Chateaubriand y los peligros de la igualdad absoluta

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Ernesto Mejía/ @netomejia08

Segundón de una familia noble de Bretaña, en Francia, François-René de Chateaubriand (1768-1848) tuvo una vida que bien podrían haber sido muchas. Prolífico escritor, viajero, soldado de los Ejércitos de los Príncipes contra la República Francesa, miserable exiliado en Inglaterra, diplomático, ministro, director de periódico, el vizconde fue, a lo largo de sus 80 años, testigo y protagonista excepcional de uno de los períodos más turbulentos y fascinantes de la historia de su país y de Europa, en general.  “El siglo de las revoluciones”, como él lo llama, un período que se abre con la Revolución Francesa y continúa con una trepidante sucesión de hechos donde desfilan la Asamblea Legislativa y la Primera República; la Convención, el Directorio y el Consulado; la ascensión de Napoleón Bonaparte y la consolidación del Primer Imperio; la Restauración Borbónica, brevemente interrumpida por los Cien Días; y por último, la revolución de 1830, que abriría las puertas a la Monarquía de Julio, dirigida por el último de los reyes franceses, Luis Felipe I.

Chateaubriand daría cuenta de su paso por ese electrizante siglo en la que sería acaso su obra cumbre, “Memorias de Ultratumba”, un descomunal escrito de 3,500 páginas en su edición original aparecida en 1849, y en la que emplearía casi cuarenta años de su vida.

Epopeya, inscrita en la tradición literaria de las “Confesiones”, de Rousseau, las Memorias entrelazan en una melancólica prosa poética los hechos personales y familiares de su autor con los grandes hitos históricos de un tiempo que ha asistido al derrumbe del viejo mundo pero que no termina de vislumbrar el advenimiento del nuevo. Es contra el telón de fondo de esa zona de intersecciones, donde Chateaubriand alza su voz para reflexionar sobre la era democrática inaugurada por la independencia de Estados Unidos y la Revolución de Julio pero también para advertir con un sorprendente tono profético de los desafíos y peligros que la nueva edad llevaba en su seno.

Sin embargo, y pese a la influencia innegable que el libro tendría en numerosos escritores posteriores (Hugo, Flaubert, Baudelaire, Proust, Aragon, Malraux, Gracq), este sería política y filosóficamente desdeñado, casi desde su aparición, tanto por los círculos de la derecha más reaccionaria, que veían en él una obra demasiado liberal, como por los de la extrema izquierda, quienes resaltaban los orígenes aristocráticos del autor y advertían, por tanto, en sus páginas, una manifestación reaccionaria.

Y es que en medio del convulso contexto en el que le tocó vivir, Chateaubriand adoptaría posiciones políticas complejas, llenas de matices, que se alejaban de los convencionalismos de la época. Aunque cristiano y monárquico, fiel a los Borbones, lejos estuvo el vizconde de desear una simple vuelta al pasado donde una monarquía absoluta aboliera las libertades ganadas luego de 1789 y recuperara sus antiguos privilegios. Algo que lo enfrentaría a Napoleón y, luego más tarde, en 1830, incluso al Borbón Carlos X, quien en un intento por neutralizar a las alas más liberales de entre los diputados, había intentado pasar las denominadas Ordenanzas de Julio, unas leyes que precipitarían su caída y que buscaban abolir la libertad de prensa, disolver la cámara de diputados, alterar el sistema electoral y convocar a nuevas elecciones.

“Mucho me temo que la Restauración se pierda por las ideas contrarias a las que yo expreso aquí: la manía de mantenerse apegados al pasado, manía que no dejo de combatir… El inmovilismo político es imposible; es preciso avanzar con la inteligencia humana. Respetemos la majestad del tiempo; contemplemos con veneración los siglos pasados; no obstante, tratemos de no retrotraernos hasta ellos, porque no tienen nada de nuestra naturaleza real, y si pretendiéramos atraparlos, se desvanecerían”, afirma el autor.

Pero si Chateaubriand no era un reaccionario, tampoco era un revolucionario, por más convencido que estuviera de que la democracia era un hecho irreversible. Su distanciamiento de los jacobinos se acrecentaría aún más cuando la violencia del Terror, el represivo régimen impulsado por el Comité de Salvación Pública entre 1792 y 1794, el cual se cobraría la vida de su hermano y de varias de sus amistades, y que significaría la cárcel para su madre, su hermana y su esposa, así como el exilio para él, se apoderaría del movimiento de Julio.

“La Revolución me habría arrastrado de no haberse comenzado con crímenes: vi la primera cabeza llevada en la punta de una pica, y me eché para atrás. Nunca el homicidio será a mis ojos objeto de admiración y un argumento de libertad; no conozco nada más servil, más despreciable, más cobarde, más limitado que un terrorista”.

Fue su vida, pues, una eterna batalla a favor de la legitimidad y en contra del despotismo donde su apuesta fue siempre que Francia encontrara un camino que le hiciera pasar de manera gradual y no violenta del Antiguo Régimen absolutista a una monarquía constitucional a la inglesa, algo que le permitiría, a su juicio, contener las más ardorosas y peligrosas pasiones igualitaristas.

Así, no es extraño que, de todos los cambios políticos y regímenes que le tocó atestiguar, Chateaubriand dirigiera a la Asamblea Nacional Constituyente de 1789 las valoraciones más positivas de su obra. Dicho organismo,  convocado por el Tercer Estado (la burguesía y el pueblo llano) días antes del 14 de julio, perseguía una profunda reforma estatal, al tiempo que desterraba los privilegios de la monarquía y del Primer y el Segundo Estado (el clero y la nobleza). La Asamblea inauguraba en la práctica, tal y como lo deseaba Chateaubriand, una monarquía constitucional. Sin embargo, el proceso se malograría con el advenimiento del Terror.

“La Asamblea Constituyente, a pesar de los reproches que puedan hacérsele, no deja de ser por ello la más ilustre asociación popular que se haya dado nunca entre las naciones, tanto por la magnitud de sus operaciones como por la trascendencia de sus resultados. No había cuestión política, por elevada que esta fuese, que no tratara y resolviera convenientemente. ¿Qué habría sucedido de haberse atenido a los acuerdos que los Estados Generales y no haber intentado ir más allá? Todo cuanto la experiencia y la inteligencia humanas habían concebido, descubierto y elaborado durante tres siglos se encuentra en estas actas. Los distintos abusos de la antigua monarquía están consignados en ellas así como los remedios propuestos; se reclama todo tipo de libertad, incluso la libertad de prensa; se solicitan todas las mejoras, para la industria, las manufacturas, el comercio, los caminos, el ejército, los impuestos, las finanzas, las escuelas, la educación pública, etcétera”.

Alejadas como estaban sus posturas de los polos del conflicto ideológico que dominaría el resto de su siglo, las Memorias, excepción hecha de un reducido grupo de lectores que sabrían apreciar en ellas la extraordinaria capacidad literaria de su autor, pronto caerían en el olvido o, en el peor de los casos, como ya se ha dicho, serían despreciadas. Con lo cual, las valoraciones de Chateaubriand sobre los diversos proyectos igualitarios que habían venido multiplicándose y radicalizándose desde la explosión de la Revolución Francesa pasarían desapercibidas. Muy a pesar de que estas parecían lanzar una profética llamada de atención para los hombres del futuro, ratificada a la postre por las numerosas barbaries del siglo XX.

En el capítulo 15, del libro cuadragésimo segundo, el que da fin a sus memorias, Chateaubriand escribe:

“Digamos ahora algunas palabras más serias sobre la igualdad absoluta; esta igualdad conduciría no solo a la servidumbre del cuerpo, sino también a la esclavitud del alma; esta equivaldría nada menos que a poner fin a la desigualdad moral y física del individuo. Nuestra voluntad, sometida al control de una vigilancia colectiva, vería anularse nuestras facultades. La idea del infinito, por ejemplo, es propia de nuestra naturaleza humana; si le impedís a nuestra inteligencia, o incluso a nuestras pasiones, pensar en los bienes eternos, reducís al hombre a la vida de la babosa, lo metamorfosearéis en máquina… La igualdad absoluta que presupone la sumisión completa a esta igualdad reproduciría la más dura servidumbre; haría del individuo humano una bestia de carga, sometida a la acción que la constreñiría, y obligada a recorrer sin fin el mismo sendero”.

Y luego, citando a su amigo Felicité de Lamennais, filósofo y teólogo con quien compartía muchas ideas y quien fue perseguido y encarcelado por criticar a Luis Felipe I, transcribe:

“Entre quienes se proponen como objetivo una igualdad rigurosa, absoluta, los más consecuentes de ellos, a fin de alcanzarla y hacer que se mantenga, terminan recurriendo a la fuerza, al despotismo y a la dictadura, bajo una u otra forma. Los partidarios de la igualdad absoluta se ven obligados a afrontar primero las desigualdades naturales, a fin de atenuarlas y a ser posible eliminarlas. Al no poder intervenir sobre las condiciones de organización y de desarrollo del individuo antes del nacimiento, su labor se inicia en el mismo momento en que el hombre sale del seno de su madre. Entonces el Estado lo hace suyo: se adueña de forma absoluta de él tanto espiritual como físicamente. Inteligencia, conciencia, todo depende de él, todo le está subordinado”.

Sería apenas hasta 1989, como afirma Marc Fumaroli, ensayista y uno de los historiadores que más ha estudiado a Chateaubriand, 140 años después de su primera publicación y coincidiendo con el bicentenario de la Revolución Francesa y la caída del muro de Berlín, cuando la monumental obra comenzaría a ser apreciada en toda su dimensión. Y no sería hasta entonces, ante el lento retroceso del estalinismo, que se comprendería retrospectivamente que, tal y como lo había advertido el francés, el Terror de 1793 se había configurado en efecto como un peligroso precedente para todas los abusos posteriores cometidos en nombre de la igualdad.

“En adelante, la verdad sobre el Terror soviético, al esclarecer, retrospectivamente, la verdad sobre el Terror jacobino e imperial, hacía evidente, de entonces acá, que la Revolución Rusa de 1917, la Revolución permanente en la China de Mao, la Revolución de los jemeres rojos en Camboya, y un buen número de otras barbaries indecibles del siglo XX, habían encontrado una especie de garantía idealizada en el precedente del Terror de 1793. Este infierno político y policial francés fue el tronco originario de infiernos análogos que se multiplicaron a lo largo del siglo XX, pero a más vasta escala y con superior eficacia, de acuerdo con la ley implacable del progreso de los ogros. El Terror de 1792-1794 se desencadenó en nombre de una ideología tan sumaria como fríamente lógica, abandonando a la humanidad viva en favor de la abstracción del ‘hombre regenerado’. Todos los Terrores ‘rojos’ del siglo XX han procedido de ideologías igualitarias tan sumarias y abstractas como aquélla”, afirma Fumaroli en la presentación de la última edición traducida al español, publicada en 2006.

Siguiendo la voluntad de su autor, las Memorias debían publicarse de forma póstuma a un muy largo plazo después de su muerte: 50 años; de ahí el nombre de la obra. Aunque dicho deseo no fue cumplido y buena parte del manuscrito fue publicado incluso en vida de Chateaubriand, con ellas el francés buscaba, como dice Jean-Claude Berchet, en el prólogo, lanzar una “botella al mar en dirección a la posteridad”. Pueda que aún hoy, casi 170 años después de su muerte, la  obra del vizconde siga generando escozor entre los más trasnochados defensores de ideologías totalitarias. Sea como sea, sus palabras, que siguen resonando desde su sepulcro ubicado en el islote de Grand-Bé, en Bretaña, le han granjeado, sin duda, un lugar en la eternidad.

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