Negarse a ser un rinoceronte en tiempos de Trump

 

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Ernesto Mejía / @netomejia08

Nacido en 1909, el escritor francorrumano, Eugene Ionesco, sería testigo del ascenso de los totalitarismos del siglo XX, un proceso que lo marcaría y se trasluciría en buena parte de su obra.

En una entrevista con The Paris Review, publicada en 1984, el autor recordaría cómo siendo un adolescente en  Bucarest, se encontraría por primera vez con el fascismo.

“Era el tiempo del auge del nazismo y todos se estaban convirtiendo en pronazis –escritores, profesores, biólogos, historiadores… Todos leían Los fundamentos del siglo XX (sic), de Chamberlain y libros de derechistas como Charles Maurras y Léon Daudet. ¡Era una plaga!”.

Ionesco rememora, en ese encuentro, que aunque no era judío, su pronunciación afrancesada de las erres lo hacía pasar muchas veces por uno, lo que le valía para que constantemente se burlaran de él o lo acosaran.

En una ocasión, en aquellos mismos años, prosigue el escritor, tuvo la oportunidad de presenciar un desfile militar. Entre la marcha, un lugarteniente portaba la bandera nacional. Al lado de Ionesco había un campesino con un sombrero de piel que miraba absorto aquel espectáculo. De pronto, el lugarteniente rompió filas, se dirigió al campesino al que abofeteó diciéndole que se descubriera la cabeza cuando estuviera frente a la bandera.

“Estaba horrorizado. Mis pensamientos no estaban organizados o coherentes todavía a esa edad, pero tenía sentimientos, un cierto humanismo naciente, y esas cosas me parecieron inadmisibles. Lo peor de todo, para un adolescente, era ser diferente a todos los demás. ¿Podía estar en lo correcto y todo el resto del país equivocado?”, se pregunta.

Fruto de esas experiencias, no es difícil descubrir en la vasta obra teatral de Ionesco ese mismo sentimiento de desasosiego, de incomprensión y miedo ante una sociedad que asiste con pasmosa normalidad, cuando no con abierta simpatía, a la desintegración de un mundo que es arrastrado por los más indecibles horrores.

En Rinoceronte, para el caso, quizás su pieza más conocida, los habitantes de una pequeña ciudad provincial francesa ven con asombro un día aparecer a uno de esos animales.

Entre la extrañeza y la incredulidad de unos, y los debates estériles y la búsqueda de las más rocambolescas respuestas de otros, Bérenger, el personaje principal, va descubriendo que se trata de una epidemia.

Todos a su alrededor, ya sea por la velocidad con que se propaga la enfermedad, por simple complacencia o por el rechazo a luchar contra ella, van cediendo y convirtiéndose en rinocerontes que incendian y destruyen la ciudad.

Da igual que sean espíritus preclaros con pretensiones lógicas, escépticos que buscan remitirse a la ciencia, supuestos humanistas que pronto encuentran una justificación para sus metamorfosis, indiferentes que proclaman que basta con no meterse con los animales para sobrellevar la situación, pesimistas que aseguran que no hay nada que hacer y lo mejor sea tal vez buscar la coexistencia, vecinos, burócratas, bomberos, autoridades, todos, uno tras otro, van cayendo en esa fantástica transformación que pronto es vista como la norma.

Todos, excepto, Bérenger que se rehúsa una y otra vez a convertirse y rechaza aceptar la naturalidad de esa situación.

Bérenger no tiene la personalidad de un héroe. Aficionado al alcohol, su vida transcurre sin mayores expectativas entre un trabajo de medio pelo y una existencia solitaria más bien monótona. En el amor, no es sino hasta casi el final de la obra que reúne el arresto necesario para declarar su pasión por Daisy, su compañera de oficina. En el proceso de transformación de su entorno, es un personaje, que al igual que el joven Ionesco en Bucarest, sufre y duda. Le atenaza el miedo a ser diferente (“¡Qué feo que soy! ¡Pobre del que quiere conservar su originalidad!”, dice mientras se mira en el espejo); le angustia la posibilidad de no estar en lo correcto (“¡Me equivoqué! ¡Oh! Cuánto quisiera ser como ellos. Cuántos remordimientos tengo, debería haberlos seguido a tiempo. ¡Ahora es demasiado tarde!”, exclama en otra parte). Le llega a embrujar incluso el atractivo físico de los animales, el hechizo que producen sus barritos.

Y sin embargo, a pesar de esos trances, ese personaje banal que raya en la mediocridad, se sobrepone de sus temores, del asfixiante sentimiento de saberse cada vez más solo para rescatar del fondo de su alma todo lo que hay de humano en ella y resolver con firmeza que no capitulará, que no cederá, como tantos otros antes que él, ante la tentación de animalizarse.

El hecho de que Rinoceronte fuera estrenada en 1959, en Düsseldorf, Alemania, antes de que en París, donde vivía entonces Ionesco, hizo que muy pronto el drama se asociara con el advenimiento del nazismo y la rápida adopción que harían de él los habitantes de la República de Weimar.

Sin embargo, la fábula del escritor, que tuvo la oportunidad de ver cómo después de la Segunda Guerra mundial, Rumania caía también bajo la sombra del comunismo, puede en realidad aplicarse al magnético proceso por el cual se expanden los totalitarismos de cualquier signo y, en general, a cualquier fe colectiva que subyuga al individuo y le hace perder su capacidad crítica.

Con la llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos y el ascenso de partidos de extrema derecha en buena parte de Europa, que propagan discursos nacionalistas,  xenófobos o abiertamente racistas e intolerantes, no es difícil advertir la importancia de la lectura o la relectura de este drama de Ionesco que después de casi 60 años vuelve a recobrar toda su vigencia. Y con ella, a pesar de las dificultades, la importancia de asumir como propia  la actitud de Bérenger: “No los seguiré, no los seguiré, Sigo siendo lo que soy. Soy un ser humano. Un ser humano”.

 

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