Fascinantes paraísos infernales

Ernesto Mejía / @netomejia08

Atlas
Foto de http://www.casadellibro.com

Las islas han ejercido desde los tiempos más remotos un innegable magnetismo. En la antigüedad, mucho antes de que las artes de la navegación y la cartografía permitieran surcar los mares y volvieran al mundo un lugar completamente reconocible, los hombres llenaron la inmensidad de los espacios situados más allá de los límites navegables con masas de tierra imaginarias —que creían sin embargo concretas y reales— que se perdían en la infinidad de los océanos.

Esas figuraciones de tamaños variables y ubicaciones obviamente imprecisas fueron, en algunas ocasiones, continentes enteros, como la famosa Terra Australis Incognita, una tierra situada en el extremo sur del mundo, que hundía sus raíces en la Antigua Grecia y cuya creencia acompañaría a los marineros hasta el siglo XVIII.

Pero fueron también, y no en pocos casos, porciones más pequeñas, rodeadas por tenebrosos mares repletos de monstruos y amenazantes seres fantásticos.

Más allá de que el camino hasta esos lugares estuviera plagado de indecibles peligros, el imaginario asoció esos ignotos pedazos de tierra con un aura paradisíaca o con una misteriosa atmósfera llena de maravillas donde la vida discurría en un suave equilibrio.

En los confines noroccidentales del continente africano, en el Océano Atlántico, por ejemplo, los griegos situaron las Islas Afortunadas o de Los Bienaventurados, un lugar donde las almas virtuosas alcanzaban el descanso eterno después de la muerte.

Y bajo la forma de una isla representaban también, por lo general, a Tule, una región que se creía habitada por una raza primordial y que según algunas tradiciones se encontraba en el extremo septentrional del mundo conocido, a seis días de navegación del archipiélago británico.

Más tarde, cuando los países de Europa se lanzaron a la conquista de los mares, las visiones de islas colmadas de tesoros serían también una de las fuerzas que impulsaría a exploradores y piratas a cruzar todas las fronteras marítimas imaginables. Motivados por leyendas que habían escuchado entre los incas, navegantes españoles llegaron a la actual Oceanía, a un archipiélago al nororiente de Australia que bautizarían como Islas Salomón, puesto que las creían relacionadas con la región de Ofir, donde se suponía estaban las míticas minas del rey bíblico.

Con todo eso, apenas es extraño que el simbolismo de esos territorios aislados de la civilización sirviera para alimentar también las más variadas ficciones políticas o literarias. Aunque, con el correr del tiempo, varias de ellas comenzaran a poner en entredicho su aura paradisíaca.

Tomás Moro y Johann Gottfried Schnabel imaginaron sí, en esos escenarios, el surgimiento de una sociedad nueva y feliz en sus obras “Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía” y “La isla de Felsenburg”.

Sin embargo, Daniel Defoe y Julio Verne, entre muchos otros (tantos que terminarían por dar vida a un subgénero literario propio), explorarían un abanico de temas que irían más allá de la simple vida apacible. Los personajes de sus novelas “Robinson Crusoe” o “La isla misteriosa” servirían para poner en perspectiva temáticas como el instinto de supervivencia o la deshumanización, así como la adaptación a la soledad y a los ambientes hostiles.

Robert Louis Stevenson, por su parte, en “La isla del tesoro”, trataría de abordar los peligros de la ambición y la dureza del abandono. Mientras que William Golding profundizaría en la pérdida de la inocencia, la barbarie, el autoritarismo y la maldad humana en “El señor de las moscas”.

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La isla de Utopía. Imagen tomada de Wikipedia.

En una era donde prácticamente todos los rincones del mundo han sido explorados y las comunicaciones y los avances tecnológicos nos han granjeado una sensación de seguridad e inmediatez, la tentación de que dichos relatos nos parezcan hoy, en el mejor de los casos, entretenidas historias de aventuras, fábulas de un pasado distante, imposibles de suceder en un mundo como el nuestro, es grande.

Por eso “Atlas de islas remotas. Cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré”, de Judith Schalansky, resulta una agradable sorpresa. Su obra, una metódica mezcla de historia, crónica y cartografía, es un retrato somero de una selección de territorios insulares —deshabitados la mayoría de ellos, apenas identificables en un mapa mundi casi todos— cuyos pasados lejanos o recientes poco o nada tienen que envidiar a las más ingeniosas y retorcidas ficciones de los siglos anteriores.

Pero es también una prueba manifiesta de que, por sus características, las islas, a pesar de la fascinante belleza de muchas de ellas, continúan siendo escenarios donde cohabitan lo insólito, las privaciones y los peligros.

Schalansky dice incluso que la existencia tranquila en esas tierras que parecen ir a la deriva en medio del mar, lejos de los grandes asentamientos humanos y de las rutas  de transporte masivo, es más bien una rara avis.

“El paraíso puede que sea una isla. Pero el infierno también. La vida pacífica es más la excepción que la regla en un pequeño trozo de tierra; es mucho más común encontrar a un dictador ejerciendo un régimen de terror que una utopía igualitaria (…) Alejados del ojo público, las islas se prestan para el abuso de los derechos humanos, para que se detonen bombas atómicas o para que se pongan en marcha desastres ecológicos. No hay ningún jardín del Edén intacto en los bordes de este interminable globo. En lugar de eso, los seres humanos que han viajado cada vez más a lo ancho y largo del planeta han terminado por convertirse en los mismos monstruos que echaron de los mapas”.

En su lista saltan ejemplos de territorios que por su lejanía y aislamiento sirvieron para el confinamiento o para infligir duros castigos. Tal es el caso de Santa Elena, en el océano Atlántico, lugar de exilio y muerte de Napoleón Bonaparte; y Norfolk, en el Pacífico, una de las más temidas colonias penales británicas del siglo XIX.

También destacan islas donde se realizaron prácticas condenables para el mundo occidental, pero que hasta cierto punto pueden parecer comprensibles en su contexto, como el infanticidio, en Tikopia (Océano Pacífico), o el canibalismo, en San Pablo (en el Índico); sin contar otras, claro, donde las más rocambolescas historias desembocaron en desgraciados hechos de sangre.

Cabe en ese último apartado, la historia del atolón Clipperton, ubicado a 1,080 kilómetros de la costa Pacífico de México, donde a inicios del siglo XX existía una guarnición militar de ese país. Un asentamiento al que el estallido de la revolución mexicana (1910) le cortaría el suministro de provisiones y que quedaría finalmente  abandonado a su suerte. Diezmada por el hambre y el escorbuto, así como por los intentos fallidos de sus hombres por alcanzar las costas de Acapulco, su población de un centenar de personas terminaría reducida, en 1916, a un solo hombre y a una quincena de mujeres y niños. Ese último hombre, el antiguo guardián del faro, llamado Victoriano Álvarez, se proclamaría rey  e iniciaría un régimen de terror que se extendería hasta julio de 1917, cuando un grupo de sus víctimas lo asesinaría.

En un afán por demostrar, acaso, que el horror en ese tipo de territorios no es el patrimonio exclusivo de un pasado remoto y que este continúa encontrando en ellos elementos que ayudan a su reproducción, Schalansky incluye en su lista los casos de Pitcairn y Diego García.

El primero, una isla de solo 4.5 km², a mitad de camino entre Nueva Zelanda y Perú, habitada por una cuarentena de personas, todas descendientes de los amotinados de la embarcación HMS Bounty (S.XVIII), vio en 2004 a la mitad de su población masculina enjuiciada por supuestamente haber abusado durante décadas de niños y mujeres del lugar.

El segundo ejemplo, el mayor de los territorios del archipiélago de Chagos, un grupo de islas y atolones situado frente a la costa oriental de África, sufrió, entre 1968 y 1973, la expulsión de más de 500 familias nativas. La medida fue parte de un acuerdo por medio del cual, el Reino Unido cedió a Estados Unidos por un período de 50 años, el referido archipiélago para que instalara en él una base militar que paradójicamente bautizaría como Camp Justice.

Si bien desde entonces, al menos dos tribunales británicos han determinado que la expulsión de esos habitantes fue un acto ilegal, otras cámaras han anulado las resoluciones, impidiendo hasta la fecha, el regreso de los chagosianos a su tierra.

A lo mejor, una de las raras excepciones que escapa a la terrible lista esbozada por la autora sea la isla Pedro I, en el océano Antártico. Un desierto de hielo de 156 km² coronado por un volcán extinto, donde las temperaturas oscilan todo el año entre los 1° C y los -24° C. Con un detalle extra: nunca en su historia, la isla ha estado habitada. De hecho, refiere Schalansky, hasta la década de los 90, la Pedro I había recibido menos visitantes que la luna.

Peligrosa y frágil cohabitación o la más absoluta de las soledades, tal parecen ser las opciones en esos territorios perdidos. Como decir: los paraísos solo existen en las religiones. O en los mitos.

 

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2 comentarios en “Fascinantes paraísos infernales

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