Breve repaso del simbolismo de la bandera roja. De Hugo a Gorki

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“Ataque al Palacio de Invierno”, Pavel Sokolov Skalya.

Ernesto Mejía / @netomejia08

Hay un cuadro de Pavel Sokolov Skalya, “Ataque al Palacio de Invierno”, que pretende ilustrar justamente ese momento, ocurrido en la noche del 25 al 26 de octubre de 1917 (7 y 8 de noviembre en el calendario gregoriano de Occidente), que resultaría definitorio en la toma del poder por parte de la Revolución rusa.

En él, envueltos en una atmosfera cobriza y mezclados entre piezas de artillería, guardias rojos y obreros sublevados se lanzan fusil en mano a través del doble arco de triunfo que da acceso a la plaza central de Petrogrado, a la conquista de la antigua residencia de los zares, sede ya para entonces del  gobierno provisional  al mando de Alexander Kerenski.

Al fondo, emergiendo de entre una penumbra brumosa y ahumada, y precedida por la columna de Alejandro, la gran mole espera el bombardeo y el asalto final anunciados por la señal luminosa de los faros de la fortaleza de San Pedro y San Pablo.

Por detallado que sea el cuadro,  la reconstrucción pictórica de Sokolov Skalya, inmortalizada a su modo también en el cine por la cinta “Octubre”, de Serguéi Eisenstein, está más cerca de la leyenda que de la historia.

John Reed, por ejemplo, un activista socialista estadounidense que atestiguaría el estallido y el triunfo de la revolución en suelo ruso recordaría en su crónica “10 días que estremecerían al mundo” que al escalar la barricada de maderos que defendía la sede del gobierno provisional, los guardias rojos notaron que en “la entrada principal las puertas estaban abiertas de par en par, dejando salir la luz, y ni una sola persona salió del inmenso edificio”.

Incluso finalizada la operación, una acción militar que se saldaría más bien con muy pocas bajas y escasos daños materiales, asegurado el lugar y apresados los últimos representantes del gobierno que quedaban en su interior, Reed subrayaría el aparente aire despreocupado de la ciudad, su sosegada normalidad; algo que contrasta con la violencia generalizada que parece impregnar todo el cuadro del pintor ruso:

“Eran las tres de la madrugada. En la (avenida) Nevski lucían nuevamente todos los faroles de gas, el cañón de tres pulgadas había sido retirado y sólo las guardias rojos y los soldados en cuclillas alrededor de las fogatas recordaban todavía la guerra. La ciudad estaba tranquila, como quizás no lo había estado nunca en el curso de su historia: ¡Ni un crimen, ni un robo fueron cometidos en esta noche!”

Al permitirse tantas licencias históricas, Sokolov Skalya pretende precisamente no una reconstrucción fiel de los hechos, sino exaltar las virtudes heroicas de los combatientes soviéticos. Todo en su pintura es una glorificación de ese momento decisivo de la toma del poder y una emotiva invitación para que el espectador se sienta parte de esa trascendental victoria.

Por eso la calidez de sus colores, el movimiento de la escena, la tensión de sus personajes y, no menos importante, la inclusión en la mitad izquierda del cuadro, llevada por un soldado que parece montado en la torreta de un tanque, de la bandera roja ondeando al viento; un elemento que aunque un tanto devaluado hoy en términos de su poder evocador, gozaría de un innegable peso simbólico durante al menos dos siglos, inspirando, dependiendo del campo en el que las personas se situaran, terror en unos, liberación y fraternidad obrera, en otros.

No en vano en su análisis de la Comuna de París, contenido en “La guerra civil en Francia” (1871), Marx se regocijaría con la escena del estandarte proletario flameando sobre el edificio del ayuntamiento de la capital francesa:

“Cuando la Comuna de París tomó en sus propias manos la dirección de la revolución; cuando, por primera vez en la historia, simples obreros se atrevieron a violar el privilegio gubernamental de sus ‘superiores naturales’ y, en circunstancias de una dificultad sin precedentes, realizaron su labor de un modo modesto, concienzudo y eficaz (…) el viejo mundo se retorció en convulsiones de rabia ante el espectáculo de la bandera roja, símbolo de la República del Trabajo, ondeando sobre el Hôtel de Ville”.

Debido a esa potencia simbólica anclada en el imaginario colectivo, no es de extrañar que la bandera roja se hiciera de un espacio destacado en las artes. No solo en la pintura, como ya se ha visto, sino también en múltiples escenas cinematográficas (“Novecento”, “Reds”); en versos de poemas de Mayakovsky o Blas de Otero; en himnos y canciones (“Drapeau Rouge”, “Le chiffon rouge”, “Bandiera Rossa”) y, sí, claro, en algunas de las páginas más importantes de la narrativa mundial.

Irónicamente, ese emblema que llegaría hasta nosotros cargado de los ecos de la revolución proletaria, no estaría siempre asociado al movimiento obrero. Por el contrario, en sus orígenes, sería un símbolo contrarrevolucionario.

Aunque en la Antigüedad y en la Edad Media,  algunas insurrecciones de esclavos o revueltas campesinas se habían apropiado de estandartes bermejos o escarlatas como símbolos de su rebeldía, Maurice Dommanget, sitúa en la Revolución Francesa, el momento en el que la bandera roja comenzaría a adquirir su significado actual. Algo que el teórico del sindicalismo revolucionario, Georges Sorel, había apuntado también en su obra “Reflexiones sobre la violencia” (1908).

En “Historia de la bandera roja” (1966),  Dommanget señala que la Ley del 21 de octubre de 1789 contra las multitudes, denominada también Ley marcial, sería la que daría inicio a todo.

El referido cuerpo legal, un decreto de la Asamblea Nacional Constituyente, sancionado por el rey Luis XVI, facultaba a las autoridades municipales francesas a desplegar las fuerzas militares toda vez que “la tranquilidad pública se viera en peligro”.

“Esta declaración se hará exponiendo en la ventana principal del ayuntamiento y llevando por todas las calles y cruces de caminos una bandera roja…”,  rezaba parte del segundo artículo de ese cuerpo normativo. Y el tercero agregaba: “A la sola señal de la bandera, toda multitud, con o sin armas, se convertirá en criminal y deberá ser disipada por la fuerza”.

La ley concluía en su artículo 12 que “una vez que la calma fuera restablecida, los oficiales municipales emitirían un decreto que haría cesar la ley marcial, retirando la bandera roja, y remplazándola durante ocho días por una blanca”.

“Al principio de la Revolución Francesa, (la bandera roja)  era la bandera del orden elevado a su máxima potencia porque no se sacaba más que para salvaguardar el poder establecido”, refiere el autor.

Sin embargo, en la turbulenta escena política de la Francia del siglo XVIII y XIX, esa condición  comenzaría a cambiar rápidamente. Cuando en julio de 1791, una multitud de republicanos se reunió en el Campo de Marte para pedir la renuncia del rey, las autoridades desplegaron a toda prisa el estandarte y sin previo aviso dieron  inicio a una represión violenta que dejaría decenas de muertos. Comenzaría entonces una sorprendente inversión, fruto del dolor por las víctimas pero también de una voluntad de parodiar al poder establecido, por la cual esa bandera, “teñida con la sangre de los mártires de la revolución”,  pasaría a convertirse en el emblema del pueblo oprimido.

La transformación sería tan brutal y tan pronta que el periodista Jean Louis Carra se preciaría en las páginas de los Anales patrióticos y literarios de haber propuesto, en los preparativos para la insurrección del 10 de agosto de 1792, la confección de una bandera roja que llevara la inscripción “Ley marcial del pueblo soberano contra la rebelión del poder ejecutivo”.

En adelante, y hasta la Comuna de París (1871), la bandera volvería a aparecer en cada revuelta o revolución que sacudiría a la capital francesa: febrero y junio de 1832, abril de 1834, y febrero de 1848. Y de no haber sido por un inflamado discurso, en ese último año, de Alphonse de Lamartine, a la sazón ministro de Asuntos Exteriores y cabeza del gobierno provisional luego de la caída de Luis Felipe I, el estandarte rojo a punto habría estado de remplazar a la tricolor como la bandera oficial de Francia.

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Barricada de la rue Soufflot, Horace Vernet.

Nada de casualidad tiene entonces que ese ambiente cargado de revoluciones fuera el que inspirara acaso la primera gran inmortalización de la bandera roja en la literatura. En dos capítulos por demás entrañables de “Los Miserables”, Victor Hugo pone en perspectiva la potencia simbólica de ese emblema para el movimiento popular que participaría en la rebelión de febrero de 1832, desatada durante las exequias del general Lamarque.

Atrincherado en una barricada de la calle Saint Denis, un grupo rebelde, en el que se encuentra Marius, uno de los personajes principales de la obra, soporta con dificultad los embates nocturnos del ejército francés.

En un momento dado, una ráfaga rompe en dos el asta de la bandera roja que hasta entonces se había mantenido ondeando sobre los adoquines de la barricada. Enjolras, el líder del grupo, lanza una consigna: izar de nuevo el estandarte. Pero con los fusiles enemigos apuntando de frente, la operación se antoja una locura. De pronto, ante la insistencia de Enjolras, Mabeuf, un anciano, amigo de Marius, que había seguido casi por inercia al grupo de rebeldes, y se había mantenido hasta ese momento en una esquina absorto en sus pensamientos, se pondría de pie sin mediar palabra.

“La presencia del anciano causó una especie de conmoción en todos los grupos. Se dirigió hacia Enjolras; los insurgentes se apartaban a su paso con religioso temor; cogió la bandera, y sin que nadie pensara en detenerlo ni en ayudarlo, aquel anciano de ochenta años, con la cabeza temblorosa y el pie firme, empezó a subir lentamente la escalera de adoquines que habían hecho en la barricada. A cada escalón que subía, sus cabellos blancos, su faz decrépita, su amplia frente calva y arrugada, sus ojos hundidos, su boca asombrada y abierta, con la bandera roja en su envejecido brazo, saliendo de la sombra y engrandeciéndose en la claridad sangrienta de la antorcha, parecía el espectro de 1793 saliendo de la tierra con la bandera del terror en la mano.

Cuando estuvo en lo alto del último escalón, cuando aquel fantasma tembloroso y terrible de pie sobre el montón de escombros en presencia de mil doscientos fusiles invisibles, se levantó enfrente de la muerte como si fuese más fuerte que ella, toda la barricada tomó en las tinieblas un aspecto sobrenatural y colosal.

En medio del silencio, el anciano agitó la bandera roja y gritó:

– ¡Viva la Revolución! ¡Viva la República! ¡Fraternidad, igualdad o la muerte!”

En sintonía con el agitado panorama político del París decimonónico, la bandera roja volvería a dejar su huella en las páginas de “El insurrecto”, tercera ventana de una trilogía compuesta además por “El niño” y “El bachiller”, escrita por Jules Vallès.

En esa obra, que reúne hacia el final de sus páginas, las tribulaciones del joven comunero Jacques Vintras, alter ego del propio Vallès, durante la semana sangrienta  de la Comuna, la bandera aparece primero como un símbolo de esperanza antes de la reconquista final de la ciudad por parte de las tropas del ejército de Versalles.

“¡En qué pensaba! Creía que la ciudad parecería muerta antes mismo de haber sido asesinada. Y he aquí que mujeres y niños se entremezclan. Una bandera roja completamente nueva acaba de ser clavada por una bella niña, y crea el efecto, sobre esas piedras grises, de una amapola sobre un viejo muro”.

Pero luego, bajo el fuego y el bombardeo enemigo, esa visión da paso a una escena más llena de desasosiego donde el contraste con el repudiado estandarte tricolor se convierte en el anuncio de la estrepitosa derrota.

“A diez pasos de nosotros, una bandera tricolor. Está ahí, pulcra, reluciente y nueva esa bandera, insultando con sus matices frescos a la nuestra, cuyos harapos penden todavía aquí y allá, chamuscados, lodosos y fétidos como amapolas aplastadas y marchitas”.

Aun así, hecha jirones, la bandera roja, exportada por los exiliados franceses al resto de Europa, haría un largo camino de más de 2,400 kilómetros hasta desembarcar en el otro gran teatro revolucionario de ese cruce de siglos: la Rusia zarista.

El gigante del Este era ya una olla de presión, cuyo agitado panorama Máximo Gorki reflejaría en su novela “La madre”.

Minucioso retrato del ambiente obrero previo al estallido de 1905, la obra de Gorki es el relato de la creciente actividad revolucionaria del trabajador fabril Pável Vlasov y del lento despertar político de su madre, Pelagia Nilovna, quien encarna, para efectos prácticos, la paulatina toma de conciencia de la sociedad rusa.

Enmarcada en ese contexto, la bandera roja aparece durante los preparativos y el desarrollo de una marcha del Primero de Mayo, a todas luces ilegal, para cristalizar lo más puro de los ideales que inspiran la lucha proletaria: “la razón, la verdad, la libertad” y para congregar a su alrededor a unos manifestantes que, a pesar de los peligros, van perdiendo miedo al régimen.

“La gente corría al encuentro de la enseña roja, gritaba, se fundía con la multitud, marchaba con ella de vuelta y los gritos se apagaban entre los sonidos de la canción; aquella canción que cantaban en casa en voz más baja que otras, fluía en la calle, sin trémolos, recta, con una fuerza terrible”.

La potencia del símbolo es tal que aún confrontado a las bayonetas de los soldados que habían llegado a disolver la manifestación, Pável, que durante toda la marcha había ido al frente cargando la bandera, no solo se rehusaría a entregarla a quienes en un acto desesperado trataban de esconderla, sino que reprendería con vehemencia a un compañero que se había adelantado al estandarte.

– ¡A mi lado, camarada!- gritó bruscamente Pável… ¡A mi lado! ¡No tienes derecho a ir delante de la bandera!

Incluso después de disuelta la marcha y apresado Vlasov, los restos desgarrados de la enseña, salvados a toda prisa por la madre, se antojan acaso como la representación de una lucha que, a pesar de todo, debe continuar.

“Se levantó y, sin lavarse ni rezar sus oraciones, se puso a arreglar el cuarto. En la cocina, apareció ante sus ojos un palo con un trozo de percalina roja; lo cogió con hostilidad, sintió deseos de echarlo debajo del horno, pero, suspirando, desprendió de él el trozo de bandera, dobló cuidadosamente el retazo de tela roja y se lo guardó en el bolsillo”.

Paradójicamente, Gorki, que tanto y tan bien le cantara a la bandera roja, como un estandarte de razón, verdad y libertad, tendría luego una serie de encuentros y desencuentros con los bolcheviques y vería cómo la enseña caería secuestrada por un régimen cada vez más policial y burocrático.

Así, aunque la bandera roja continuaría inspirando aquí y alla a lo largo y ancho del mundo, durante al menos medio siglo más, la lucha revolucionaria, en la Unión Soviética, a la muerte de Gorki (1936), parecía haber cerrado ya el circulo de su azaroso camino, volviendo a lo que había sido inicialmente: un símbolo del orden del poder establecido.

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