres de opositores políticos de la guerrilla y de soldados y guardias capturados por la guerrilla que fueron ejecutados anterior a la supuesta masacre, y de niños que fueron asimismo masacrados en el calor del combate”.

Es de hacer notar que aunque Rivas reivindica para su estudio la voluntad de rescatar las voces que, según él, no habían sido escuchadas en este caso, las versiones que presenta distan de ser novedosas. Tanto  la tesis de que en el lugar se libró un combate, como la de que los cuerpos encontrados en el caserío corresponden en realidad a los de un cementerio clandestino comenzaron a circular tan pronto como se abrió el proceso penal en octubre de 1990 y han sido parte de la estrategia de defensa de los militares que están siendo juzgados actualmente en este caso.

Ambas, por lo demás, fueron también rebatidas en el informe presentado por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), en 1992.

El análisis estratigráfico del EAAF en el sitio denominado “El Convento”, para el caso, determinó, entre otras cosas, no solo que la mayoría de las víctimas eran menores de edad, con un promedio de solo seis años, sino que todos los esqueletos recuperados en el lugar, así como la evidencia asociada, fueron depositados en un mismo evento temporal, lo que descarta la teoría de varios entierros que implica la tesis del cementerio clandestino.

Asimismo, el tipo de casquillos encontrados (correspondientes a fusiles M-16), la distribución espacial de la mayoría de fragmentos de proyectiles coincidente con el área de mayor concentración de esqueletos y restos óseos en el interior de la vivienda, y el hecho de que no se encontraran fragmentos de proyectiles en las paredes externas hace tambalear la teoría de un enfrentamiento.

En el entendido de que el saber histórico es falible señalé más arriba la validez de que este sea revisado y, de ser necesario, rectificado. Sin embargo, esas revisiones no pueden hacerse de manera caprichosa ni antojadiza. Para que estas entren en un debate serio con lo que conocemos deben seguir un método y aportar evidencias empíricas que las sustenten.

El libro de Ramón Rivas falla en eso. No dudo que sus conclusiones resulten atractivas para el sector más ultraconservador de la sociedad salvadoreña, pero no alcanzan para modificar lo que, por medio de testimonios y pruebas, se ha demostrado: en diciembre de 1981, en El Mozote, hubo una masacre.

6 comentarios en “Torcer la Historia

  1. Un supuesto profesional que no cita el nombre de su fuente de información. Irrespeta Instituciones , descalifica vrdaderos antropólogos. Me parece una verdadera falta de etica, mentiras, sesgo ideológico y resentimiento

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    1. No se puede opinar si no se lee el libro y se analiza objetivamente en que se basa su autor. La verdad es que tanto derecha como izquierda cometieron crimenes de lesa humanidad, y tanto derecha como izquierda ocultaron sus crimenes y aumentaron los del contribcante utilizando toda clase de propaganda. La Comision de la Verdad fue manipulada por la izquierda que minimizo los crimenes comentidos por Sibiran y aprovados por Sancez Ceren y la hicieron investigar mas los crimenes cometidos por el ejercito. De acuerdo con la Comision de la Verdad, el 80% de los cerca de 75000 victimas (sin contar desaparecidos, lisiados, desposeidos, emigrantes, etc) la izquierda (y la Comision de la Verdad) fueron victimas del ejercito. Esto es dificil de creer ya que la guerra duro 20 años (desde el asesinato de Regalado en 1971) hasta que se firmaron los acuerdos de paz en 1992. Se necesita un analisis exhaustivo y objetivo. sin pinturas ideologicas, de lo que en realidad paso y si el Dr. Rivas lo ha hecho, va por buen camino.

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      1. No, la guerra no duró 20 años ni empezó cuando usted dice. Si el porcentaje de violaciones a los derechos humanos es abrumadoramente mayor del lado del ejército y de los grupos paramilitares es porque hubo una dictadura militar que practicaba el terrorismo de estado. Es tan sencillo como eso. No le busque tres pies al gato ni conspiraciones donde no las hay.

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  2. Es verdaderamente increíble que el análisis sobre este hecho quiera centrarse únicamente en el número de osamentas encontradas y la Comisión de la verdad. La verdad de quien o quienes?.Quiere apagarse el hecho que las actividades “libertarias “de la izquierda están basadas en el terrorismo: Mentira,secuestros,asesinatos de secuestrados. En la Universidad Nacional Ageus y las organizaciones para-gerrilleras violaron todos los derechos humanos de los estudiantes suspendiendo las clases antojadizamente para sacar a los estudiantes,especialmente de los primeros años, a manifestaciones preparadas para fabricar víctimas y mártires. Porque el verdadero objetivo era lograr el perverso objetivo de justificar la violencia y eventualmente la guerra.
    Puede verse la perversidad de la guerrilla. Nombre que ellos mismos descontaron pues se comportaron como verdaderos terroristas. Sus verdaderos motivos han sido confirmados en las dos administraciones del FRENTE. Por lo tanto es muy posible que lo aseverado y las conclusiones del Dr. Rivas sean posibles .

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    1. Usted prefiere atenerse a una posibilidad (“es muy posible que…”) y a lo que le dicta su marco ideológico a dar por verdadero lo que ha determinado el método científico, no solo histórico, sino forense, balístico, etc. También es libre de creer que la Tierra es plana, aunque la ciencia demuestre lo contrario.

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