Jaime Suárez Quemain, la poesía truncada

jaime_suarez

 

Ernesto Mejía / @netomejia08

Como parte de una agenda de eventos artístico-culturales, iniciada en enero pasado, el Club Social La Dalia proyectará este viernes el cortometraje canadiense “Las calles de San Salvador” (1992), de Pierre Marier y Víctor Regalado, y producido por el cineasta quebequense, Sylvain L’Espérance.

Aunque el filme es una obra sin mayor estructura narrativa que, como su nombre lo indica, se limita prácticamente a ser una sucesión de tomas de las calles de la capital, este tiene dos méritos fundamentales: el primero es el de retratar la ciudad en ese momento exacto del inicio de la posguerra,  y el segundo, no menos importante, salvar del olvido la calidad literaria del poeta y periodista salvadoreño, Jaime Suárez Quemain. El título del cortometraje es, de hecho, una alusión directa a uno de sus poemas.

Tomando en cuenta que el terrible y trágico final de Suárez Quemain no solo cortó de tajo la evolución de sus letras, sino que corrió un injusto velo de olvido sobre su obra poética, este no es, pues, un valor  menor. A este poeta se le conoce poco hoy y es casi seguro que a las nuevas generaciones su nombre no les diga nada. Y, sin embargo, al momento de su asesinato, en 1980, sus escritos habían alcanzado ya un nivel sobresaliente.

Nacido en 1949, Suárez Quemain, hijo del campeón de boxeo Alex C. Suárez, destacaría desde muy temprano en el panorama de las letras salvadoreñas, ganando algunos premios en certámenes estudiantiles a inicios de la década de los 70. En concordancia con esas inquietudes literarias, el joven ayudaría a dar vida, en ese mismo decenio, al célebre grupo La Cebolla Púrpura, por donde desfilarían escritores como: Rigoberto Góngora, David Hernández, Jorge Morazán, Alfonso Hernández, Mauricio Vallejo, Humberto Palma, los hermanos Geovani y Marvin Galeas, y José María Cuellar, muchos de ellos asesinados o muertos durante la guerra civil.

Junto a su actividad como literato, y después de haber laborado en el Ministerio de Educación y en agencias de publicidad, Suárez Quemain se haría un nombre también como jefe de redacción del periódico La Crónica del Pueblo, desde donde criticaría abiertamente las violaciones a los derechos humanos de los dos últimos gobiernos militares del país.

Sería justamente esa actividad la que le costaría la vida. Luego de recibir amenazas y sufrir algunos atentados en el periódico, de los cuales saldría ileso, el 11 de julio de 1980, mientras conversaba en el interior del café Bella Nápoles, con su amigo César Najarro, un fotógrafo que también había trabajado en La Crónica, unos hombres vestidos de civil entrarían a apresarlos y se los llevarían.

Los cuerpos de ambos, con evidentes signos de tortura y cercenados, serían encontrados al día siguiente en el municipio de Antiguo Cuscatlán.

Su muerte, al igual que lo que ocurriría con muchos otros poetas de su generación asesinados por agentes del Estado o por fuerzas paramilitares: Lil Milagro Ramírez, Nelson Brizuela, Delfina Góchez Fernández, por mencionar algunos, dejaría buena parte de su obra inédita o dispersa en periódicos y revistas, y truncaría lo que parecía una prometedora carrera literaria.

La cruenta persecución de esa generación, privaría, además, al país de una importante camada de escritores y dejaría, por tanto, un hueco irreparable en las letras nacionales.

En una entrevista con la desaparecida Revista Dominical, de La Prensa Gráfica, el miembro de la Generación Comprometida, José Roberto Cea, recordaba que el asesinato de Suárez Quemain imprimiría una huella de miedo tan profunda en el colectivo de escritores, que la cultura de los cafés literarios en el centro de la ciudad, esa costumbre iniciada aquí en la década de los 50 y que reunía en alegres y extendidas tertulias a los más variados intelectuales, también se diluiría en el país. “Después de la desaparición de Suárez Quemain, ya no podíamos ir a los cafés, la situación era muy difícil”, rememoraba Cea.

El Salvador entraba en su noche más oscura. Y en esa vorágine acabarían prácticamente por perderse los versos de Suárez Quemain.

Puede que, como otros poetas han indicado antes, su poesía fuera poco elaborada, pero en los escritos del autor, disponibles aquí y allá, se trasluce esa potencia combativa y honesta, una fuerza visceral directa y punzante que lo mismo es capaz de enternecer que de exaltar y no deja a ningún lector indiferente.

Como incómodo espectador y protagonista de su tiempo, los versos limpios y claros de Súarez Quemain, que a ratos recuerdan a los de sus hermanos mayores consolidados en la Generación Comprometida, retratan una época amarga donde sobrevuela, sin embargo, la esperanza de un futuro más promisorio.

Por eso, y por la ofrenda de su vida, sus poemas no deberían de ser olvidados.

 

****

 

Quiero de ti un testigo lúcido (fragmento)

Con el tiempo

desde la escuela tratarán de “educarte”

-es decir: domesticarte-

por suerte hay medios para evitar la trampa.

Te dirán que el mundo

se divide entre vivos y tontos.

Nada más falso, niño mío.

En el hombre sólo hay dos alternativas:

es libre o no lo es.

Con esto quiero decir

que eres tú quién decide.

Es tan sucio el que pone las cadenas

como el que las acepta como algo sin remedio.

Cuando asistas a la universidad

ten presente

que manos de albañiles la construyeron,

que detrás de cada libro

hay manos de tipógrafos que, aunque no te conocen,

piensan en tí en cada letra que colocan,

que detrás de una regla de cálculo,

de una probeta

y hasta del lápiz que ocupes: hay manos obreras.

No los defraudes volviéndoles la espalda.

Si algún día te toca

anteponerle a tu nombre

la palabra “doctor” o “licenciado”

que no sea para estar en alianza con el gángster.

 

****

 

Las calles de San Salvador

Las calles de San Salvador jamás serán desmemoriadas,
saben contar sus muertos
y las sombras para siempre pegadas al asfalto
todo lo televisan y lo archivan
con las fechas exactas y sus gritos,
con los cuadernos en busca de sus dueños,
con el hambre asfixiada por las tanquetas,
con la incertidumbre del próximo cateo,
con la consigna que se quedó en proyecto,
con el verde muerte de los fanáticos del orden,
con la rabia secreta de un spray clandestino,
con los huesos de sus transeúntes.
Las calles de San Salvador sí que recuerdan sus balazos
y los nombres completos de sus víctimas,
con una memoria de elefante
saben llevar sus estadísticas: el nombre y el lugar,
la angustia y el motivo,
la irracionalidad de los que mandan
y hasta el último grito de los muertos.
De todas sus paredes se desprenden mensajes
que llenan la ciudad de rebeldía
que se meten en todos los hogares
formando un ventarrón de esperanzas libertarias.
Las calles de San Salvador jamás serán desmemoriadas
porque un día hablarán serenamente justicieras,
una por una hablarán
y no habrá quien eluda sus miradas
Espontáneas
Se ofrecerán para servir de paredones
no en plan de venganza
sino para limpiar con justicia obrera
el terreno donde construiremos el mañana.

 

****

 

Un round a tu recuerdo

 

Siempre me opuse a caminar

con tu estatura en el ojal de la camisa

—simple cuestión de orgullo.

De allí proviene el hecho

de entregarte tan tarde este poema,

por lo que pasa a ser

algo así como un telegrama rezagado.

La verdad es

que de momento

se me vino a los ojos tu palabra,

llena de la humildad

que cubría el eco de tu nombre.

Vino así,

no sé cómo,

sin llamar a la puerta,

simplemente

tomó mi dolor entre sus brazos

y me llevó hasta la vieja casa,

al canapé donde solías hacer la siesta

y fumabas tu tristeza.

Eran los días en que clinchabas tu presencia

con el rostro de un niño que tenía

doce años jugando entre otras manos,

y contabas tus hazañas en el ring del mundial

cuando el boxeo era boxeo

y no una exhibición amanerada.

Ahora, viejo,

las cosas han cambiado.

Ya quedó atrás el muchachito

que contempló tu muerte;

la vida me hace madurar a bofetadas.

Pero no creás

que doy con los dientes en el polvo;

como vos

pienso que es permitido doblarse

pero no partirse.

Y ahí voy, caminando,

finteándole a la vida su amargura,

cuidándome de los golpes a los bajos, tratando

de terminar en pie este largo round.

Aunque a veces, te confieso,

he llegado a flaquear,

a quedar groggy

y querer tramitar un suicidio voluntario.

Pero basta un vistazo a tu retrato

y ya no hay vuelta de hoja:

sé que dejaste tu punch sobre mi verso,

y jab a jab

iré elevando mi nombre hasta tu nombre.

Viejo,

tengo una deuda contigo…

me querías ingeniero

y te salí poeta,

porque no es cosa de ir por allí

soportando un disfraz que desentona.

Con vos pasó lo mismo,

te querían curita

y saliste campeón de box ¡Y qué campeón, carajo!

Perdoná que te quite “tu tiempo”,

pero a veces,

cuando estoy tan solteramente solo

y me urge hablar con alguien,

se me viene a los ojos tu palabra.

 

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