La caída de Alberto

 

Ernesto Mejía / @netomejia08

En su oído resonó una detonación, áspera, seca, y tuvo la repentina sensación de que algo se había quebrado dentro de él, como si su conciencia se desplomara en una lenta implosión, en una caída hacia un vacío interno e insondable.

Recordó, aunque ya no sabía si ese era el verbo correcto, la luz de una vieja mañana mecida por la brisa de diciembre, la verja de una casa desde donde se veía una calle y a cada lado de la entrada de esa casa de muros bajos, un sauce y un nudoso almendro. Visualizó un tiempo, otro tiempo,  de largos días agitados y convulsos. Una muchedumbre en desbandada, una plaza  vacía, un tiroteo, algunas explosiones, las campanas de una iglesia tocando a rebato, su propio cuerpo tirado sobre una acera de esa ciudad, de ese país que empezaba a transitar su penoso camino de sangre y fuego.

Se hizo de noche. Y a esa noche le sobrevino un alba. En medio de ese brutal despertar, despojado ya de su más temprana inocencia, le llegó el rumor de un día triste de lluvia, vio a un grupo de estudiantes pintando acuarelas grises y lechosas; un barquito de papel flotando en la corriente de un canal, y, luego, justo antes de que el barquito entre remolinos desapareciera por un resumidero, el lento correr del agua le trajo un cúmulo de imágenes que lo arrobaron: un riachuelo cerca de la costa, la centenaria majestuosidad de un bosque nebuloso, una parvada de pericos volando hacia el ocaso, cientos de golondrinas posadas sobre los cables del tendido eléctrico, los vetustos almacenes de la ciudad, una cafetería olvidada que servía los mejores relámpagos del mundo o eso creía, el cansado vendedor de barquillos con su carga al hombro,  las alegres bolsas de botellitas —esos coloreados trozos de azúcar cristalizada— el dulce de chilacayote y las manzanas caramelizadas, la elefanta, los monos y el león del zoológico, una cesta de chibolas y un capirucho, un aro hula hula que giraba, giraba y giraba.

Ah, la vasta colección de discos, aquella aguja dando vueltas sin parar, yendo de un surco a otro, liberando en cada arada una portentosa sucesión de sonidos. Sentado sobre el piso pudo verse ahora deslizando con la punta del índice las fundas de aquellos elepés esmeradamente depositados en unos anaqueles de madera: el All n’All de Earth, Wind and Fire; el High Energy, de The Supremes; el Midnight Love, de Marvin Gaye; el Off The Wall, de Michael Jackson; el Abraxas de Santana; el Siembra y el Canciones del solar de los aburridos de Colón y Blades;  El Works (I y II) de Emerson Lake & Palmer; el Rumours, de Fleetwood Mac; el Book of Dreams, de Steve Miller Band; El Fragile y el Close to the Edge, de Yes; el Long John Silver, de Jefferson Airplane;  el A New World Record, de ELO;  el Breakfast in America, de Supertramp; el News of the World de Queen; el It’s only Rock and Roll y el Love you Live de los Stones; el álbum blanco de los Beatles.

Al pasar la aguja rasgando la tercera pista del Houses of The Holy, y alzarse la voz de Robert Plant, clara y despreocupada, cantando esa alegre invitación para hacerse al camino, se sorprendió pasando las hojas de un añoso libro de las Ediciones Minotauro. La novela narraba una historia de un tiempo remoto, el inicio de un viaje, en una hermosa mañana poco antes de la llegada del mes de mayo. La expedición recorría caminos que cruzaban valles y colinas. Y a lo largo de esa ruta que iba haciéndose cada vez más tenebrosa, lo atrapaba la creciente figura de aquel hechicero de sombrero azul y capa gris que fumaba una pipa y lanzaba anillos de humo al aire.

Cuando levantaba la vista de las páginas, veía a través de unas ventanas las cortezas verdes y granates de unos eucaliptos, y, alrededor suyo, ordenados en anchas estanterías, los lomos de unos libros que lo pondrían sobre la pista de la amplitud del mundo: Astérix, Tintin, Iznogud, Lucky Luke, Corto Maltese y Spirou y Fantasio, pero también El castillo de los Cárpatos, Cuentos de cipotes, La aguja hueca, Colmillo blanco y la Isla del tesoro.  Y en estantes más apartados, reservados para un público mayor, aquellos otros tomos que hojeaba a hurtadillas desperezando las primeras cosquillas del deseo:  La bicicleta azul, de Régine Desforges; El click, de Milo Manara; Barbarella, de Jean-Claude Forest.

Ese regusto de lo prohibido, tardes entre revistas y precipitadas bocanadas azules. Y luego, pasado el tiempo, las escapadas para acercarse de un paso trémulo y vacilante hasta la firmeza y la humedad de aquel cuerpo recién descubierto que se entregaba en la oscuridad, no sin ciertos reparos, al suyo.

¿Fue para entonces —cuando sonó la amarga hora de los desengaños— cuando empezó a sentir aquella confusa mezcla de amor y menosprecio por aquella ciudad desfigurada por las penurias de los años de la guerra? Esa ciudad pequeña, sucia, enmarañada, violenta y agobiante; alambrada y amurallada; desprovista de aceras; arañado su cielo por feos postes y cables; huérfana de referentes;  gran bazar a cielo abierto; rota, mil veces rota, y aburrida.

Y a pesar de todo había algo en aquellos días de aparente reconciliación, cuando volvían los exiliados y los guerrilleros,  y en los años que les seguirían, que la hacía vibrar, moverse a un ritmo diferente del que le había visto hasta entonces. Recobró la imagen entrañable de unas plazas llenas donde flotaba un sentimiento de confianza,  unos bares de artistas, alguna librería, revistas, festivales de teatro y música, unos museos, los lienzos de Carlos Cañas y Camilo Minero, las caricaturas de Toño Salazar, calles al filo del alba, dos o tres parques, amores furtivos, una serie de nombres entre filas de cervezas:  El basurero, El coctelito, El venado, Macondo, Los capulines, La tienda de la Pana y los amaneceres de Tecla; El Villafiesta, El Malibú, El bar de Fito, The Tomato Jungle, Los celtas, El arpa, Los tres diablos, El Video Bar, El Jarro café, La Cantineta, el Café Bagdad, Nancy’s  y La ruta Bacalao.

Maraña de días y canciones donde pronto se colarían el desencanto y el hastío, todo esa estúpida y descarnada violencia, la sensación de que todo iba camino de joderse aún más, el urgente deseo de partir, la grande fuite en avant que terminaría siendo solo un interminable ir y venir, un viaje de varias estaciones donde la terminal acabaría siendo siempre esa capital rabiosa y quemante. Eterno punto de partida y llegada. Fuente de amor y odio a partes iguales de la que nunca podría desprenderse.

Y ahora cuando volvía el eco de los pasos andados por aquel camino, le asaltaba un manojo de visiones fugaces y de bordes imprecisos: los paseantes de los Grandes Bulevares, La victoria de Samotracia; Amor y Sique; El Beverley —el último cine porno de París—; los terciopelos de Pigalle; un jazzbar en la rue Saint Jacques; la librería latina de la rue Monsieur Le Prince; Proust, Eco, Joyce y Pasolini; Fellini y Carpentier; las borracheras en Bastille; el apartamento de Armijo; El Belvedere, El Lacoonte y El rapto de Proserpina; la Piazza Navona; la cúpula de Santa María del Fiore; el Ponte di Rialto y la Ca’ d’Oro; los luminosos interiores de Vermeer; el puntillismo, el fovismo, el futurismo; las niñas de Balthus; las putas de Schiele, las antropometrías de Klein, el urinario de Duchamp; la madre cantando tangos en un patio de La Habana vieja; el Circus, en Pana; el Baviera, en Xela; el Barfly, en San Cristóbal; una estancia en la pampa; Florida y Corrientes; el Estadio de Obras; La Chascona; un viñedo en las afueras de Santiago; unos viejitos bailando en la plaza Fabini, esquina 18 de julio y Río Negro; los rectángulos de Rothko, las manchas de Pollock, las ridículas latas de Warhol; The Campbell Apartment, en Vanderbilt Avenue; un café en Barrio Amón; una playa en Puerto Viejo; las isletas de Granada; Unter den Linden; la antigua Opernplatz; un viaje en el río Elba; el mercado de mariscos en St. Pauli; el palacio de Cecilienhof; un bar hooligan en la Moselstrasse; la calle Neruda y la taberna de Dalton en Praga; el Danubio bajo el Puente de Las Cadenas; un strudel cerca de la Pasqualatihaus; el barrio de las Letras, el murmullo de las fuentes en La Alhambra; la Tacita de Plata; un pescadito frito en Sevilla; Lisboa desde São Pedro de Alcântara, el fantasma de Pessoa y un tranvía amarillo; una caminata por el malecón de Montreux.

Y junto a todo eso también, cada uno de los regresos a su ciudad, cada reencuentro en el que le pareció verla deteriorarse un poco más, carcomida por el crimen y el miedo; por la miseria que habían querido  disimular.  Vieja ciudad histérica cuyo desasosiego y tristeza mal contenida no habían podido arrebatarle aún a él, esa desconcertante capacidad de encontrarle, aquí y allá, algunos jirones de belleza.

Por eso, en el último de sus regresos, no fue raro que volviera a complacerse en la altiva e imponente silueta de ese volcán que se adentraba en el vibrante azul del cielo, en la explosión de colores de sus árboles florales, en el jolgorio de las aves que se fundía con las llamaradas de la tarde justo cuando el aire del día empezaba a refrescar. Ni tampoco que se perdiera de nuevo entre sus bares. Porque, aunque con los años, los viejos lugares de su juventud habían desaparecido, la noche, a pesar de todos los peligros, le seguía pareciendo el momento en que San Salvador era menos insoportable. El momento en que la bestia feroz y desbocada por fin dormitaba, aunque, de más está decir —bien se sabía— lo hacía siempre con un ojo abierto.

De algún rincón de la mente, le vino la imagen de una de esas noches remojadas en licores. Se vio conduciendo sin rumbo fijo por las calles de la parte alta de la ciudad hasta parar, después de muchas vueltas, en un parque donde hacía muchos años  había tenido una conversación sobre libros y escritura con una joven de sonrisa franca, y durante la cual, recordaba, se había sentido alocadamente feliz.

Guiado por aquella aparición, se sorprendió descendiendo del carro, buscando, luego, en ese espacio iluminado apenas por un par de faroles, la banca donde había ocurrido aquel encuentro.  Una vez ahí, pareció paladear con agrado la soledad y la repentina nostalgia que lo embargaba. Soñaba con el rostro y la sonrisa de aquella muchacha ahora esfumados, que no eran, al fin y al cabo, más que la añoranza de su propia juventud soterrada por los años.

Envuelto en esa sensación, mezcla indescifrable a un tiempo dulce y amarga, como un digestivo o un veneno, se sintió, de pronto, aguijoneado por la sutil tristeza de no haber envejecido como había imaginado, de no haber alcanzado todo lo que había soñado, de haber perdido a sus contados amigos, porque el país los había expulsado o porque habían caído devorados por la espiral homicida de esa absurda posguerra de más de 20 años.

Notaba que por sobre la quietud de ese mundo, giraban allá arriba las constelaciones con un brillo indolente. Amortiguado por los árboles, llegaba hasta él, el ronroneo de  algunos carros que pasaban por las calles vecinas.

Estuvo así en silencio, enrollando y desenrollando sus pensamientos, quién sabe cuánto tiempo hasta que la sed vino a cerrarle la garganta. Se encaminó de regreso al carro y se dispuso a marcharse. Cuando la llave dio paso al zumbido del motor, sintió en la sien el frío acerado de un arma y escuchó una voz que le ordenaba bajarse.

Obedeció, tratando de calmar al atacante y de mantener la entereza. Sin darle chance a voltearse, la voz —carrasposa, como pasada por alcohol— le ordenó arrodillarse.  Pensó en su madre. Y aunque fuera absurdo, lo siguiente que se le vino a la mente fue la imagen del Muerte y Vida, de Klimt, perfecta alegoría de la existencia humana pero que él siempre había creído se ajustaba todavía más, si eso cabía, a la vulnerabilidad de la vida en aquella tierra, donde morir de viejo era un lujo,  donde la gente le arrancaba como podía retazos de normalidad a una cotidianidad oscura y brutal —refugiándose en sus pequeños círculos, desgranando cada instante, aferrándose a los suyos—  y donde la muerte, como en el cuadro del austríaco, acechaba constante con ese impúdico gesto de deleite, esperando el momento de abatir sus víctimas con su terrible maza.

En su oído resonó una detonación, áspera, seca. Sintió que caía, y en la caída creyó escuchar que alguien pronunciaba su nombre: Alberto, de forma precisa. Lo primero que recordó fue la luz de una vieja mañana mecida por la brisa de diciembre. Aunque, para entonces, ya no sabía si recordar era el verbo correcto.

 

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